3. Con destino a Alepo
C uando despertó bajo las pieles de oveja, Lyra advirtió que el sol no había salido todavía y las estrellas aún no se habían acabado de difuminar en el cielo.
El aire estaba muy frío. Allí tumbada, veía a Abdel Ionides, dormido al igual que los camellos, y el mudo perfil de las ruinas de Madinat al-Qamar, recortadas en el horizonte.
Le habría encantado quedarse amodorrada, aferrando contra su pecho el sueño de Pan, pero tenía asuntos privados de que ocuparse antes de que se despertara Ionides.
El frío era penetrante y la mano le palpitaba sin tregua, pero se sentía limpia, tranquila y despejada, amparada en el conocimiento del secreto del edificio rojo.
Tapándose de nuevo, se puso a contemplar la progresión del amanecer en el cielo.
En aquel territorio desolado, no había trinos de pájaros; los únicos sonidos que percibía eran los ocasionales resoplidos de los camellos y la queda respiración de Ionides. La quietud del aire era tal que no propiciaba ni siquiera el suspiro del roce de los granos de arena.
Pensó otra vez en lo que había ocurrido en el foro bañado por la luz de luna y después en la tesorería, y en la conversación que había mantenido a continuación con Nur Huda junto a la fuente.
Le daba la sensación de que todo lo que había hecho y dicho en la Ciudad de la Luna había tenido lugar en un estado de delirio.
Mandó su bendición a Nur Huda y a su pequeño daimonion jerbo, para protegerla con sus buenos deseos en el viaje de regreso a casa, y si bien se le escapó un tenue sollozo de impotencia surgido de una parte de sí misma, consciente de que había perdido para siempre el aletiómetro, por otro lado, constató un curioso alivio…
¿Un sollozo surgido de una parte de sí misma?
¿Cuántas partes tenía? ¿Estaba Pan al corriente de lo que había hecho?
Él también era una parte de sí, o bien ella era una parte de él.
Quizá no estuviera muy lejos. Quizá la estuviera esperando en el desierto, en las proximidades de Alepo.
Ella, o una parte de sí misma, sentía también un innegable entusiasmo, un cosquilleo de expectación y esperanza.
Aparte estaba ese sueño… Y la advertencia, en el supuesto de que fuera una advertencia, sobre algo llamado el alkahest…
¡Había tantas cosas por indagar! El amanecer incipiente se desplegó con rapidez: a diferencia de las perezosas alboradas de las latitudes septentrionales, pareció como si el sol saliera en un abrir y cerrar de ojos.
Los camellos empezaron a rebullir. Ionides debió de haberlos oído, porque giró sobre sí y se incorporó con soltura.
Lyra observó como su daimonion se subía a una roca que había detrás de él y se desperezaba con los primeros rayos de sol.
—Ya despierta, señorita Plata —dijo, como una constatación, no como una pregunta—. Se me ha adelantado. ¿Cómo le fue en Madinat al-Qamar? ¿Averiguó algo sobre su daimonion, si no es indiscreción?
Mientras hablaba, se puso en pie, recogió las mantas y, depositándolas sobre la piedra, sacudió la arena. Su voz sonaba como la de un actor en el escenario, sin forzar el volumen, simplemente diáfana y perceptible.
—No —respondió.
—Ah.
Mientras se situaba detrás de la roca, probablemente para desahogar la vejiga, Lyra se cambió de camisa, tomando la precaución de transferir la aguja del aletiómetro de un bolsillo a otro.
Después trató de arreglarse el pelo. Era consciente de que debía de presentar un aspecto desaliñado.
Tampoco era que le importara demasiado. No obstante, en su interior se había alumbrado algo y unas ganas terribles de ducharse.
Se agachó junto al fuego, que Ionides había dejado resguardado con ceniza, y empezó a remover trozos de leña, con la esperanza de avivarlo.
—Pero ¡qué hace, señorita Plata! Esto es trabajo mío. ¡Me ha empleado para hacer fuego, para cocinar y todo eso, no para que me quede sentado como un pachá viendo como apaga lo que quedaba de este!
Apartándola con precipitación, se encorvó para corregir el resultado de su torpe tentativa.
—Fíjese, la llama quiere ir por este lado.
Lo que hay que hacer es dejarla salir, darle energía, ayudarla.
¿Ve esta leña? —Se trataba de una nudosa ramita salpicada de espinas y de gotas de resina—.
Esta es la mejor amiga, la sirviente fiel.
Así como el pastor tiene un perro, uno debe tener a mano el espino rojo.
Por la noche se guardan dos o tres ramitas, se dejan cerca, se mira el fuego hasta que suben unas llamitas de la altura de un dedo y entonces…
A la manera de un vendedor de dulces que manipulara hilos de algodón de azúcar, hizo girar el espino rojo sobre las llamitas y pronto logró que se elevaran, alargándolas y trenzándolas como madejas de hilo para luego hacerlas bajar con otra estaca.
Al cabo de poco, se había formado una estable hoguera.
Ionides apagó la punta del espino introduciéndola en la arena y la entregó a Lyra, antes de colocar en el fuego el cazo para preparar el café.
Ella, por su parte, se guardó la ramita chamuscada en el bolsillo.
