El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 3. Con destino a Alepo #3
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3. Con destino a Alepo #3

El director hizo caer varios papeles al suelo en su precipitación por devolverle el saludo.

Luego hizo sonar la campanilla para llamar al ordenanza.

¿Se habría dignado el maldito bribón en limpiar la camilla desde que llevaron en ella a Peters a la enfermería?

Tal vez ese tal Grigorian no se daría cuenta.

Definitivamente, ya no iba a tener con quien conversar sobre cuestiones de arqueología. Qué complicado era todo…

Tuvieron que despertar a Malcolm para vestirlo y colocarlo en la camilla.

Pese al sueño inducido por la morfina en que se hallaba, en el curso del incómodo desplazamiento por las escaleras y la introducción en el coche, recobró un mínimo el conocimiento como para ver lo que ocurría, y cuando el coche comenzó a alejarse y la luz amarillenta de una farola iluminó la cara de su captor, comenzó a comprender.

No obstante, la morfina volvió a sumirlo en un estado de sopor, sin darle margen a poder hablar.

Ni siquiera se dio cuenta de que Asta saltó del suelo del compartimento del acompañante para posarse, ronroneando, en su pecho.

Marcel Delamare, presidente del Consejo Supremo del Magisterio, acababa de regresar de un exitoso y fructífero viaje a Londres.

«Exitoso» significaba que había impuesto su voluntad en cada uno de los apartados del orden del día y productivo significaba que el memorándum de entendimiento firmado por ambas partes contenía un anexo disimulado del que no se hizo mención en el comunicado de prensa.

A juzgar por la impresión que se había llevado Delamare de la delegación brytánica, los funcionarios aclararían más tarde, sin ningún tipo de dificultad, los detalles.

Ambas partes habían manifestado, tal como había proclamado con gran bombo la prensa, que los acuerdos eran expresión de la profunda y duradera amistad existente entre el reino y el Magisterio.

Para celebrar la ocasión, el presidente del Consejo Supremo había sido nombrado caballero de la Orden de San Esteban y San Pablo, lo cual lo autorizaba a llevar una vistosa cruz de oro con incrustaciones de perlas y rubíes.

Una vez que se hubo fotogramado oficialmente con ella, Delamare decidió en privado quitarse tan ridículo adorno para no volver a concederle ni una mirada.

El anexo disimulado, del que nadie debía tener conocimiento, especificaba que ambas partes habían acordado el despliegue de tropas y armamento brytánicos en la operación que iba a llevar a cabo el Magisterio en Asia Central.

A no mucho tardar, se enviarían soldados y cañones brytánicos (discretamente, lo que exigía la estricta aplicación de restricciones informativas), que cruzarían el canal de la Mancha de noche para embarcar en tren (según la expresión a que tan aficionados eran en la Oficina de Guerra) en Calais con destino a Constantinopla, donde…

, bien, donde iba a desarrollarse otro acontecimiento.

Las otras únicas personas que estaban al corriente de la existencia del anexo disimulado eran el presidente y su secretario particular por parte del Magisterio, y el primer ministro, el secretario de Estado de Guerra y el jefe del Estado Mayor por parte de los brytánicos.

En condiciones normales, la información del anexo debía presentarse al rey en el Consejo Privado, pero el rey Eduardo XII rondaba los noventa años y ya no tenía una comprensión cabal de los detalles de los asuntos de Estado.

Por ello, consideraron mejor aliviarlo del peso de saber lo que se estaba planeando en su nombre.

Ni siquiera en su juventud se habría formado una idea muy clara de ello, y, en los últimos tiempos, se conformaba alegremente con firmar cualquier documento que le pusieran delante.

Aunque su pulso era trémulo y su memoria tenue, hacía gala de una cortesía sin tacha.

Entre tanto, el cuerpo diplomático magisterial estaba muy ocupado indagando las causas de la guerra para la que iban a implicar en combate a sus fuerzas.

Lo de indagar significaba, claro está, inventar.

En dicha tarea los funcionarios del señor Delamare contaban con la ayuda del Departamento de Relaciones Corporativas de Thuringia Potash, o TP; las empresas privadas son capaces de ocultar casi cualquier cosa detrás de un insulso título.

Lo que hacía TP de Relaciones Corporativas era, básicamente, montar guerras y después ganarlas, pero al amparo de un nombre distinto.

Las Relaciones Corporativas de TP eran capaces de promover una guerra para sus clientes, librarla y ganarla, sin despertar el interés de los tribunales ni de la prensa.

