23 Veintitrés
VEINTITRÉS
Para un tío convencido de que una relación era la muerte de la diversión, vivir con Bella había sido toda una sorpresa.
Vale, técnicamente no vivíamos juntos, pero en cierto modo sí.
La cabaña se había convertido en un hogar, e incluso tenerla en mi terreno, en mi casa, me parecía lo más natural del mundo.
No habíamos pasado nada de tiempo en su piso de alquiler, pero sabía que ya llegaría el momento.
Necesitaba verla en el centro, entender qué le gustaba tanto de vivir cerca de la ciudad, antes de poder tomar decisiones sobre nuestro futuro.
Y sí, estaba siendo impulsivo. Me descubría pensando en el futuro mucho más a menudo de lo prudente. En muy poco tiempo —solo nos conocíamos desde hacía seis semanas— se había convertido en lo más importante de mi vida.
Brody y yo solíamos pasarnos los congresos burlándonos de los clichés del romance. Todo ese asunto del «instalove». Así se llamaba, de verdad. Asegurábamos que era imposible enamorarse de alguien tan rápido.
Él había demostrado lo contrario cuando se enamoró de Bree.
No fue instantáneo —eso era deseo, no amor—, pero sí fue rápido.
Mi relación con Bella había avanzado igual de rápido, y yo sabía, sin la menor duda, que era real.
Quizá, cuando era auténtico, enamorarse a toda velocidad era lo normal.
Si antes no me lo creía era porque nunca había sentido nada ni remotamente parecido.
Hablábamos de todo, absolutamente de todo, pero esto no se lo saqué a Bella. Quería darle unas cuantas vueltas más. Vale, llevábamos seis semanas de noviazgo falso. Pero solo dos de esas semanas habían sido de noviazgo real.
—Oye, Bellarino —llamé hacia el baño mientras me ajustaba la camisa.
Habíamos vuelto a la cabaña después de nuestro paseo alrededor del lago para arreglarnos para la cena. Eso había derivado en un poco de jugueteo. El término era mío, no suyo. Le hacía demasiada gracia la palabra «jugueteo». Por eso la repetía tanto.
No había mejor sonido en el mundo que su risa.
—¿Hmm? —Apareció en la puerta del baño.
Llevaba unos vaqueros cortados muy monos y una camiseta enorme que le caía por un hombro. No se le veía ningún tirante de sujetador, lo cual me estaba dando ideas.
—Tu melodioso tono sugiere que empiezas a impacientarte —bromeó.
—Es casi la hora de cenar y estoy muerto de hambre. Me has dejado hecho polvo esta tarde y estoy a punto de desmayarme del hambre.
Ella puso los ojos en blanco.
—¿Que yo te he dejado hecho polvo?
—Eso he dicho.
—No te he dejado hecho polvo. Fue justo al contrario.
—A mí no me pareció lo contrario.
Estiré el brazo y la agarré por la cinturilla de los pantalones cortos cuando se acercó, disfrutando de la sensación de mis dedos contra su piel cálida.
—Lo único malo de todo este asunto del camping es que se supone que tenemos que comer en público. Si estuviéramos en la ciudad —o en The Landings—, podríamos pedir comida a domicilio y pasarnos la noche desnudos.
Ella se echó a reír y un cosquilleo cálido me recorrió por dentro.
—Solo nos quedan unos ocho días. Creo que sobrevivirás.
Hice las cuentas mentalmente. Tenía razón. Ocho días. De repente, deseé tener más tiempo en la cabaña.
—¿Qué…?
No sabía si era el momento de abordar esa conversación tan seria.
—¿Qué vamos a hacer cuando volvamos? —Me había leído el pensamiento.
Asentí.
—Es demasiado pronto para vivir juntos, ¿verdad? —«Por favor, di que no».
—Es demasiadísimo pronto.
Mi sonrisa se desvaneció.
—Sin embargo —continuó con voz tranquila—, estoy segura de que podemos organizar unas cuantas noches juntos a la vuelta. Sé que prefieres tu casa, pero hay bares muy guais a los que se puede ir andando desde la mía.
No la dejé terminar. Seguramente tenía más que decir, pero no importaba. Me lancé a besarla.
—Trato hecho. ¿Me darás al menos un cajón para mis cosas?
Soltó una risotada más gutural que femenina.
—¿Quieres un cajón?
—En tu dormitorio y en tu baño.
—¿Y tú me vas a dar uno a cambio?
Lo que ella no sabía era que yo había empezado a hacerle sitio durante nuestra única noche en mi casa. Se había quedado dormida pronto, estaba claro que necesitaba descansar, y yo andaba demasiado inquieto. Tenerla en mi casa y no hacerle sitio era más de lo que podía soportar.
—Ya está hecho —dije con suficiencia.
Pareció desconcertada.
—¿Me has buscado un cajón?
—Te he buscado media cómoda —respondí—. Con el armario todavía no he hecho nada, pero sobre todo porque aún no he organizado mis cosas de la mudanza. Ahí habrá sitio de sobra para ti.
—¿Y en el baño?
—Yo solo necesito un cajón. Soy guapo sin esfuerzo. Tú puedes tener dos; dos, cuéntalos.
—Veo que le has dado unas cuantas vueltas.
—No he pensado en otra cosa —admití, y me lancé a besarla otra vez.
Estaba tan perdido en ella, tan feliz, que no oí abrirse la puerta a mi espalda hasta que fue demasiado tarde.
—Bree —siseó Brody.
Ella no había llamado —lo habría oído— y Brody era un maniático de los modales.
