El camino correcto (Escribir lo correcto 2) 26 Veintiséis
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26 Veintiséis

VEINTISÉIS

Nathan estaba mucho más afectado por lo de Heather que yo. Cuando apareció en el campamento al día siguiente y se instaló en una de las cabañas, lejos de la nuestra, sentí una pequeña punzada. No estaba celosa. Estaba claro que a Nathan no le quedaba ningún sentimiento por ella.

Aun así, algo no me cuadraba. Pero no conseguía identificar qué.

De pronto, con la llegada de Heather, Preston volvía a ser el centro de atención.

Era una mujer guapa y él se desvivía por colmarla de atenciones.

Ella tenía sonrisas siempre a punto para él y miradas asesinas en reserva para Nathan.

Seguía los movimientos de Nathan por el campamento como un tiburón que ha olido sangre en el agua. Daba mal rollo.

A Nathan le molestaban aquellas miradas constantes, aunque hacía todo lo posible por disimular. De verdad no se acordaba de ella. De eso no me cabía la menor duda. ¿Y qué decía de él que no fuera capaz de evocar ni un solo recuerdo?

Y lo peor: lo que más me fastidiaba era que Preston parecía saber que entre ellos dos había tensión. Y le estaba sacando todo el partido posible.

Todo aquello era rarísimo.

—¿Qué haces?

Bree se dejó caer a mi lado en el banco de la mesa de pícnic donde me había instalado, a la sombra, para ver el espectáculo de Preston. Casi me dio un infarto, porque no la esperaba.

—¿Mmm?

Giré la cabeza hacia ella con esfuerzo.

—¿Has dicho algo?

—Bueno, estás distraída —dijo Bree, tamborileando con los dedos sobre la mesa—. Igual deberías dejar de mirar tanto a Preston. Le estás creando un complejo a Nathan.

¿Un complejo?

—¿De qué hablas?

Señaló con un gesto la zona de las hamacas, donde Nathan y Brody estaban tumbados. A primera vista parecían relajados. La mirada de Nathan, sin embargo, estaba clavada en mí. Cuando me pilló observándolo, sonrió y me saludó con la mano, pero había cierta tensión en sus gestos.

Me dio un vuelco el corazón.

En ese instante lo entendí todo.

—No se acostó con Heather.

No lo decía porque me estuviera engañando a mí misma.

—Preston la convenció para que lo dijera porque… bueno, porque es Preston.

Bree abrió la boca y la volvió a cerrar. Inclinó la cabeza, miró hacia Preston, observó cómo interactuaba con Heather y después hizo lo único que yo no esperaba. Asintió.

—Tienes razón.

—¿Sí?

No pretendía sonar tan escéptica, pero esperaba que me rebatiera un poco más.

—Claro que tienes razón.

Me miraba con calma, pero en sus ojos había fuego.

—Apareció de la nada y se apuntó a los eventos de autores cuando ya estaba todo en marcha. Una cosa sería que solo fuera a los de restaurante. Pero está aquí, y de repente se queda libre una cabaña para ella, cuando a nosotras nos dijeron que estaban todas reservadas.

Buena observación.

—¿Qué sabemos de ella?

—Así, de memoria, nada, pero vamos a averiguarlo.

Bree se puso de pie y echó un vistazo alrededor.

—Vamos a tu cabaña. Tengo que hacer una llamada.

Vaciló un momento.

—No les digamos nada a Brody y a Nathan. Todavía no. Quiero estar segura.

Entendí su razonamiento. Si nos equivocábamos, le daríamos falsas esperanzas a Nathan. Y si teníamos razón, había llegado el momento de sacar a Preston del juego. Estaba harta de sus gilipolleces.

Bree saludó a Brody con la mano y sonrió.

—Vamos a hacer cosas de chicas —dijo en voz alta.

Nathan frunció el ceño.

—¿Cosas de chicas?

Bree asintió.

—Ya sabes, nos vamos a hacer trenzas y a afeitarnos las piernas.

Ahora Nathan parecía desconcertado de verdad.

—Eh… ¿necesitáis ayuda?

Era evidente que lo había oído, porque Heather soltó un bufido desdeñoso desde su mesa.

