El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 1. Otra clase de seres
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El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3)

El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3)

Por Philip Pullman

© inepub.com

1. Otra clase de seres

—P ero ¿quién? —preguntó Lyra—. ¿Quién está esperando?

—Yo —repuso Nur Huda— y mi daimonion, Jamal, pero no van a…

—¿Está aquí? ¿Está aquí tu daimonion?

—Sí, pero no lo van a dejar… No me van a dejar…

Lyra se detuvo. La luz de la luna iluminaba de pleno la cara de la muchacha, destacando con su brillo el labio que se mordía y las lágrimas que contenía en los ojos.

A su alrededor había un cúmulo de columnas de mármol caídas, de estatuas, algunas de ellas intactas, de reinas o dioses relegados definitivamente al olvido, de muros, arcos y columnatas, que irradiaban un blanco resplandor en su lado encarado a la luna, entre picudas sombras de insondable negrura.

—Pero ¿quiénes son? —preguntó Lyra.

—Son solo voces. ¡No lo sé! Es como si hubiera una guerra aquí. Están luchando, y yo no sé por qué. No sé quiénes son y no los puedo ver. Estoy muy asustada. Son solo voces. A ellos no los veo.

—¿Y qué es lo que no te van a dejar hacer? ¿Llevarte a tu daimonion? ¿Es eso? ¿Lo tienen prisionero?

Nur Huda asintió con la cabeza. Con el movimiento, se le saltó una lágrima de un ojo, que enjugó con el dorso de la mano.

—¿Y cómo sabías mi nombre?

—Me lo dijo tu daimonion, Pan. Dijo que ibas a venir.

—¿Pan? ¿Has visto a Pan? ¿Dónde? ¿Está aquí?

El anhelo de Lyra fue tan ferviente y repentino que ni siquiera se percató de que había agarrado el brazo a la muchacha. Nur Huda dio un tirón, la mirada desorbitada por el miedo.

—Ay, perdona, no quería asustarte… —se disculpó Lyra, soltándola—. Es que he hecho un largo camino siguiéndolo, tratando de encontrarlo, y si no está aquí…

Había hablado, no obstante, con demasiada precipitación e impaciencia. La muchacha estaba hambrienta y cansada, y se sentía horriblemente sola. Al ver que estaba a punto de echarse a llorar, Lyra la abrazó.

—Sentémonos. Las dos estamos agotadas y asustadas. Por ahora, cuéntame solo lo que te pasó. No te voy a interrumpir, te lo prometo.

Se sentaron en una repisa de piedra desmoronada dispuesta en torno a una pila donde antaño había danzado el chorro de una fuente.

De la cara de un sátiro, tiznada por el tiempo, manaba todavía un hilillo de agua; cuando la construyeron, debía de haber brotado de su boca, y aún corría desde el manantial donde afloraba.

Nur Huda se volvió para llenarse el cuenco de la mano con agua y la sorbió.

Lyra la imitó. Estaba límpida y glacial.

Bebió un poco más. No sabía que tuviera tanta sed.

—¿Desde dónde viniste? —preguntó Lyra.

—De Bagdad, con mi familia. Pero íbamos en un barco que naufragó, y, cuando llegué nadando hasta la orilla, descubrí que Jamal había desaparecido.

Creí que estaba muerto, y por consiguiente yo también, y me dio mucho miedo.

Estuve sola durante un rato. No sabía qué hacer, pero entonces Pan me encontró dormida en una colina y me veló, y, cuando desperté, me habló de ti.

Como pensamos que Jamal podría haber venido a este lugar, acudimos hasta aquí.

Puesto que iba con Pan, no se notaba que fuera… Ya me entiendes.

—¿Jamal es tu daimonion?

—Sí.

—¿Qué dijo Pan?

—Dijo que buscaba algo que tú habías perdido.

—¿Te contó qué era?

Nur Huda negó con la cabeza.

—Dijo que él iba a seguir adelante para encontrarlo y ponerlo a resguardo. Iba a ir hacia el este, al sitio de donde provienen las rosas, eso fue lo que dijo. Pero añadió que no tardarías en llegar y que te reconocería porque no tenías daimonion, igual que yo… —precisó, con voz temblorosa.

—¿Y… Jamal está aquí?

—No. Me parece que no. Pasó algo raro. Un hombre salió del desierto. Se escondía de un pájaro gigante, y entonces vio que Jamal estaba cerca y lo cogió antes de que yo pudiera llegar hasta él.

—¿Un hombre? ¿Era una de las voces?

—No. Era solo un hombre. Parecía un escita, no sé, o quizá un corasmio…

Lyra parpadeó, asombrada.

—No sé —insistió Nur Huda, al percatarse—.

De todos modos, tal vez no fuera real. Solamente tiene un ojo…

El pájaro lo perseguía. Era tan grande que, cuando pasó volando, oscureció todo el cielo.

Yo pensé que quizá el hombre cogió a Jamal para dárselo al pájaro como…

, como, bueno, ya sabes, como cuando se arroja algo a un lobo para distraerlo…

—¿Un señuelo?

—No conocía esa palabra. Sí, eso. ¡No sé, perdona! Tengo tanto miedo…

—Has dicho que parece que hubiera una guerra aquí… ¿A qué te referías? ¿A que los daimonions luchan entre sí o algo por el estilo?

—No te sabría decir. Solo sé que a veces el aire está lleno de gritos, de rabia y de llanto. Probablemente, no son daimonions. En realidad, no hay muchos daimonions aquí. Solo las voces…

—¿Qué dicen? ¿Qué lengua hablan?

