El camino correcto (Escribir lo correcto 2) 28 Veintiocho
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28 Veintiocho

VEINTIOCHO

No tenía ni idea de qué habían hablado Nathan y su padre durante una hora. Solo sabía que Nathan parecía un hombre nuevo, mucho más feliz, cuando salió. Me adelanté con cautela —Nathan me había contado historias sobre Andrew Cooper—, pero me recibió con un abrazo efusivo y una sonrisa cálida.

Tarde o temprano Nathan me contaría de qué habían hablado. Probablemente hiciera falta una noche entera para sacarle toda la historia. Tenía ganas de oírla. Por ahora, lo único que importaba era que su padre tenía un plan… y que ese plan implicaba que se marchara del camping durante varias horas.

—No lo entiendo —dije, hombro con hombro con Nathan, mientras despedíamos a Andrew con la mano—. ¿Qué hacemos aquí?

—Sinceramente, no lo sé. Dijo que lo dejara en sus manos. Ni siquiera me lanzó una mirada de reproche cuando le conté que empezamos con una relación falsa. Pensaba que le parecería infantil.

—Lo era.

Se rio y me pasó un brazo por los hombros.

—Jamás me arrepentiré de haberlo hecho.

—¿No?

—No.

Negó con la cabeza.

—Me trajo hasta ti, Bellarino. ¿Cómo iba a arrepentirme de algo así?

No supe qué decir. La emoción desnuda de sus ojos me conmovió y, antes de darme cuenta de lo que iba a hacer, le tomé la mejilla con la mano.

—Yo tampoco me arrepentiré nunca.

Lo decía en serio.

—Ni siquiera puedo arrepentirme de haber salido con Preston.

Hizo una mueca.

—Eh… ¿perdona?

Me reí de su reacción.

—Lo digo en serio. Si no hubiera salido con él y no hubiera tenido la peor ruptura de la historia, nunca habría venido aquí ni te habría encontrado.

Me estrechó con fuerza contra él y me miró a los ojos con anhelo.

—Podríamos irnos ahora mismo —dijo—. En vez de esperar a que Preston nos tienda su trampa, podríamos marcharnos.

—Entonces nos tenderá otra más adelante. ¿No quieres sacarlo ya de nuestras vidas?

—Sí, pero no quiero que te hagan daño, Bella. Es lo que más miedo me da. Lo que sea que tenga planeado, pasa por hacerte daño a ti.

Lo entendía —probablemente mejor de lo que él imaginaba—, pero le quité importancia a su preocupación.

—Sé cómo te sientes.

Le apoyé la mano sobre el corazón.

—Creo en ti. Haga lo que haga, si reacciono, que sepas que será teatro, porque estamos juntos en esto.

Bajó los labios hacia los míos.

—Estamos juntos en esto. Pero quiero aplastarlo. Como a un bicho. Me muero por pisotearlo hasta dejarlo plano.

Me reí y disfruté de la sonrisa que se le extendió por la cara al oírme.

—Lo pisotearemos juntos.

Me dio un beso largo y lento, y después me apretó contra él y me apoyó la mejilla en lo alto de la cabeza.

—Todo va a salir bien —susurró.

Justo cuando lo dijo, el ruido de unos neumáticos sobre la gravilla me hizo mirar hacia el aparcamiento. Allí había un Jeep Cherokee anodino al ralentí. Una persona iba en el asiento delantero y otra en el de atrás.

—Un Uber —comentó Nathan.

Asentí sin dejar de mirar. Cuando la figura del asiento trasero empezó a moverse, el corazón se me subió a la garganta. La esperanza me inundó el pecho y, en cuanto me separé de Nathan, salí prácticamente corriendo.

—¡Mamá!

Le eché los brazos al cuello con tanta fuerza que se tambaleó hacia atrás.

Dejó caer la bolsa al suelo —no se habría molestado en hacer una maleta, porque había reservado el viaje a toda prisa— y me devolvió el abrazo.

—Bella —dijo con un suspiro hondo mientras me acariciaba el pelo—. Ahí está mi Bella.

Desconcertada, me aparté un poco.

—¿Qué?

—Has vuelto —contestó sin más—. Estuviste ausente tanto tiempo que no estaba segura de volver a ver esta versión de ti. Pero me equivocaba, porque aquí estás.

Se rio mientras se echaba hacia atrás para mirarme a los ojos.

—Tu luz ha vuelto.

Solté el aire de golpe.

—Yo…

¿Qué se suponía que tenía que decir? Entendía a qué se refería. En lugar de discutir, llorar o jurar que mataría a Preston, me reí.

—Me alegro de haber vuelto.

—Por supuesto que sí.

Mamá me dio otro abrazo y luego se volvió hacia Nathan.

—Y aquí está el hombre que me ha devuelto a mi Bella.

Nathan empezó a negar con la cabeza, pero ya era demasiado tarde. Mamá le echó los brazos al cuello. Era menuda, pero ponía mucha fuerza en cada movimiento. Nathan la sujetó y mantuvo el equilibrio de los dos.

—Yo no le he devuelto a su Bella —dijo con una voz lo bastante alta para que yo lo oyera—. Ella ha vuelto por sí sola. Yo solo soy el tipo con suerte que se aprovecha de ello.

Mamá se rio y le dio una palmada en el hombro al apartarse.

—Acepta los elogios. Te los mereces.

Luego posó los ojos en mí.

—¿Dónde está?

—Probablemente en el edificio de administración, conspirando —respondí—. No lo he visto en las últimas horas.

—Heather tampoco aparece —comentó Nathan—. Te garantizo que ella es la pieza clave de su plan, sea el que sea.

—Lo que significa que probablemente lo hagan esta noche —supuse.

