El camino correcto (Escribir lo correcto 2) 27 Veintisiete
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VEINTISIETE

Me cuidé mucho de no separarme del grupo. Ese era nuestro plan, incluso cuando llamé a mi padre para pedirle ayuda y me contestó que se venía a Savannah. Eso fue todo. No dijo nada más. Solo preguntó dónde estaba el camping y dijo que llegaría en cuanto pudiera.

Cuando por fin apareció al día siguiente, yo estaba en las hamacas con Brody.

Las chicas se habían quedado en la mesa e intentaban fingir que no espiaban a los demás autores.

Nuestro último fin de semana con lectoras empezaba al día siguiente, así que lo que Preston tuviera planeado iba a pasar pronto.

Pensar en ello me ponía de los nervios. Cuando mi padre se presentó —con unos sencillos pantalones chinos y un polo en lugar de su traje habitual—, la ansiedad se me disparó otro grado.

—Has venido.

Fue lo único que se me ocurrió decir.

Me lanzó una mirada impaciente.

—Dije que vendría.

—Lo sé, pero…

Miré a Brody, que estaba visiblemente incómodo. Habíamos estado hablando de qué pasaría cuando acabara el retiro, de cómo pensaba seguir viendo a Bella aunque ya no compartiéramos techo. Me gustaba hablar de esas cosas. La aparición de mi padre lo había revuelto todo.

Me acordé de mis modales, me puse en pie de un salto y le tendí la mano.

—Papá.

En lugar de devolverme el saludo rígido que esperaba, mi padre arqueó una ceja.

—Hijo.

Me estrechó la mano y después suspiró. No supe si aquel suspiro era de decepción o de otra emoción a la que no sabía ponerle nombre.

—Este es Brody. —Señalé a mi mejor amigo—. También es escritor.

Brody no era precisamente conocido por su coordinación. Intentó salir de la hamaca con elegancia, pero se le quedó el pie atrapado en la red y tropezó. Me lancé hacia delante, pero no logré sujetarlo y acabé de rodillas mientras Brody daba con el suelo.

Lancé una mirada preocupada a mi padre —el humor físico no era su género preferido— y descubrí que sonreía de oreja a oreja. Me quedé desconcertado.

—Eh…

Me arriesgué a mirar a Brody.

Papá se rio entre dientes.

—Me alegra ver que no soy el único que se siente incómodo esta mañana. Ojalá no fuera así, pero… bueno. —Soltó el aire con fuerza—. Tú tienes un problema y yo quiero hablar contigo. Parece que ahora podemos ocuparnos de las dos cosas.

Por una vez estaba tranquilo sin resultar rígido.

—Sí, necesito ayuda.

Cuando me tendió la mano, la acepté y dejé que tirara de mí para levantarme. Después hice lo mismo con Brody.

Mi amigo se sacudió las manos antes de ofrecer la suya.

—Lo siento —dijo Brody—. Diría que normalmente no soy tan desastre, pero mentiría. Soy bastante torpe.

—Hay cosas peores —le aseguró papá—. No pasa nada, hijo. No todo en la vida tiene que ser serio. Ojalá yo hubiera aprendido esa lección hace mucho tiempo.

Intenté recordar una sola ocasión, de niño, en la que mi padre no estuviera serio. No se me ocurrió ninguna.

Papá desvió la mirada hacia mí.

—Tenemos que hablar —recalcó, como si me hubiera leído el pensamiento.

Asentí y señalé hacia las cabañas.

—Vamos por aquí. En mi cabaña podemos hablar tranquilos.

—De acuerdo.

Papá echó a andar en esa dirección, pero se giró hacia la mesa donde estaban sentadas Bella, Bree y Hayley. Ni se molestaban en disimular que nos miraban fijamente.

—¿Cuál de ellas es?

Por teléfono le había dado a mi padre un resumen escueto de la situación, incluido que estaba locamente enamorado de una mujer.

Daba por hecho que se burlaría de la idea de ayudarme o que se reiría de mí por anteponer a una mujer.

Pero solo había dicho que vendría, y punto.

No era la reacción que esperaba. Y aquel hombre que estudiaba a las mujeres de mi vida tampoco era el padre que esperaba.

—La bajita del pelo caoba —respondí.

Papá observó a Bella.

—Es como de tamaño bolsillo, ¿eh?

—Es diminuta —reconocí—. Pero tiene una personalidad enorme. Ella…

No me di cuenta de que iba a decir en voz alta lo que venía después hasta que casi se me escapó. Entonces vacilé.

—¿Ella qué? —me presionó papá.

—Me recuerda a mamá —admití por fin—. No por el aspecto, sino por cómo se desenvuelve. Mamá tenía la mejor risa y la mejor sonrisa.

Papá no dijo nada de inmediato y, cuando por fin reuní el valor para mirarlo, no estaba poniendo los ojos en blanco, sino sonriendo.

—Estoy impaciente por conocerla —dijo papá—. Pero primero tenemos que quitarnos esta conversación de encima.

Hablaba muy en serio, así que asentí.

—Vale. Vamos a la cabaña.

Una vez dentro, papá miró alrededor y, otra vez, no supe interpretar su reacción.

—¿Llevas un mes viviendo aquí? —preguntó al final.

—Más o menos —confirmé—. Es un retiro. Podemos volver a casa durante la semana, pero nos lo estamos pasando bien y hemos adelantado mucho trabajo.

—Además, tu chica está aquí. —No era una pregunta—. ¿Os estáis quedando los dos en esta cabaña?

—Sí. Yo… nosotros… es una historia larga.

