4. En el café Marletto
L yra nunca había visto una ciudad tan elegante, tan complacida con su prosperidad, tan acogedora con los forasteros.
Las calles, sombreadas por árboles, estaban flanqueadas de cafés y elegantes tiendas.
Los ciudadanos de ese dichoso lugar, hombres y mujeres, iban vestidos con garbosos trajes de seda o vestidos estampados, y entre las relucientes limusinas y los taxis amarillos, había mercaderes con camellos o caballos que evolucionaban entre personas que parecían llegadas de todos los rincones del mundo: viajeros curiosos que se demoraban mirando en derredor, comerciantes ajetreados o funcionarios públicos; y todos presentaban una expresión de satisfacción o incluso de franca felicidad en aquella mañana primaveral.
—¿Es siempre así Alepo? —preguntó Lyra, que observaba todo cuanto había a su alrededor.
—¿Así en qué sentido, señorita Plata? —contestó Ionides desde su camello, situado a menos de un metro de distancia del suyo en medio de aquella bulliciosa calle.
—Ajetreada y tranquila a la vez… Parece como si todo el mundo tuviera cosas que hacer, pero no van con prisas. Tienen un aire relajado y confiado. No es como en Seleukeia, Constantinopla o Esmirna. Aquí no se respira ese tipo de tensión.
—En Alepo todo el mundo se divierte. Aquí componen música, estudian arquitectura y venden libros. Es un polo cultural y artístico de fama mundial. Aparte, les gusta mucho ganar dinero.
—Cuando estaba en Constantinopla —dijo Lyra—, oí hablar de unas personas a las que llamaban «los hombres de las montañas». ¿Sabe usted…?
Ionides le agarró la muñeca con la mano. El apretón le dolió tanto que estuvo a punto de soltar un grito.
—Pero ¿qué hace? —gimió.
El guía disminuyó la presión, pero no le soltó el brazo.
—Tiene suerte de que estemos hablando en inglés y no en francés —destacó con voz queda y grave.
—¿Por qué? ¿A qué se refiere? Suélteme, por favor.
—Aquí se habla mucho más francés que inglés. No se le ocurra volver a pronunciar esa frase, señorita Plata, esa expresión. Perdone que le haya hecho daño. Es que estaba ansioso por salvarle la vida y también la mía, y me he olvidado de la herida que recibió. Discúlpeme, se lo ruego.
Lyra se movió para retirar la mano y él la aflojó con sumo cuidado. Ella tuvo que respirar hondo y recuperar el equilibrio a lomos del camello, lo cual no era fácil; mientras sufría un dolor tan intenso en la mano, le costaba pensar en otra cosa.
—¿Me va a explicar algo más cuando estemos a solas? —preguntó.
—Espero que sea posible en algún momento. Su mano le recordará el peligro.
—Ya…
—Dentro de poco, señorita Plata, nos encontraremos delante del café Marletto —anunció, al cabo de unos minutos, Ionides—. ¿Cuál es su deseo, ahora que ya casi he cumplido lo pactado en el contrato?
—Voy a necesitar un sitio donde alojarme, un hotel barato. Después le pagaré el resto del dinero.
—Conozco el lugar adecuado. Además, el propietario es amigo mío y negociaré un precio que quede incluso fuera del alcance de una gran comerciante como usted.
—Querría hacerle unas cuantas preguntas más —dijo Lyra.
En realidad, se había acostumbrado a su presencia en el viaje e incluso había comenzado a confiar un poco en él.
Le agradaban su infalible elocuencia, el tono irónico subyacente en sus halagos, la impresión que daba de disponer de una vasta y nutrida memoria, que siempre estaba dispuesto a aderezar.
Tomó conciencia de que lamentaría separarse de él.
—¿Preguntas, señorita Plata? En toda mi vida no había tenido que responder a tantas preguntas y de tamaña variedad de temas. Yo solo soy un humilde guía, téngalo en cuenta, por favor.
—Pero siempre respondes con mucho aplomo —alegó ella, al tiempo que desembocaban en una plaza llena de gente, adornada con magnolios en flor.
—¿Y qué más tengo, aparte de eso? —replicó Ionides—.
Ni fortuna, ni belleza, ni familia. Soy un pobre desdichado que vaga por la tierra, teniendo que ganarme un magro sustento haciendo cosas de utilidad para viajeros más importantes que yo.
Si no muestro aplomo, no hay sustento. Mire, señorita Plata, a su derecha. Ahí está el café Marletto.
Se trataba de un elegante establecimiento, que parecía salido del bulevar de Saint-Germain-des-Prés o de la plaza de San Marcos.
Las mesas de la acera gozaban de la sombra de dos grandes cedros, de una envergadura como Lyra no había visto antes en un árbol, y había mucho trajín.
Los camareros, con largos delantales blancos, se movían de una mesa a otra sosteniendo con desenvoltura las bandejas a la altura del hombro con una sola mano y los clientes tomaban café o aperitivos y comían pastelillos como si el mundo fuera un lugar placentero, y ellos, sus propietarios.
