El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 2. La enfermería #4
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2. La enfermería #4

Pan tenía la mandíbula dolorida por el esfuerzo.

La proximidad del hocico al pútrido olor de la cabeza del ave le ocasionaba náuseas.

Había recibido, además, varias brutales patadas y golpes de alas.

Era consciente de que le quedaban ya pocas fuerzas, pero, de repente, notó cómo el ave se quedaba exangüe y caía a plomo al agua.

Forcejeó tratando de desclavar los dientes del pico, recubierto de queratina, y hasta temió acabar ahogado por el enemigo al que acababa de matar.

Al final, sin embargo, el pico se desprendió en su boca, y cayó de espaldas al agua.

Mientras observaba, conmocionado y dolorido, el cadáver que se alejaba con la corriente, entre la oscuridad, pensó: «Sin duda, Lyra debe de haber sentido lo que ha ocurrido».

Con un batir de alas más ligero, la primera criatura se posó en la orilla. Pan salió del agua con un inmenso esfuerzo y quedó tendido, jadeando, en la hierba.

Con la luz de la luna distinguió algo que no había visto hasta entonces.

Aquel ser tenía alas, pero no era un ave; también tenía cuatro patas dotadas de garras, a la manera de los leones, pero no era un león.

Tenía el tamaño de un gato doméstico; la cabeza, semejante a la de un águila, estaba cubierta de plumas al igual que el pecho y las alas, mientras que el resto del cuerpo era velludo.

Al igual que Pan, estaba herido, y sangraba por una desgarradura apreciable en su costado.

—Te debo la vida —susurró.

¿Había hablado en inglés? ¿De verdad?

—Vuelve a meterte en el agua ahora mismo —le dijo Pan, no bien advirtió su herida—. Tienes que limpiarte eso sin tardar.

—Tú también, por cierto —le contestó la criatura—. Claro que tú estás en tu elemento en el agua y yo no. Me vas a tener que ayudar.

Tenía una voz grave y vibrante, y su inglés presentaba un leve acento que habría podido ser persa.

Entre ambos lograron limpiar la herida de la sangre y de cualquier impureza que el ave hubiera dejado en ella, y luego Pan hizo lo mismo con sus lesiones.

Los pájaros aún graznaban en el cielo, pero se oían con menor intensidad, como si se alejaran.

—¿Qué son? —preguntó Pan.

— Oghâb-gorgs de las montañas del Tian Shan.

—Pero si eso queda a más de tres mil kilómetros… ¿Qué hacen aquí?

—Buscan la guerra. Yo me llamo Gulya. ¿Y tú? ¿Por qué vas solo, siendo como eres un daimonion?

—Soy Pantalaimon, el daimonion de Lyra Lenguadeplata. Me dirijo al desierto de Karamakán tratando de encontrar algo que ella perdió. ¿Qué me has dicho de esos pájaros?

—Son oghâb-gorgs que han venido buscando una guerra. Probablemente, intuyen que se acerca una guerra. Son capaces de oler la sangre a una distancia de cinco mil leguas de estepa o de desierto.

—Todavía se oyen. ¿Están peleando entre sí?

—No. Los míos los están hostigando. No toleramos a esos seres inmundos cerca de nosotros.

Pan calló un momento, prestando oído a la distante algarabía. Los gritos más estridentes sonaban más apagados, pues el centro del combate se desplazaba en el cielo.

—¿Quiénes son los tuyos? —preguntó—. ¿Qué clase de criatura eres?

—Un grifo, un grifo hembra. Soy así de pequeña porque sufro el efecto de una maldición. Aunque tengo setenta años, no alcanzaré un tamaño normal hasta que haya matado al brujo que me echó el hechizo.

—¿Cuánto tiempo viven los grifos?

—Varios centenares de años.

—¿Y cómo es el tamaño normal?

—Mayor que el del más corpulento caballo que pueda haber en el mundo.

—¿Cómo se entiende que hables inglés?

—Yo hablo todos los idiomas.

—Y vuestro reino… ¿Es aquí vuestro reino?

—Nuestro reino se extiende desde el mar Negro hasta Kamchatka, y desde el Himmaleh hasta Taimyr. Ese es el reino exterior. El reino interior es aún mayor y abarca el sol, la luna, los planetas y las estrellas.

—¿El interior es mayor que el exterior?

—Así es como funcionan todas las cosas.

Pan se quedó pensativo un momento y acabó por comprender que podía ser cierto.

—Escucha —dijo Gulya—. Se han ido.

El cielo estaba en silencio. En la tierra y en la maleza que bordeaba el río comenzaban a rebullir los animalillos, como si hubieran permanecido petrificados por el terror mientras se libraba el combate.

Entonces Pan oyó algo más: un batir de grandes alas, un veloz surcar de plumas en el aire y un unánime y dilatado grito triunfal.

Gulya levantó la cabeza y, extendiendo las alas, las agitó con vigor, expulsando las últimas gotas de agua.

Advirtiendo la mezcolanza de intenso orgullo y del incurable sentimiento de vergüenza que lo embargaba, Pan experimentó un arranque de admiración por él.

—Espera aquí —le indicó—. Mantente tranquilo y ofrece una respetuosa reverencia cuando se posen. No digas nada hasta que te pregunten.

