El camino correcto (Escribir lo correcto 2) 21 Veintiuno
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21 Veintiuno

VEINTIUNO

Despertar con el cuerpo de Bella pegado al mío, con su mejilla apoyada en mi pecho, fue algo mágico. Había pasado la noche con mujeres antes. No era que las echara de la cama antes de dormirme. No era ese tipo de tío.

Pero esta experiencia era completamente distinta.

Sí, habíamos tenido un sexo alucinante —varias veces— y yo nunca volvería a ser el mismo.

Pero no era por eso por lo que aquel momento resultaba tan mágico.

No, era porque se trataba de ella… y de mí…

y de ella. Puede que yo le pasara treinta centímetros y que al principio me preocupara hacerle daño por lo menuda que era —algo que ella me aseguró que no iba a pasar cuando se puso encima y me volvió el mundo del revés—, pero no era el sexo lo que me movía. Era esa cercanía.

Podría haber pasado el resto de mi vida en ese instante y morir siendo un hombre feliz. Pegada a mí, todo estaba en su sitio. Encajábamos, a pesar de la diferencia de estatura. Ella me entendía. Y lo más importante: por primera vez en la vida, yo la entendía a ella.

Quería escuchar cada pensamiento, presenciar cada emoción y sentir cada sentimiento. Esto era lo correcto.

Aunque la vejiga me pedía clemencia a gritos, me quedé quieto para no despertarla.

Le pasé los dedos por el pelo con suavidad; me gustaba cómo se desparramaba sobre mi pecho.

Dormida parecía un ángel. Un ángel diminuto y menudo.

¿Quién iba a decir que este ángel tenía una boca tan sucia?

Anoche la había tenido, y era algo que quería volver a oír.

Cuando murmuró algo, bajé la mirada hacia ella.

Mi vejiga estaba en código rojo, pero me moría por ser lo primero que viera al abrir esos ojos increíbles.

Despacio, sus largas pestañas aletearon, y contuve el aliento mientras ella recibía el día.

Al principio pareció confusa —tenía el sueño muy profundo, así que tampoco era sorprendente—, pero sonrió al levantar la vista y pillarme mirándola.

—Buenos días. —Tenía la voz ronca.

—Buenos días. —Hice lo que tenía que hacer y le di un beso rápido e intenso en la boca—. No se te ocurra moverte —ordené—. Tengo que ir al baño, estoy en zona de hacer el ridículo, pero no he terminado con esto.

La aparté de encima de mí tan rápido como pude sin zarandearla y corrí desnudo al baño.

Ella se rio mientras me veía marchar, y ahí estaba otra vez ese sonido maravilloso.

Una vez resuelto el asunto, me eché agua en la cara y el pelo y me cepillé los dientes. Cuando abrí la puerta, encontré a Bella al otro lado, con el polo que yo había llevado la noche anterior.

—Ya era hora —bromeó.

—Espera. —Le apoyé una mano en el hombro, de pronto aterrorizado—. No estarás… Yo…

¿Cómo se suponía que iba a explicar lo que quería? Nunca había tenido que hacer algo así.

—No he terminado con los mimos —me aseguró.

¿Mimos? Nunca me había considerado un hombre de mimos, y sin embargo…

—¿Qué haces? —No estaba preparado para que el baño me la quitara.

—¿Y tú qué acabas de hacer? —preguntó ella con retintín.

—Ah. —Claro que tenía que ir al baño. ¿Qué me pasaba? Me moví para dejarle paso, pero me detuve—. No te cepilles el pelo.

La orden pareció sorprenderla.

—¿Por qué?

—Porque no he terminado con él.

Su expresión me dijo que acababa de decir algo muy raro. Me daba igual.

—Vale —dijo, riéndose—. He puesto café. ¿Por qué no nos llevas dos tazas a la cama? Estoy contigo en cinco minutos.

No podía verle nada —mi polo le quedaba enorme—, pero igualmente la observé desaparecer detrás de la puerta. ¿Cómo podía una cosa tan pequeña ocupar un lugar tan grande en mi corazón? Hasta ahora ni me había dado cuenta de que me faltara nada.

Esta sensación era rarísima.

Para asegurarme de no quedarme plantado delante del baño como un acosador —lo habría hecho si no fuera tan siniestro—, fui a la cocina y llené dos tazas de café. Les añadí a las dos la crema de café con sabor que había comprado Bella y las llevé a la cama.

Cuando se abrió la puerta del baño, contuve el aliento y esperé la oleada de felicidad que sabía que llegaría. Y, efectivamente, cuando apareció, todo estaba bien en mi mundo. ¿Cómo puede estar tan bien?

No me di cuenta de que lo había preguntado en voz alta hasta que ella arqueó una ceja mientras caminaba descalza hacia la cama.

—¿Te refieres a nosotros? —Su sonrisa era de curiosidad.

—En realidad, hablaba de lo que siento cuando te miro. —Dejé los cafés en la mesilla y levanté las mantas—. Ven aquí.

Mi voz sonó grave y autoritaria, pero a ella no pareció importarle.

Se metió bajo las mantas y esperó a que me acomodara. Eso incluía atraerla hacia mi costado y abrazarla con fuerza.

—No sabía que me faltara nada en la vida hasta que llegaste tú —admití, optando por la sinceridad.

Esto no iba a funcionar —éramos dos personas con mucho lastre a la espalda— si no éramos sinceros.

—Y ahora me da miedo cargármelo todo.

