22 Veintidós
VEINTIDÓS
Después de una semana de relación falsa que en secreto se había vuelto real, nunca había sido tan feliz.
Nathan era un granuja encantador. Era de trato fácil y no se complicaba con los roles de género.
Si yo quería ser la que iba atrás en el kayak doble —algo que ahora se nos daba incluso mejor que la primera vez que salimos—, me dejaba llevar el timón.
Cuando me apetecía hacer de asesino en serie corpulento durante nuestros paseos nocturnos alrededor del lago, él no tenía ningún problema en chillar y gritar como una auténtica «chica final».
Era la felicidad absoluta.
Bueno, excepto por Preston. Seguía rondando por ahí, pero había estado callado toda la semana.
Notaba sus ojos sobre mí con regularidad —sabía que seguía tramando algo—, pero me negaba a entrar en su juego.
El tercer fin de semana de lectoras pasó sin incidentes, por suerte, y el lunes siguiente Nathan propuso que nos tomáramos un descanso del campamento y fuéramos a la ciudad.
Todavía no les habíamos dicho a Bree, Brody y Hayley que lo nuestro era real.
Bree, evidentemente, lo sospechaba. A Brody no lo conocía lo suficiente para adivinar lo que pensaba.
Hayley no mostraba sus cartas, pero a veces, cuando miraba a Nathan con ese aire de complicidad tan suyo, quedaba claro que lo sabía.
Nadie lo mencionaba. Esperarían a que Nathan sacara el tema.
Eso no impidió que Bree me diera la lata mientras metía una bolsa en la parte de atrás de la camioneta de Nathan.
Mi coche se quedaba en el campamento para esa escapada de una noche.
Nathan les había dicho que íbamos a casa a hacer la colada y a comprar algunas cosas.
Había omitido el detalle de que íbamos a su casa durante las siguientes treinta y seis horas.
Eso sí, no dijo ninguna mentira flagrante.
—¿Así que vais a hacer la colada? —Bree me siguió hasta la puerta del copiloto.
La miré con una ceja levantada.
—¿Por qué te cuesta tanto creerlo? No traje ropa para un mes.
—Quizá porque estoy desesperada por salir de aquí. —Bree se lanzó hacia delante y me agarró por la pechera de la camiseta—. Llévame contigo.
Me imaginé la cara de Nathan si llegaba a su camioneta y se encontraba a Bree sentada en el asiento de atrás.
—¿No puedes darle la lata a tu propio prometido para que te saque de aquí? —contraataqué, en lugar de responder directamente a su pregunta.
—No. —Bree parecía desesperada—. Nunca ha sido tan feliz en su vida. Le encanta la naturaleza.
—Bueno, creo que te echaría de menos si te llevara con nosotros.
Y sabía que a Nathan le daría un ataque. El día anterior, mientras atendíamos a las lectoras, me había susurrado guarradas al oído cada vez que pasaba por detrás de mí, lo cual había sido mucho más a menudo de lo normal. Nathan necesitaba un descanso. Y Bree no podía formar parte de ese descanso.
—Ni se dará cuenta de que me he ido. Ahora mismo su mayor alegría es escribir en las mesas junto al lago.
—¿No me dijiste que os enamorasteis escribiendo en mesas al aire libre? —la piqué.
—Junto a una piscina. —Bree reaccionó como si hubiera dicho la mayor tontería del mundo—. Nunca estábamos a más de quince minutos de un café con leche.
—Técnicamente, ahora tampoco lo estás —le recordé.
—De un café con leche bueno.
Estaba claro que se le estaba yendo la cabeza, así que me alegré de ver pasar a Hayley por allí.
—Llévatela a la ciudad. —Empujé a Bree hacia ella—. Cómprale un café con leche… y un dónut.
—Ay, un dónut. —Bree se llevó las manos al pecho con teatralidad—. Ahora mismo mataría a alguien, preferiblemente a Preston, por un dónut.
Por una vez, no me estremecí al oír el nombre de Preston. Ya no era una amenaza agobiante en mi vida. Era como una sombra de la que aún no había conseguido librarme.
—Sácala de aquí —le indiqué a Hayley cuando Nathan se acercó con la bolsa de la ropa sucia al hombro.
Nos miró con recelo al ver el pequeño corrillo.
—Le va a dar un bajón si no respira un poco de aire viciado de ciudad —le dije.
—Ja, ja. —Bree puso los ojos en blanco hasta que su mirada se posó en Nathan. Se quedó callada lo que me pareció una eternidad y luego me miró a mí. Ya no estaba en modo quejica, y eso me puso nerviosa—. ¿Vais al mismo sitio a hacer la colada? —insistió.
Era como un sabueso cuando olía una brecha. No me gustaba mentirle, pero Nathan y yo todavía no estábamos preparados para hacerlo público. Pronto —era inevitable—, pero estábamos disfrutando de la pequeña burbuja en la que vivíamos.
—Voy a dejar a Bella en su apartamento y luego me iré a casa —respondió Nathan, mintiendo con soltura—. Volveremos mañana por la tarde. Los dos necesitamos un descanso de este sitio. —Su mirada oscura se desvió hacia las mesas de pícnic, donde Preston nos observaba—. Y de ese tipo.
Bree miró por encima del hombro.
—Ese tipo es lo peor. Todavía no hemos ideado un plan para librarnos de él definitivamente.
—Lo haremos. —Nathan me abrió la puerta y me ayudó a subir.