Después, impulsándose con sus patas de león, se elevó en el aire. Tras planear en círculo sobre el río para aprovechar la tenue brisa, fue subiendo más y más, hasta que su diminuta forma desapareció en la oscuridad.

Pan se acostó en la orilla y relajó cuanto pudo los músculos, cobrando conciencia de sus heridas y del particular estado de fatiga que sentía.

Mientras se estiraba, flexionaba la columna y distendía la mandíbula, se planteó qué podía decir a los parientes de Gulya y qué parte de información le convenía más omitir.

Transcurrieron varios minutos. Después oyó unas voces en el aire y un roce de viento, y a continuación aterrizaron en la hierba dos…

, tres… y hasta cuatro inmensas bestias.

Pan vio las puntas de las grandes alas extendidas cual dedos sobre el fondo estrellado del cielo, las patas que se aferraban a la tierra y sus ojos de color rojo que escrutaban con mirada ardiente y feroz las sombras, buscándolo.

Se quedaron parados frente a él como esculturas de piedra recién salidas de un templo persa.

No necesitó recordar cómo debía comportarse: se levantó de forma maquinal e inclinó la cabeza porque estaba impresionado.

Gulya descendió la última, colocándose entre él y los demás. Enderezando el cuerpo, permaneció un instante en el aire con las alas replegadas, antes de posarse en la hierba, liviana como un pajarillo.

—Pantalaimon —dijo uno de los grifos.

Pan no alcanzó a distinguir cuál de ellos fue. La voz, surgida de una garganta de águila con la potencia del pecho de un león, pareció provocar un temblor en el suelo y en el mismo aire.

Pan volvió a inclinar la cabeza, por educación, pero después la irguió y fue mirando alternativamente a cada una de las imponentes criaturas.

—Soy Pantalaimon —se presentó, considerando que no debía hacer quedar mal a Lyra.

Debía hacer lo posible para demostrar la misma confianza y presencia de ánimo que ella tenía—.

Quisiera darles las gracias por ahuyentar a esas aves, cuyo nombre no recuerdo.

Espero que ninguno de ustedes haya resultado herido en el combate.

—No hables tanto —le pidió Gulya en voz baja.

—¿Qué ha perdido Lyra Lenguadeplata? —preguntó uno de los grifos.

Era difícil precisar cuál de ellos hablaba, ni si se trataba del mismo que había tomado la palabra antes. Tampoco estaba claro si se trataba de un macho o una hembra, ni si tenía algún tipo de autoridad sobre los demás.

—Su imaginación —respondió.

—¿Por qué crees que está en Karamakán?

—He buscado en vano por toda Europa. Hablé con el autor de un libro que había provocado su desaparición y descubrí que no sabía nada.

Me consta que los enemigos de la imaginación concentran fuerzas para invadir el desierto de Karamakán.

A mi entender, creen que hay algo en ese desierto que nutre y estimula la imaginación, y lo piensan destruir, se trate de lo que se trate, dondequiera que lo encuentren.

Yo quiero encontrar la imaginación de Lyra y preservarla lejos de ellos, y, con la ayuda de esta y de ella, quiero defender a su lado la imaginación y combatir a sus enemigos.

Aunque le preocupaba haber hablado demasiado, no veía cómo podía haberlo explicado de manera más sucinta. Cuando acabó, permaneció quieto, tratando de enfocar la mirada en esos terroríficos ojos rojos. En más de una ocasión hubo de bajarla, pero siempre la volvía a subir, sosteniéndola.

—¿Qué es esa imaginación? —preguntó la voz de otro grifo—. Gulya ¿qué sabes tú?

—Me parece que es una manera de ver, de ver tal como vemos nosotros y no como los humanos.

—¿Encuentras correcta la explicación, Pantalaimon? —preguntó el primer grifo.

—Sí. Mi persona, Lyra Lenguadeplata, veía así antes.

Lo veía todo, gente y objetos, rodeados de una luz dorada.

Con las correspondencias, analogías, ecos y semejanzas que veía, no existía nada que no tuviera un millar de conexiones con el mundo, y yo las veía con ella.

Para ella, el mundo estaba vivo, repleto de contenido, y era una fuente de deleite.

Después, poco a poco, fue perdiendo esta manera de ver, y por eso yo me fui para encontrarla y traérsela de vuelta.

—¿Dónde está ella ahora?

—Lo ignoro. Espero que se encuentre a salvo. Sé que está viva, porque de lo contrario yo habría muerto. Yo soy ella, y ella es yo. Formamos un solo ser, y, al estar en desacuerdo, éramos muy desdichados.

—¿Cómo vas a viajar a Karamakán?

—Tal como lo he hecho hasta ahora. Por la superficie de la tierra.

—Tus enemigos se desplazan más deprisa.

—Entonces no tengo tiempo que perder.

—¿Por qué has salvado a Gulya? Podrías haberla dejado, sin incurrir en deshonra, en manos de los oghâb-gorgs .

—Disculpen, pero no sé cómo dirigirme a ustedes. ¿Qué forma de tratamiento debería usar?

—Debes decir su excelencia.

—Gracias. Bien, su excelencia, para responder a su pregunta, voy a tener que mostrarme en desacuerdo con usted. El hecho de dejar a Gulya a merced de esa criatura habría representado un gran deshonor.

—Pero tú no sabías quién era.

—Habría preferido salvar a cualquier criatura antes que incurrir en deshonra.