2. La enfermería #6
El director se concentró en la ropa de la taquilla y lo único que encontró en los bolsillos fue un pañuelo.
Por lo visto, aquel hombre no poseía gran cosa.
Los soldados que lo encontraron, la policía que lo llevó a la cárcel o el personal de admisión debían de haberse quedado con cualquier objeto interesante o de valor que pudiera tener.
Tras dispensarle otra mirada al prisionero, el director regresó a su despacho y volvió a repasar los documentos.
—Martin Peters —leyó en voz alta.
—Doctor Martin Peters —precisó su daimonion—. Está francamente mal.
—Bueno, ya veremos cómo evoluciona. Por ahora no podemos hacer nada más.
El director tabaleó con los dedos en la mesa, consultó el reloj y volvió a ordenar los papeles del inglés. Luego se fue a mirar por la ventana, una de las pocas del ala de administración que gozaba de vistas a la calle, y no alcanzó a distinguir ninguna ambulancia entre el denso tráfico.
—Apuesto a que no ha contactado con el hospital —opinó su daimonion.
—Pero ¿por qué no iba a hacerlo si se lo he ordenado?
—Podría argumentar que las cuestiones médicas son competencia suya y no tuya.
—Creo que este es el personal más perezoso y díscolo con el que hemos tenido que tratar —se lamentó, con un suspiro, el director—. Son unos tercos. No hay ni uno solo que…
El ordenanza médico abrió la puerta y entró sin llamar.
—Está muerto —dijo.
—¿Cómo?
—¿Es que no me ha oído? He dicho que está muerto.
—¿Quién, Peters? ¿El inglés?
—Ese que está en la cama de la enfermería.
—¿Qué ha pasado? ¿Ha dicho algo? ¿Se ha despertado?
—No sé qué ha pasado. No ha pasado nada. Yo estaba acabando de fregar el suelo y, de repente, me he dado cuenta de que su daimonion había desaparecido. O sea, que no hay otra, ¿no? Está muerto.
El director se puso en marcha a toda prisa y se le adelantó, enojado. Al llegar a las escaleras, se detuvo de improviso.
—¿Por qué corro? —se planteó.
—Porque crees que igual no está muerto —repuso su daimonion.
—Sí… Bueno…
Era porque aquel hombre era arqueólogo, tan solo por eso.
El director se había hecho ilusiones de poder disfrutar de alguna que otra conversación civilizada.
Siguió bajando con mayor prudencia. Tendría que redactar informes, rellenar impresos y buscar información.
La situación de ese hombre era, con todo, curiosa.
Debió de haber sufrido algún ataque, pero ¿por qué tenía que ocultar la herida?
Tal vez estaba implicado en actividades de tráfico de antigüedades, tal como el médico había apuntado con tanto cinismo.
Aunque tampoco era de descartar, resultaba un tanto precipitado afirmarlo en ese momento.
Y sus documentos… eran falsos, sin duda.
Era una lástima. Al director le habría gustado interrogar a ese individuo, porque estaba convencido de que sus métodos de sondeo eran más eficaces que las robustas técnicas que se aplicaban con la aprobación oficial. Con ello tal vez habría impedido, o incluso resuelto, algún crimen de envergadura.
La enfermería aparecía aún más lúgubre con la menguante luz del atardecer.
El cuerpo del hombre yacía exactamente igual que antes, con los ojos cerrados, los brazos a los costados y la cabeza apoyada en la mugrienta almohada.
El daimonion había desaparecido. ¿Qué forma tenía?
El director trató de hacer memoria. Un gato, quizá…
Miró debajo de la cama, más bien como formalidad.
El suelo estaba recién fregado, pero el ordenanza no había pasado la fregona por todas partes, ni tampoco lo había enjuagado bien. Eso era lo único apreciable.
—¿Qué ocurre? ¿Qué pasa? —le preguntó a su daimonion, que emitía quedos gemidos, posado con actitud temerosa en la barra del pie de la cama.
—Hay algo que no concuerda —respondió este.
