El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 3. Con destino a Alepo #2
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3. Con destino a Alepo #2

—No ha contestado a la pregunta.

—Es que es muy difícil.

—Tenemos tiempo de sobra.

—¿Tiempo de sobra para una pregunta de ese calibre? ¿Cuántos años cree que lleva la gente hablando de eso? ¿Y quiere que yo se la conteste así, a bote pronto?

Habían llegado al agreste camino que los había conducido hasta allí la noche anterior. Ionides dirigió el camello hacia el este y Lyra siguió tras él.

—Hombre, podría decirme qué opina —argumentó—, y yo podría meditar al respecto y después decirle qué me ha parecido su respuesta, y así podríamos entretenernos durante horas.

Sus pulmones acogían con placer el aire de la mañana; el sol era cálido, pero no caliente todavía.

El movimiento del camello le parecía más estable que al principio, seguramente porque se estaba acostumbrando.

Los diversos dolores que la habían atormentado aún se dejaban sentir, pero con menor intensidad, e incluso la mano que se había roto estaba un poco menos hinchada y tenía algo más de movilidad. El mismo Ionides se había dado cuenta.

—Se ve usted diferente, señorita Plata —comentó.

Cabalgaban uno al lado de otro, y esa proximidad facilitaba la conversación.

—Me siento diferente.

—En Madinat al-Qamar pasó algo, ¿no?

—Así es.

—¿Algo real y no imaginado?

—Vaya, eso ha captado su interés. ¿Se refiere a que, en caso de que fuera imaginado, no puede ser real? ¿Y qué ocurriría si nos lo planteamos a la inversa? ¿Si es real no puede ser imaginado? ¿Considera, pues, que son conceptos antagónicos?

—Este juego lo ha elegido usted, señorita Plata. Yo soy un hombre sencillo y no conozco las reglas. Si algo parece real, ¿es real?

—Sí, supongo que sí. Hasta que uno descubra que no lo es.

—No, no lo va a descubrir. Parece real, tiene un sabor real, un color real, el tamaño y el peso correcto… Todo lo que puede ver o sentir sobre él es tal como debería ser. Entonces, ¿es real?

—Sí, entonces debe serlo.

—Pongamos que alguien le dice que eso no es real. Por más que usted crea que es real, que lo sienta así y la cosa tenga el peso que debería tener, esa persona afirma que no es real. ¿Qué le contestaría usted?

—Le preguntaría por qué piensa eso.

—¿No lo creería de ninguna de las maneras?

Tuvo que pararse a reflexionar. ¿Qué habría dicho Gottfried Brande?

Para él, lo único que contaba eran las pruebas concluyentes que podían expresarse con números.

No tomaría ni siquiera en consideración la idea de que algo irreal pudiera ser real.

Simon Talbot, por otra parte, consideraba que la distinción entre real e irreal era un constructo cultural, totalmente dependiente del contexto social y político, desprovisto de validez permanente.

—Un momento —dijo—. Yo hablaba de la diferencia entre real e imaginario. Usted lo ha convertido en la diferencia entre lo real e irreal. ¿Qué ha pasado con la imaginación? ¿Adónde ha ido a parar? ¿Considera que imaginado es equivalente a irreal?

—Yo solo soy un humilde guía, señorita Plata. Sus preguntas tienen un calado filosófico que queda fuera de mi capacidad de comprensión. ¿Por qué me pregunta a mí?, repito.

—Porque no creo en absoluto que sea un humilde guía. Creo que es una persona muy lista, que oculta una gran parte de lo que es. Creo que es capaz de responder fácilmente a esas preguntas, y de veras me interesa conocer su opinión.

—Tiene razón, claro —respondió animadamente el hombre—.

Yo lo sé todo, pero no es bueno para los negocios decir tal cosa.

Si tuviera una tarjeta profesional, no le daría una a un cliente donde pusiera: «Abdel Ionides, lo sabe todo».

Entonces me mirarían y dirían: «Si lo sabe todo, ¿por qué se viste como un mendigo?

». No es cosa fácil de explicar, señorita Plata.

—Otra vez ha hecho lo mismo.

—¿El qué?

—Ha esquivado la pregunta. Si algo es imaginado, ¿significa que no es verdad?

—Muy bien. Me tiene acorralado. Me persigue como el gato al ratón, y no tengo escapatoria. Pues aquí lo tiene. Esto es lo que yo sé: sin imaginación, uno nunca percibe la verdad en nada. Sin imaginación, cree percibir más verdad, pero en realidad percibe menos. ¿Sabe quién me dijo eso?

—No. ¿Quién?

—Un santo de la India. Estaba en la cárcel conmigo en Bagdad. Un hombre muy santo, pero no muy listo, y por eso lo detuvieron.

—¿Ha estado usted en la cárcel?

—Muchas veces.

—¿Por qué?

—En algunos sitios, señorita Plata, lo meten a uno en la cárcel sin motivo.

No hay delito, no hay juicio, ni sentencia.

Con que no le guste a alguien la cara de uno, va directo adentro.

Pongamos que llega a una ciudad que no conoce y que necesita algo de dinero.

Hay un mercado y uno se presta para jugar a algo, backgammon, ajedrez, cartas o lo que sea.

Se sienta y empieza a jugar con unos honrados ciudadanos, igual que uno mismo, pero, ¡patapam!

