El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 2. La enfermería #5
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2. La enfermería #5

Ante aquella respuesta, los cuatro grifos juntaron la cabeza, formando un corro, y se pusieron a murmurar entre sí.

Pan experimentaba una curiosa mezcla de emociones: orgullo, por lo que acababa de decir, según constataba, con toda sinceridad; aprensión, porque no tenía ni la menor idea de cómo iban a reaccionar esas enormes criaturas frente a aquel pequeño daimonion que hablaba inglés; y amor, amor por Lyra, amor por Nur Huda y amor por Gulya.

No se trataba, sin embargo, de algo complejo, sino de una sencilla amalgama.

Los grifos se volvieron hacia él.

—Queremos saber más sobre esa imaginación. Nos da la impresión de que es un asunto que concierne a todas las criaturas de nuestros mundos. Debes venir con nosotros para explicarle cuanto puedas a nuestra reina.

Aquella voz parecía provenir de uno que no había hablado antes. Era más ligera y musical, y tenía incluso un toque de simpatía.

—Pero, sus excelencias —repuso Pan, armándose de valor—, yo tengo una tarea que cumplir y no debo desviarme de mi rumbo. Sería un honor para mí hablar con su reina, pero si para ello debo perder una sola jornada de viaje, con todos mis respetos debo responder que no.

En esa ocasión fue Gulya quien contestó. Mientras hablaba, se proyectó en el aire y se puso a volar a su alrededor, batiendo las alas con indignación.

—¿Tú sabes lo que dices? ¡Cómo te atreves a ser tan insolente! No lo pienso consentir. ¡No puedes declinar una invitación para visitar a su majestad celestial la reina Shahrnavāz! ¡Ahora mismo vas a disculparte y rogar para que no tenga en cuenta tu rechazo!

Acto seguido, se posó en la hierba frente a él; irradiaba tal grado de furia que parecía como si lanzara pequeños dardos, chispas invisibles que incendiaban el aire y se le clavaban como aguijones de abejas.

Habría podido ser divertido, pero estaba exhausto.

Solo quería dormir durante un millar de años, de modo que acató la orden.

—Pido perdón, sus excelencias —solicitó, y se inclinó ante el pequeño grifo y sus compañeros—.

Esta noche he aprendido una lección. Será para mí un placer visitar a su reina y responder a las preguntas que me quiera hacer.

La única pregunta que querría plantear yo ahora es: ¿cómo voy a hacer ese viaje y a qué distancia queda eso?

—Móntate a mi espalda —dijo el grifo que acababa de hablar, y se arrodilló para que pudiera subir.

Pan se encaramó a su lomo, y lo halló amplio, cálido y musculoso.

Acostado entre las alas, en la zona en que las plumas de águila daban paso a la piel de león, notó la gran potencia de movimiento cuando la criatura alzó el vuelo hacia el firmamento.

Se sentía protegido, maravillado y lleno de placer.

Momentos después, cayó en los abismos de un sueño profundo como jamás había experimentado.

En la plaza fuerte de Küçüklü, en el sudeste de Anatolia, había una prisión militar, y esta tenía una pequeña enfermería a donde mandaban a meditar sobre su terquedad a los presos renuentes, refractarios a la tortura.

En caso de que persistieran en su actitud, la enfermería era, al fin y al cabo, un sitio apropiado para morir.

Unas semanas después de que Sebastian Makepeace hubiera acudido a Battersea, la misma noche, de hecho, en que Lyra rescataba al daimonion de Nur Huda, a más de ciento cincuenta kilómetros de allí en dirección sur, en la enfermería de Küçüklü yacía un joven, medio desvanecido y sudoroso, atenazado por el dolor.

Lo habían descubierto inconsciente en el tren cuando este efectuó una parada no prevista en el trayecto y concluyeron que se trataba sin duda de un criminal, pues ninguna persona inocente que hubiera recibido un disparo habría tratado de ocultar de esa forma su herida, a menos que pretendiera no atraer la atención de la policía.

De acuerdo con tales razonamientos, a Malcolm Polstead lo habían trasladado directamente al hospital de la cárcel, donde, si daba pruebas del más mínimo sentido de responsabilidad, fallecería sin tardanza.

Había perdido bastante sangre. No obstante, estaba claro que era terco, además de criminal, y que, para ser un forajido, era bastante especial.

El director de la prisión, recién nombrado en el cargo y depositario de suficientes reservas de inteligencia como para haber cultivado un interés por la arqueología, quedó intrigado por los documentos que se habían descubierto en el bolsillo de Malcolm, en los cuales se detallaban sus credenciales académicas. ¡Era un arqueólogo, igual que él!

Tras atusarse el pulcro bigote de corte militar, mandó llamar de inmediato al ordenanza de la enfermería.

—Ese tal Peters, el hombre que recibió un disparo, el inglés…

—¿Qué quiere saber de él? —preguntó el ordenanza—. Coronel.

La insolencia, perceptible solo en la demora, no dejaba por ello de ser inexistente.

—¿Está perdiendo mucha sangre?

—Sí. No durará mucho.

—Quiero que lo vea un especialista. Quizá necesita una transfusión. ¿Dónde está el doctor Osman?