—Ya nos las arreglamos —contestó Bree—. Te avisamos dentro de un rato si te necesitamos.

Dicho eso, le hizo una señal a Hayley para que nos acompañara y nos dirigimos a la cabaña.

No sé cómo, pero logré mantener la sonrisa, aunque me costó un esfuerzo enorme. Preston Martin Charles III iba a pagar por esto si yo tenía razón. No íbamos a jugar según sus reglas. Ni un segundo más.

brEE LLAMÓ A TODOS LOS AUTORES QUE CONOCÍA en cuanto estuvimos dentro de la cabaña y no paró hasta encontrar a alguien que conociera a Heather. Me moría por escuchar la conversación, pero no insistí. Esperé a que Bree reuniera toda la información.

Cuando colgó, tenía el semblante grave.

—Tenías toda la razón —dijo—. Tiene una reputación horrible.

—Pues vamos a necesitar algo más que eso —insistió Hayley.

—Lo sé. Creo que deberíamos traer aquí a los chicos, así solo tengo que contar la historia una vez.

Asentí y me acerqué a la puerta.

—Voy a buscarlos.

Estaba tan furiosa que sentía como si caminara por el barro.

—No, les escribimos y les decimos que finjan estar aburridos y sin nada que hacer antes de venir —replicó Bree—. No queremos que Preston sospeche.

Murmuré entre dientes algo sobre que me daba igual lo que Preston se creyera, pero ella me ignoró y empezó a teclear en el móvil. Me tiré en el sofá y esperé a que Brody y Nathan se nos unieran. Solo tardaron cinco minutos.

—No estáis afeitándoos las piernas ni nada de eso, ¿verdad? —preguntó Nathan, asomando la cabeza por la puerta con timidez—. No quiero verlo si de algún modo lo habéis convertido en una actividad de grupo.

—Anda ya —gruñó Bree—. Aquí no nos hemos afeitado las piernas en ningún momento.

—Vale.

Nathan me sonrió al entrar, pero se frenó cuando no le devolví la sonrisa.

—¿Qué está pasando? Ahora mismo estoy preocupadísimo.

Y eso era el problema. Preston intentaba destruirlo por mi culpa. Todo era culpa mía. Justo cuando estaba a punto de decírselo —y quizá echarme a llorar—, Bree me señaló con el dedo.

—Ni se te ocurra —me advirtió con absoluta seriedad—. Estás a punto de ponerte en plan mártir. Se te nota. Aquí nadie va a sacrificarse.

Nathan se tensó visiblemente.

—¿Qué está pasando?

—No te acostaste con Heather Franklin —solté antes de que Bree pudiera explicarlo.

Nathan frunció el ceño, confundido.

—¿No?

—No, a menos que hayas recordado algo y no nos lo hayas contado.

—No recuerdo nada. —Se frotó el estómago—. Y a mí también me revuelve el estómago. ¿Qué clase de tío se acuesta con alguien y no se acuerda?

—Tú no —replicó Bree—. Bella lo ha deducido mientras estábamos en la mesa de picnic. Es lo único que tiene sentido.

—¿Qué es lo único que tiene sentido? —La frustración de Nathan era palpable—. Me vais a volver loco con esto. Necesito saber de qué estáis hablando.

—No te acostaste con ella —repetí—. Preston solo quiere que creas que sí.

—Yo no…

Casi pude oír cómo le giraban los engranajes del cerebro mientras las piezas empezaban a encajar.

—Madre mía —dijo al final—. Tiene sentido.

Me entraron ganas de hacerme un ovillo y llorar.

—Lo siento mucho. —Se me quebró la voz cuando levantó los ojos hacia los míos—. Todo esto es culpa mía.

—Eso no ayuda —espetó Bree—. Deja de culparte por las cosas que hace ese tío. Esto no lo has hecho tú. Lo ha hecho todo él.

Nathan avanzó hacia mí con determinación.

—Tiene razón. Esto no es culpa tuya. —Me atrajo hacia sus brazos y me acarició la espalda mientras llegaban las lágrimas—. Por favor, cariño, no llores. No le des esa satisfacción.

No pude evitarlo. No había manera de contener las lágrimas.