—Ah, vamos, no es la primera vez que vemos un cadáver…
—Tiene los ojos abiertos.
Los tenía abiertos, en efecto, y lo estaba mirando a él.
El director exhaló un chillido de terror. Al retroceder de un salto, tropezó y acabó cayendo de espaldas en la cama de al lado.
—¿Qué pasa? —preguntó el ordenanza, que acaba justo de entrar.
El director se enderezó a toda prisa, mortificado ante la idea de que aquel necio lo hubiera visto despatarrado sobre la cama.
—¿Dónde está su daimonion, maldita sea? —gritó.
El ordenanza pestañeó y luego se encogió de hombros, con un leve amago de suficiencia en la cara.
—Ya le he dicho que no estaba. Ha desaparecido, tal como hacen todos.
—¡Fíjate! ¡No está muerto, botarate! ¡Tiene que estar por aquí cerca! ¡Búscalo! ¡No te quedes ahí como un pasmarote! ¡Muévete, vamos!
Sobrecogido ya en igual medida que el director, el ordenanza retrocedió con la misma precipitación y se inclinó para coger en brazos a su daimonion gallina, que cacareaba presa de gran agitación.
—No está aquí… Se lo juro… He mirado por todas partes…
—¡Bastardo embustero! ¡Vete ahora mismo de aquí y busca por todo el edificio!
El director era consciente de que, fuera cual fuese su identidad, el hombre que estaba tendido en la cama lo había oído y presenciado todo.
No estaba muerto y, sin embargo, no tenía ningún daimonion.
El atávico temor a lo sobrenatural, más viejo que la historia y probablemente incluso que el lenguaje, atenazaba el corazón del director.
El hombre postrado en la cama abría la boca.
Quería decir algo, pero tenía la garganta reseca.
El gobernador miró con precipitación en torno a sí y, tras localizar una mugrienta taza, la llenó con el agua de la ducha que había en el rincón.
Sobreponiéndose al miedo y admirado de su propia resolución, ayudó al inglés a incorporarse y le acercó la taza a los labios.
— Merci —le dijo este.
— Vous êtes français?
Pareció como si el prisionero se planteara qué respuesta iba a dar.
— Non —contestó—. Anglais .
—Eso me parecía —dijo, en inglés, el director—. ¿Y cómo se llama?
El hombre tomó otro trago de agua, que tenía un leve color marrón y un fuerte olor a desinfectante.
—Peters —repuso—. Martin Peters. ¿Dónde estoy? ¿Quién es usted?
—Soy el director de esta cárcel, señor Peters. Doctor Peters. Hemos examinado sus documentos.
—¿Por qué estoy en una cárcel?
—Dado que hay alteraciones de orden público en la ciudad, consideramos que estaría más seguro aquí que en el hospital.
—Entonces, ¿estoy preso?
—No se preocupe por eso. Cuando lo he examinado hace un rato, no había duda posible de que estaba usted vivo. Su daimonion estaba presente. Ahora ha desaparecido. Mis empleados están desconcertados, como se puede imaginar.
—Ah. ¿Se ha ido? Ya me parecía. ¿Por qué me duele tanto la cadera?
—Recibió un disparo. ¿No se acuerda?
—No. Yo solo recuerdo que bajaba por las escaleras de una casa abandonada.
—¿Dónde estaba esa casa?
—En Antalya.
—Eso queda muy lejos de aquí.
—¿Iba en un tren? ¿Me subió alguien a un tren?
Trataba de sentarse. Sobreponiéndose a su renuencia a tocar un ser tan insólito, el director le puso otra almohada detrás de la espalda, no sin antes cambiarla de lado para dejar la cara más limpia por arriba.
—Lo encontraron en un tren, en efecto, pero…
—¿Por qué me llevaron a una cárcel?
—No se preocupe por eso, por favor. Esto es la enfermería. Lo están atendiendo como es debido.
El hombre herido miró en derredor, y el director captó de sobra lo que pensaba de aquel lugar.
—Lo atendemos lo mejor que podemos —matizó el director—. Estos son tiempos difíciles.
—¿Dónde está mi ropa?
