El camino correcto (Escribir lo correcto 2) 28 Veintiocho #2
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28 Veintiocho #2

Una vez terminada la cena, Preston sugirió un paseo alrededor del lago, pero solo para las mujeres. Bree me lanzó una mirada fugaz; había leído bien la situación. Había llegado el momento.

—Quizá deberíamos ir todos —sugirió Brody.

Estaba mucho más nervioso por lo que se avecinaba que Nathan, que se había preparado para una noche insufrible.

—Oh, creo que sería más agradable organizar algo solo para las mujeres —replicó Preston—. Los hombres podéis quedaros aquí haciendo… cosas de hombres.

—¿Afeitarnos y tirarnos pedos? —aventuró Nathan.

Preston le lanzó una mirada de pocos amigos.

—No era eso lo que tenía en mente.

No quería separarme de Nathan, pero tenía que ocurrir, así que me limité a sonreír.

—Suena genial —dije, sin sentirlo en absoluto—. De todas formas, quiero enseñarle el lago a mi madre.

—Sí —convino mamá con esa misma voz cálida que yo recordaba de mi infancia—. Me muero por ver el lago.

Nos pusimos en marcha como si no pasara nada, y me di cuenta enseguida de que Heather no venía con nosotras. Bree se acopló al paso de mamá y mío.

—Sea lo que sea, está pasando ahora mismo —dijo ella.

Asentí.

—Sí.

—¿Estás preocupada?

—Solo quiero que acabe ya.

—¿Y luego qué? —Me lanzó una mirada sincera—. ¿Nathan y tú viviréis felices para siempre?

Era una pregunta simplista, pero sabía perfectamente a qué se refería.

—Eso espero, desde luego.

—Yo lo sé. Nathan está completamente loco por ti.

Bajé la vista a la mano, al anillo de compromiso que seguía llevando.

Se me haría raro quitármelo, pero tarde o temprano tendría que hacerlo.

Cuando todo esto terminara —el retiro y también el asunto de Preston—, quería empezar de cero.

Nada de nuestra relación había sido normal.

Necesitábamos la oportunidad de hacerla normal.

—Yo también estoy loca por él.

—Ya lo sé. —La sonrisa de Bree era de suficiencia—. Lo supe el día que os conocisteis. Había una energía entre vosotros dos, aunque tú no estuvieras preparada para creerlo.

—Ha sido muy rápido.

—Eso no significa que vaya a fracasar. Créeme. Lo sé. A veces, cuando pasa rápido, es porque no hay forma de detenerlo.

—Sí. —Me froté la nuca y percibí un leve movimiento por el rabillo del ojo. Preston se había unido en silencio al paseo de las mujeres alrededor del lago.

Sí. Estaba pasando, sin duda.

Intenté mantener una conversación fluida durante el paseo, pero fueron mamá y Bree quienes llevaron todo el peso. Al llegar a la mitad del recorrido, noté que Preston se ponía a mi lado antes de verlo.

—Bonita noche para un paseo, ¿eh? —Sonaba demasiado satisfecho consigo mismo.

Podría haberle seguido el juego —formaba parte del plan—, pero no lo hice. En lugar de eso, me limité a hacerle una mueca inexpresiva.

—Sea lo que sea, no va a funcionar —le dije en voz baja. No me importaba que Bree, Hayley y mamá oyeran lo que tenía que decirle. Lo que no quería era alterar a los demás.

Con tan poca luz, su expresión resultaba difícil de interpretar.

—¿De qué estás hablando?

—De lo que sea que estéis planeando Heather y tú —respondí. Era hora de tomar las riendas de mi propio destino.

—No tengo ni idea de a qué te refieres.

—Nunca vas a ganar esta batalla, Preston. —Mi tono no admitía discusión—. Aunque consiguieras separarnos a Nathan y a mí —lo cual no va a pasar, pero en fin—, no ganarías esta batalla, porque no hay nada en el mundo que pudiera hacerme volver contigo.

Todo rastro de diversión desapareció de su rostro.

—No sabes de qué estás hablando. No estoy tramando nada.

—Lo has estado tramando desde el principio. No es que de repente te hayan empezado a interesar los eventos de autores. Esas cosas te importan un pimiento.

—Simplemente creo que escribir debería ser una afición, no una profesión. Tú también lo creías antes.

—No. —Sacudí la cabeza con vehemencia—. Nunca lo creí. Te dejé fingir que lo creía. Hubo tanto fingimiento entre nosotros que me da vergüenza haber permitido que las cosas llegaran tan lejos.

—¿Vergüenza? Dime que no acabas de decir que te avergüenzas de mí. —La ira le cruzó el rostro, ardiente y veloz—. Soy yo el que debería haberse avergonzado de ti.

—Por eso hiciste que tu madre me cambiara el vestuario y que tu padre me diera un trabajo. Tengo que preguntártelo: si no te gustaba nada de mí, ¿por qué quisiste estar conmigo, para empezar?

—Nunca dije que no me gustara nada de ti. Solo pensé que podrías destacar más con algunos retoques, algo que yo mismo demostré. —Había recuperado el aire de suficiencia.

—Sí, yo era perfecta para ti, ¿verdad?

—Por supuesto.

—Por eso me engañaste con la secretaria de tu padre.

La mirada que me lanzó fue de puro fastidio.

—Por Dios, Bella. Déjalo ya. El sexo no tiene nada que ver con los sentimientos. Que te quiera no significa que no pueda pasarlo bien con otras.

—Salvo que no es así como se supone que debe ser. —Mi exasperación había llegado al límite—. Cuando quieres a alguien, no deberías desear a nadie más.

—Es imposible ir por la vida sin desear a nadie más. Eso es una idea ingenua. Tienes que superarlo para que podamos volver a ceñirnos al calendario previsto.

«¿Ceñirnos al calendario previsto?». Era un completo y absoluto idiota.

—No sé cómo me convencí alguna vez de que te quería. —Lo dije en voz alta, pero era un mensaje para mí misma—. Me avergüenza haber dejado que las cosas siguieran tanto tiempo. Es humillante.

—¿Te avergüenzas de mí? —Por fin perdió los nervios—. ¡Dime que no acabas de decir por segunda vez que te avergüenzas de mí! Soy yo el que tuvo que hacer concesiones contigo.

—Por supuesto que me avergüenzo de ti. —Mantuve un tono sereno y tranquilo—. ¿Por qué no iba a hacerlo? Sobre todo, me avergüenzo de cómo dejé que me trataras. No tengo ni idea de por qué aguanté tanto tiempo dejando que manejaras mi vida. Aunque eso no volverá a pasar nunca.

Su sonrisa fue escalofriante.

—Nunca digas nunca.

Preston ya no me preocupaba. Ya no. No había nada que pudiera hacer para arruinarme esto. No se lo iba a permitir.

—Nunca —repetí.

—Supongo que ya lo veremos.

Alzó el mentón y miró al frente.

—Deberíamos volver antes de que se haga muy tarde.

Claro, porque su plan ya estaba en marcha en ese mismo instante.

—Vale. Volvamos.