—Shhh. —Nathan me besó la coronilla y me abrazó con fuerza mientras se balanceaba de un lado a otro—. Esto tiene que parar. La está torturando.

—Va a parar —le aseguró Bree—. Pero tenemos que hacerlo con cabeza.

—Vale. ¿Y cómo vamos a hacerlo con cabeza?

Bree me lanzó una mirada —había algo en ella que no logré descifrar— y después hizo una mueca.

—Empecemos por Heather Franklin. Tiene cierta reputación.

—¿Como yo tengo cierta reputación? —supuso Nathan.

—Sí, pero distinta. —Bree señaló las sillas y el sofá—. Hablemos.

—Esto suena mal. —Nathan me cogió en brazos y me llevó hasta una de las sillas. Cuando se sentó, lo hizo conmigo en el regazo—. Suéltalo.

—Heather Franklin se acuesta con todo lo que se mueve —empezó Bree—. Mi amiga Casey me ha dado todos los detalles. Ha ido a un montón de congresos con Heather y dice que no le cae bien a nadie.

—¿Y eso cómo demuestra que Preston me está tendiendo una trampa? —replicó Nathan, y me apretó más contra él. Era un oso grande y protector, y estaba claro que no tenía la menor intención de soltarme.

—Porque ya lo ha hecho antes. —Bree clavó la mirada en él—. ¿Te acuerdas de lo que se contó sobre aquel congreso de Florida, el que acabó con el organizador despedido?

Nathan pareció perplejo un instante. Ellos sabían mucho más del mundo editorial que yo, así que era una historia que nunca había oído. Al final, asintió.

—Sí, Tom Garfield. Recuerdo que pensé que esa historia no tenía sentido, pero jamás quiero poner en duda a una víctima.

—Bueno, por lo visto se ha corrido la voz de que no es ninguna víctima. Le tendió una trampa para sacarle dinero.

—Pues genial. —Nathan siseó por lo bajo—. Odio que historias así lo arruinen todo para los demás.

—Seguro que yo lo odio más. Heather se llevó una indemnización de seis cifras y accedió a hacer una declaración pública. Claro, como ninguno de nosotros la conoce bien, no nos enteramos de esa parte. Lo de la disculpa quedó enterrado.

—Crees que Preston le está pagando —supuse.

—¿Tú no? —Bree levantó una ceja mientras me observaba.

A mí tampoco me gustaba culpar a la víctima, pero viendo cómo se comportaba con Preston, cómo actuaban juntos, era la única suposición que se me ocurría.

—¿Y cómo lo demostramos?

Bree dirigió los ojos a Nathan.

—Tu padre tiene contactos, ¿verdad? Puede hablar con el padre de Preston.

A Nathan no le hizo ninguna gracia esa posibilidad.

—Voy a tener que hablar con él para que me ayude.

Bree hizo un gesto circular con la mano, como diciendo «¿y qué?».

—Hazlo.

—Pero… no nos llevamos precisamente bien. —Nathan parecía angustiado—. Le di largas justo antes de venir aquí, cuando me dijo que quería visitarme.

—Nathan, te estaba tendiendo la mano —intervino Brody—. Déjale que te la tienda. Déjale que te ayude. Si no andamos con cuidado, Preston te va a hacer algo aún más diabólico que lo que le hicieron a Tom.

Nathan bajó la mirada hacia mí, completamente dividido.

—Esto es culpa mía —dije, y me incorporé en su regazo—. No tienes que llamar a tu padre. Iré a ver a Preston y le diré que sabemos lo que está planeando.

—Ni hablar. —Nathan sacudió la cabeza con vehemencia—. Lo negará y lo único que lograremos es que se ponga aún más retorcido. Bree tiene razón. Tenemos que movernos sin que nos vea venir. Y si eso implica llamar a mi padre…

—Tienes que hablar con tu padre y convencerlo de que contacte con el segundo Preston —insistió Bree—. Es importante tenerlo de nuestro lado.

—El segundo Preston no es ni un pelo más simpático que su hijo —advertí.

—No, pero apuesto a que es mejor hombre de negocios —replicó Bree—. Entenderá lo importante que es no quemar las naves por tonterías.