—Anoche cuando volvió —dijo Ionides, colocándose de cuclillas—, va y me dice que vio un pájaro gigante parecido a un león, o un león parecido a un pájaro. Yo, claro, pienso que había perdido por un momento la cordura.
—¿Nunca ha visto usted algo parecido?
—Nunca. Se dice que existen unos seres así, pero no es seguro, y si existen, están solo en las montañas de Elburz.
—¿No son las aves de que me había hablado? ¿Los oghâb-gorgs ?
—No, no. Esos son unos meros salvajes. Esos que describe son muy nobles y orgullosos. Hay personas que dicen que son espíritus, otras no creen ni siquiera que existan y las hay que opinan que son cosas de leyendas. No conozco la palabra con que las nombran ustedes. En francés los llaman griffon.
—Grifos —tradujo Lyra—. Es casi lo mismo. ¿Qué cree que hacía en al-Khan al-Azraq?
—Buscar oro, quizá. Les encanta el oro. Si alguien les roba su oro, lo persiguen hasta el otro extremo de la tierra.
De modo que la criatura se había llevado al tuerto por el oro del aletiómetro que tenía en la mano… Lo extraño era que se lo había robado hacía tan solo unos segundos; no era posible que el grifo lo persiguiera por eso. Tal vez llevase alguna otra pieza de oro en los bolsillos.
—¿Vio algún daimonion por ahí? —prosiguió Ionides.
—Sí, pero no era el mío.
—¿Quiere volverlo a intentar?
—No. Mi daimonion no está allí. Había estado, pero se fue.
—O sea, que de todas formas averiguó algo. ¿Y adónde se fue?
—Hacia el oriente, más hacia el este.
—¿Sabe adónde?
—Sí —contestó, con un asomo de duda que habría preferido disimular, porque el hombre era demasiado perspicaz para no percatarse.
—Si sabe dónde, va a querer ir tras él, ¿no?
—Lo sé en general, pero no de forma concreta. El este es un territorio muy extenso.
—El este es un territorio muy extenso —repitió él, pronunciando las palabras sin ningún amago de burla, pese a lo cual ella percibió una chispa de regocijo en su mirada.
Después de retocar la posición del cazo en el fuego, entregó a Lyra una bolsa de dátiles. Comió uno; era intensamente dulce.
—Alepo está en el este —comentó Ionides.
—No va a estar en Alepo.
—Mañana llegaremos allí. ¿Qué haremos entonces?
—Voy a ir al café Marletto.
—¿Conoce el Marletto? ¿De qué conoce ese sitio? —preguntó con tono de sorpresa.
—Yo sé más cosas de lo que cree —respondió, antes de meterse otro dátil en la boca, pues consideró que al menos tendrían un efecto nutritivo.
—¿A quién va a ver en el Marletto?
—Depende de quién haya dentro.
—¿Y después?
Tras verter agua hirviendo en la cafetera, se puso a remover vigorosamente el oscuro líquido con un palito que, dotado de varias incisiones en la punta, hacía las veces de tosca escobilla. Una vez que la espuma llegó a la altura del borde, añadió una pizca de algo que sacó de un paquetito de papel.
—¿Qué es? —preguntó Lyra.
Ionides se lo mostró. Parecía sal. Lyra cogió un poco y comprobó que así era.
—¿No se había fijado las otras veces que había puesto sal? —dijo él.
—No estaba en condiciones de darme cuenta de gran cosa.
—¿Y ahora sí?
—Sí. ¿Por qué pone sal en el café? La gente suele ponerle azúcar.
—Así sabe mejor el café. Ya hay mucho azúcar en los dátiles. ¿Quiere que prepare un poco de pan? Se hace rápido y queda muy bien.
—No, gracias. Con los dátiles y el café es suficiente.
—Son muy sustanciosos. Cuando esté lista, nos vamos de este sitio tan melancólico. ¿Qué clase de daimonion vio ahí dentro?
Mientras él cargaba todo en los lomos de los camellos, le contó un montón de mentiras sobre lo que había visto y hecho en el hotel Azul.
Omitió hablarle de Nur Huda. Se le hacía raro volver a mentir, o a fabular, cuando menos.
A aquellas alturas, le maravillaba la infinita facilidad que tenía para ello de niña.
Lo difícil no era inventar, sino hacer que la historia sonara convincente.
Si Pan hubiera estado allí, la habría ayudado aportando detalles, inspirándola, fingiendo añadir o corregir cosas…
Mientras hablaba, se preguntó si era eso a lo que se refería con lo de la imaginación.
Ionides la escuchaba con gran atención, como si encontrara esclarecedora y verosímil aquella sarta de disparates.
—Señorita Plata —le dijo, no obstante, una vez que ambos estuvieron acomodados sobre los camellos—, está usted de broma.
—Ah, ¿no me cree?
—Ni una palabra. Pero la historia era muy buena.
—Señor Ionides ¿qué es el alkahest?
—¿Cómo dice?
Se lo repitió.
—Algo me habló de eso. ¿Había oído esa palabra?
—No, nunca.
—Suena un poco a árabe… ¿Qué cree usted que es la imaginación?
—¿Por qué me lo pregunta?
—Porque está aquí. Pero ¿qué es, según usted, la imaginación?
—¿Acaso no cree que yo digo la verdad?
—No siempre.
El hombre soltó una carcajada y, de forma automática, ella se echó a reír también.