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VEINTE
El primer fin de semana con lectores tuvo algún que otro contratiempo.
Preston se quejaba como si un asteroide se dirigiera hacia la Tierra y fuera culpa de otra persona.
La culpa nunca podía ser suya. Cierto, los problemas que surgieron —los lectores no querían ceñirse al itinerario y solo deseaban pasar el rato con sus autores favoritos en cualquier situación que se presentara— no eran técnicamente culpa suya.
Pero su obsesión por programarlo todo le había salido el tiro por la culata.
Para el segundo evento con lectores, una semana completa después, ya tenía las cosas más controladas.
Durante aquel primer evento había estado de los nervios.
Sin embargo, todo había salido sobre ruedas y hasta hubo lectores que aparecieron para verme a mí.
No es que se dignaran a pasar el rato conmigo porque hubieran venido por Bree y ella estuviera ocupada.
No, querían hablar conmigo de verdad. Aquello le hizo mucho bien a mi ego, aunque pillé a Preston más de una vez mirándome con cara de pocos amigos al ver cómo me adulaban.
La semana siguiente fue tranquila. Nathan y yo dábamos paseos matutinos hasta las mesas del otro extremo del pequeño lago.
Allí nos instalábamos a la sombra y escribíamos durante unas horas antes de volver para comer.
Después de comer, salíamos en kayak o simplemente holgazaneábamos en las hamacas, hablando de todo y de nada.
Él prefería el Star Trek original, mientras que yo era muy fan de Star Trek: La nueva generación. A ninguno de los dos nos gustaba Star Trek: Enterprise.
A mí me gustaba el terror con humor de los noventa, pero él prefería el de los ochenta, tan hortera que resultaba divertido sin pretenderlo.
A mí me gustaban las telenovelas adolescentes. Dawson crece, One Tree Hill y Gossip Girl eran placeres culpables.
A él le gustaban sus equivalentes paranormales: Buffy, cazavampiros, Crónicas vampíricas y, sobre todo, Smallville.
Los dos coincidíamos en que los musicales eran un suplicio.
En cuanto a la comida, pensábamos exactamente igual. La mexicana, la italiana y los asadores eran una maravilla. El sushi, las ensaladas y la comida india estaban sobrevalorados. En nuestro mundo, más picante no significaba mejor.
A veces pillaba a Preston observándonos desde lejos.
Cada vez estaba menos presente en nuestras vidas.
No porque no lo intentara —se pasaba el día tratando de meterse entre nosotros—, sino porque nuestro vínculo era demasiado fuerte y Preston era un hombre pequeño, muy pequeño.
Su frustración se notaba en todo lo que hacía, y yo sabía que estaba preparando una jugada.
Lo que no sabía era en qué consistiría esa jugada, hasta que nos reunimos para desayunar la mañana del segundo fin de semana con lectores.
—He estado pensando que sería mejor que los autores os separarais por completo y que cada uno se llevara a un puñado de lectores a dar un paseo alrededor del lago —empezó—. Así habrá conversaciones cara a cara que no monopolicen ciertos autores.
Le lanzó a Nathan una mirada elocuente.
—Creo que está diciendo que hablo demasiado —le comentó Nathan a Brody en un tono lo bastante alto como para que se oyera.
—Hablas demasiado —concedió Preston al instante—. Eso no es necesariamente malo. Sin embargo, el fin de semana pasado no dejaste de presentarte de la nada para apoderarte del grupo de Bella y no creo que eso sea justo para sus lectores.
Nathan entornó los ojos. Sabía perfectamente lo que Preston pretendía.
Su problema —y también el mío— era que, por una vez, mi exnovio del infierno no se equivocaba.
Nathan había irrumpido como un superhéroe unas cuantas veces, cuando me quedaba en blanco y no sabía cómo mantener la conversación.
Yo lo había agradecido. Pero Preston tenía razón: necesitaba aprender a volar sola.
—Solo intentaba ayudar —dijo Nathan con sequedad.
—Y no hay nada de malo en eso. —Preston era la viva imagen de la benevolencia—. Sin embargo, lo que buscamos es mejorar respecto al fin de semana pasado. Probemos a hacerlo a mi manera esta vez, ¿eh? Yo soy el promotor.
Nathan parecía querer discutir. Una mirada de advertencia de Brody le hizo cerrar la boca de golpe. Al final, asintió.
—Lo haremos a tu manera —dijo Brody—. Pero no podemos seguir un itinerario estricto. Eso no funciona con los lectores. Tenemos que poder cambiar las cosas sobre la marcha.
—No tengo ningún problema con eso —respondió Preston—. Empecemos el evento a mi manera, por lo menos. Luego ya iremos viendo.
CINCO LECTORES QUISIERON DAR un paseo conmigo alrededor del lago.
Todos estaban deseosos de hablar de mis libros y de mi proceso de escritura.
Dos de ellos eran aspirantes a escritores.
Bree me había advertido que tuviera cuidado con esas personas.
Cogen cualquier cosa que digas y la esgrimen como una mentira si el mismo proceso no les funciona a ellos.