—Se ha ido a casa.

—Mándalo a buscar de inmediato. Después, acompáñame a la enfermería.

Cinco minutos después, el director se encontraba junto a la única cama ocupada de las seis que había en la mugrienta enfermería, en compañía de su daimonion canario, que se había posado en los barrotes de hierro de la armazón.

La luz amarillenta que se filtraba a través del polvo que recubría las débiles bombillas del techo no iluminaba gran cosa.

Aun así, bastaba para ver la suciedad de la cabecera, las manchas de las sábanas y la sangre del prisionero, que ya se coagulaba en las baldosas del suelo.

El hombre tenía una palidez cadavérica y el cabello rubio rojizo oscurecido por el sudor.

Su daimonion gato permanecía acostado en la almohada junto a su cabeza, con respiración exangüe.

—He localizado al médico —anunció el ordenanza.

—Ah, perfecto. Doctor, ¿ha examinado a este hombre?

—Por supuesto que sí.

El doctor Osman estaba irritado. Se disponía a llevar a su esposa a la ópera y, a causa de aquella demora, iba a llegar tarde. Su daimonion lémur tenía una expresión de patente disgusto.

—¿Le han vendado la herida? —preguntó el director.

—Sí, sí.

—Entonces, ¿por qué sangra todavía?

—Es una herida grave. Me extrañaría que pasara de esta noche. Y ahora ¿puedo…?

—No. Cúrele de nuevo la herida. Vuélvala a vendar, mejor que antes. Y después ocúpese de que reciba una transfusión de sangre.

—¿Una transfusión de sangre? ¿Aquí?

—Si pierde más sangre…

—Imposible. No podemos hacerlo. No disponemos del material necesario, no tenemos personal cualificado, ni tampoco la sangre. De todos modos, ¿qué más da? ¿Quién es?

—Un arqueólogo inglés.

—Qué pena. No debería estar viajando por aquí, a ver. Seguro que se dedicaba al pillaje. Se lo tiene merecido.

—Quiero que tome las disposiciones pertinentes para que lo trasladen al Memorial Hospital de inmediato.

—No lo van a aceptar. Acuérdese de cuando lo intentamos con ese asesino que se hizo volar las piernas.

Lo devolvieron tres veces, porque no autorizaban la presencia de un vigilante armado con él, y usted no permitía que se fuera sin contar con uno.

Como si hubiera peligro de que se escapara corriendo…

—Es un caso muy distinto. Este hombre no es un criminal y no necesita de ningún vigilante, y no quiero que se muera aquí. Tenga la amabilidad de cumplir con lo que le pido. Véndele la herida y ocúpese de los trámites para que lo lleven al hospital.

El daimonion del médico dirigió un gruñido al del gobernador, que levantó las alas en ademán de protesta.

—Ahora mismo —añadió el director—. Y tú, limpia el suelo —exigió al ordenanza—. Después prepáralo para el viaje en la ambulancia.

Murmurando, el médico se quitó la chaqueta y los guantes, y se dispuso a vendar la herida del preso.

A juzgar por el aspecto de esta, había sido el ordenanza quien le había puesto anteriormente la venda.

El director dio un respingo. Mientras el ordenanza iba a buscar un cubo y una fregona, el director se quedó observando el ancho rostro del prisionero, los húmedos rizos que semejaban monedas de oro y el pijama de la cárcel, que le quedaba demasiado ajustado.

—¿Dónde está su ropa?

—Ahí dentro —respondió el ordenanza, señalando con el pulgar una hilera de taquillas metálicas.

Al intentar abrir la única que estaba cerrada, el director comprobó que se abría de todas formas, porque el candado no estaba bien encajado. En el interior encontró un lío de ropa manchada de sangre y una mochila.

—¿Ha revisado alguien esta mochila? —preguntó.

—Sí, yo. Ahí dentro estaban sus papeles.

El director sabía cuán inútil era preguntar qué más había dentro, porque, si se trataba de algo de valor, el ordenanza ya lo habría robado.

La mochila en sí misma estaba gastada, descolorida y recubierta de polvo.

Una de las hebillas había sido sustituida por otra que no coincidía con las dos restantes.

—Creía que habías dicho que los papeles estaban en su bolsillo.

—No me acuerdo.

El ordenanza dio un golpe con el mango de la fregona en el somier de la cama y el prisionero emitió un gemido.

—Ten cuidado —espetó el director.

Luego se encorvó para observar más de cerca al prisionero. Este fruncía el ceño mientras dormía. Tenía la frente húmeda y su daimonion daba sacudidas y sacaba las uñas, sin duda debido a un sueño.

El director vació la mochila en la cama que le pareció más limpia.

Lo único que había en ella era una camisa y ropa interior de repuesto, calcetines, un libro en un idioma extranjero, una bolsa de papel que contenía unas tiras de carne seca, una botellita de algún tipo de licor y un ejemplar de una revista en lengua inglesa llamada The Economist .

Eso era todo. Nada relacionado con la arqueología.

—Debe de tener otra bolsa, otra maleta o algo así… ¿Estás seguro de que no llevaba nada más?

—Que yo sepa, no.