Sus servicios costaban una fortuna. El director ejecutivo de TPRC, el doctor Emil Sundberg, científico social de formación, se reunió con el señor Delamare en su oficina antes del inicio de las conversaciones oficiales.

El sol de la mañana suscitaba hermosos visos dorados en el escritorio de madera de caoba, el papel secante blanco y la negrísima pluma del presidente.

—Muy buenos días tenga usted —saludó Sundberg, cuyo daimonion camaleón se concentraba en replicar el tono exacto de marrón del sillón de cuero en el que estaba a punto de sentarse—. Mis felicitaciones por su nombramiento como caballero.

—Para mí es un gran honor, desde luego —repuso Delamare, al tiempo que se aposentaba en el otro sillón.

—¿Le han dado algún distintivo que lucir, como una cinta o algo por el estilo?

—El protocolo no permitiría que lo llevara en Ginebra, en cualquier caso.

—No, claro está. ¿Y fueron productivas sus conversaciones en Londres?

—En efecto. Le presentaré un resumen completo más tarde, cuando nos reunamos con nuestros funcionarios. Por ahora, quiero que me exponga a grandes rasgos qué es lo que propone su empresa.

—Sí, cómo no. Nosotros sugerimos con vivo convencimiento que cualquier acción que se emprenda debe ser presentada en ruedas de prensa, sesiones informativas y otros actos similares, no como una guerra, sino como una intervención policial de cariz humanitario.

Disponemos de una amplia red de contactos entre Gobiernos y agencias de prensa, con los que hemos desarrollado una potente cultura de discreción y control, y gozamos de un récord sin precedentes en cuestión de filtrado de noticias, ampliamente reconocido por su eficacia.

Podemos planificar y llevar a cabo una rápida…

—Sí, ya he leído su folleto. Lo que quiero oír es lo que no pone allí.

—No quisiera causar la impresión —repuso Sundberg, ejecutando un veloz cambio de estrategia— de que el filtrado de noticias constituye nuestra principal actividad.

Disponemos de gran experiencia en el campo de la acción paramilitar robusta, precisa y controlada.

Todo ello se llevará a cabo con absoluta discreción.

Aparecerá surgido de la nada y caerá luego en la nada del olvido.

—¿Es eso lo que hicieron durante el saqueo de la base de Tashbulak?

—Exactamente —confirmó, con un leve temblor de párpados, Sundberg—.

Los «hombres de las montañas», tal como los denominamos con acierto, atacaron de forma repentina, veloz y contundente, y se retiraron en silencio.

No hay ningún indicio que pueda apuntar a alguna conexión con Thuringia Potash ni con el Magisterio.

—Entonces, ¿cómo se explican estos fotogramas?

Delamare entregó un abultado sobre a su interlocutor.

Mientras este sacaba las fotos, su daimonion trepó hasta su hombro y empezó a adoptar el matiz gris plateado de su traje.

Los fotogramas habían sido tomados mediante una lente telescópica y la calidad era mediocre; aun así, se veía con perfecta claridad un grupo de jinetes vestidos con túnicas blancas que se alejaban de la cámara, acompañados por tres camionetas en cuya caja viajaban, sentados o de pie, otros individuos con túnica blanca.

En la parte posterior de la camioneta más cercana se apreciaba el conocido monograma de TP.

—Estas imágenes se tomaron en las proximidades, justo después.

—Son falsificaciones, por supuesto —afirmó Sundberg.

—Supongamos que no. ¿Cómo vamos a explicarlo?

—¿Dónde las han visto?

—En este edificio solamente, por ahora. Dentro de poco, aparecerán en los periódicos de todos los países implicados en las tareas de investigación de Tashbulak, y ello tendrá una repercusión en las condiciones del contrato del que vamos a tratar esta mañana.

—Le puedo asegurar que… —quiso alegar Sundberg, pero Delamare lo atajó con una voz cortante como la cuerda de un piano.

—Repito: ¿cómo va a responder a la acusación de que Thuringia Potash estaba implicada en el ataque?

—No haciendo caso. Se trata de una despreciable tentativa de poca monta para manchar el nombre de una empresa conocida en todo el mundo por su carácter filantrópico, así como por sus investigaciones punteras en el terreno farmacéutico, de las que se han beneficiado personas con toda clase de afecciones médicas. No merece la pena tomarla en serio.

—Usted y sus colegas van a tener que meditar muy en serio sobre el asunto antes de la reunión que vamos a mantener después. Ahórrese su lenguaje insustancial para el filtrado de las noticias y presénteme una respuesta rigurosa. No quiero volver a ver una imagen como esa, ¿me ha entendido?

—Sí, sí, tiene usted toda la razón, señor presidente. Así lo haremos.