Por eso tuve cuidado de empezar todo lo que decía con un «bueno, esto es lo que me funcionó a mí» y un «tuve la suerte de que esto funcionara, aunque no estoy segura de que funcionara una segunda vez».
La discusión entre la suerte y el oficio a la hora de escribir era de siempre.
Todos los que no habían conseguido un contrato ni habían saboreado el éxito creían que todo era cuestión de suerte.
Todos los que lo habían logrado y vendían bien creían que era cuestión de trabajo duro.
Yo, por mi parte, creía que era una mezcla de las dos cosas.
—¿Así que crees que todo se reduce a la suerte? —preguntó Angelica Houston. Tenía veintidós años y era tímida. Le había costado unos buenos cuatrocientos metros atreverse a hacer su primera pregunta.
—Creo que el éxito empieza con algo de suerte, pero solo se sostiene con trabajo duro —respondí, buscando las palabras adecuadas.
No debería costarle tanto decir lo apropiado a una escritora, a alguien que cobra por poner palabras sobre el papel.
Sin embargo, no siempre se me daba bien responder a bote pronto—.
Básicamente, hay un elemento de suerte en todo esto.
Pero la suerte no se puede mantener para siempre.
Tienes que ser capaz de resolver las cosas por tu cuenta después de ese primer golpe de fortuna.
—Eso es bastante vago —replicó Lisa Brighton.
Era una persona intensa que me recordaba mucho a Preston.
Tenía una lista de preguntas que hacer y pensaba llegar al final costara lo que costara.
Si no le gustaba la respuesta, volvía sobre ella una y otra vez como si las respuestas fueran a cambiar por arte de magia. Resultaba exasperante.
—Vas a aprender que no hay dos autores con el mismo camino —le expliqué—. Todos tomamos rutas diferentes. Al final puede que acabemos en el mismo lugar, pero nadie llega allí de la misma manera.
—O sea que, básicamente, tú tuviste suerte y nosotras no la tendremos —me desafió Lisa en un tono glacial.
—No, eso no es lo que estoy diciendo.
Busqué desesperadamente una manera de aliviar la tensión.
Fue entonces cuando Preston decidió hacer notar su presencia.
No llegó por detrás de nosotras, sino desde algún punto más adelante, como si se desprendiera de pronto de un árbol.
¿Habría estado escondido allí todo el tiempo?
¿O había dado la vuelta al lago por el otro lado para tendernos una emboscada? No sabría decirlo.
En cualquier caso, se acercó como un depredador.
—Sin duda es suerte —dijo con su voz más razonable, esa de «no montes un drama por esto, mujercita tonta»—. La suerte puede desaparecer en cualquier momento. Por eso escribir es mejor como pasatiempo.
Le clavé una mirada furiosa. Muy furiosa.
—Eso no es lo que estaba diciendo.
—¿Me equivoco? —Preston adoptó una expresión inocente—. ¿No demuestran las estadísticas que la mayoría de los autores escriben como actividad secundaria y necesitan un trabajo a tiempo completo para poder seguir publicando?
Técnicamente no se equivocaba, aunque era un cretino por plantearlo así.
—No todo el mundo puede escribir a tiempo completo —admití.
—Tuviste la suerte de poder mantenerte por ti misma —continuó—.
Pero ¿cuánto tiempo crees que podrás mantenerlo?
¿O por eso te has arrimado a Nathan Cooper?
Es uno de los pocos autores que ha conseguido mantenerse en la lista de los más vendidos año tras año.
Tiene sentido que te resulte atractivo. —Inspiró con dramatismo—.
Aunque por ahí hay otras personas con mejores trabajos —añadió, casi entre dientes.
—No es un trabajo fácil —respondí, buscando desesperadamente algo que reconduciera la conversación—. Aunque nunca deberíais renunciar a vuestros sueños.
Podría haberlo dejado ahí e insistir en que volviéramos, pero hice algo completamente distinto.
—Hay gente que os hundirá solo para elevarse a sí misma —expliqué—. Os dirán que vuestros sueños son estúpidos y os soltarán pullas sutiles disfrazadas de cumplidos envenenados. No dejéis que esa gente os arruine el sueño.
»Hay muchas maneras distintas de hacer que la escritura forme parte de vuestra vida —continué—. A veces es un trabajo a tiempo completo. Otras veces no. A veces necesitas un empleo al principio y acaba convirtiéndose en un trabajo a tiempo completo. Otras veces nunca llega a mantenerte del todo.
»Lo importante es que estéis a gusto con vuestro camino.
—Fulminé a Preston con la mirada—. No dejéis nunca que nadie os diga que no sois lo bastante buenos, porque si alguien dice eso, tiene sus motivos.
—Respiré hondo—. Cuesta tan poco no ser un capullo.
La gente que se empeña en pisotear vuestros sueños es la que nunca va a ser feliz. No les deis ese poder.
Dicho esto, me di la vuelta y empecé a andar. No miré por encima del hombro para ver quién me seguía. Volví al campamento a paso firme.