2. La enfermería #3
—¿Y preguntó desde cuándo se conocía este tipo de cosas? ¿Si se aludía a ellas en antiguas tradiciones, por ejemplo?
—En las sociedades de tradición oral, las horas y las fechas se suelen concretar con expresiones como «por la época de nuestros abuelos» o «antes de los grandes incendios» o «más antiguo que el bosque»… Ese tipo de cosas.
—¿Y sabe si alguna de esas aberturas ha cambiado? ¿Si se ha ensanchado o reducido? ¿O si se ha cerrado por entero?
—Las personas que hablaban de ellas creían, en su mayor parte, que siempre habían estado igual. De todas formas, tal como decía, eran pocas las personas que hablaban de ellas.
—Muchas gracias, señor Beamish. Déjeme sus informes. Los leeré con avidez. Comunique a mi secretario el lugar donde se aloja. Le aconsejo que descanse un tiempo después de tantos viajes. Tómeselo con calma durante un par de semanas. ¿Dónde se hospeda?
—En el Hôtel de la Tour.
—Muy bien. Necesitaré verlo de nuevo. No se aleje, pues, demasiado, porque volveré a contactar con usted.
Se notaba que Delamare había llegado a una rápida y definitiva conclusión.
A Beamish, que había desarrollado un considerable apego por aquellos portales, le habría encantado hablar de ellos largo y tendido, pero en cuestión de minutos se encontró fuera, en las tranquilas calles de Ginebra de un domingo por la mañana, preguntándose qué había hecho y en qué había estado desacertado.
No bien vio a Beamish caminar abajo desde la ventana, el presidente pulsó un timbre en su escritorio. Al cabo de un momento, la puerta se abrió y dio paso al coronel Schreiber.
—¿Lo ha oído?
—Sin perderme ni una palabra, monsieur le Président .
—Aquí está el dosier. Lléveselo al salir.
Espere a que Beamish haya vuelto a la habitación de su hotel y entonces mándelo arrestar, y traiga todo lo que haya en el cuarto.
Encárguese de él de forma indolora, pero definitiva.
Quiero que desaparezca. Después, quiero que lea ese dosier e idee un plan para destruir todas y cada una de esas aberturas, en cada rincón del mundo.
Supongo que los explosivos deben de ser la manera más efectiva.
Pruebe con la que vimos ayer en Les Diablerets y póngame de inmediato al corriente del resultado.
Infórmeme… de forma presencial… del tamaño mínimo de la fuerza que podría requerir y del material y el equipo necesarios.
Hay que aplicar el más alto grado de confidencialidad.
Si debemos vernos en persona, lo haremos solo aquí y no en La Maison Juste.
El coronel se cuadró y dio media vuelta para marcharse.
El daimonion de Delamare, una lechuza blanca, lo observó mientras se iba y después volvió la cabeza hacia el presidente. Este la observaba con una compleja expresión que conocía muy bien y que ambos amaban y temían.
—¿Y bien? —dijo el daimonion.
—Ya voy viendo lo que debemos hacer.
—¿Aparte de asesinar a geógrafos inocentes?
Delamare desestimó el comentario con un ademán.
—Las cosas empiezan a encajar —afirmó.
Lyra soñaba con su daimonion, pero, en el mundo de la vigilia, Pan percibía el olor de un río.
O tal vez lo oía: aunque tenía los sentidos muy aguzados, no siempre los distinguía unos de otros.
Muchas veces se congratulaba de vivir a menudo en un estado de sinestesia, y entonces, al oír el río, se volvió a felicitar por esa capacidad sensorial.
Además de oírlo, olía la combinación de juncos, de barro y de agua corriente.
Se encontraba a una noche de camino de la ciudad abandonada.
No tenía ni idea de cómo se llamaba ese río ni de a dónde conducía, pero en todo caso discurría en dirección al este igual que él.
Tras sumergirse en él entre los juncos de la orilla, contempló el manso fluir del agua bajo las estrellas, por un cauce casi igual de ancho que el del Támesis a la altura de Westminster, y se sintió más animado.
Fue como si la pena y la culpa que lo habían invadido al dejar a Nur Huda en Madinat al-Qamar se desprendieran de él, como si de una muda de ropa se tratara.
Abandonándolas en la orilla, se adentró en la corriente.
Flotando sin esfuerzo, dejó atrás los chopos de la ribera.
Pronto pasó frente a un pueblo de pescadores, donde la gente preparaba la cena en una hoguera junto a un embarcadero donde había amarradas tres o cuatro barcas, y oyó sus voces, amortiguadas por el agua.
Siguió dejándose llevar por el río, pensando que tal vez este desembocaría en un gran lago o incluso en el mar Caspio.
En algún lugar situado entre el punto donde se encontraba y el lejano desierto de Karamakán debía de haber una cadena de montañas, y tal vez perecería allí, a una distancia inconmensurable de aquella parte de sí llamada Lyra, y ella perecería en el mismo instante que él.
