3. Con destino a Alepo #4
A Sundberg le costaba sostener la mirada de Delamare.
Jamás había visto un relumbre tan intimidante en unos ojos, pese a que, por lo demás, el presidente mantenía una expresión tranquila, incluso afable.
Su porte era reflejo de una confortable vida en un entorno lujoso y de una actividad laboral agradable.
Tenía un cuerpo robusto, levemente entrado en carnes.
Las manos, que reposaban entrelazadas en el vientre, lucían el resultado de una primorosa manicura.
El cabello oscuro, peinado con un ligero toque de ungüento, tenía un matiz plateado en las sienes.
El traje gris de fino paño de lana inglés, la camisa de prístino algodón y la corbata de seda de discreto estampado constituían la distinguida presentación del burócrata triunfador, personificación de la experiencia y el poder mundanos.
Sus ojos, en cambio, parecían pertenecer a otra esfera completamente distinta, que tal vez no se correspondía siquiera con la de un ser humano.
—Esos hombres de las montañas, por ejemplo —prosiguió Delamare—, quiero saber quién los dirige, cómo contactar con ellos y qué va a hacer usted cuando empiecen a actuar por cuenta propia.
—La respuesta a la última pregunta es que vamos a eliminarlos de manera drástica.
Son una chusma, y obedecen a un liderazgo colectivo, o al menos así lo aseguran ellos, pero su portavoz más destacado se llama Zafar Sayadov.
Dicen que es de Azerbaiyán, pero nadie lo sabe a ciencia cierta. También hay una mujer…
—¿Una mujer? ¿En posición de mando?
—Ignoramos cuál es su posición, pero está claro que es una persona importante. Se llama Leila Pervani. Era una académica de la Universidad de Alejandría, una teóloga experimental de algún tipo, hasta que se implicó en este movimiento.
Delamare anotó algo.
—¿Cómo se ponen en contacto con ellos?
—A través de una red de comerciantes, mercaderes y camelleros, sin utilizar nunca la misma persona. Son muy ingeniosos y a veces dan muestras de una sorprendente disciplina, aunque en el fondo no son más que chusma, tal como he dicho.
«Una sorprendente disciplina…». Desde el punto de vista de Delamare, las personas de la categoría de Sundberg no debían dejarse sorprender por nada.
El presidente comenzó a desmadejar los hilos de dos vías de pensamiento: una reconocía la necesidad de establecer sus propios contactos con los hombres de las montañas, y la otra tanteaba diversas maneras de descartar, en el momento oportuno, a Thuringia Potash del conflicto venidero.
No eran lo bastante grandes y tenían ambiciones limitadas.
—Gracias —dijo—. Será un placer reunirme con sus colegas dentro de una hora, más o menos.
Delamare se levantó y le tendió la mano, con expresión casi afable. Sundberg se la estrechó y se marchó, convencido de haber conducido con gran habilidad la entrevista.
El coronel Schreiber, que había recibido órdenes de detener y hacer desaparecer al guía Hugo Beamish, hizo una segunda visita a Les Diablerets con el fin de observar qué efectos tenían los explosivos sobre el orificio abierto en el aire.
En su opinión, había sido un error deshacerse del guía, que todavía habría podido ser útil, pero de todas formas disponían de sus prolijas anotaciones y, además, el coronel nunca cuestionaba las órdenes.
Delamare le había encargado «destruir» la abertura, y ahí estaba precisamente el problema.
Si le hubieran dicho que destruyera una cosa, un objeto (como una caja de madera, por ejemplo) de algo menos de un metro de ancho por dos de alto, eso exigiría una cantidad de explosivo concreta, que se podría calcular con ayuda de las diversas tablas y figuras puestas a disposición por las escuelas de minería o los departamentos de formación de artilleros.
El coronel había aprendido cómo proceder en tales casos en la escuela militar.
Habría sido capaz de hacer saltar por los aires cualquier objeto.
Con un objeto de madera, un objeto de metal, un objeto sólido o un objeto hueco, se habría generado un estallido y un poco de humo, y el objeto habría quedado reducido ipso facto a una masa de pequeños fragmentos.
Sin embargo, la cosa cambiaba con algo que no era nada, sino vacío. Se podía hacer volar lo que había alrededor, pero, una vez que se hubiera despejado el humo, el vacío seguiría allí, inalterado.
—De todos modos, el meollo del cometido —había destacado su daimonion puercoespín cuando reflexionaban al respecto— no consiste tanto en destruir el agujero como en hacer que sea imposible pasar por él.
Algo que funda el aire por los bordes y que los junte haciéndolos chocar… Eso podría funcionar, ¿no?
