1. Otra clase de seres #3
Esta se desprendió fácilmente del eje. Al ser consciente de su escasa consistencia y de su ínfimo peso, apenas superior al de un cabello, contempló con pavor la posibilidad de que se le llegara a caer.
En tal caso, jamás la volvería a encontrar.
Los dedos pulgar e índice de la mano derecha con los que la asía estaban húmedos, a causa del miedo y del sudor.
Por ello, la depositó con cuidado en la palma de la mano izquierda para secarse la derecha con la tela de la blusa.
Dado que estaba mojada también, optó por embadurnarse los dedos con el polvo del suelo. Después volvió a coger la aguja.
—Quédate en la parte de atrás y no te muevas —le susurró a Jamal.
El pequeño daimonion, que había estado mirando a través de la tela metálica, se precipitó hacia las sombras del fondo de la jaula.
«No sé si va a funcionar —pensó Lyra—, pero es la única opción».
El resultado dependería de si su mano izquierda resistía el esfuerzo. Para alcanzar la jaula, tendría que apoyarse un poco en ella. Arqueándose por encima del hombre dormido, posó la mano izquierda sobre la jaula y, muy lentamente, depositó su peso en ella al tiempo que alargaba la mano derecha.
Asiendo la aguja con la mayor firmeza posible, la apretó de lado, justo detrás de la punta, contra un borde de la tela metálica. La malla era recia y se habrían necesitado una cizalla y un puño vigoroso para hendirla; pese a ello, cedió como si fuera una telaraña.
Lyra estuvo a punto de lanzar un grito triunfal, pero apenas acababa de empezar. Concentrándose en la tarea, cortó uno tras uno los alambres hasta que la parte frontal se desprendió entera.
—Espera —musitó con tono apremiante, porque Jamal había acudido hasta el orificio, como si quisiera salir de un salto.
De todos modos, el hombre se estaba agitando. Debía de haber notado el movimiento de la jaula cuando cayó la malla. Levantó, gruñendo, el brazo… y tocó el de Lyra. Se despertó de inmediato.
Con un alarido de miedo, la agarró por la muñeca. Su único ojo se abrió con desmesura, reluciente.
—¡Jamal! ¡Corre! —gritó Lyra.
El pequeño daimonion dio un brinco para sortearlos y luego subió las escaleras a la velocidad de la chispa de un cohete.
El hombre no lograba sentarse, porque Lyra se había caído encima de él. Aquejada por un horrible dolor, trataba de liberar la muñeca de la tenaza de su mano. Sin pensarlo, cayó en la cuenta de que aún tenía la aguja en la mano derecha y la proyectó con fuerza contra el brazo del hombre.
Con un grito de rabia y de asombro, este la apartó de un empujón.
El hedor a gangrena, o lo que fuese, la envolvió y le provocó náuseas.
Aun así, seguía aferrando la aguja, que blandía ante sí mientras el hombre se ponía trabajosamente en pie.
Al ver la jaula abierta, soltó un grito y le propinó a Lyra una patada en las costillas, que casi le hizo perder el equilibrio.
Y entonces vio el oro del aletiómetro, que relucía con los últimos rayos de luz de luna, lo cogió y se alejó escaleras arriba, demasiado rápido como para que ella pudiera seguirlo.
Se quedó allí aturdida, mareada de puro dolor y agotamiento y sin resuello por la patada recibida en el pecho; pero aún conservaba la aguja entre los temblorosos dedos.
El vidrio curvado que había desprendido del aletiómetro le devolvía un diminuto reflejo de la luna.
Tras recogerlo, se cargó la mochila y, dando traspiés, se dirigió a la escalera.
Trastornada por la debilidad, temblorosa como una hoja, subió a trompicones, resbalando en la arena que había caído del exterior y procurando no desahogar a gritos su dolor y su miedo, hasta emerger en el silencioso foro bañado por la luz de la luna.
El daimonion de Nur Huda se había esfumado.
Sí vio, en cambio, al escita, al corasmio, o lo que fuera, que se alejaba con paso incierto mientras aferraba el aletiómetro contra el pecho.
Entonces, de improviso, en total silencio, una inmensa sombra recorrió el foro, y sumergió en la oscuridad al hombre.
Apoyada en la pared, Lyra observó incrédula cómo la criatura que proyectaba la sombra se abalanzó sobre él, lo agarró con sus gigantescas garras y, provocando un remolino de polvo con las extensas alas, se elevó con él hacia el cielo.
