3. Con destino a Alepo #5
Entonces, cumpliendo su cometido, el temporizador hizo detonar las dos granadas.
La primera explosión produjo un leve ruido, apenas más audible que el de una palmada.
El que lo sucedió una fracción de segundo después fue mucho más estrepitoso e incluyó, según le pareció al daimonion, un grito de sorpresa del hombre, que a su vez quedó interrumpido por la ignición de la nube de vapor de nafta.
Schreiber y el daimonion aguardaron a que los diversos fragmentos de roca, de árbol y de ser humano se hubieran asentado en el suelo y a que el aire se hubiera despejado un poco antes de abandonar con cautela el amparo de la voluminosa roca para regresar al lugar donde se encontraba la abertura.
El coronel no se extrañó al ver lo poco que quedaba del hombre, porque ya estaba acostumbrado a ese tipo de cosas.
Le resultó más interesante lo que había ocurrido en la abertura.
En el lugar que antes ocupaba, el humo de la explosión se retorcía en el aire y se dispersaba formando pequeñas hebras de vacío.
Había unas veinte o treinta de ellas, algunas del grosor de su mano y otras como el de los orificios de un salero.
El daimonion puercoespín soltó un estornudo. Había también humo que llegaba desde el otro lado.
—Cuando se despeje todo —opinó, volviendo a estornudar—, no quedará nada que demuestre que había estado ahí.
—Mucho menos, en todo caso —matizó el coronel.
Tan solo unos cuantos retazos de algo raro, arañazos y rayas en el aire; nada que ver con la estrambótica abertura del tamaño de una puerta que había antes.
En cuanto al infortunado caminante, en aquellos bosques no escaseaban las aves y los mamíferos carroñeros.
En cuestión de una semana, más o menos, no quedaría nada. Al final, todo había salido bien.
Tras recoger todos los restos de tonnerre double que encontró, Schreiber se cargó la mochila al hombro.
—También cabe la posibilidad, claro, de que ese hombre hubiera venido del otro mundo —comentó el daimonion—. Tal vez quisiera regresar a él.
—Entonces le está bien empleado, por entrar sin permiso —contestó el coronel.
Luego se fueron de vuelta a Ginebra.
—¿Qué era eso del psico…, postraumático? —preguntó el coronel Grigorian.
—Cito. Citocinesis. Es un término con el que se designa lo que ocurre cuando una célula viva se divide en dos. Es como si tu daimonion desapareciera por un tiempo después de vivir una experiencia traumática. Fue lo mejor que se me ocurrió en su momento —aclaró Malcolm.
—Hombre, no está mal. Pareces un poco más animado ahora. ¿Cómo te encuentras?
—Débil y dolorido, pero con la cabeza clara. ¿Adónde vamos, Timur?
Llevaban viajando alrededor de una hora desde que abandonó el hospital de la cárcel, aunque Malcolm no habría sabido precisarlo.
A medida que se fue disipando el sopor causado por la morfina, cayó en la cuenta, primero, de que Asta iba en el coche con ellos, y, en segundo lugar, de que el tal coronel del gorro de astracán y la charretera dorada era un hombre al que había visto por última vez en las oficinas del Jardín Botánico de Oxford: el historiador Timur Ghazarian.
—Vamos a ir a Alepo. Allí tengo un amigo en el consulado. En algún momento, tendremos que abandonar este coche, porque lo he robado. ¿Qué es esa herida?
—Un disparo en la cadera. Creo que empeoró porque me moví demasiado. Esperemos que no se haya infectado.
—¿Quién te disparó?
Malcolm le habló del director moribundo del centro de investigación, de la falsa enfermera y de cómo logró escapar de Esmirna.
—Pero dime tú, Timur … ¿Dónde está Oakley Street?
Repasaron el compendio de claves gracias a las cuales los agentes se reconocían entre sí. Ghazarian demostró conocerlas al dedillo.
—Estaba invernando —explicó. Se trataba del término con que designaban en Oakley Street la posición de un agente que se había retirado de una función activa, pero que todavía se mantenía en una lista de reserva—.
No sé si estarás enterado, pero ahora trabajamos bajo las condiciones Christabel. ¿Conoces la expresión?
—No la conocía, pero me imagino de dónde proviene. Conque Christabel, ¿eh?
Christabel era la manera de denominar una serie de medidas ultrasecretas que debían implementarse en el momento en que Oakley Street se encontrara sometida a una grave amenaza. Glenys Godwin debía de haber actuado con celeridad.
—Me mandaron aquí para que te buscara —le informó Ghazarian—. Glenys no sabía que estabas herido. De lo contrario, probablemente no me habría enviado.
—Entonces no se lo cuentes.
Malcolm se recostó en el asiento y cerró los ojos, porque el dolor iba a más.
Ghazarian, que se percató de ello, disminuyó un poco la velocidad.
