2. La enfermería #2
Una vez que hubo afianzado bien los pies, Delamare adelantó el torso para mirar.
El borde del orificio que había en el aire resultaba claramente visible de cerca, aunque no tanto si uno se distanciaba un poco.
La abertura, por la que habría podido pasar una persona adulta, tenía una forma irregular.
Su borde no era recto, ni contenía tampoco suaves curvas; era más bien como si hubieran practicado un corte al desgaire, tal vez de manera precipitada.
—¿Qué ocurre si…? Coronel, ¿tendría usted la amabilidad de pasar detrás…, del otro lado, digamos…? —solicitó Delamare, retrocediendo con prudencia dos pasos.
El coronel Schreiber acató el requerimiento.
Tras buscar un buen equilibrio sobre las resbalosas rocas, se adentró por la abertura y pasó al otro lado.
Desapareció de inmediato. Su daimonion, un puercoespín que no lo había acompañado, se quedó correteando delante de la abertura, gimiendo y haciendo entrechocar las espinas, presa de una extrema agitación.
Delamare respiró hondo. El guía, que ya había presenciado aquel fenómeno, se quedó mirando, apoyado en su bastón.
—¿Coronel? ¿Me oye?
—Sí, lo oigo, pero no lo veo. No los veo a ninguno de los dos.
—Hágame el favor de volver.
Schreiber apareció como si acabara de salir de detrás de un edificio, pese a que, en ese caso, no había nada que ver, aparte de la empinada pendiente rocosa y los árboles cubiertos de nieve que crecían en los alrededores.
—Sitúese donde yo estoy, si es tan amable —pidió Delamare—, y quédese observando mientras lo atravieso.
El coronel acudió a su lado. Consciente del sentimiento que lo embargaba, semejante al miedo, aunque más profundo y extraño, Delamare se plantó a mirar delante de la abertura, tal como había hecho un momento antes.
Luego dio un paso y entró en el espacio de detrás.
Su daimonion lechuza lo acompañó, aferrado con crispación a su hombro.
Miró en torno a sí. Habría podido encontrarse perfectamente en su propio mundo, en Suiza, en un día frío y nublado, en un bosque situado más arriba de Les Diablerets.
Todo era casi igual. No obstante, había una diferencia fundamental, cuya naturaleza no alcanzaba a identificar.
Con una sensación de desasosiego, retrocedió para reunirse con sus dos acompañantes.
—Muy bien —dijo—. Regresemos a Ginebra.
A la mañana siguiente, el señor Delamare recibió al guía en una pequeña oficina situada no lejos de la estación de tren principal.
No se vieron en La Maison Juste: por diversas razones, el presidente quería mantenerlo alejado de dicho edificio, y aquel lugar anónimo y anodino, que tenía alquilado a nombre de una empresa de contabilidad inexistente, era perfecto para su propósito.
Hugo Beamish era un caso aparte entre los consejeros de Delamare, en el sentido de que su especialidad no tenía nada que ver con la teología, ni con el derecho ni la economía, sino con la geografía.
Era inglés, y su carrera lo había conducido por un sinuoso recorrido desde la casa parroquial de Hampshire donde había nacido, a través de su labor académica en Cambridge y el trabajo de campo en el norte de Nueva Dinamarca y el Ártico siberiano, hasta la oficina del director de La Maison Juste, flamante presidente del nuevo Consejo Supremo del Magisterio.
Al advertir en Beamish una diligencia y taciturnidad fuera de lo común, Marcel Delamare le había encomendado dos años atrás una misión de carácter extremadamente confidencial.
Había comprobado con satisfacción que su confianza no era infundada.
La oficina donde se reunieron era pequeña, pero estaba limpia y caldeada. El sol lucía en la calle y el mobiliario era anodino, moderno y funcional.
—Dígame, Beamish ¿cuántos prodigios de esos ha descubierto? —preguntó el presidente, una vez que les hubieron servido café.
—Diecisiete —respondió el guía—. Desperdigados en distintas partes del mundo.
Bien, me refiero a los diecisiete que he visitado.
Existen otros de los que he oído hablar, ocho en concreto, pero que todavía no he visto en persona.
Todas las notas, todos los mapas y el material correlativo están aquí a su disposición.
Señaló el fajo de cinco o seis abultadas carpetas de cartón, atadas con una cuerda, que había depositado sobre la mesa que mediaba entre ambos asientos.
—¿Imágenes? ¿Fotogramas?
—El fenómeno tiene un extraño efecto sobre la película fotográmica.
He tomado fotos de lo que se ve a través de la abertura y de lo que hay en este lado, pero es como si la emulsión se viera trastocada por lo que ocurre cuando la luz proveniente de ambos costados incide en ella.
Debe de haber una manera de conseguirlo, pero todavía no la he descubierto.
Las imágenes de que dispongo están en el dosier, junto con las otras notas.
—¿Y qué piensan las gentes del lugar de esos portales?