—La hemos guardado. Está empapada de sangre, desde luego.
—Querría que me la trajeran, y que la laven, a ser posible. ¿Me la puede lavar alguien?
—Sí, nos ocuparemos de ello. Pero…
—Y después me iré de aquí.
—Mucho me temo que no es tan sencillo. Hay un protocolo que aplicar.
Debemos consultar a las autoridades y llevar a cabo ciertas comprobaciones.
Por desgracia, esto no es un hotel, señor Peters.
Es una cárcel, por más que tratemos de hacer de ella un lugar civilizado y medianamente agradable. Mientras esté aquí…
—No, no, un momento. Si estoy preso, necesito saber cuál es el delito que presuntamente he cometido y hablar con un abogado. Si no me lo permiten, me pienso marchar.
El gobernador quedó afligido por la exigencia. Aparte, aún no acababa de creer que se pudiera hablar con un hombre que estaba muerto. En su cabeza había un sutil zumbido de miedo que no se acaba de disipar.
—Todo se solucionará sin problema —aseguró con tono conciliador—.
Le garantizo que tanto yo como mis subordinados haremos todo cuanto esté en nuestras manos para que salga de aquí lo antes posible y en mejor estado de salud.
No puedo permitir que alguien con una herida como la suya corra el riesgo de viajar en este momento.
Con unos cuantos días de reposo, una comida nutritiva y atención médica…
—Estoy demasiado débil para discutir —murmuró Malcolm.
—Además está la dificultad causada por…, por la ausencia de su, eh, daimonion… Ya sabe cómo es la gente…, y es de prever que los empleados se vayan a alarmar mucho… Son unos crédulos campesinos en su gran mayoría. Yo voy a impartir órdenes, claro está, que serán obedecidas, pero…
—Sí, comprendo.
—¿Alguna vez le…? Disculpe, pero ¿le había ocurrido algo así con anterioridad?
—Es un fenómeno atípico, pero no desconocido. Usted lleva un uniforme militar. ¿Habrá estado en un campo de batalla, supongo?
—Bueno, no últimamente, pero ¿qué tiene que ver eso con…?
Malcolm estaba completamente consciente ya. A pesar del dolor, pensaba con fluidez.
—¿No se ha topado con manifestaciones de citocinesis postraumática? —preguntó.
El director no se había topado con ninguna, por supuesto.
—Ah, o sea, que es un caso de… Ya entiendo. Eso lo explica todo. No deja de ser alarmante, desde luego, para quienes no estén acostumbrados a ello…
—Mi daimonion regresará de forma gradual. No hay de qué alarmarse, de verdad. Mientras tanto, agradecería poder contar con una cama más limpia y con personal con cualificación médica para curarme la herida.
—Ah, ya. Ya había pensado en eso. Puesto que parece haber perdido mucha sangre, me he planteado que podría necesitar una transfusión.
Como aquí no podemos realizarla, como es evidente, he solicitado consejo y asistencia al Memorial Hospital y, en condiciones normales…
, deberían darnos una respuesta muy pronto.
—¿Y lo de una cama más limpia?
—Mmm. Déjeme pensar… Veamos qué se puede hacer.
El director se marchó de forma apresurada, y dejó al prisionero envuelto en una polvorienta penumbra dorada. Incapaz de permanecer despierto, Malcolm cerró los ojos y se quedó dormido.
A Asta, su daimonion, nunca le había costado escapar de espacios cerrados.
Para él, era como si la prisión militar tuviera la misma consistencia que la niebla.
Al mismo tiempo que el director hablaba con esa parte de sí mismo llamada Malcolm, Asta se desplazaba con sigilo entre las sombras del centro de Küçüklü.
Mientras permanecían en la cama fingiendo dormir, habían tratado el asunto con Malcolm.
Puesto que resultaba evidente para ambos que este no podría moverse durante un tiempo, el robusto gato anaranjado se situó junto a la puerta y, al entrar el ordenanza, se escabulló entre sus piernas.
Al cabo de diez minutos, ya había averiguado lo que quería saber.