La carretera atravesaba el desierto sin ningún vehículo a la vista y, puesto que la luna lucía con intensidad, apagó los faros y siguió conduciendo sin ellos.
Asta permanecía acostado en el hombro de Malcolm, con quien se comunicaba ora en susurros, ora a través del pensamiento.
—¿Has ido a buscarlo? —le murmuró Malcolm—. Pero ¿cómo sabías que estaba cerca?
—Se me ha ocurrido que podía estar por aquí —repuso el daimonion.
—Ya…
—¿Y qué vamos a poder hacer en Alepo?
—Buscar a Lyra.
—Pero ¿por qué iba a estar en Alepo?
—Se me ha ocurrido que podría estar allí.
—Ya…
—Además, todo viajero que se dirija al este tiene que pasar por Alepo —arguyó Malcolm.
—No va a ser fácil encontrarla.
—Hay personas que nos pueden orientar, como, por ejemplo, Mustafá Bey. Como es un hombre de negocios, si le damos algo a cambio, nos dispensará un trato justo.
—Entonces vamos a tener que descubrir algo que sea de valor para él. ¿Qué pasa? —preguntó, notando una leve alteración en su conciencia.
—Se está volviendo a manifestar el círculo de lentejuelas.
La causa podría haber estado en una estrella, en el resplandor de la luz de una casa situada en las distantes colinas o en algún dispositivo luminoso del salpicadero del coche.
El caso era que algo había desencadenado la reacción que se producía de vez en cuando en el campo de visión de Malcolm.
El pequeño aro dorado, del tamaño de un punto al principio, relucía y giraba en la oscuridad acaparando su atención, tal como hacía siempre, a medida que crecía, como si se desplazara hacia él.
—Ya lo noto —susurró Asta—. Es como si algo me apretara la cabeza.
—Pero ¿no ves nada?
—No. ¿Qué significa esta vez?
—A veces no significa nada.
Ghazarian debió de haberlos oído murmurar, porque preguntó:
—¿Todo bien?
—Sí, gracias, Timur. Es que tengo algo en el ojo.
—¿Necesitas un pañuelo o algo?
—No, en realidad, se trata de un escotoma centelleante. No sé si sabes qué es.
—¿Una especie de migraña?
—Sí, aunque es solo visual. Dura unos veinte minutos y después pasa.
—¿Te da a menudo?
—Unas seis veces al año, diría. Lo mejor será que duerma un poco y deje que siga su curso.
No obstante, estaba bien despierto, al igual que Asta.
—Deberías hablarle a Lyra de esto —susurró el daimonion al cabo de un minuto.
—¿Por qué?
—A ella le interesaría.
—¿Crees que la vamos a encontrar algún día?
—Seguro. El Asia Central no es muy grande y no hay muchos sitios donde esconderse.
Malcolm emitió un gemido. El círculo palpitaba con turbulencia.
Aquella era la fase central, cuando ocupaba casi todo su campo visual y le impedía, por ejemplo, leer.
Se recostó con los ojos cerrados, mientras el escotoma relucía como una serpiente en la oscuridad y Asta permanecía tenso junto a su cabeza.
Rebulló un poco para aliviar la sensación de rigidez en la pierna. Ghazarian se dio cuenta.
—Voy a parar un momento —dijo—. Necesito desaguar.
Detuvo el coche a un lado de la carretera, se bajó y orinó en la arena, antes de encender un cigarrillo.
Malcolm también salió, y quedó envuelto por la oscuridad y el vasto silencio.
Apoyado en el vehículo, trató de alternar el peso entre el costado derecho y el izquierdo, y después inclinarse un poco hacia delante y hacia atrás, y así comprobó que le dolía todo al moverse.
—¿Qué tipo de medicación te han dado? —preguntó Ghazarian con voz queda, en medio de la inmensidad de la noche.
—Morfina. Creo recordar que me pusieron una inyección. También me dieron un frasquito de pastillas fabricadas por Thuringia Potash. Esa empresa es una de las más destacadas en todo esto.
—¿Sabías que el nuevo rector del Jordan College es un directivo de TP?
—¿De verdad? Sabía que estaba en la industria farmacéutica, pero eso es bien interesante. Escucha…
En el cielo había sonado algo, o cuando menos esa fue su impresión. Era algo distante, proveniente de gran altura, imbuido de fiereza, semejante al grito de un animal salvaje, o algo más terrorífico incluso.
—¿Qué ha sido eso? —dijo Ghazarian.
Ambos levantaron la vista. Sobre el fondo del firmamento creyeron advertir un amago de movimiento…
, algo oscuro que palpitaba o forcejeaba…
, muy pequeño y lejano. En todo caso, los sonidos provenían de allí.
Los restos del círculo temblaban en el borde del campo de visión de Malcolm, pero la parte central estaba despejada, de modo que pudo distinguir el combate que se desarrollaba en el cielo.