¿Cómo iba a explicarle que me había metido en una relación falsa con Bella que se había vuelto real? Era un cliché de novela romántica —estaba viviendo y respirando una novela romántica— y ni me importaba lo cursi que fuera. A mi padre eso no le haría ninguna gracia.

—Quiero oírlo todo —dijo papá—. Pero antes necesito hablarte de mis cosas. —Cuadró los hombros—. Hace un año me diagnosticaron un cáncer de próstata en fase inicial.

Tuve la sensación de que el suelo iba a abrirse y me iba a precipitar en un abismo.

—¿Qué?

Me dejé caer con pesadez en una de las sillas.

—Yo… tú… ¿estás bien?

Ese hombre siempre me ponía nervioso. Así era el mundo, sin más. Pero no quería que le pasara nada malo.

—Se podía tratar y, ahora mismo, estoy bien —respondió—. Pasé por una tanda de quimio y una operación, pero me encuentro perfectamente. No he venido para que te sientas mal por eso.

Levanté la barbilla de golpe, dominado por la rabia.

—¿Y por qué iba a sentirme mal por que no me contaras que tenías cáncer?

Papá pareció sopesarlo.

—Puede que no lo haya dicho bien.

Parecía molesto consigo mismo mientras se sentaba en el sofá.

—Tengo que empezar otra vez.

—¿Que tienes que empezar otra vez?

Hoy estaba más raro que un perro verde.

—Bueno, quizá no desde el principio. Mi terapeuta me dio unos puntos para guiarme en esta conversación, pero ya me he salido del guion.

Aquellas eran palabras que nunca habría esperado oírle decir.

—¿Tu terapeuta? ¿Desde cuándo tienes terapeuta?

No tardaría en entrar en barrena. Reconocía las señales.

—Que me diagnosticaran cambió mi perspectiva sobre muchísimas cosas —explicó papá—. Me di cuenta de que lo único que tenía para mostrar de mi vida era el trabajo. Eso es lo único que diría mi obituario: trabajó mucho.

Abrí la boca para hacer la pregunta obvia, pero negó con la cabeza y me detuvo.

—No me estoy muriendo —añadió—. Al menos no ahora mismo. Estoy en remisión completa y me hacen escáneres con regularidad. Estoy bien.

—Pero ¿aun así fuiste a ver a una terapeuta?

—Sí. Me volví muy morboso durante unos meses. Estaba convencido de que iba a morir y necesitaba hablar con alguien. Eric Pierson, que trabaja conmigo, pasó por algo parecido después de un infarto. Él me recomendó a Shelby Withers. Es mi terapeuta.

—¿Y qué te dijo? —pregunté, sinceramente perdido.

—Me dijo que no era demasiado tarde para poner mi vida en orden. Incluso me cantó las cuarenta. ¿Sabes lo que es un askhole?

La pregunta me descolocó tanto que tardé varios segundos en responder.

—Sí. Es alguien que hace un montón de preguntas, pero que ya tiene las respuestas metidas en la cabeza y se niega a apartarse de sus ideas preconcebidas. También los tenemos en el mundo de los autores.

Papá asintió.

—Supongo que tiene sentido.

Consiguió esbozar una sonrisa débil, pero era evidente que aquella conversación le estaba costando un mundo.

—Dijo que yo era uno de ellos. Le pregunté cómo mejorar mi vida y luego le discutí todas y cada una de las sugerencias que me hizo.

—La verdad es que eso es muy propio de ti.

Se rió como si de repente me hubiera puesto a hacer un monólogo de humor.

—Sí, bueno, nadie me había hablado así nunca. Eric me dijo que era muy directa y pensé que eso me gustaría. Y al principio no me gustó nada.

—¿Y ahora?

—Y ahora creo que hace milagros.

Yo empezaba a preguntarme lo mismo. Mi padre nunca había sido tan abierto y sincero conmigo. Estaba perdido en un mar de emociones y no tenía ni idea de hacia dónde nadar.

—¿Qué te enseñó? —pregunté al fin.

—Que, en la vida, casi siempre me he equivocado.

Fruncí el ceño.

—¿Equivocado en qué?

—En todo.

Papá respiró hondo.

—Quería a tu madre. Sé que no me crees, y no te culpo, pero la quería más que a nada. Lo que pasa es que a mí me ensañaron que en las relaciones había que guardar siempre las formas. ¿Te acuerdas de tus abuelos?

No era una gran transición, pero ya veía por dónde iba la conversación.

—Me acuerdo —confirmé—. Odiaba ir a su casa.

—Sí, no creían en los juguetes. Te obligábamos a dejar los cochecitos en casa. Tu madre me lo discutía cada vez que íbamos de visita. Decía que allí no había otros niños y que esperar que un crío de cinco años se quedara callado en un rincón sin hacer nada era una imbecilidad.

—¿Y tú qué decías?

—Que, como a mí me lo habían exigido de niño, no había ninguna razón para que tú no pudieras hacer lo mismo.

—El abuelo murió cuando yo tenía siete años y luego apenas veíamos a la abuela.

—Se mudó a París. Allí era mucho más feliz. La verdad es que aprendió a relajarse cuando mi padre ya no estaba. La miré por encima del hombro por eso, y lo lamento.

Ahora iba dando saltos de un tema a otro y yo no sabía qué decir.

—Papá…

—No he terminado.

Con calma, alzó la barbilla.

—Quería a tu madre, pero hacía las cosas de una determinada manera porque pensaba que así tenían que ser. Estaba equivocado, muy equivocado, y lo que más lamento es no haberme dado cuenta antes.

Me quedé sin palabras y no dije nada.