El camino correcto (Escribir lo correcto 2) 21 Veintiuno #2
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21 Veintiuno #2

—Nunca me acerqué a él, pero fue porque existe una red de avisos.

Las mujeres comparten la información primero entre ellas.

Después, con el tiempo, dejan entrar en el círculo a los hombres de confianza.

Y a partir de ahí intentan poner de su lado a los que no son de fiar. Eso no siempre sale según lo previsto.

Me indignó en nombre de todas las autoras. La simple idea de haber contribuido a su carga me llenó de vergüenza.

—Soy un gilipollas —comprendí de pronto.

—No.

Alargó la mano y la puso sobre la mía.

—No lo eres. La gente sabe que eres un playboy. Saben que no buscas nada serio. Pero no tienes ni una sola queja por acoso sexual. De hecho, las únicas quejas sobre ti que he visto son de mujeres que buscaban una aventura de congreso y con las que tú no quisiste flirtear.

—Sigue sin gustarme —solté el aire—. Pero uno no puede cambiar un comportamiento hasta que es consciente de él, ¿no?

No pareció muy convencida, pero asintió.

—No eres un mal tío. Es más, para mí eres un caballero de brillante armadura. Apareciste de la nada para ayudarme con Preston cuando hacía un total de cinco minutos que me conocías.

Respiró hondo y luego se lanzó sin más.

—Siempre me he preguntado por qué lo hiciste.

No le solté la primera respuesta que me vino a la cabeza, algo cursi y verdad solo a medias. Le di lo que buscaba de verdad.

—Sentí una chispa contigo en el mismo instante en que nos conocimos —admití—. Entonces no me di cuenta. Pensé que era solo porque eras guapísima. Pero era algo más, aunque sigo sin saber ponerle nombre.

—A ninguno de los dos se nos da bien esto —convino ella—. Sabes que yo también estoy hecha un desastre, ¿verdad?

—Jamás lo habría imaginado —bromeé, y le di un golpecito en el costado.

Solo me puse serio cuando vi que no sonreía.

—Por eso, incluso cuando reconocí que sentía cosas por ti, decidí esperar a que terminara el retiro para decírtelo.

Soltó una risita, lo que alivió parte de la tensión que sentía.

—Ay, Dios mío, yo estaba haciendo exactamente lo mismo. Estaba convencida de que me ibas a rechazar, pero sabía que tarde o temprano tendría que decírtelo o me quedaría con la duda toda la vida. No quería perder nuestra amistad, pero cada vez me costaba más morderme la lengua.

Sin pensarlo, me incliné y le di un beso suave en la boca.

—No quiero que te muerdas la lengua. Quiero oírlo todo.

—¿Y si digo algo que te espante? ¿Y si te presiono demasiado?

Era un lastre que arrastraba de su relación con Preston. Ella no se daba cuenta —y no era el momento de hablar de eso—, pero tarde o temprano tendríamos que superar todo aquello.

—No puedes presionarme demasiado —le aseguré—. Acabo de darme cuenta de que quiero que me presiones. Llevo mucho tiempo a la deriva, desde…

No mencioné a mi madre ni lo que su muerte había provocado en mí. No saqué a colación a mi padre, ni sus expectativas aplastantes, ni cómo había empezado a eludir cualquier expectativa por su culpa.

En lugar de eso, sacudí la cabeza.

—Tenemos tiempo para ponernos a hablar de nuestros pasados traumáticos —dije, y me gané una sonrisa de oreja a oreja—. No puedo prometerte un para siempre. Todavía —añadí rápidamente—. Solo sé que quiero estar contigo y que necesito espacio para ir aclarando todo esto.

Ella asintió, al parecer satisfecha con mi respuesta.

—Vale, bueno, yo también quiero eso. Solo que no quiero que te enfades cuando Preston me toque alguna tecla, porque no ha acabado ni de lejos con nosotros, y yo me venga abajo.

»Ya no se trata de él —continuó—. No estoy segura de que alguna vez se tratara de él. Se trata de algo que llevo dentro. Él solo quiere provocarme. Hago todo lo posible por evitarlo, pero es muy escurridizo.

—Es el más escurridizo de todos —coincidí, y la rodeé con los dos brazos.

Hablar de Preston me daba, inevitablemente, ganas de empezar a arrancar cabezas de cuajo.

—No te preocupes por él. Si hacemos todo lo posible por ignorarlo, al final no le quedará otra opción que estallar en público. Y cuando lo haga, estará acabado.

Bella no parecía convencida, pero asintió.

—Sí. ¿Y los demás? Bree, Brody y Hayley. ¿Qué les vamos a decir?

Yo todavía no había llegado tan lejos.

—¿Qué quieres decirles?

Ella titubeó y luego se encogió de hombros.

—Tengo la sensación de que nos presionarán aún más, aunque no sea su intención, y puede que nos desmoronemos bajo el peso de sus expectativas.

También había dado en el clavo con lo que yo sentía al respecto.

—¿Qué te parece si lo mantenemos en secreto esta próxima semana o así? Fingiremos que todo sigue igual que antes. Podemos darnos la mano en público, no pasa nada. Ya lo hacíamos.

—¿Y dentro de una semana?

—Volveremos a hablarlo. Quiero que los dos estemos de acuerdo. Una semana nos da tiempo a asentarnos.

—¿Y a tener mucho sexo sin tener que responder a las preguntas obvias?

Su sonrisa era pícara y me revolvió algo por dentro.

—Es exactamente lo que estaba pensando.

—No sé cómo, pero lo sabía.

Soltó un chillido cuando tiré de ella y la coloqué encima de mí.

—Me fastidia muchísimo que tengamos lectores aquí y que estemos obligados por contrato a dejarnos ver en público hoy. —Le aparté el pelo de aquella cara preciosa—. Si de mí dependiera, me quedaría aquí, en esta cama, contigo, todo el día.

—La espera es la mitad de la diversión.

—Bueno, ¿y si jugamos ahora, nos pasamos el día con las ganas y luego volvemos a jugar?

Me sentía como un lobo hambriento.

Fingió pensárselo, pero el brillo de sus ojos me dijo que estaba dispuesta.

—Vale, pero vas a tener que ser muy bueno si esperas que aguante toda la tarde sin ti.

Me reí. Ella siempre me hacía reír. Después le atrapé la boca en un beso abrasador.

—Desafío aceptado —gruñí cuando me aparté lo suficiente para mirarla a los ojos—. Más vale que te prepares. Esto va a ser un buen meneo.

No pareció importarle lo más mínimo.