Por cómo Bree entornó los ojos, supe que ese gesto caballeroso —algo que él claramente ni se daba cuenta de que hacía— no le había pasado desapercibido.
—¿No tienes un prometido al que dar la lata? —protestó él.
—Sí. —La mirada de Bree fue de uno a otro—. Solo vais a la ciudad a hacer la colada, ¿verdad?
—¿No es eso lo que hemos dicho? —replicó Nathan antes de que yo pudiera responder.
—Supongo. —Bree apretó los labios. Ya no se quejaba. No, ahora era un depredador al acecho—. Supongo que os veremos mañana por la tarde.
—Supongo que sí —admitió Nathan. Me abrochó el cinturón —algo que también hacía en modo automático—, me apretó la rodilla y cerró la puerta. Le lanzó a Bree una mirada elocuente antes de rodear la camioneta por detrás, pero no dijo nada.
—Sabes que sospecha algo, ¿no? —pregunté mientras Nathan sacaba el coche de la plaza marcha atrás, con la mirada abrasadora de Bree todavía clavada en nosotros.
—Ah, ya lo sé de sobra. Puede sospechar todo lo que quiera. Ya se enterará de la verdad a su debido tiempo. Por ahora, que se meta en sus asuntos.
—Sí, eso no es para nada su estilo.
Nathan esbozó una sonrisa ladeada.
—Escucha, no voy a pasarme las próximas treinta y seis horas pensando en Bree. Vamos a mi casa, ponemos la lavadora que sé de sobra que vas a empeñarte en poner y luego nos metemos en la cama un día entero.
—Eh, se supone que tienes que darme de comer —le recordé—. Y hablo de raciones de verdad. No de porciones diminutas.
—Sí, por suerte para ti, The Landings es pijo de narices. Tenemos varios sitios entre los que elegir para tu placer gastronómico.
La oferta no estaba nada mal.
—Vale, pero hoy vengo exigente.
—Me encantan los retos. —Me sonrió de oreja a oreja.
No pude evitar soltar una risita.
—Tú no le quites ojo a la carretera, campeón. No quiero tener un accidente camino de la tierra prometida.
—Tranquila. Conduciré como si llevara una carga preciada, porque es justo lo que llevo.
FIEL A SU PALAbrA, NATHAN SE PEGÓ a mí durante todo el camino hasta el cuarto de la lavadora.
Estaba tan revuelta y tan llena de emociones contradictorias —la responsabilidad contra el calentón— que apenas conseguí poner la primera lavadora antes de dejar que me hiciera girar.
Me tenía en brazos antes de que pudiera fijarme en la casa.
La había visto en mi visita anterior, pero solo el salón y la cocina. Había mucho más que ver.
—Luego quiero que me la enseñes entera —murmuré contra su boca.
—Nena, te voy a dar todo lo que quieras tantas veces como pueda mientras estemos aquí —me aseguró—. No te va a faltar absolutamente nada.
Como sabía que decía la verdad, opté por dejar que llevara la iniciativa. Eso implicó pasar una hora en su habitación. Luego nos fuimos al salón —yo con una de sus camisas y unas braguitas, él en bóxers— y nos dejamos caer en el sofá.
Encendió la televisión —dijo que necesitaba saber qué estaba pasando en el mundo real— y yo repasé los folletos que me dio de los restaurantes de The Landings.
—¿Crees que te quedarás aquí para siempre? —pregunté mientras miraba la carta del Deer Creek A Coastal Grill. Era un nombre rarísimo, pero la carta tenía una pinta fabulosa.
—¿En este sitio? —Nathan tenía una expresión impasible mientras veía ESPN.
Buscaba resultados. Me había contado que era muy fan de equipos distintos de cada estado.
Le encantaban los Detroit Red Wings, los Buffalo Bills, los Colorado Rockies y los Lakers de Los Ángeles.
Al parecer tenía gustos eclécticos—. Me gustaría quedarme en este sitio el resto de mi vida, pero no creo que sea factible.
Me reí y negué con la cabeza.
—Me refería a aquí, a The Landings.
Volvió los ojos hacia mí.
—¿No te gusta este sitio?
Vacilé, sin saber qué responder.
—La verdad, Bella —dijo con voz suave—. Es lo que prometimos.
—Tu casa es preciosa —le aseguré, y lo decía de corazón—. Hasta resulta tranquila, a su manera. Pero me gusta más el centro.
Era una tontería sacar el tema ahora. Estábamos lejísimos de compartir techo. Pero ver a Bree y a Brody discutir sobre lo de tener dos casas, a pesar de que iban camino del altar a toda velocidad, me había dejado con el recelo de dejar estas conversaciones para cuando ya fuera demasiado tarde.
—El ambiente del centro es genial —coincidió—. Pero ¿y los niños? —Se apresuró a rectificar—. No es que espere que me des hijos ahora mismo. Ni nunca.
De pronto parecía presa del pánico.
Fue tal alivio no ser la única que decía tonterías que me deshice en carcajadas y luego le agarré la mano antes de que pudiera huir del sofá.
—Espera. —Tuve que sujetarlo con desesperación—. No te escapes de mí.
Pareció reconocer la súplica sincera en mi voz, porque volvió al sofá.
—No pretendía presionarte.
—No lo has hecho. Es algo de lo que deberíamos hablar.
—¿Es decir?
Respiré hondo. No era la conversación que había imaginado que tendríamos hoy.