El camino correcto (Escribir lo correcto 2) 22 Veintidós #2
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22 Veintidós #2

—¿Tú quieres hijos? —Ya lo habíamos hablado antes, pero eso fue antes de que hubiera algo real entre nosotros. Su respuesta podía ser distinta ahora.

Me lanzó una mirada de reojo muy elocuente.

—¿Tú quieres hijos?

—No. —Negué con la cabeza con firmeza—. Esta no es una de esas conversaciones en las que ajustas tu respuesta a la mía. Tenemos que ser sinceros.

Asintió, aunque no parecía contento.

—Me da miedo ser un mal padre.

—¿Porque tú tuviste un mal padre?

—Sí.

Lo medité un buen rato. Necesitaba decir exactamente lo correcto.

—No vas a ser un mal padre —solté por fin, sorprendiéndonos a los dos—. Es imposible. Eres demasiado cariñoso y generoso. Eres leal. Caray, eres consciente de lo que haces. Vas a ser el mejor padre del mundo.

Una expresión divertida le arrasó la cara.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

—Lo estoy, y punto. Pero no se trata de ser un buen padre. ¿Quieres ser padre?

Se quedó callado demasiado tiempo y yo empecé a sentirme incómoda. Luego emitió un sonido de exasperación.

—Sí, pero no quiero una familia enorme. Quiero uno o dos hijos a los que poder dedicar toda mi atención. No quiero que un hijo mío sienta que no pasé suficiente tiempo con él.

Se me juntaron las cejas.

—¿Eso es lo que tanto te costaba decir?

—¿Tú no quieres una familia grande? Tu madre es hippie hasta la médula.

No pude contener la risa.

—Sí, pero solo tuvo una hija. La verdad es que me encantó crecer con niños a los que consideraba casi hermanos.

Eran amigos, no parientes de sangre. Lo que de verdad me gustaba era que, después de un día entero haciendo el tonto juntos, podía volver a casa, a una habitación que no tenía que compartir y a una madre que tampoco tenía que compartir.

Él sonrió de oreja a oreja.

—Entonces… ¿tú tampoco quieres muchos hijos?

—Voy a ser totalmente sincera. —Busqué en mi interior las palabras adecuadas—. Puedo comprometerme a uno, y el segundo es un quizá.

Sonrió tan ancho que la sonrisa amenazaba con ocuparle toda la cara.

—Resulta que esa respuesta me gusta muchísimo.

—Me alegro. Pero te das cuenta de que no tenemos ninguna necesidad de darle demasiadas vueltas a esto ahora mismo, ¿no? Para cuando esté lista para tener hijos, aún faltará bastante. —Gesticulé para reforzar mi argumento—. Solo tengo veinticinco años. No quiero hijos en este instante.

—Ni yo. —Parecía tan aliviado que me dieron ganas de abrazarlo—. Pero sí quiero hablar de jardines.

Eso me descolocó.

—¿Qué?

—Jardines —repitió—. Los hijos puede que lleguen más adelante, pero necesitan jardines. Yo nunca tuve jardín. Me crie en un rascacielos. No quiero eso para ese posible hijo que llegará dentro de muchísimo tiempo.

No le faltaba razón.

—Te das cuenta de que hay sitios cerca del centro que tienen jardín, ¿verdad?

—Van a ser más caros.

Era algo perfectamente razonable y, sin embargo, me hizo gracia.

—Bree dice que todos tuvisteis que pagar treinta mil dólares para poder usar todas las instalaciones de este sitio.

—Bueno, eso es verdad. —Se frotó la mejilla—. Acabo de pagar esos treinta mil. No quiero tirarlos por la ventana antes de poder disfrutarlos.

Puse los ojos en blanco.

—No nos vamos a mudar juntos hoy. Tenemos que ser adultos responsables.

Su sonrisa torcida era pura perdición.

—Nos estamos escaqueando de nuestros amigos precisamente porque no queremos ser adultos responsables.

—En eso tienes razón. —Señalé la carta—. Antes de que tu mente de vía única se descarrile, necesito comida.

Siguió mi dedo con la mirada.

—¿Qué te apetece?

—Quiero esos rollitos de langosta estilo rangoon, los langostinos a la plancha con espinacas y puré de patata, y cualquier postre que este sitio tan pijo sea capaz de improvisar.

—Me gusta que ya tengas el pedido listo.

—Eh… es simple sentido práctico. Así no perdemos el tiempo. Comemos y volvemos directos aquí a ver una peli de terror y a jugar un rato a nuestro propio juego.

—Me encanta cómo funciona tu cabeza. —Me dio un beso fuerte y rápido—. Yo voy a pedir el solomillo, setas silvestres y puré de patata. Su crema de cangrejo también está para morirse.

—¿Ves? —Asentí con la cabeza—. Ahora sí que piensas.

Me miró con tal fascinación que decidí que saltarnos la cena quizá no fuera tan mala idea. Aunque, por otro lado, su sonrisa decía lo contrario. Iba a necesitar energía. Estaba claro que tenía planes para mí que se extenderían hasta bien entrada la noche.

—Lo haremos todo con cabeza —dijo él—. Aquí tengo cosas para preparar cócteles. Pienso conducir el carrito de golf como un loco hasta allí y de vuelta, así que nada de cócteles en el restaurante.

A mí no me importó.

—Me parece bien. Pero yo elijo la peli que vemos.

Se quedó callado un instante.

—¿Qué tenías en mente? —preguntó al final.

—Abigail.

Se le dibujó una enorme sonrisa.

—Me gusta jugar con la comida —dijimos a la vez, repitiendo una frase memorable de la película.

Por impulso, le eché los brazos al cuello. Con él todo parecía estar en su sitio. Seguía temiendo que se desmoronara, pero confiaba en él con todo mi corazón. Por primera vez en mucho tiempo, tenía verdadera esperanza en mi futuro.

Apoyó la mejilla contra un lado de mi cabeza.

—Esto tiene pinta de ser la mejor noche de mi vida.

Sus palabras me conmovieron.

—Va a ser increíble.

—Entonces vistámonos. —Me dio un cachete cariñoso en el trasero—. Estoy muerto de hambre y necesito cargarme de hidratos. Tengo planes muy concretos para ti.

Un escalofrío de expectación me recorrió el cuerpo.

—Me has leído la mente.

—Qué curioso cómo funcionan estas cosas.

—La verdad es que sí.