, llega un policía. «¿Qué están haciendo?

», pregunta. Yo explico que es un simple juego inocente para distraerme con mis amigos.

Sin escuchar, él dice que va contra la ley, que tengo que ir ante el juez.

El juez dice: dame algo de dinero o, si no, te mando a la cárcel.

Resulta que yo no tengo dinero y que la cárcel no está tan mal.

Es un sitio seco donde se puede dormir, te dan un poco de comida y hay compañía interesante, como, por ejemplo, ese santo de la India.

Él me da esas palabras de sabiduría y yo, a cambio, le enseño un sencillo juego con tres cartas, para que pueda ganar un poco de dinero con el que comprar comida cuando lo dejen salir, y así de esta forma pasamos el tiempo hasta que me sueltan a mí.

—¿Y a él lo soltaron?

—No lo sé. Puede que lo vuelva a ver un día, o puede que no.

Y, entretenidos con tales conversaciones, prosiguieron camino hacia Alepo.

El director de la prisión de Küçüklü aún no había conseguido trasladar al arqueólogo inglés al hospital civil.

No lo querían admitir; alegaban que no tenían camas, que la situación del transporte era complicada, que en la unidad de transfusiones disponían de poca sangre, que no podían autorizar el traslado de presos sin contar con el personal de seguridad adecuado (una objeción en sentido contrario a la que habían planteado en una ocasión anterior) y así seguidamente.

El doctor Martin Peters, cuyo daimonion había desaparecido, seguía, pues, acostado en la mugrienta y lóbrega enfermería de la cárcel, atendido por el mismo ordenanza, supersticioso y gandul. Cuando en otra zona de la cárcel se declararon dos casos de disentería, el director se empezó a alarmar.

—El paciente doctor Peters —le dijo al ordenanza— no se puede quedar allí si tenemos dos pacientes con disentería.

—Dos presos.

—Pero ¿qué dices?

—Que no son pacientes. Son presos, igual que él.

—Sácalo de la enfermería y ponlo en una celda limpia, y después…

—¿Que lo ponga dónde?

—En una celda que esté desinfectada a conciencia. Ponlo allí y después traslada los dos presos infectados a la enfermería.

—No me está permitido hacer eso. Solo el personal militar puede trasladar a los presos.

—Si yo te digo que lo hagas, no solo te está permitido, sino que además estás obligado a hacerlo. Deja de perder más tiempo. Ve a buscar a uno de los guardianes para que te ayude. Y hazlo ahora mismo, no…

De repente se oyó un golpe enérgico en la puerta, un taconeo en el suelo de madera y una voz impostada de tinte militar.

—¡Señor director! Tiene visita. Este señor quiere verlo de inmediato.

El guardia que permanecía cuadrado en perfecta postura era el subordinado con mejor prestancia marcial con que contaba el director, razón por la cual le había asignado este la tarea de recibir a las visitas.

—Bien, ¿quién es? ¿De dónde es?

—El coronel Grigorian, señor director, de la Unidad de Inteligencia. Es urgente.

—Ah, sí. Hazlo pasar, pues. Y tú, vete de aquí —le espetó al ordenanza—, y encárgate ahora mismo de esa celda.

El ordenanza se marchó con displicencia, dejando al director en un estado de agitación como no había experimentado desde hacía tiempo. ¿La Unidad de Inteligencia? ¿Acaso había incumplido alguna norma? ¿Debería haber informado a alguien del ingreso del arqueólogo inglés?

El recién llegado se cuadró con porte enérgico y el presidente le correspondió con un improvisado saludo, maldiciéndose para sus adentros por su torpeza.

—Coronel Grigorian…, eh…, sea bienvenido —saludó—. Tome asiento, por favor.

El oficial, un individuo delgado de unos cincuenta años, de ojos muy oscuros, tenía un daimonion halcón. Vestía un uniforme caqui con gorro de astracán, cinturón Sam Browne y pistola en la cadera. El director no reconoció la insignia.

—Seré breve —advirtió Grigorian—. Se trata del preso Peters, el doctor Martin Peters. ¿Cuánto tiempo lleva aquí?

—Eh…, mmm…, a ver…, un momento, que lo busco…

El director se puso a manosear entre sus papeles, plenamente consciente de la impresión, tan poco castrense, que debía de estar causando ante aquel soldado tan elegante, con tanto empaque y aplomo.

—Bueno, déjelo —dijo Grigorian—. Tengo prisa. Quiero que me entregue todos y cada uno de los papeles que guarden relación con este hombre. ¿Comprendido?

—Todos y cada uno —acató el presidente, inclinando la cabeza.

—Ahora tome las disposiciones para que lo bajen a mi coche. Según tengo entendido, está herido. ¿No es así? ¿Es capaz de caminar?

—No… Recibió un disparo en la parte alta de la cadera… Lo van a tener que llevar en camilla, me temo. Está…

—Entonces, ocúpese de ello, sin demora. Y ordene que traigan las pertenencias con las que llegó aquí.

—Sí, por supuesto…, está…, eh…, supongo que usted está al corriente del fenómeno de la citocinesis postraumática, ¿no?

—Por supuesto. No es de extrañar. Esperaré fuera, en mi coche —anunció, y se cuadró de nuevo.