Parecía como si una franja de oscuridad peleara contra otra.
—¿Aves? —aventuró Ghazarian.
—Yo creo que es algo mayor, aunque es difícil de precisar. Aun así…
—Están cayendo…
La pululante masa, en la que era imposible distinguir unos contrincantes de otros, estaba cayendo del cielo, directamente sobre ellos dos, según parecía; y los gritos de rabia y dolor se oían más cercanos.
—No son aves, ¿verdad? —dijo Malcolm.
—No te sabría decir. En todo caso, son enormes. Se están despedazando.
Las criaturas se debatían en el aire, pugnando con relativo éxito por mantenerse a flote al tiempo que peleaban.
Incluso con la luz del día, habría sido difícil precisar lo que ocurría, por la velocidad y brío de sus movimientos y los continuos descensos y subidas.
Rugían y chillaban, descargándose zarpazos y dentelladas, hasta que al final una de las criaturas se apartó y se elevó como una flecha.
Al menos, eso percibieron los dos hombres, porque ya no la vieron más.
Lanzando un aullido triunfal de ira, su oponente desplegó las alas y se alejó, dejando que el silencio volviera a enseñorearse del cielo y del desierto.
—Vámonos —dijo Ghazarian.
Malcolm subió como pudo al coche y se recostó jadeando, a causa del esfuerzo y el dolor.
Ghazarian arrancó el motor y se marcharon de allí.
Mientras se incrementaba la velocidad del vehículo, Malcolm bajó la ventanilla para escuchar.
Aparte del motor y de la fricción de los neumáticos con la carretera, lo único que se oía era el quedo roce del viento sobre la arena.
—Timur —preguntó Malcolm al cabo de un par de kilómetros—, ¿alguna vez tuviste contacto con una alumna llamada Lyra Lenguadeplata? Era miembro del Saint Sophia.
—No me suena ese nombre, y eso que no es de los que se olvidan fácilmente. ¿Por qué?
—Vivía en el Jordan. Se había quedado huérfana y el antiguo rector la adoptó, por así decirlo. Yo le di clases una temporada… Creo que ahora viaja hacia Karamakán y Tashbulak, pero no tengo ni idea de dónde pueda encontrarse en este momento. A propósito de lo cual, ¿dónde estamos ahora nosotros?
—¿Ves esa débil luz de allá delante?
La luna se había puesto y aún no había llegado el amanecer. Malcolm miró hacia donde señalaba Ghazarian.
—¿Qué es?
—Son las luces de Gaziantep. La frontera siria no queda lejos. Dentro de poco, en apenas unos tres kilómetros, nos desviaremos de la carretera principal. Ahora lo mejor será que sigamos adelante.
Malcolm percibía un frescor distinto en el aire que entraba en el coche por un resquicio de la ventanilla.
—Me extraña que haya tan poco tráfico —observó.
—Si hubiéramos tomado la otra ruta, nos habríamos encontrado con dos controles de carretera como mínimo.
Gaziantep es un centro comercial bastante activo en condiciones normales, pero en este momento las autoridades están muy nerviosas.
No quieren que nada entorpezca el paso de los convoyes y trenes cargados con soldados.
—¿De qué fuerzas se trata exactamente?
—La versión oficial es que están bajo mando del Magisterio, pero la alianza incluye cierta proporción de tropas brytánicas.
—¿Cómo es posible?
—¿Cuándo fue la última vez que te comunicaste con Oakley Street?
—Antes de que se anunciara este acuerdo en concreto.
—Es que no llegó a anunciarse. Fue un trato que cerraron en secreto la Oficina de la Guerra y Marcel Delamare.
Malcolm guardó silencio. El mundo estaba experimentando un cambio tan rápido y radical que casi creyó caer presa de una sensación de vértigo, hasta que comprendió que aún tenía la cabeza afectada por el círculo.
—Eso nos va a convertir en traidores —señaló al cabo de un minuto.
—No lo creo. Como el acuerdo no se ha hecho público y probablemente no lo vayan a hacer, en caso de juicio, podríamos alegar que no teníamos manera de saber quién era el enemigo, ni motivos para pensar que eran soldados nuestros.
—Eso no va a llegar a los tribunales —discrepó Malcolm—. Lo que diga la ley sería irrelevante. Nos considerarían delincuentes, a quienes se puede disparar sin más.
Ghazarian se llevó la mano al bolsillo y le entregó a Malcolm una piedra plana y lisa, algo menor que la palma de la mano.
—Por poco me olvido —dijo—. Glenys quería que te diera esto.
—¿Qué es?
—No tengo ni idea. La puedes usar para mantenerte en contacto con ella, pero no me preguntes cómo.
—Vaya. Gracias, de todas formas.
Abrumado por el sueño, guardó la piedra en un bolsillo y cerró los ojos.