—En los raros casos en que conocen su existencia, hablan de ellos con miedo y superstición. En algunos sitios consideran que son puertas de conexión con el mundo espiritual, o algo por el estilo, y los evitan a toda costa. Eso fue lo que dificultó tanto mi labor de indagación.
—¿Y los cruzó todos y cada uno de ellos? ¿Exploró lo que hay en el otro lado? ¿No se dejaría arredrar por las leyendas locales, supongo?
—No, crucé todos cuantos encontré. Los detalles están expuestos en las notas.
Los portales que encontré se hallaban, con solo dos excepciones, en lugares agrestes, y el paisaje del otro lado era por lo general muy parecido, tal como ocurría con el que vimos ayer…
, como si hubieran elegido el sitio precisamente por ese motivo.
Aun así, en todos los casos tuve la inconfundible impresión… —Calló, con aire turbado.
—Continúe —lo animó calmadamente Delamare—. Está presentando un informe sobre algo extraño, no cometiendo ninguna herejía. ¿Qué iba a decir?
—Cada vez que pasé por uno de esos portales —respondió Beamish, tras aclararse la garganta—, tuve la inconfundible impresión de hallarme en un mundo distinto. No era como estar en otro país, en un clima distinto o un paisaje diferente… Era más que eso. Era un lugar fuera de este mundo.
—¿Esa sensación llegó a tener un aspecto espiritual?
Beamish volvió a dudar, con expresión abrumada.
—No olvide que obedecía órdenes mías —precisó Delamare—. Fuera cual fuese la naturaleza de lo que vio o de lo que hace constar, no cabe achacarle ninguna culpa.
—Gracias, señor. Un aspecto espiritual… No sé exactamente cómo… Percibía que… Era diferente en cada sitio. Eso era también sorprendente. Era como si cada uno de los portales de este planeta dieran acceso a una parte completamente distinta del universo. O… a un universo distinto.
—Comprendo que pueda resultar desconcertante. —Delamare dirigió una mirada evaluadora al geógrafo antes de ponerse en pie—. Parece usted cansado, mi querido Beamish —añadió—. Un vaso de schnapps de albaricoque le servirá para reponer fuerzas.
Vertió un poco de licor dorado en un par de copas.
—¿Y vio algún ser viviente en esos otros mundos?
—En uno de ellos alcancé a ver, desde lejos, los edificios de una ciudad, como jamás habría podido imaginar…
, por el tremendo tamaño de los edificios y sus formas…
En otro había seres, criaturas, que trabajaban la tierra.
No estaba cerca, debo precisar; todos los portales se habían dispuesto con cierto cuidado lejos de zonas pobladas y de carreteras, en parajes solitarios, bien elegidos.
—Hábleme de esos seres o criaturas.
—Los observé con los prismáticos durante unos treinta minutos. Eran del mismo tamaño que los caballos pequeños, pero tenían seis patas, como si fueran insectos inteligentes. Hablaban entre sí mientras labraban la tierra. Oía sus voces de una manera distante y difusa.
—¿Tenían herramientas?
—Sí, unos arados o gradas de pequeño tamaño, pero parecía como si los instrumentos funcionaran con propulsión propia y fueran autodirigidos.
En un momento dado, se produjo una discusión…
Parecía que uno de los arados quería tomar un rumbo diferente y las criaturas-insecto trataban de convencerlo de lo contrario, pero al final se salió con la suya.
Como se estaban acercando hacia la ladera desde donde miraba, consideré mejor regresar antes de que me descubrieran.
—¿Vio alguna vez criaturas que pudieran haber sido humanas?
—En un par de ocasiones, a lo lejos, en una carretera, pero estaban demasiado lejos para verlas claramente, incluso con los prismáticos.
Delamare se recostó y, con la cabeza apoyada en el sofá, posó la mirada en el techo. Parecía absorto en sus pensamientos.
—¿En algún lugar, en el curso de sus viajes —preguntó al cabo de un minuto—, habló con alguien de este fenómeno? ¿Manteniendo una conversación seria y prolongada, me refiero?
—En tres ocasiones, señor presidente. Una, con un erudito maliense de Tombuctú, que me habló de un portal de ese tipo situado en las montañas del Atlas.
Lo busqué, pero no logré encontrarlo. En otra, con unos pastores de Mongolia, que habían perdido unas ovejas, según ellos por obra de un grupo de ladrones proveniente…
del otro mundo. No se atrevieron a perseguirlos para recuperar su ganado.
Lo único que pretendían era alejarse para evitar ese sitio en el futuro.
Y otra vez, con un comerciante de especias de Java, que me contó que un amigo suyo había desaparecido por uno de esos portales y no había regresado nunca.
—¿Dejó anotadas todas esas conversaciones? ¿Con nombres, direcciones y otros detalles?
—Todo consta en el dosier.
—¿A alguna persona dotada de autoridad le pareció sospechoso su interés?
—No, señor. Por dondequiera que fui, el asunto parecía suscitar una leve o nula curiosidad. Lo consideraban como algo fuera de lo normal, pero carente de interés o utilidad básica.