1. Otra clase de seres #2
—Entonces, decidme otra cosa —añadió—. Decidme qué hay en ese edificio rojo del desierto de Karamakán, el edificio de donde vienen las rosas.
… una abertura hacia otro mundo…
Lyra guardó silencio un momento. Las estrellas, mientras tanto, giraban allá en lo alto, en el cielo.
—Una abertura… ¿Se refieren al mismo tipo de cosa que Will llamaba una ventana?
… un portal hacia otro mundo… por eso lo vigilan con tanta ferocidad…
—¿El mundo de donde vienen las rosas?
… no podían venir de ninguna otra parte…
Así de fácil; nunca se le había ocurrido.
Algún viajero de Cittàgazze debió de haber cortado con su cuchillo aquella ventana en sus desplazamientos de un mundo a otro, y la dejó abierta.
Empezaba a perder la noción de las cosas y se sentía mareada, como si no supiera ya dónde se situaban el arriba y el abajo, el ahora y el después, el aquí y el resto del espacio.
Las voces dijeron algo más, pero no lo comprendió.
… el alkahest…
—¿El… alkahest? ¿Han dicho eso?
… el alkahest…
—¿Alkahest? ¿Qué es eso?
… el destructor de vínculos…
Lo oyó con claridad y, aun así, era imposible comprenderlo.
—¿Qué quieren decir? ¿A qué viene eso del alkahest? ¿Qué es?
… destruir todo…
Lyra estaba aturullada. Aquello era demasiado. Así pues, se decantó por centrarse en la labor que debía afrontar en el presente.
—¿Dónde está el daimonion de Nur Huda? ¿Dónde está Jamal?
… en la tesorería …
—¿Y dónde está eso?
… detrás de ti…
Lyra se volvió a mirar. El edificio que antes se levantaba allí había quedado reducido a un montón desordenado de piedras, entre las que crecían algunas matas resecas.
—¿Quién lo tiene prisionero?
… un hombre que está dormido…
Su vista se había adaptado a la luz de la luna y veía casi con la misma claridad que si fuera de día.
Tras desplazarse con soltura sobre las piedras, observó más de cerca el lugar al que llamaban la tesorería.
Era el tipo de sitio donde serpientes, escorpiones y arañas venenosas podían ocultarse con facilidad.
Uf, eran muchas las cosas capaces de infundirle miedo.
Respiró hondo y se llevó la mano al corazón a fin de aquietar los latidos.
No le dio resultado, desde luego, y puesto que hubo de recurrir a ambas manos para trepar sobre los cascotes, dejó que el corazón latiera a su antojo y siguió adelante, apoyando con cuidado, ora una mano, ora la otra, atenta a la posición de los pies.
En su interior transportaba, como una valiosa vasija llena hasta el borde de un preciado aceite, el nuevo conocimiento relativo al edificio rojo del desierto de Karamakán. «No tiembles, no tropieces…».
Cuando ya había avanzado un corto trecho entre los escombros, vio una brecha en el suelo y dedujo que se trataba del hueco de una amplia escalera que descendía hacia el subsuelo.
¿Dónde pondrían las cosas de mayor valor en una tesorería?
En las cámaras subterráneas. Debía de haber algún tipo de cuarto blindado allá abajo…
¿Y cómo lo iba a abrir, a oscuras y sin herramientas?
Cabía incluso la posibilidad de que no pudiera acceder a él.
De todos modos, las escaleras no estaban demasiado obstruidas con cascotes, y la luna incidía con la inclinación precisa en la oquedad, de modo que no tenía excusa.
Tentando la pared con la mano derecha, al tiempo que extendía la izquierda para mantener el equilibrio, bajó con cuidado, consciente del peligro de resbalar, torcerse un tobillo o sufrir alguna lesión peor.
Descendía más y más, y, aun así, la luna le alumbraba el camino. Al llegar al pie de las escaleras, tuvo que detenerse: el pasadizo que se prolongaba hacia la oscuridad estaba completamente bloqueado.
Justo al lado, fuera del alcance del haz de luz de luna, había sin embargo un hombre acostado boca arriba, dormido.
Al principio creyó que estaba muerto, de tan quieto como se veía, y la sangre se le heló en las venas.
No obstante, percibió sus quedos ronquidos, y también a su daimonion, un animalillo del desierto de especie indeterminada, que dormía aferrado a su hombro.
El individuo tenía la cara magullada y lacerada, probablemente a causa de un furibundo ataque, y le faltaba un ojo: la cuenca vacía aparecía recubierta de sangre coagulada.
El brazo derecho reposaba en algo, justo a su costado.
Al mirar más de cerca, advirtió qué era: una rudimentaria jaula del tamaño de una caja de zapatos, armada con toscas planchas unidas con clavos y una recia tela metálica en su parte delantera.
Dentro había un daimonion, el de Nur Huda, un animalito parecido a un ratón, con unas grandes orejas y largas patas posteriores semejantes a las de los canguros, que permanecía agazapado y tembloroso en el rincón más oscuro.
—¿Eres Jamal? —susurró Lyra.