—Quiero oírlo todo —dijo mamá—. Pero necesito saber una cosa antes de sentarnos a escuchar la historia. ¿Por qué no os marcháis sin más? ¿No es una opción?

Vacilé y luego suspiré.

—Firmamos contratos, y Preston ha tenido mucho cuidado de no hacer nada que pudiéramos alegar como motivo para irnos. Es diabólico.

—Por supuesto que lo es. —Mamá hizo una mueca exagerada—. Siempre ha sido así. Bueno, si no podéis marcharos⁠—

—Si no acabamos con esto esta noche, volverá una y otra vez —me quejé—. Quiero que se largue ya.

—Pues nos libraremos de él ya —dijo mamá con total naturalidad—. He reservado una habitación de hotel (sabía que era mejor no intentar quedarme aquí con vosotros dos), pero necesito un sitio donde dejar la bolsa hasta que terminemos con ese mierdecilla.

Me reí de cómo lo dijo.

—Puedes dejarla en nuestra cabaña. De todas formas, deberíamos tener esa charla allí dentro.

Mamá sonrió radiante.

—Tú primero.

Nos dirigimos hacia la cabaña y miré una vez por encima del hombro buscando a Preston. No había ni rastro de él. No supe decidir si eso era buena o mala señal. Deseé lo primero y me preparé para lo segundo.

A Preston se le había acabado el tiempo, y yo lo esperaba con ganas.

HORAS DESPUÉS, CON LA CENA Y EL ANOCHECER ya cerca, estaba preparada. Me sentía como si estuviera en una película de Misión Imposible, cosa que a Nathan le hizo mucha gracia cuando se lo conté.

Quería pasar la tarde en la cabaña, los dos solos, pero con mi madre allí era imposible.

Se traía algo entre manos, pero cuando le pregunté, solo sonrió y cambió de tema.

Desconfiaba, aunque se había tomado la molestia de dejarlo todo y venir corriendo hasta mí, pese a que yo era adulta y debería ser capaz de resolver mis propios problemas.

Tenía que dejarla hacer las cosas a su manera. Se lo debía.

No conocíamos el plan exacto de Preston, ni si lo pondría en marcha esa noche o durante el fin de semana. Estaba claro que iba a hacer algo, pero el qué seguía siendo un misterio.

Así que nos aislamos toda la tarde y no salimos de las cabañas hasta la hora de la cena. No pensábamos ponérselo fácil a Preston para lanzar su plan. Tendría que trabajárselo.

Cuando nos acercamos a nuestra zona habitual para cenar, la cara que puso —estaba junto a Heather, entre las mesas de pícnic, como si no tuviera una sola preocupación en el mundo— resultaba irritante.

Le sonrió a Nathan con suficiencia y levantó la mano como si fueran viejos amigos.

Nathan no le siguió el juego. Eso habría delatado que nosotros también nos traíamos algo entre manos.

Sin embargo, cuando Preston vio a mi madre, se le borró la sonrisa.

—Taffy —dijo con torpeza, aparentemente desconcertado por su presencia—. Yo… no te esperaba.

—Preston.

La sonrisa de mamá era tan cálida como unas galletas recién hechas y exactamente igual de dulce.

—Qué sorpresa. No tenía ni idea de que estuvieras aquí.

Mintió con mucha más soltura de la que esperaba. Era una persona directa y nunca mentía. Al parecer sabía hacerlo; simplemente no quería.

—¿No sabías que estaba aquí? —Preston arrugó la frente, confundido—. Pensaba que Bella te lo habría dicho.

—¿Y por qué iba a hacerlo? —Mamá adoptó una expresión de perplejidad—. Hace, uf, dos buenos años que no te menciona, diría yo.

A simple vista parecía la inocencia personificada. Yo sabía la verdad. Quería destruir a Preston tanto como nosotros.

—Fue una casualidad que nos volviéramos a encontrar —mintió Preston.

No tenía ni la mitad de la soltura de mamá.

—Parece algo así como cosa del destino, si me entiendes.

Mamá juntó las cejas.

—No estoy segura de entenderlo. ¿Cómo va a ser cosa del destino si Bella y Nathan están comprometidos? Parece mucho más probable que el romance destinado sea el de ellos dos.

A Preston se le oscureció la mirada, pero mantuvo la sonrisa.

—Estoy seguro de que las cosas saldrán como tienen que salir.

—Yo también estoy segura —convino mamá—. Y ahora, ¿dónde está esa cena deliciosa que me habéis prometido? Bella me ha dicho que la comida está para morirse.

—Oh, lo está —confirmó Nathan—. Solo asegúrate de echarte cuatro o cinco raciones en el plato para que tengas suficiente.

Preston le lanzó una mirada furiosa.

—Las raciones son perfectamente adecuadas. No deberías comer tanto como para que la gente te confunda con un glotón. Lo lamentarás cuando te hagas mayor y se te ralentice el metabolismo.

La sonrisa de Nathan fue deslumbrante.

—Oh, eso no me preocupa. He quemado muchísimas calorías últimamente.

Me pasó el brazo por los hombros y me ancló a su costado.

—Y espero que la cosa siga así.

—Sí, bueno, deberíamos sentarnos todos a cenar.

Preston dio media vuelta y se alejó a zancadas hacia Heather. Fuera lo que fuese lo que le dijo entre dientes, fue duro. Ella se limitó a asentir, dándose por enterada.

Iba a pasar esa noche, sin la menor duda.

LA CENA CONSISTIÓ EN POLLO, PATATAS ROJAS ASADAS, espárragos y tarta de postre. Creía que no tenía hambre —la expectación había sido demasiada—, pero me comí todo lo que había en el plato.