—Muchas. Susurran. A veces, yo diría que son insectos, como grillos o cigarras, y luego los oigo pronunciar palabras de verdad…

—¿Cuándo hablan?

—Ahora mismo las puedes oír.

Lyra aguzó el oído. El silencio era inmenso.

Aquella era una de esas noches en las que casi se podía llegar a oír cómo se movían los planetas entre las estrellas.

De repente se puso a compararla con el silencio del mundo de los muertos, pero aquel era un silencio cerrado, donde no había nada vivo, y, pese a su inmensidad, ese mundo tenía un aire cargado, viciado.

El silencio de al-Khan al-Azraq era, en cambio, abierto, y tampoco era silencio del todo.

Había una especie de arañazos, de quedos susurros y chasquidos, tenues como el sonido que produciría una pizca de sal al caer en la piel de un tambor, y ninguno significaba…

nada. Se acordó de una noche, en Oxford, hacía varios años, en que pensó que todo tenía un significado y había creído comprenderlo.

Eso fue, no obstante, antes de que leyera a Gottfried Brande y a Simon Talbot, por la época en que Pan todavía estaba contento con ella.

—¿No las oyes? —dijo Nur Huda.

Había hablado con tono inseguro, ansiosa ante la posibilidad de que Lyra no la creyera. Al percatarse entonces de lo joven que era la muchacha y de lo mucho que había sufrido, Lyra tomó conciencia de la crispación con que Nur Huda seguía agarrándole el brazo.

—Sí, un poco, pero no sé qué dicen. ¿Es este el mejor sitio para escucharlas?

—Es mejor en la plaza del mercado. Por aquí.

Después de trepar para sortear piedras caídas y abrirse paso entre los muros derruidos de una basílica, llegaron a una zona despejada que parecía una plaza central, un lugar público idóneo para celebrar reuniones: un foro.

La tierra que pisaban era blanca y fina, como harina recién molida.

En el centro del foro había un plinto que había servido de base para una estatua.

Esta yacía partida en tres pedazos, tal vez a consecuencia de un terremoto.

Un dios barbudo de expresión airada enfocaba la mirada apagada hacia la luna.

Lyra y Nur Huda se sentaron sobre su musculoso pecho.

En el foro no se movía nada, no había ni un rastro de vida.

A su alrededor, todo estaba petrificado, paralizado bajo el manto de la luz de la luna.

Poco a poco, Lyra percibió mejor los quedos susurros, las raspaduras de patas de insecto, los chasquidos y los roces que habría podido producir un puñado de hojas secas agitado por la brisa en el interior de una taza de porcelana.

Al notar el contacto apremiante del brazo de la niña contra el suyo, el contraste del calor de su carne con el frío de la noche, Lyra tomó en parte conciencia de lo que debían de sentir sus daimonions, tan desprotegidos y vulnerables lejos de la reconfortante solidez de un cuerpo humano.

Se disponía a decir algo, pero Nur Huda la acalló con un susurro.

—Chis…

Lyra no captaba ninguna diferencia entre los ínfimos roces y rasguños.

Mientras se esforzaba por oír mejor, concentrando el oído en aquellos difusos sonidos, se acordó de los consejos que le había dado Giorgio Brabant para ver la comunidad secreta: «Debes mirarla de refilón —le había dicho—, por el rabillo del ojo.

O sea, que tienes que pensar en ella como de reojo.

Es algo que, al mismo tiempo, existe y no existe».

Claro. No debía forzar nada. Debía escuchar como si hiciese una lectura con el aletiómetro a la antigua usanza, como si no tuviera ningún significado y sí lo tuviera a la vez.

Relajó la mente, la vista y el oído, dejando que la noche fluyera a través de su cuerpo.

En torno a ella creció una aureola de percepción, como si sus sentidos se amalgamaran poco a poco con la Ciudad de la Luna.

Y, entre los chasquidos, roces y raspaduras, empezó a oír palabras:

… tú sola… queremos que lo oigas tú… esto no es para la muchacha…

mándala a la fuente… este cometido es para ti, no para ella…

Nur Huda, que también lo había oído, incrementó la presión en el brazo de Lyra y quiso decir algo , pero esta la acalló con un susurro.

Las voces rasgaban el silencio con suavidad.

… muchacha… Nur Huda… debes dejarnos… ve a la fuente… espera allí… ya te enterarás cuando hayamos terminado…

—¿Me tengo que ir? —musitó Nur Huda.

—Sí —respondió Lyra, en voz baja—. Ahora vete y espérame. No tardaré en reunirme contigo.

La muchacha se levantó y se alejó con aire indeciso.

De tanto en tanto, se volvía para mirar, como si quisiera cerciorarse de que Lyra seguía allí.

Mientras salía del foro, la mullida arena se levantaba con una consistencia semejante a la niebla en torno a sus pies y después se asentaba con infinita lentitud en el suelo.

Lyra aguardó hasta que todo estuvo en calma. Después empezó a hablar, dirigiéndose a la oscuridad.

—¿Quiénes sois? ¿Sois ángeles?

… somos otra clase de seres…

—¿Formáis parte de la comunidad secreta?

… tenemos muchísima mayor hondura que eso… provenimos de los abismos que hay entre los buenos números…

—Los abismos que hay entre… ¿Lo he oído bien?

No obtuvo respuesta.