Todo había ocurrido en cuestión de segundos.
Cuando la inmensa y feroz criatura, mitad león y mitad águila, pasó volando delante de la luna llena, Lyra vio al hombre que se debatía entre sus garras y oyó sus lejanos alaridos. Con él se iba el aletiómetro.
No obstante, ella tenía el vidrio y la aguja, pese a que apenas podía sostenerlos. Con trémula cautela, depositó la aguja en el bolsillo de la blusa y el vidrio en la mochila.
Nur Huda estaba sentada con Jamal en las manos. Le hablaba en voz baja y afanosa, se lo acercaba a los labios, a las mejillas y a las orejas, acariciándole la espalda, dándole besos y apretándolo contra sí.
Al ver a Lyra, se levantó como un resorte, con expresión de felicidad.
—¡Es Jamal! ¡Está bien! —exclamó.
Lyra quiso darle un abrazo y absorber algo de su alegría.
Entonces, manteniendo su daimonion pegado al corazón, Nur Huda proyectó el otro brazo en torno al cuello de Lyra y le dio un beso.
Con ello, le aplastó la mano izquierda sobre el costado.
Lyra dio un respingo involuntario y Nur Huda se apartó, alarmada.
—¡Te has hecho daño! ¿Qué ha pasado?
—No… No lo sé. No me acuerdo. ¿Cómo vas a encontrar el camino de vuelta a casa?
—Jamal lo encontrará. ¡No hay de qué preocuparse! Con Jamal siempre estoy a salvo. De todas formas, mi casa está donde está mi familia. Los buscaremos a ellos y, así, encontraré un hogar. Igual que tú y Pantalaimon.
—Sí…
—Cuando lo encuentres, ¿volverás a casa?
—Me parece que no tengo casa… No sé. Igual podríamos buscarnos una.
—¡Sí! Buscaos una casa. Es una buena idea. Pero lo más importante es que, cuando lo encuentres, debes darle muchos, muchísimos besos.
—¿Lo voy a encontrar?
—¡Claro que sí!
—Y… ¿va a encontrar él lo que está buscando?
—Desde luego que sí. Es muy ducho buscando cosas. Lo vas a encontrar y todo se arreglará. Entonces encontrarás un hogar y te casarás con una persona de bien. ¡Gracias, Lyra! ¡Gracias!
A continuación, dio media vuelta y emprendió el largo viaje hacia su casa, en compañía de su diminuto daimonion, que daba saltos a su lado. Lyra aún alcanzó a oír su parloteo y sus risas después de que se hubieran perdido de vista, más allá de la columnata impregnada de luz de luna.
Ionides, el guía que la acompañaba en el desierto, dormía cuando Lyra regresó al campamento, situado en el linde de la ciudad. Pese a sus intentos de no hacer ruido, la oyó y se incorporó.
—¡Señorita Plata! ¿Su daimonion no estaba allá?
—Había estado, pero se fue. Y había unas voces… Hablaban de algo llamado el alkahest… ¿Ha oído hablar del alkahest?
—No. ¿Y quién dijo esa palabra?
—No los pude ver. Solo eran voces.
El guía se encogió de hombros y luego la miró con más detenimiento.
—¿Se ha hecho daño? ¿Qué ha ocurrido?
—He visto un pájaro gigantesco, parecido a un león…
—¿Un pájaro parecido a un león? ¿Cómo va a ser posible eso? Creo que está tan cansada que no discurre muy bien. Venga, échese a dormir hasta mañana. Dentro de poco apretará el frío.
Sacudió una manta y la colocó sobre la pila que había formado con otras. Lyra se acostó. No le quedaba más remedio.
Soñó que, en el momento más oscuro de la noche, Pan volvía a su lado y, sin decir ni una palabra, se introducía bajo las pieles de cordero y se aposentaba en su lugar favorito de antes, enroscado en su cuello.
—¡Es una ventana, Pan! —murmuró—. ¡Igual que esas por las que pasábamos con Will! ¡En el edificio rojo hay una ventana que da a otro mundo! ¡El mundo de donde vienen las rosas! ¡Es eso!
Oyó que el Pan con que soñaba susurraba algo, pero lo que dijo fue un misterio, y se quedó dormida también en el propio sueño.