El camino correcto (Escribir lo correcto 2) 24 Veinticuatro
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24 Veinticuatro

VEINTICUATRO

—Vas a venir.

Bree me miraba desde la entrada de la cabaña —yo estaba cómodamente instalada en el sofá con mi cuaderno de esquemas— y prácticamente me desafiaba a discutir con ella.

—No quiero ir. —Me salió un tono quejica, pero me daba igual—. Estoy cómoda. —Señalé el sofá—. Nathan volverá pronto.

Era esa última parte la que de verdad me mantenía pegada al sofá. Se había ido a buscar algo de picar con el propósito expreso de hibernar en la cabaña hasta que tuviéramos que salir hacia uno de los eventos del bar, más tarde.

—Mira, es muy tierno que Nathan y tú os creáis las dos únicas personas del mundo ahora mismo. —Bree usó su tono más práctico—. Recuerdo esos días con Brody, y los recuerdo con cariño. Pero vas a venir. Eres una adicta.

Arrugué el ceño.

—¿Y a qué insinúas que soy adicta? No a su… —Dejé la frase a medias; me negaba a terminarla.

—¿Pene? —insistió Bree. No era de las que se avergüenzan de nada—. Sí, a eso exactamente.

—Lo dices como si fuera algo muy superficial —protesté.

—Lo sé, pero necesito sacar a Brody de aquí. Se está planteando en serio comprar una cabaña junto al agua para que pasemos allí los veranos. Es inquietante. —Bree no podía estar más agria.

—No tienes que ir con él si lo hace. Podéis quedar en la ciudad de vez en cuando o algo así.

—Ah, no. —Bree negó con la cabeza—. Eso no va a funcionar. Yo soy tan adicta a su pene como tú al de Nathan. Necesito que entre en razón. Por eso se va a jugar al golf con Nathan.

Eso era nuevo para mí.

—Y tú te vienes al centro con nosotras a hacer terapia de compras.

No tenía nada en contra de ir de compras. Lo que pasaba es que tenía otros planes.

—Nathan…

Como si lo hubiera invocado, el hombre en cuestión entró en tromba en la habitación con Brody ladrándole, pisándole los talones. No parecía nada contento.

—No quiero jugar al golf —protestó Nathan—. Ya tengo planes. —Recorrió la habitación con la mirada y pareció aliviado cuando me encontró—. Y ahí están. Hola, Bellarino.

Me había visto hacía solo veinte minutos, pero actuaba como si hubiéramos estado separados veinte días.

—Hola —dije, un poco sin aliento.

—Está intentando obligarme a jugar al golf —se quejó Nathan.

Llevaba una bolsa de Doritos y lo que parecía un paquete de galletas. No era una comida completa —hoy no había comida en el camping por el evento de esta noche—, pero bastaba para que no me diera por morderme un brazo.

—No quiero ir. —Nathan dejó la comida en la encimera y corrió hacia mí, esquivando sin esfuerzo a Brody, que intentó agarrarlo del brazo—. Quiero quedarme aquí contigo.

—¿Por qué os habéis puesto tan mandones? —pregunté mientras Nathan se inclinaba para apoyar la cabeza en mi regazo—. ¿Por qué no salís todos y nos dejáis aquí?

—Porque hoy no va a ser así. —Bree avanzó rebosante de seguridad en sí misma—. Vosotros dos estáis siendo absolutamente repugnantes. Normalmente eso no me molestaría…

—Claro, porque nunca gira todo a tu alrededor —se burló Nathan.

Bree lo ignoró.

—No podéis hacer que toda vuestra vida gire en torno al otro.

—Mira quién habla —replicó Nathan—. Brody y tú lleváis un año entero embobados el uno con el otro. Nosotros llevamos dos semanas.

—Ni de lejos suficiente —convine con una sonrisa.

—Nunca lo será. —Nathan frunció los labios para lanzarme un beso desde mi regazo.

—No me obliguéis a sacar la manguera… o una jarra de esa agua asquerosa del lago, que a saber la de parásitos que lleva y que te dará diarrea si te entra demasiada en la boca —soltó Bree.

Despacio y al unísono, Nathan y yo dirigimos la atención hacia ella.

—Eso ha sido extrañamente específico —dije.

—Se ha puesto a leer cosas en internet —explicó Brody, que no parecía nada contento.

—Los parásitos del agua son mucho más letales que vuestros patéticos asesinos en serie —coincidió Bree—. Y dejad de discutir conmigo. Los dos os vais de excursión por separado. Por separado, o sea, que Bella se viene con Hayley y conmigo y vosotros os vais a jugar con unos palos y unas pelotas.

Nathan abrió la boca con un comentario sarcástico evidentísimo en la punta de la lengua, pero le tapé la boca con la mano para silenciarlo.

—Solo íbamos a pasar un rato tranquilo aquí antes de tener que ir al centro para el evento —dije con mi mejor voz de «soy pequeñita y dulce y es imposible que quieras discutir conmigo»—. Iba a ser un día tranquilo.

A Nathan se le iluminaron los ojos con una intención perversa y supe exactamente lo que estaba pensando. Nuestro día no iba a tener nada de tranquilo. Aparté la mirada de él para que los demás no me vieran la picardía en la cara.

—Eh…, ¿qué estaba diciendo? —pregunté, trabándome con las palabras.

—Sois unos idiotas —murmuró Bree—. Y vuestro plan original no se hace. Se hace el mío.

—Pero…

—No. —Bree negó con la cabeza, firme—. Se hace y punto. Toca charla de chicas. Y también toca que Brody recuerde que vivir en una cabaña perdida durante los meses de verano lo privará de la compañía de Nathan, algo que lo dejará desolado.

