2. La enfermería
P oco después de que Lyra llegara a la Ciudad de la Luna, la directora de Oakley Street tuvo una visita.
La organización había sido desmantelada de forma oficial, y Glenys Godwin había recibido órdenes de retirarse y ceder todo el control de las grabaciones, archivos, oficinas, propiedades y todo lo demás al Ministerio del Interior.
Ella las había desobedecido, desde luego.
Estaba decidida a hacer lo posible por mantener cuanto pudiera fuera del alcance de la facción que en ese momento llevaba las riendas del gobierno y a proseguir la lucha y preservar los principios que había jurado defender cuando ingresó en su juventud en Oakley Street, hacía cuarenta años.
Puesto que habían requisado sus oficinas, ella y su equipo de veteranos trabajaban de manera provisional en un espacioso y lúgubre piso cercano a Battersea Park.
No sospechaba que alguien supiera que estaban allí.
Por eso quedó atónita cuando, al final de la mañana, sonó el timbre y su secretario acudió a anunciarle que había un señor mayor que deseaba verla.
Se había presentado con el nombre de Makepeace.
—¿Ha dicho algo más?
—No, señora. Pero sí ha especificado que había venido a verla a usted.
—¿Con mi nombre? ¿No solo a la directora o a la persona responsable?
—Ha dado su nombre completo.
—¿Qué aspecto tiene David?
—De setenta y pico años, aunque se ve bastante vigoroso. Lleva un traje negro deslucido, bastante andrajoso, pero, más que un vagabundo, parece un artesano jubilado, pongamos por caso. Su daimonion es un gato.
—Vaya, me ha picado la curiosidad. Hazlo pasar, pero quédate junto a la puerta de al lado, hazme el favor.
Permaneció frente a su escritorio mientras entraba el recién llegado.
Aunque su descripción era acertada, el secretario había omitido mencionar el aire de fuerza intelectual que transmitían sus ojos claros, su expresión autoritaria, y también el leve olor a humo de leña que emanaba de él.
Llevaba en la mano un pequeño maletín baqueteado.
—Gracias por recibirme, señora Godwin —dijo, con tono formal y aristocrático—. No le voy a robar mucho tiempo.
—Tome asiento, señor Makepeace. En primer lugar, dígame, ¿de qué conoce mi nombre? En segundo lugar, ¿cómo sabía dónde podía encontrarme?
—Hace mucho que sé de la existencia de Oakley Street.
Tuve un amplio trato con Tom Nugent y coincidía con los principios por los que él trabajaba.
Conocí su nombre porque él me dijo antes de morir que lo iba a suceder, y sabía cómo localizarla porque ya estuve aquí con anterioridad, por la época en que se utilizaba como piso franco.
—Pero…
—Lo único que precisa saber es lo que le voy a explicar sobre estos dos objetos.
Abrió el maletín y sacó un paquete, más o menos del tamaño de un puño grande, envuelto en un papel marrón. Al abrirlo, dejó al descubierto dos piedras planas, de color negro verduzco, ambas con un lado más reluciente y plano que el otro.
—¿Qué son? —preguntó Godwin, mientras cogía una para sopesarla.
—Quien tenga una de estas piedras puede comunicar instantáneamente con la otra, por más distancia que medie entre ambas.
Funcionan mediante un proceso de entrelazamiento cuántico, que no tengo tiempo de detallarle.
Tendrá que descubrir por sí misma cómo utilizarlas.
Le proporcionarán una ventaja inmediata y poderosa sobre sus enemigos, nuestros enemigos.
—¿De dónde provienen?
—De otro mundo.
Había hablado con la misma sobria dignidad que antes, con mirada firme y diáfana, y las manos plegadas tranquilamente sobre el regazo. Aun así, aquello de otro mundo…
—Comprendo —dijo ella—. ¿Y cómo llegaron a sus manos?
—Es muy sencillo. Las vi en el escaparate de una tienda de viejo, las reconocí y las compré. En el mundo de donde provienen se las denomina magnetitas resonantes.
—Y ese otro mundo…
—Usted debe recordar sin duda la hipótesis de Barnard-Stokes.
—Yo creía que la conclusión era que desde un mundo es imposible acceder a otro.
—Esa fue una parte de la matemática que se incorporó bastante tarde a fin de engañar a las autoridades, incitándolas a pensar que la idea de la diversidad de mundos no podía tener ninguna aplicación práctica, con lo cual se podía contemplar de manera teórica sin incurrir en herejía.
—O sea, que, si estos objetos han llegado, de alguna manera, desde ese otro mundo, ¿podría haber una forma de que las personas se desplazaran igualmente?
—Sí, pero es algo difícil y peligroso. El desplazamiento humano es virtualmente imposible. Los objetos, en cambio, encuentran a veces la manera de pasar de un mundo a otro, ya sea por casualidad, por accidente o por inadvertencia.
—¿Dónde había visto antes unos objetos así? Ha dicho que los reconoció.
—Reconocí que no provenían de este mundo.
