El camino correcto (Escribir lo correcto 2) 19 Diecinueve #2
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19 Diecinueve #2

—Es mi cóctel favorito, y había pensado que podíamos dar un paseo por el centro antes de ir a la compra. Quiero alargar el descanso hasta la hora de comer.

—Ah. —Pareció sopesarlo—. Buena idea.

Volvió a centrarse en la carta.

—Perdona —le dije a la camarera, con la esperanza de que no se impacientara—. Es novata y quiero asegurarme de que tenga la mejor experiencia posible en Treylor Park.

Para mi sorpresa, la camarera asintió.

—Tranquilo. Me encantan las vírgenes.

A Bella se le pusieron las mejillas rosadas, pero no comentó nada sobre el uso que la camarera había hecho de la palabra «virgen».

—Yo también voy a probar el Grapeful Dead. Me encanta el Kool-Aid de uva. Y quiero el Brunch Burrito, pero ¿puedo pedir patatas en lugar de sémola de maíz?

La camarera asintió.

—Sí. No a todo el mundo le gusta la sémola. Sin problema. ¿Quieres agua también?

—Sí, por favor. —Bella sonrió mientras veía marcharse a la camarera y luego clavó los ojos en mí—. ¿Sabías que tienen PB&J Chicken Wings en la carta? De verdad bañan el pollo en una salsa de pacanas y mantequilla de cacahuete y lo fríen. Y luego te dan mermelada de melocotón para mojar.

Me reí de su incredulidad. Su entusiasmo era una maravilla. Estaba saliendo de su caparazón de verdad y, más que nada en el mundo, yo quería estar a su lado cuando completara la transformación.

Lo que no sabía era cómo iba a funcionar aquello.

¿Cómo podía el tío que nunca había querido sentar la cabeza, el que se había asegurado de que ella lo supiera antes de meterse en esa relación falsa tan rara, explicarle que puede que, después de todo, no fuera tan alérgico a lo que podían llegar a tener juntos?

No es que quisiera casarme ni nada de eso.

Todavía no. Pero, por primera vez en mucho tiempo, puede que por primera vez en la vida, quería salir con alguien con el propósito expreso de conocerla a ella y solo a ella.

Quería dar paseos con ella. Quería llevarla a dar vueltas en mi carrito de golf.

Quería explorar los cementerios y hacer el absurdo tour de fantasmas en coche funerario.

Quería hacerlo todo. Con ella.

Lo que no sabía era cómo decírselo. Más que nada, me aterraba que me rechazara de plano. Era obvio que ella sentía algo. Se le leía en la cara cada mañana, cuando despertábamos abrazados. Pero seguía buscándose a sí misma después de que Preston le robara la identidad. No podía interponerme en eso.

Así que esperaría. La ayudaría a deshacerse de Preston. Me aseguraría de que estuviera bien. Y entonces se lo diría.

Tenía tiempo. Saldría bien.

Y, si no salía bien, el del corazón roto sería yo.

COMO TENÍAMOS TIEMPO, LA LLEVÉ al cementerio de Bonaventure para hacer un poco de ejercicio. Nos saltamos el tour y simplemente paseamos, charlando todo el rato sobre nuestras historias de fantasmas favoritas y lamentando que no se usaran más los fantasmas en el cine de terror.

Después fuimos a comer al Savannah Seafood Shack, donde pedimos el low country boil. La conversación no se interrumpió ni un segundo en todo el rato que estuvimos sentados frente a frente, con mis rodillas tocando las suyas por debajo de la mesa.

Luego, como teníamos que volver, nos fuimos al supermercado a hacer la compra.

—Bueno, tenemos neveras —señaló ella—. La de Hayley es más pequeña que la nuestra, pero podemos guardarle algunas cosas si hace falta.

Tenía en la mano dos paquetes de las galletas de barquillo de Hayley y me distraje al mirarla.

Al ver a Bella sin una gota de maquillaje, con el pelo castaño rojizo recogido en una simple coleta, me asaltó de pronto la certeza de que tenía la cara que más me gustaba del mundo. Cada expresión era una revelación. Cada sonrisa, un día de sol.

Me estaba enamorando perdidamente de ella. Debería haberme dado cuenta antes. No solo quería salir con ella. Quería que fuera mi todo, igual que Brody y Bree.

No sé cómo, pero conseguí contener un gemido al caer en la cuenta. Brody me lo iba a restregar toda la vida. En realidad, la que me lo iba a restregar toda la vida era Bree. ¿Qué iba a hacer yo?

Era un tío que nunca había querido tener una relación, que había jurado por lo más sagrado que solo le estaba haciendo un favor a una mujer que necesitaba ayuda, y le había mentido a todo el mundo. Y lo peor de todo: me había mentido a mí mismo.

¿Lo sabía ya desde aquel primer día, que quería algo más con Bella?

Parecía poco probable. En algún rincón muy dentro de mí había reconocido desde el principio que ella tenía algo distinto.

Pero no me había permitido verlo. Si lo hubiera hecho, habría salido corriendo.

Me conocía lo bastante bien para saberlo.

Solo que ya era demasiado tarde para huir. La echaría muchísimo de menos.

Mi mayor problema era que, como las reglas del juego las había puesto yo, también tenía que ser yo quien nos las hiciera saltar poco a poco. No podía soltarle sin más que había empezado a sentir algo por ella. Ya tenía bastante encima. Complicarle la vida con un enredo romántico me parecía injusto.

Pero iba a hacerlo. No era tan magnánimo como para apartarme durante seis meses.

Eso sería una tortura. Así que no, pensaba andarme con cuidado.

Iba a acostumbrarla a los pequeños roces.

Iba a asegurarme de que entendiera que podía confiar en mí.

Y luego, cuando todo esto hubiera terminado, cuando Preston Martin Charles III quedara definitivamente atrás, le diría que me gustaba.

Me encargaría de que supiera que podíamos hacer las cosas como ella quisiera.

Y entonces, quizá, conseguiría ese final feliz con el que Brody llevaba meses dándome la lata. El final feliz que yo creía que no quería. ¿Y si me había equivocado? Qué narices, estaba claro que me había equivocado. ¿Cómo podía haber sido tan idiota?

No dejaba de repetirme que aquello era real. Solo estaba esperándola. Curiosamente, eso no me hacía sentir tan mal. Si ella era mi para siempre, y desde luego cabía la posibilidad, entonces las cosas habían pasado como tenían que pasar.

En cuanto al resto, los plazos, ya lo resolvería sobre la marcha.

—Vamos a coger un poco de todo —dije—. Y asegúrate de que nos llevemos también todo lo que más te gusta.

—Ah, yo soy fácil de contentar —respondió ella—. No hace falta mucho para hacerme feliz.

Alcé la barbilla con calma.

—Vamos a llevarnos absolutamente todo lo que te apetezca. Y no quiero oír ni una queja.

Ella se echó a reír.

—Eres un poco mandón.

Pues sí, y pensaba volverme aún más mandón. De un modo o de otro.