—Tiene razón —me dijo Nathan con la mirada buscando la mía—. Necesitamos a mi padre, por mucho que me cueste admitirlo.

—No quiero obligarte a hacer algo que no quieres hacer. —Tenía el estómago hecho un nido de serpientes—. Igual estarías mejor sin mí.

—No digas eso. —La furia le relampagueó en los ojos—. Te quiero a ti. No voy a dejar que te aparte de mí. Y tampoco voy a dejar que te hagas la mártir. Nada de esto es culpa tuya.

Pensé en mi madre, en lo que ella diría, y me erguí.

—Tienes razón. Merezco ser feliz.

La sonrisa de Nathan fue cálida y sincera.

—Y tanto que lo mereces, joder.

—Esa boca —soltó Hayley, aunque sin la menor convicción.

—Tenemos que conseguir que los demás autores que están aquí se sumen —dijo Bree mirando a Hayley—. Hay que ir con cuidado y evitar a cualquiera que pueda estar del lado de Heather.

—¿Y Daisy? —preguntó Hayley.

—Por raro que parezca, creo que podría sernos útil —contestó Bree—. Creía que estaba avanzando con Preston. Le interesaba el dinero. Luego él metió en juego a una profesional y desde entonces apenas le ha hecho caso. Seguro que está picada.

—Uy, muy buena observación. —Hayley asintió con la cabeza—. Lo apruebo.

—Pero ¿cuál es el plan? —preguntó Nathan—. Es decir, pongamos que consigo que mi padre nos ayude. ¿Cómo vamos a hundir a Preston?

—Tú habla con tu padre —dijo Bree—. Nosotras hablaremos con los otros autores. Cuando tengamos a todo el mundo en posición, ya veremos cómo seguir.

NATHAN DIJO QUE PODÍA QUEDARME CERCA cuando llamara a su padre, pero preferí darle intimidad. Se fue a hacer la llamada a la parte de atrás, junto al lago, y yo aproveché la ocasión para llamar a mi madre.

Diera igual la edad que tuviera: cuando las cosas se torcían, quería tener a mi madre al lado.

Estaba sonriendo cuando contestó la llamada. El ceño se le frunció casi al instante.

—¿Qué ha pasado? ¿Ha hecho algo Nathan? No puede ser. Es de los buenos.

No entendía cómo podía saberlo, si apenas habían hablado unos minutos por videollamada.

Abrí la boca para contárselo… todo… y rompí a llorar. Tardé diez minutos enteros en contárselo. Cuando terminé, el fuego que vi en sus ojos me hizo vacilar.

—Siempre he odiado a ese escroto de cabra —dijo ella negando con la cabeza—. No me puedo creer que haya llegado tan lejos. ¿Se puede saber qué le pasa?

—Tantas cosas que no creo que podamos enumerarlas todas. —Me limpié las lágrimas de las mejillas—. Quiero que lo pague.

—Bueno, ya era hora. —Sonrió—. Cojo el próximo avión.

Se me saltaron cinco latidos.

—¿Qué?

Su sonrisa era enigmática.

—Tengo una carta que jugar en esta partida.

Me quedé desconcertada.

—¿Qué carta?

—Es mejor hablarlo en persona. Dame la dirección del cámping. Mañana estaré ahí lo más temprano que pueda y acabaremos con esto.

Tenía preguntas, muchísimas preguntas, pero confiaba en mi madre por encima de todo.

—Vale. De verdad que te necesito.

—Claro que me necesitas. Toda chica necesita a su madre en algún momento.

—Soy adulta. ¿No debería apañármelas sola con estas cosas?

Sonó exasperada.

—Belladonna, ese ha sido siempre tu problema. Sientes la necesidad de hacer las cosas sola para no ser una carga para nadie. Ya es hora de que te des cuenta de que la gente quiere ayudarte. Déjate ayudar.

Sorbí por la nariz y asentí.

—Tienes que confiar en las personas adecuadas, Bella —insistió—. Por fin estás en el buen camino. Déjame ayudarte.

—Vale. —Mi voz fue apenas un susurro—. Me muero de ganas de verte.

Su sonrisa ocupó la pantalla de lado a lado.

—Lo mismo digo, hija mía.