—Sí… ¿Dónde está Nur Huda? —repuso el daimonion, en voz tan baja que a duras penas lo oyó.
—Nos está esperando. Voy a llevarte con ella. ¿Quién es este hombre?
—Me atrapó y me metió en esta jaula que fabricó, y no puedo salir… Huía de un enorme pájaro, parecido a un águila. Ese pájaro estaba a punto de agarrarme y él luchó para rescatarme y después me puso en esta jaula… Tengo miedo. ¿Quién eres tú?
—Chis. Me llamo Lyra. Quédate quieto y no hables. No quiero que se despierte.
Para tocar la jaula, tuvo que alargar la mano sobre el cuerpo del hombre, y este se revolvió con un gruñido.
Sobresaltada, se mantuvo lo más quieta que pudo hasta que volvieron a sonar los ronquidos.
Entonces desplazó la mano hasta la jaula y la palpó para comprobar si podía levantarla y llevársela.
No obstante, para ello habría tenido que arrodillarse sobre el pecho, pues no tenía ningún otro sitio donde apoyarse, y, a menos que encontrara algún tipo de soporte, perdería el equilibrio y lo despertaría de todas formas.
Además, aún le dolía la mano izquierda como consecuencia de la refriega que había tenido con los soldados en el tren de Esmirna hacía tan solo dos días.
Tentó la jaula hasta donde logró llegar con los dedos. La madera estaba muy seca y astillada, y la tela metálica, sujeta a la madera con resistentes grapas, era demasiado fuerte como para doblarla.
Se quedó sentada un momento, pensando.
—¿La puedes abrir, por favor? —susurró Jamal.
—Chis.
Tenía conciencia de que la luna se desplazaba en el cielo; el haz de luz se movía también, y si no sacaba pronto al daimonion, tendría que desenvolverse a oscuras. Si al menos Will… Si al menos dispusiera de la daga sutil… Esta cortaría la tela metálica en un santiamén.
La distraían un millar de cosas. El olor del hombre dormido, que no era solo el de un cuerpo desaseado tapado con ropa sucia, sino de algo peor, similar a la gangrena.
Advirtió que, aparte del ojo, también tenía una herida en la pierna; probablemente no tardaría en morir.
El sonido de algo alojado en honduras más abismales, una especie de retumbo casi inaudible, como un refriegue de rocas.
La quietud del aire, estancado y húmedo, de aquel subsuelo.
Un pensamiento la traspasó como una flecha.
«El aletiómetro…».
«El metal de la aguja…».
Los mineros galeses que conoció en el transbordador del mar del Norte habían reparado en ella, al igual que había hecho Will mucho tiempo antes. Tenía el mismo color y era del mismo material que la daga sutil.
Se alejó un poco, para situarse bajo el haz de luz de la luna, y buscó a tientas el aletiómetro en la mochila. Con la familiar y confortable sensación que le produjo sostenerlo en la mano, lo pegó a la mejilla y lo mantuvo allí durante unos segundos, emanando amor.
Nunca lo había abierto, ni había tratado de desmontarlo, pero debía de haber una manera de conseguirlo.
El mecanismo lo había confeccionado un ser humano; después lo habían puesto en su estuche de oro y le habían añadido a presión una tapa de vidrio.
Casi oyó un chasquido al pensarlo. También cabía la posibilidad de que la hubieran enroscado. Si lo habían cerrado, se podía abrir.
Malcolm, con su talento para la mecánica, habría sabido cómo se debía proceder.
¿Qué haría él? Sosteniendo el instrumento con la dolorida mano izquierda, trató de desenroscar el vidrio como si se tratara de la tapa de un tarro.
Una vez había observado cómo un relojero del Mercado Cubierto de Oxford desenroscaba de esa forma un cristal de reloj, con la misma suavidad y firmeza que trataba de imprimir ella.
No obtuvo resultado. O bien llevaba varios siglos sin que lo hubieran movido, o bien no iba enroscado.
Entonces le vino, como una flecha, otro recuerdo, que se despertó al pensar en Malcolm. Este había encontrado una bellota de madera con un mensaje dentro y no consiguió abrirla hasta que probó a desenroscarla en una dirección anormal, contraria al de las agujas del reloj.
Lo intentó a su vez.
Y funcionó.
El vidrio giró sin resistencia, como si lo hubieran movido el día anterior, y, después de dar tres vueltas, se desprendió en su mano.
La esfera del aletiómetro, con sus treinta y seis diminutas imágenes, apareció abierta bajo la luz de la luna.
Las tres manecillas negras apuntaban al camello, al ángel y al jardín amurallado, pero en ese momento los símbolos eran una cuestión secundaria; lo importante era la delgada y afiladísima aguja de color gris plateado, que se estremecía con el aire de Madinat al-Qamar al tiempo que el aire de Praga se alejaba de ella.
—Perdona —le susurró al pesado instrumento dorado, tan hermoso que había sido su compañero durante más de diez años, el guía que la condujo a buen recaudo hasta otros mundos y hasta el mundo de los muertos, y después de vuelta a casa.
Y, con toda la delicadeza que le permitían los huesos doloridos y los músculos exhaustos, levantó la aguja.