—Creo que estás exagerando —dijo Brody.

—No exagero. Pero ya lo irás pillando.

Bree le plantó un beso y después me agarró de la mano. Me arrancó del sofá sin piedad y la cabeza de Nathan se desplomó contra los cojines.

—Eh —protestó él—. Esa es mi Bellarino. No puedes llevártela así como así.

—Mírame —replicó Bree—. Te mando un mensaje con el sitio donde cenamos —le dijo a Brody—. Por lo demás, no quiero saber nada de vosotros en todo el día a menos que sea una emergencia. ¿Entendido?

Brody no se atrevió a discutir.

—Te quiero —fue todo lo que respondió.

Eso suavizó la expresión de Bree.

—Yo también te quiero.

LAS MEJORES TIENDAS DE SAVANNAH RESULTARON estar a varias manzanas del río. Bree sabía perfectamente adónde iba cuando aparcó.

—Vamos.

Señaló la acera con un movimiento de cabeza para que Hayley y yo la siguiéramos. El viaje desde el campamento había sido sorprendentemente tranquilo. Yo esperaba una perorata. Bree, en cambio, había preferido cantar a coro con la radio.

—No me pareces de las que escuchan a Taylor Swift —me quejé mientras la seguía de mal humor. Seguía lamentando la pérdida de mi tarde sexy.

—No me gusta todo lo suyo —confirmó Bree—. Pero algunas cosas sí. —Me miró de arriba abajo—. ¿Chappell Roan? —supuso.

Me encogí de hombros.

—La verdad es que prefiero a los artistas de antes.

—¿Como Cher?

—Cher es una reina.

Bree no lo pensó mucho.

—Cher es una reina. No sé por qué la usaría nunca como insulto. Eso prueba que no estoy en mi mejor momento.

Era ella, sin duda, la que peor llevaba el retiro.

—Ya no queda tanto —dije—. Ni una semana siquiera.

El estómago me amenazó con una revuelta en cuanto asimilé aquello. En una semana, Nathan y yo tendríamos que decidir cómo sería nuestra relación fuera del campamento.

Bree me miró de reojo.

—Todo va a salir bien —dijo, como si me leyera la mente—. Nathan ya está coladísimo por ti. Es un hecho. Vais a estar bien.

Sonaba tan segura de sí misma que quise creerla.

—¿Y si solo es el lugar y lo que estábamos haciendo? —insistí mientras Bree nos guiaba al interior de Red Clover Boutique. Saludó con la mano a la mujer del mostrador como si fueran viejas amigas —por lo que yo sé, lo eran— y me llevó hasta un perchero de camisas.

—No es eso —dijo Bree—. Está enamorado de ti hasta las trancas.

Me resistí.

—No llevamos juntos el tiempo suficiente para eso.

—No importa cuánto tiempo llevéis juntos. Importa lo que sentís el uno por el otro, y lo que está surgiendo entre vosotros es real. Créeme. Lo sé.

—Lo sabe —confirmó Hayley, que sostenía una camisa blanca con volantes delante del pecho mientras se estudiaba en un espejo. La prenda tenía un aire pirata y parecía interesada, a pesar de lo soso de su vestuario—. Lo que no capta es por qué vas con tanto cuidado con esto.

No dije nada y preferí centrarme en el perchero. Tenía que haber allí algo que quisiera comprar.

Bree, sin embargo, no iba a quedarse callada.

—¿Y eso qué significa?

—Para alguien que se jacta de ser tan observadora, se te está escapando el problema más gordo —replicó Hayley con su patentado tono de «yo sé lo que digo, así que no me discutas»—.

Nathan nunca ha estado enamorado y está a punto de hacer alguna tontería.

Pero no es eso lo que preocupa a Bella. No, ella está preocupada porque creía estar enamorada de Preston Martin Narcisista III y ahora se ha dado cuenta de que nunca lo estuvo.

»Eso debería ser una revelación de primer orden, pero sigue temiendo tener muy mal ojo eligiendo —continuó—.

Nathan se ha convertido en un novio de ensueño, algo que todos esperábamos, solo que no tan pronto.

Bella está acostumbrada a que se le hunda el barco, así que sigue recelosa.

Todavía existe la posibilidad de que algo salga mal.

Bree sacó del perchero una blusa roja enorme con botones de flores y la sostuvo delante de mí; las cejas casi le saltaron de la frente.

—Madre mía —dijo—. Esa cosa es tan larga que a ti te quedaría como un vestido.

—Sí, tengo que andarme con cuidado —admití, consciente de que hablaba de algo más que de la blusa mientras Bree la devolvía al perchero—. Es difícil encontrar la talla adecuada.

Bree parecía exasperada. Había captado mi código no tan sutil.

—Vale, está claro que deberíamos haber empezado por las copas y dejar las compras para después. Puedo arreglarlo. —Saludó con la mano a la dependienta—. Ahora volvemos. Bella necesita un poco de lubricante para aflojarse.

La dependienta estaba claramente acostumbrada a las locuras de Bree, porque se limitó a asentir.

—Nos vemos en un par de horas.

brEE ELIGIÓ EL SITIO PARA COMER—era una mujer con una misión—, así que no me sorprendió que decidiera conducir hasta The Pirates’ House.

—El evento de los autores es esta noche en The Shrimp Factory, así que podemos dejar el coche por aquí —dijo—. Centrémonos en las copas por ahora, ¿eh?

—¿Y las compras? —pregunté con desgana. Sabía que me esperaba un sermón de Bree y no me apetecía nada.