Mientras se complacía con tan trágico panorama, lo sobresaltó un pájaro que, surgido de la oscuridad, se precipitó no lejos de su cabeza.
Oyendo el batir de alas y una extraña voz apagada, se dio la vuelta en el agua para mirar hacia arriba, pero el animal había desaparecido.
No podía haber sido una lechuza, porque, en ese caso, no habría oído el ruido de sus alas; tenía la impresión de que podía tratarse de una criatura joven, torpe, atemorizada.
Tal vez no fuera siquiera un ave, porque ni su forma ni su manera de gritar acaban de coincidir…
Una vez más, la criatura volvió a descender y Pantalaimon advirtió algo casi humano en su grito.
Se puso a nadar a toda prisa en dirección a la orilla, y entonces, desde una mayor altura, sonó un grito, seguido de otro, tremendamente salvaje, de tinte casi sobrenatural.
La primera criatura volvió a bajar y su voz sonó como una especie de sollozo, más cercano y apremiante, dirigido a él.
¿Era una advertencia? ¿Una demanda de ayuda?
Entonces, en las alturas sonó una andanada de gritos, ásperos y cargados de odio…
, y, después, algo grande y pesado se abalanzó sobre la primera criatura y la proyectó sobre el agua, a corta distancia.
Pese a la confusión que invadió sus sentidos, Pantalaimon captó con claridad varias cosas: la segunda criatura era un ave enorme, que apestaba a carne podrida, y la otra se iba a ahogar si él no intervenía.
En su pugna, levantaban grandes salpicaduras de agua, y el estridente chillido de la inmensa ave sonaba repugnante, tan de cerca…
Un momento después vio con claridad que el ave había aferrado con las garras a la criatura más pequeña y trataba de despedazarla y seccionarle la cabeza.
No obstante, no se hallaba en su propio elemento.
Las enormes alas se estaban mojando y los picotazos aterrizaban en el aire o en el agua, mientras la criatura se retorcía tratando de esquivarlos.
Bastaría con que ese pico se cerrara sobre ella una sola vez para que la víctima muriera al instante.
Pantalaimon sabía cómo funcionaban los picos. Los músculos que los abrían eran mucho más débiles que los que los mantenían cerrados. Si alcanzaba a acercarse y clavar sus dientes en ese pico, tal vez lograría mantener al ave bajo el agua el tiempo suficiente para ahogarla. Necesitaría suerte.
El ave no lo había visto todavía, pero, si no actuaba con celeridad, no podría aprovechar el factor sorpresa.
Se precipitó hacia ellos impulsado con una voltereta.
Luego, con un vigoroso tumbo, se hundió en el agua e irrumpió entre la turbulencia, tan cerca de la primera criatura que hasta alcanzaba a sentir su terror mientras pugnaba por salir a respirar a la superficie.
Al notar que su cara chocaba con la pierna recubierta de escamas de la inmensa ave, Pantalaimon le dio un mordisco. El ave exhaló un grito y soltó a la primera criatura, que se escabulló fuera del alcance de sus garras.
Pan giró sobre sí, retrocediendo, y luego se precipitó directamente contra la cara del agresor y la laceró con uñas y garras.
A continuación, hizo amago de retirarse a un lado y el ave se volvió para seguirlo.
Entonces Pan se volvió a abalanzar sobre ella y, azotándola con la cola, retorciendo la columna a la manera de una serpiente, acabó por aferrarle el pico entre sus potentes fauces.
No obstante, se las había hincado tan solo en la punta.
El ave se debatía y Pan se mantenía prendido a ella, consciente de que debía soltarse para poder agarrar con más firmeza el pico, notando toda la fortaleza de la criatura con cada batido de sus gigantescas alas.
Percibía cada latido de su movimiento, y, justo cuando levantó las alas, en una mera fracción de segundo en que carecía de impulso, se desprendió y, precipitándose de nuevo, clavó los dientes, afilados como agujas, en la parte superior del pico.
Aquella vez iba a tener que mantenerlos hincados allí.
Pese a tener las poderosas alas entorpecidas por el agua, el ave aún podía agitarlas, y también arañar con sus horrendas garras, impregnadas del hedor de la carne podrida que había despedazado durante toda su vida.
Con su feroz forcejeo, estuvo a punto de hundir a Pan en el agua, donde lo habría ahogado en apenas un minuto.
Él también poseía, sin embargo, unas garras aceradas.
Dejando colgar todo su peso desde el pico, las descargó contra todas las partes del ave que logró alcanzar, el pecho, las alas, el cuello y los ojos.
Mientras exhalaba todavía aquel repugnante chillido, la criatura sacudía la cabeza para zafarse y se precipitaba a uno y otro lado, junto con él, ora dentro y ora fuera del agua, contra la orilla y luego contra el agua, retorciéndose y levantando un revuelo líquido con sus formidables alas.