Me separé de Bella el tiempo suficiente para observar a Bree. Tenía la sonrisa de la que están hechos los payasos diabólicos.
—¡Lo sabía! —Levantó el puño en señal de triunfo y alzó la mano para un choque de cinco que nadie le iba a devolver.
Brody parecía a punto de derretirse y quedarse hecho un charco pegajoso en el suelo.
—Lo siento muchísimo. —Tenía las mejillas rojas—. Estaba convencida de que entre vosotros dos pasaba algo.
—¿Y quién tenía razón? —quiso saber Bree. No pensaba dar su brazo a torcer ni disculparse.
—Esa serías tú —dijo Brody, envarado. No parecía contento, pero, a pesar del bochorno, el amor sin disimulo que se le pintó en la cara al mirar a su problemática prometida me hizo sonreír.
—Sabía que estabais juntos de verdad —dijo Bree, mirándome con fastidio—. No engañáis a nadie.
—¿Hayley? —la desafié.
—No, ella lo sabe. —Bree pareció contrariada un instante—. Se dio cuenta antes que yo de que ya había pasado. O sea, yo sabía que iba a pasar. Teníais «sexo inminente» escrito en la cara desde el primer día.
Bella emitió un sonido ahogado.
—¿Qué?
No pude evitar divertirme con la franqueza de Bree.
—Sexo inminente, ¿eh?
—Tío, te conozco desde hace tiempo. Te he visto gastar mujeres como pañuelos de papel.
Fruncí el ceño ante su analogía y lancé una mirada preocupada hacia Bella.
Ella me obsequió a cambio con una sonrisa de «no pasa nada».
—Todo eso se acabó en el instante en que conociste a Bella —continuó Bree, sin darse cuenta de las miradas que yo le lanzaba a mi falsa prometida, o sin que le importaran—. Ya ni siquiera miras a otras mujeres para confirmar que tienen pecho.
Tuve que pararme a pensar en lo que decía. Me di cuenta de que tenía razón. No era que las demás mujeres se hubieran vuelto invisibles para mí. Sin embargo, ya no me interesaban más allá de lo estrictamente profesional.
Más de una lectora coqueta había intentado atraer mi atención hacia ella durante los eventos. Yo había sido educado, pero nada más. No, mi mirada siempre buscaba —y encontraba— a Bella en cuanto se presentaba la ocasión. Era la única que me importaba.
—No montes un drama con esto —la reprendí, decidido a que no avergonzara a mi Bella.
Mi Bella. Me gustaba cómo sonaba.
—Estamos juntos. Tenemos pensado aclarar las cosas cuando acabe el retiro. Somos felices.
—Muy felices —coincidió Bella con un ronroneo mientras se acurrucaba a mi lado.
En serio, quería arrastrarla de vuelta a la cama, pero el rugido despiadado de su estómago me dijo que no era lo más sensato.
—No puedes montar un número con esto. —Lo dije con determinación, sin dejar de mirar a Bree—. Por lo que Preston sabe, hemos estado juntos de verdad todo este tiempo. Si descubre que en algún momento lo estábamos fingiendo, dará por hecho que aún tiene una oportunidad.
La sonrisa de Bree se desvaneció.
—Ah, entonces de verdad que no puedo torturaros.
—No. Lo siento. —No lo sentía en absoluto, pero lo único que importaba era que Bree creyera que sí—. Tenemos ocho días para sacar a Preston de nuestras vidas. No quiero a ese idiota escondido entre mis arbustos, espiándonos.
Peor aún: no quería que se quedara al acecho para asaltar a Bella cuando fuera andando a la cafetería por la mañana. Ella adoraba esta ciudad, y eso significaba que necesitaba sentirse segura en ella.
—Yo estoy a favor de quitárnoslo de encima —dijo Bree—. Pero vosotros dos vais a tener que dejar de poneros ojitos durante una hora entera si esperáis que se nos ocurra un plan.
—Nosotros no nos ponemos ojitos. —Bella tenía las mejillas tan rojas que me dieron ganas de besárselas solo por sentir el calor.
—A lo mejor sí nos ponemos ojitos —rebatí—. Resulta que me gusta ponerte ojitos. —Le besé la coronilla para demostrarlo—. Pero estoy decidido a librarnos de ese imbécil.
—Ha estado muy callado —dijo Bree, poniéndose pensativa—. No me fío de él.
En eso estábamos de acuerdo.
—Vigiladlo esta noche —dije—. Andará rondando la hoguera. Es de los que acechan.
—¿Vigilarlo para qué? —insistió Brody.
Me encogí de hombros.
—Para sacar ideas sobre cómo hundirlo.
—Puede que necesitemos un sable de luz —sugirió Bree—. O uno de esos asesinos de película de terror que tanto os gustan. —Se quedó callada un momento y luego se animó—. Espera… vais a volveros locos cuando llegue la hora de decorar para Halloween, ¿verdad? Vais a ser una de esas parejas.
No había llegado tan lejos en mis planes, pero no se equivocaba.
—Creo que seremos los anfitriones de la fiesta de Halloween todos los años —reconocí, y le pasé el brazo por los hombros a Bella—. Vosotros podéis quedaros con la fiesta de Navidad.
—Fiesta de Nochevieja —corrigió Bree—. La Navidad es una fiesta estresante. Me hace pensar en mi madre. Que Hayley se quede con la de Navidad.
A mí me parecía bien.
—Vosotros vigilad a Preston esta noche. Mantened la mente abierta. Tenemos que bajarle los humos a ese idiota un par de puntos.
—O diez —dijo Bella—. No nos lo va a poner fácil. —Parecía preocupada.