Una vez que se aprende a identificarlo, resulta inconfundible.
Es como entrenar los sentidos, de la misma forma en que un afinador de pianos aprende a reconocer las armonías y los intervalos.
No tenía ni idea de para qué servían hasta que conocí a un viajero que las había visto y hablado con el extraño pueblo que las utilizaba.
No se lo he contado a nadie salvo a usted, pero ha llegado el momento de que se vuelvan a poner en uso.
En la mente de la directora desfilaron, veloces, toda clase de posibilidades, como los personajes de una fantasmagoría. El hombre permanecía tranquilamente sentado; le sostenía la mirada.
—¿A qué se dedica usted, señor Makepeace?
—Antes trabajaba en lo que se denominaba teología experimental.
Puesto que ese término no parece gozar de mucha aceptación en los últimos tiempos, prefiero presentarme como un alquimista.
—En su expresión se produjo un cambio, un tenue chispazo, un destello de complicidad, con el que le dio a entender que había una comprensión entre ambos.
Luego cerró el maletín—. Tenemos poco tiempo, señora Godwin.
De todas formas, querría un recibo por estos objetos.
—Mi secretario le preparará uno. —Pulsó un botón y habló un instante con este, antes de volver a centrar la atención en Makepeace—. Si no es indiscreción, ¿le puedo preguntar dónde vive?
—En Oxford, en el barrio al que llaman Jericho. En la calle Juxson, más concretamente.
La puerta se abrió y el secretario acudió con dos copias de un recibo escrito a máquina, que firmaron ella y Makepeace.
Este cogió su ejemplar y se levantó. Después se estrecharon las manos y la directora lo acompañó a la puerta.
—Gracias por haberme traído estas piedras —dijo—. ¿De veras cree que podré descubrir cómo hay que utilizarlas?
—Sí. Y si la persona con la que se comunique puede averiguar algo en relación con el alkahest, prestarían un servicio muy valioso.
—¿El alkahest? ¿Qué es eso?
—Un término utilizado en alquimia. Señora Godwin, sus jefes políticos no tardarán en localizar esta dirección. Creo que lo mejor sería que se trasladen antes de que eso ocurra.
—Siempre me gustó cómo suena Hemel Hempstead —dijo ella.
—Es un nombre muy romántico.
Otro tenue destello, que demostró que había comprendido. Luego inclinó la cabeza, sonriendo, y se marchó.
—Bueno, David —le dijo Glenys Godwin al secretario—. Tenemos trabajo por delante.
Marcel Delamare, presidente del Consejo Supremo del Magisterio, apenas salía del edificio de Ginebra, conocido como La Maison Juste, que albergaba su despacho.
El mundo en el que evolucionaba, acotado por su acogedor piso, situado a corta distancia, con vistas al lago y la catedral, las ocasionales salidas para ir a un restaurante o a un concierto y los paseos por la orilla del lago destinados a mantener la salud, era tranquilo y ordenado.
No había ido a la montaña desde que era joven, por la época en que creía que el entusiasmo por el alpinismo le sería útil para añadir una atractiva pincelada a su reputación.
Así pues, habían transcurrido más de veinticinco años desde la última vez que recorrió los senderos nevados que discurrían más arriba de Les Diablerets.
Aparte, nunca había ido por el camino que conducía al fenómeno que examinaba en ese momento.
En realidad, tal como aseguraba su guía, prácticamente nadie iba por allí.
El individuo que los acompañaba no comentó si había estado o no en ese lugar.
En realidad, hablaba muy poco. El coronel Schreiber se encontraba como pez en el agua en las montañas y, al igual que otros funcionarios de alto rango que obraban bajo el mando de la institución conocida como Tribunal Consistorial de Disciplina, estaba acostumbrado a guardar silencio.
Su cuerpo, bajo y fornido, y su barba, de estilo imperio, con el mentón rasurado, eran sin embargo de sobra conocidos entre sus subordinados.
El portento que estaban observando se hallaba en un escarpado valle, rodeado de densos bosques de pinos. Delamare nunca había visto nada igual. Era como si alguien hubiera cortado un agujero en el aire.
Costaba de ver, y así, con aquella pálida luz de la tarde, habría podido pasar inadvertido para cualquiera que no estuviera buscándolo, puesto que el terreno que había del otro lado —del agujero, por así decirlo— era muy parecido a todo cuanto había en el entorno de ese lado: pinos y una pendiente rocosa cubierta de nieve.
Era tan idéntico que quien pasara caminando por allí a duras penas se habría percatado de su existencia, entre otras cosas porque se habría visto obligado a no distraer la atención para no resbalar en la nieve en medio de aquellos escabrosos parajes.
—¿Todos se parecen a este, Beamish? —le preguntó al guía.
Hugo Beamish era un hombre delgado, de pelo cano y cara atezada, de unos cuarenta años.
—Sí —confirmó—. Todos tienen más o menos el mismo tamaño y se encuentran en sitios aislados, de difícil acceso y difíciles de ver.