—Parece caro —opinó Lyra.
—El dinero que se invierte bien no hay que considerarlo malgastado. El hotel del que le he hablado queda en esa calle de ahí… debajo de las palmeras. Es el hotel de las Palmas.
Dos minutos más tarde, se bajó del camello, contenta de poder estirar las piernas y la espalda.
La zona de recepción del hotel se veía descuidada, pero relativamente limpia, según determinó mientras permanecía sentada en un amplio sillón de cuero, dejando que Ionides se ocupara de los camellos y de regatear el precio de una habitación.
Estaba cansada. No le habría costado nada arrellanarse, dejar caer la cabeza y cerrar los ojos.
Casi había sucumbido a dicho impulso cuando Ionides se alejó del propietario y acudió hacia ella con una sonrisa de satisfacción.
—Todo está arreglado, señorita Plata. He conseguido un precio de lo más económico, que le puedo asegurar que no tiene parangón en ningún otro hotel de la ciudad.
Aquí tiene la llave de su habitación. Tómese todo el tiempo que necesite, por favor.
Yo la estaré esperando para acompañarla a su entrevista en el célebre café Marletto.
Lyra cogió la mochila y subió las escaleras.
Cada vez que se la colgaba en el hombro, quedaba sorprendida por lo liviana que era.
El aletiómetro la había acompañado prácticamente a todas partes durante la mitad de su vida, y era pesado.
¿Cómo había podido cargar con él de niña?
¿Y sin dejarlo caer ni perderlo, descontando aquella vez en que se lo habían robado en el mundo de Will?
¿Y cómo era posible que lo hubiera perdido de esa manera en Madinat al-Qamar?
La verdad era que no le había quedado más opción.
Todo había discurrido a la velocidad de un sueño, e, igual que si se hallara en un sueño, había sido incapaz de reaccionar.
De lo que no cabía duda, en todo caso, era de que la mochila era más liviana.
Aunque le repugnara utilizar la palabra «carga», debía reconocer que se había liberado de algo.
La habitación, modesta pero limpia, en consonancia con el vestíbulo del hotel, mereció su beneplácito.
Se cambió de ropa sin tener que decidir qué ponerse, puesto que disponía tan solo de otra falda y otra blusa de repuesto.
Había advertido que las mujeres de aquella ciudad eran libres de llevar ropa ligera y de no velarse la cara si así lo deseaban; de hecho, solamente habían visto a dos mujeres con velo.
De todas formas, iba a tener que comprar algunas prendas más y mandar a lavar las que tenía.
Después de lavarse como pudo con el agua tibia del pequeño lavabo, se miró con imparcialidad en el espejo.
Los morados de la cara se estaban disipando, pero tenía la piel atezada por el sol, y las mejillas y el puente de la nariz, prácticamente quemados.
Iba a tener que procurarse alguna crema o ungüento para tratarlos.
Tampoco le vendría mal un sombrero de ala ancha.
Se aplicó un poco de bálsamo de rosa en la nariz, los labios, las mejillas y la frente.
Luego se sentó y se puso a pensar en Ionides.
Hasta el momento había sido muy útil, pero ¿podía seguir confiando en él?
Aquella parte del mundo era totalmente nueva para ella, mientras que Ionides se encontraba como pez en el agua con los diversos idiomas, las costumbres y las diferentes formas de viajar.
¿Podría desenvolverse bien sin él? Probablemente, podría costear sus servicios.
Aún conservaba buena parte del oro que le había dado Farder Coram.
Ionides no la había dejado en la estacada y, además, le gustaba su manera de ser.
No sabía qué hacer con respecto a ese hombre que le había recomendado Bud Schlesinger, ese tal Mustafá Bey que siempre acudía al café Marletto.
El aletiómetro la habría ayudado a decidir, desde luego.
Aun sin los libros y sin arriesgarse a sufrir la sensación de náusea y de mareo que producía el nuevo método, había aprendido algo de sus tentativas; había ahondado mucho en el conocimiento de los símbolos y el mero hecho de tenerlo entre las manos le había servido para centrar el pensamiento. Y entonces ya no podía contar con él.
Con todo, aún conservaba el vidrio y la aguja.
No obstante, si no encontraba el modo de mantenerlos bien guardados, era posible que los perdiera.
El vidrio era tan solo vidrio (o al menos eso suponía), pero la aguja…
La sacó con sumo cuidado del bolsillo donde la llevaba y la depositó en el centro de un trozo de papel.
Luego lo plegó varias veces y, una vez que se hubo cerciorado de que era imposible que se saliera la aguja, guardó el paquetito en un compartimento de la mochila.
Después se acordó del distinguido anciano que había conocido en el tren y de las cartas que le había regalado.
Tras sacarlas de la mochila, las barajó y las fue colocando boca abajo en la cama.
¿Qué podía hacer con eso? El aletiómetro funcionaba combinando los significados de tres símbolos.
¿Debería escoger tres cartas? ¿O solo una? ¿O qué?