20 Veinte #2
Nathan estaba en una mesa de pícnic con algunos de sus lectores cuando aparecí tras la última curva. No lloraba, ni temblaba, ni cantaba victoria. Estaba decidida.
Fui directa hacia él, con las manos cerradas en puños a los costados. Oía a Preston llamarme desde algún punto del sendero, pero lo ignoré.
Nathan se puso de pie, como si intuyera que algo había pasado, y me eché directamente en sus brazos.
Me recibió, me abrazó con fuerza y me dio un beso en la coronilla.
—¿Qué pasa? —susurró mientras sus manos me recorrían la espalda—. ¿Qué te ha dicho? ¿Te ha hecho algo? —La siguiente pregunta salió como un gruñido—. ¿Te ha tocado?
Cuando me aparté, supe que tenía los ojos vidriosos, pero me negué a derramar una sola lágrima.
—Nunca podrá volver a hacerme daño. Tenías razón en todo lo que dijiste, en lo que dijiste sobre quién es él. Estoy bien. Voy a estar bien.
—Por supuesto que sí. —Me apartó el pelo de la cara con una caricia y una expresión muy seria—. ¿Hace falta que le parta la cara?
La pregunta me hizo reír y negué con la cabeza.
—Él es un hombre pequeño y tú eres un gigante. No sería una pelea justa.
Sonrió de oreja a oreja.
—Sigo dispuesto a hacerlo. No me importa si tengo que aplastarlo como a una hormiga.
—No hace falta —le prometí—. Ya no puede tocarme. Le di ese poder durante demasiado tiempo. Es un fantasma del pasado. Ahora miro hacia el futuro.
Una emoción que no supe identificar del todo prendió en los ojos de Nathan —¿esperanza?—, pero dio paso a una sonrisa de suficiencia cuando se giró para saludar a Preston, que se acercaba.
—Me alegra saberlo.
Me mantuvo pegada a él y me abrazó más fuerte. No podía verle la cara, pero de algún modo supe que le estaba lanzando una mirada de advertencia a Preston.
—Me alegro de que por fin te hayas dado cuenta de lo que vales.
—Es un idiota.
—Oh, desde luego que es un idiota.
—Sabéis que puedo oíros, ¿verdad? —espetó Preston.
—Lo sabemos —confirmó Nathan—. Simplemente, nos da igual.
UNA VEZ QUE CONTROLÉ MIS emociones, todo transcurrió según lo previsto. Cenamos juntos, en grupo —debía de haber unas setenta y cinco personas repartidas por varias mesas—, y el aire se llenó de carcajadas estruendosas.
Nathan quería quedarse cerca de mí. Se le notaba en la cara. Sin embargo, Preston insistió en que los hombres se sentaran en un grupo y las mujeres en otro, y él accedió a regañadientes cuando Bree me enlazó el brazo con el suyo y me llevó hacia una mesa.
Noté sus ojos clavados en mí todo el rato. Sonreía cada vez que yo levantaba la vista, con una calidez que lo recorría entero, y con cada mirada compartida caía más rendida y más deprisa.
No se comportaba como un novio falso. Al menos, ya no. Se comportaba como un novio de verdad y, por mucho que quisiera fingir que eso no me importaba, ya no podía negarlo.
Quería más de él.
Tendría que esperar a que acabáramos en aquel campamento.
Si le decía que sentía algo real y resultaba que había malinterpretado la situación y él no sentía lo mismo, compartir la misma cabaña —la misma cama— sería imposible.
No renunciaría por nada del mundo a nuestras mañanas acurrucados. Ahora vivía para ellas.
Aun así —aun así—, tenía la esperanza de que las cosas salieran bien.
Quizá nada de esto estaba pasando porque Preston fuera un imbécil.
Quizá todo conducía a algo maravilloso. No había creído estar preparada para una relación y puede que al principio fuera cierto.
Pero ahora sí lo estaba. Nathan me había hecho sentir más deseada, más protegida, que nadie antes de él.
Había una posibilidad. Solo tenía que jugar bien mis cartas.
Cuando terminó la cena, nos fuimos a la hoguera.
Allí Nathan tomó las riendas y se puso a contar historias de miedo.
Aunque Preston había hecho todo lo posible por mantener separados a hombres y mujeres, en medio de una de las historias Nathan dio la vuelta al fuego.
Cuando volvió a sentarse, lo hizo en el banco que quedaba justo delante de donde yo estaba de pie.
Era tan alto que mi barbilla quedaba justo encima de su cabeza.
Me cogió las manos y me las pasó por los hombros para que quedaran colgando sueltas mientras contaba otra historia.
La mirada de Preston era una pira ardiente de odio, pero me negué a mirarlo.
Hacia la medianoche, Nathan se volvió hacia mí y me preguntó si estaba lista para acostarme. Casi parecía que me estuviera preguntando otra cosa y, aunque me había convencido de que confesar lo que sentía debía esperar, asentí.
Nathan me cogió la mano. Nos despedimos de todos, pasamos junto a Preston sin dedicarle ni una mirada y fuimos directos a nuestra cabaña.
Durante todo el camino estuvo claro lo que íbamos a hacer. Nathan me sujetaba con firmeza y, en el instante en que cruzamos la puerta, me agarró por las caderas y me levantó para que pudiera rodearle la cintura con las piernas.
En el instante en que nuestros labios se encontraron para nuestro primer beso —el primero de muchos, esperaba—, fue como si estallaran fuegos artificiales dentro de mi cabeza. El mundo ya no era blanco y negro, sino una explosión de color.
Me sentó en la pequeña encimera y me sujetó la nuca. La intensidad de su mirada cuando se apartó me cortó la respiración.
—Iba a esperar —dijo con voz ronca—. Hasta que acabara el retiro. Pensaba que sería más fácil.
—¿Que sería más fácil qué?
Mi voz era apenas audible, de lo alterada que estaba.
—Esto. Todo esto. Nosotros.
Por un instante pareció dolido.
—No puedo esperar, aunque lo haré si tú quieres esperar.
¿Me estaba tomando el pelo?
—¿Por qué narices iba a querer esperar?
—No lo sé. Ahora mismo no veo nada más que a ti. Si no quieres esto, necesito que me lo digas, porque yo ya estoy perdido.
Era absurdo.
—¿No me has visto trepar por ti como si fueras un árbol?
Sonrió de oreja a oreja.
—Quiero esto —le aseguré.
Una parte pequeña e insistente de mi cerebro creía que deberíamos hablar de la logística antes de hacerlo. A la parte más grande de mí, la que estaba en llamas, le daba exactamente igual.
—Lo quiero de verdad, de verdad. Llevo queriéndolo. Solo que…
Me cortó con un beso fervoroso. Cuando se apartó, tenía la mirada enloquecida.
—Lo sé. Lo resolveremos todo juntos. Es solo que… te necesito.
Con eso bastaba. Nadie me había necesitado nunca. Y yo necesitaba que me necesitaran.
—Aquí estoy —respondí.
Su boca volvió a buscar la mía y me levantó de la encimera para llevarme hacia la cama.
—Será mejor que te prepares —me advirtió—. Va a ser una noche muy larga.
Me reí, y nunca nada me había parecido tan liberador.
—¿Es aquí donde desatas la cobra?
—Bellarino, aquí es donde lo desato todo.
Debería haber estado nerviosa —era un paso enorme—, pero me limité a sonreírle como si me hubiera ofrecido el mundo entero.
—Adelante.