—«Que funda el aire» —se mofó el coronel.
—Bueno, ya sabes a qué me refiero, a esas explosiones de tipo termobárico.
—El problema está en que disponemos de una sola cosa para hacer la prueba. Ahí está el quid de la cuestión.
No obstante, había otros problemas aparte de ese.
¿Qué sería preferible, colocar la carga explosiva en este lado, en este mundo, o en el otro?
Ese era un interrogante. ¿La explosión tendría por efecto ensanchar la abertura en lugar de cerrarla?
¿O tal vez el ruido y el humo llamarían la atención de las autoridades de ese otro mundo, que podrían investigar y exigir compensaciones, o algo peor?
¿O acaso podía haber algún método sencillo de cerrar ese maldito agujero en el que no se le había ocurrido pensar?
Su daimonion sugirió la analogía de un salvaje o un hombre primitivo que encontrara un abrigo y lo llevara puesto, pero que tuviera que dejarlo abierto porque, al ignorar la existencia de las cremalleras, creía que las hileras de dientecillos de metal tenían una función meramente decorativa.
—Algo por el estilo, digamos —concluyó.
El coronel no era muy aficionado a las analogías; al fin y al cabo, para eso estaban los daimonions, que raras veces decían algo útil.
Lo de los explosivos termobáricos, sin embargo, tal vez tuviera sentido.
Una explosión en dos fases, la primera de las cuales impregnaba el aire de una niebla o vapor, al que después prendía fuego la segunda.
Se trataba exactamente del mismo procedimiento que había utilizado Lyra con un saco de harina cuando rescató, años atrás, a los niños de Bolvangar.
El coronel, que no se hallaba al corriente de eso, estaba pensando en un dispositivo denominado tonnerre double , prohibido en los enfrentamientos entre países civilizados debido a los abominables estragos que causaba en las víctimas y, de hecho, en cualquier criatura provista de pulmones que se encontrara cerca.
Lo de «prohibido» significaba tan solo que los fabricantes de armas no podían venderlo de manera pública, pero la investigación y el desarrollo de tales artefactos seguía adelante, de tal forma que, con sus contactos especiales, Schreiber había podido conseguir sin dificultad dos recientes ejemplares de granadas tonnerre double , perfectamente manejables.
Tras sacar de la mochila los artilugios, que parecían unas latas, y conectarlos a un temporizador que garantizaría que detonaran al mismo tiempo, colocó una acostada en este lado de la abertura, y la otra en la correspondiente posición en… el otro mundo.
—¿Cuánto va a tardar? —preguntó su daimonion.
—Diez minutos. Tiempo de sobra para llegar hasta esa roca de la que sobresale el árbol.
El daimonion, que se acordaba de esa roca, se adelantó entre las piedras y las raíces entrecruzadas, tirando lo más posible del lazo invisible que lo unía a Schreiber para hacer que se diera prisa. Llegaron a la roca con cinco minutos de adelanto y se instalaron en la cara opuesta a la abertura.
—¿Qué crees que va a ocurrir? —preguntó el daimonion.
Justo en ese momento, oyó que se acercaba alguien.
Puesto que no había ningún camino definido, el hombre…
, era un hombre, ya que silbaba…, había tenido que trepar, igual que ellos, sobre el musgo y las rocas.
Sin que el daimonion pudiera evitarlo, sus púas comenzaron a vibrar, y produjeron un leve ruido que en ese momento les pareció estruendoso tanto a él como a Schreiber.
Los silbidos cesaron y también el sonido de pasos. Se imaginaron al hombre mirando en torno a sí, desconcertado. Entonces le dijo algo a su daimonion, que le contestó con voz de paloma.
Al cabo de un momento, se volvió a poner en marcha.
Oyeron el crujido que producía al pisar los retazos de nieve, el roce de los matorrales y el choque de la punta metálica de su bastón con las rocas.
Schreiber posó la mano en el lomo de su daimonion, presionando con suavidad las púas.
Si el hombre seguía en la misma dirección y al mismo ritmo, se encontraría muy cerca del explosivo en el momento en que iba a estallar.
A menos que pudieran retirar lo que quedaría de su cadáver, lo encontraría cualquiera que pasara por allí, quizá buscándolo, lo cual atraería a su vez su atención hacia el orificio del aire.
Eso era lo último que habría querido Delamare.
No obstante, si avisaban al hombre, se delatarían también y, si lo dejaban vivo, podría ser incluso peor.
El daimonion compartía cada temblor en los pensamientos del coronel. Qué grotesca y funesta coincidencia…