Ella no se rio.

—Lo sé. Es un lío.

—Un lío enorme.

—¿Qué es lo que quieres? —El miedo le asomaba a los ojos.

No hubo ni un titubeo en mi respuesta.

—A ti.

—¿Y qué más?

—¿Vienes con extras o algo así?

Ella soltó el aire y luego se le escapó una risita, y se relajó contra mí. Esto era lo que quería. Solo esto. Si tuviéramos comida suficiente, podríamos quedarnos en esta cama el resto de nuestras vidas y yo sería completamente feliz.

—Solo quiero decir que… tú no eres de tener novia. —Parecía estar pensándolo mucho—. Me lo dijiste desde el principio. Pero yo no sirvo para los rollos de una noche. No estoy hecha así.

—Bella, no.

Negué con la cabeza con vehemencia antes de que pudiera perderse en una espiral.

—Tienes razón en que lo mío no eran las novias. Yo también le he dado muchas vueltas a eso. Y el motivo es que nunca había sentido esto —dije, y señalé el espacio entre los dos.

—¿Estás diciendo que yo soy diferente?

Tenía en los ojos un recelo que no me gustó nada. No me cabía duda de que Preston le había dicho cosas parecidas y que todas habían resultado ser mentira. Tenía que andarme con cuidado.

—Estoy diciendo que no esperaba que pasara esto y que es nuevo para mí —busqué las palabras adecuadas—. Quiero estar contigo. Aunque no sé si voy a ser bueno en esto. A veces soy un idiota, por si no te habías dado cuenta.

—Ah, ya me he dado cuenta.

Se rio de mi ceño fruncido y después suspiró.

—¿Has tenido alguna novia de verdad?

—Puede que en el instituto.

—Sí, eso no cuenta.

Negó con la cabeza.

—¿Por qué de repente crees que quieres una novia?

Lo estaba abordando como si fuera un experimento científico.

—No me desperté una mañana queriendo una novia —respondí—. Me desperté deseándote a ti.

Pareció pillada por sorpresa.

—¿Y si solo es deseo y, ahora que me has tenido, dejas de desearme?

Necesitaba que la tranquilizara. Preston le había quitado el suelo bajo los pies más de una vez. Yo no iba a hacerle eso. El problema era que tampoco podía prometerle para siempre cuando acabábamos de empezar.

—Ya he probado el fruto prohibido y puedo decirte, sin ningún género de duda, que te sigo deseando.

—¿Eso seguirá siendo verdad dentro de dos semanas?

Sospechaba que seguiría siendo verdad para siempre, pero no era el momento de soltarle esa bomba.

—Bella, me consumes. Eso no me había pasado nunca. Aunque no sé qué puedo prometerte de cara al futuro. Es demasiado pronto.

—Claro que es demasiado pronto —dijo, pesarosa—. Es demasiado pronto, muchísimo. Si me hubieras prometido el futuro, estaría convencida de que eres un psicópata.

Me alegró comprobar que mi instinto seguía intacto. Aun así, su respuesta tan pragmática me hizo reír.

—Bueno es saberlo.

—Es que… los dos estamos bastante tocados.

Me miró a los ojos con toda seriedad.

—Tú y yo tenemos nuestros problemas. Tú eres alérgico al compromiso…

—O quizá nunca conocí a la persona adecuada con la que comprometerme.

—Pues han sido muchos fallos. He leído las historias que cuentan de ti en el foro.

—Sí, ¿y dónde están esas historias del foro? Pues yo lo llamo difamación.

—No es difamación.

Negó con la cabeza y me lanzó una mirada severa.

—Es una sección privada de un foro de autores que es solo para mujeres. Ya sabes, por si hay algún autor depredador del que haya que preocuparse. Así la información circula, pero sin que nadie pueda acabar demandado.

Odiaba —detestaba profundamente— que las mujeres necesitaran espacios como el que me estaba describiendo. Y lo que odiaba aún más era ser tema de conversación en uno de esos espacios.

—¿Qué decían de mí? —pregunté, resignado a mi destino.

—¿Sinceramente? La gente decía que eras un buen tío con un encanto desbordante.

Decían que no ibas a tener una relación ni por todo el oro del mundo, pero que lo dejabas claro desde el principio y eras respetuoso.

Solo recomendaban que cualquiera con problemas de apego se mantuviera lejos de ti.

Lo que escribían de ti no era nada comparado con lo que escribían de…

—¿De quién? —exigí saber.

Pareció debatirse consigo misma.

—Eh…

—¿De quién? —repetí.

Soltó un suspiro.

—RG James.

Conocía el nombre. Lo había conocido en distintos congresos. Repasé mentalmente nuestras interacciones, lo que sabía de él, y fruncí el ceño.

—¿Cómo es que yo no he oído ninguna de esas historias?

—¿Seguro que no las has oído? Todas las escritoras que conozco del circuito de congresos lo saben perfectamente. Su fama se ha extendido por todas partes. Cuando lo pillaron intentando agredir sexualmente a su propia asistente en una playa de Miami, le echó la culpa a una bajada de azúcar.

—Ah, ¿así que la diabetes convierte a los hombres en depredadores?

Quería encontrar a ese tipo y estrangularlo. Pero entonces se me ocurrió algo y conseguí controlar el genio. Por los pelos.

—Bella, ¿te hizo algo alguna vez? —La simple idea me llenaba de rabia.

—No.

Negó con la cabeza con vehemencia.