El camino correcto (Escribir lo correcto 2) 19 Diecinueve
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19 Diecinueve

DIECINUEVE

Bella y yo cogimos un ritmo propio. Comíamos con nuestros amigos y reservábamos las tardes para alguna salida en grupo, aunque solo fuera tumbarnos a la sombra de un árbol y comentar lo gilipollas que era Preston.

Las noches las pasábamos junto a la hoguera, y una de mis cosas favoritas era escuchar a Bella contar historias sobre su madre y la estrambótica familia adoptiva que tenían en Salem.

Parte de la gracia estaba en lo mucho que irritaban a Preston.

A todos los demás les encantaban. Incluso a Daisy, que, estaba convencido, invitaba a Preston a su cabaña todas las noches.

No me importaba lo suficiente como para demostrar mi teoría, pero había señales de que Preston descargaba su estrés con la escritora de curvas generosas.

En cuanto a Daisy, entendía por qué se pegaba a Preston.

Lo miraba y veía dinero. Él era el anfitrión de un evento de escritores.

Era obvio que creía que podía impulsar su carrera literaria atando su carro al poste de Preston, un poste minúsculo, por cierto.

Pero se iba a llevar un buen chasco. Para Preston no era más que un medio para conseguir un fin.

Él quería recuperar a Bella, aunque solo fuera para humillarla en público y conseguir que la gente de su círculo social hablara de otra cosa.

Cuando acabara el retiro, Daisy no sería ni un buen recuerdo.

Ella no lo veía. Lo que Daisy sí había notado era que Preston seguía interesado en Bella, y la había marcado como enemiga.

En lugar de plantarle cara a Preston por su mal comportamiento —¿por qué nadie le decía a ese tío que era un mierdas?

—, proyectaba toda su ansiedad sobre Bella.

El trato con Daisy se había vuelto incómodo, aunque yo no podía hacer nada al respecto.

La única vez que intenté hablar con ella, lejos de Preston, me acusó de querer robársela como parte de un juego.

Corté la comunicación allí mismo. Aunque no estuviera falsamente prometido, Daisy nunca habría sido mi tipo.

Era demasiado hueca y había en ella una mezquindad de fondo que no me resultaba atractiva en absoluto.

A pesar de las ganas de Daisy de montar un espectáculo, las noches de hoguera eran divertidas. Bella y yo pasábamos las mañanas escribiendo junto al lago —los dos avanzábamos bien en nuestros proyectos— y las noches abrazados el uno al otro.

Nada había pasado de ahí y, por extraño que pareciera, me bastaba con abrazarla. Soltaba pequeños suspiros mientras dormía. Además, olía a clavo, que era, según me contó, la combinación del jabón y el espray corporal que su madre fabricaba y le enviaba cada cierto tiempo.

Taffy Oakley parecía todo un personaje, y estaba decidido a conocerla, pasara lo que pasara entre Bella y yo.

Y sí, de repente ya no tenía tan claro que este acuerdo falso no fuera a ningún sitio.

El cambio de mentalidad me llegó de golpe y, al quinto día juntos en el retiro, ya no daba por hecho que cada uno seguiría su camino.

Lo que no sabía era qué significaba eso en realidad, ni si debía sacarle el tema a Bella.

No quería remover las aguas. Mi actividad favorita de esos días era acurrucarme con Bella por la noche.

A veces, si nos tomábamos unas copas junto a la hoguera, nos quedábamos dormidos al instante, sin hablar.

Otras noches, cuando no bebíamos, hablábamos hasta la saciedad de nuestras películas y libros de terror favoritos.

A esas alturas debería haberme aburrido, pero no era así.

Su cabeza era tan fascinante como su sonrisa torcida.

Me encantaba oírla analizar películas y libros, escuchar qué tropos funcionaban y cuáles no.

Tenía un talento natural para desmenuzar las cosas. Me encantaba.

Era la primera mujer en… bueno, en toda mi vida, que me hacía pensar sin parar. Normalmente, si me acostaba con una mujer o salía con ella un par de semanas, me aburría soberanamente. Dejaba la puerta de salida abierta desde el principio para que no se encariñara, sabiendo que yo nunca lo haría.

Con Bella era lo contrario: yo ya estaba encariñado.

Solo nos conocíamos desde hacía un mes, pero sentía como si formáramos parte de la vida del otro desde siempre.

Estaba cómodo con ella. Le contaba ideas para libros y ella las desmontaba sin piedad, algo que con cualquier otra persona me habría molestado.

Pero yo quería oír su opinión y, la verdad sea dicha, entendía los tropos del terror incluso mejor que yo.

Se le daría de maravilla escribirlo si quisiera, aunque estaba empeñada en ceñirse a su género.

Le propuse desayunar en el centro de Savannah el viernes anterior a nuestro primer fin de semana con lectores.

Sobre todo, quería darle un descanso de las miradas asesinas constantes de Preston —y ahora también de Daisy—.

También quería un poco de espacio para sacar el tema de escribir lo que de verdad le gustaba.

Así que nos ofrecimos voluntarios para hacer la compra para todos.

Se nos estaban acabando los aperitivos de la primera excursión al supermercado y recogimos las listas de nuestro grupo de amigos.

Me negué a hacer la compra de nadie más, pero no tuve ningún problema en comprar las galletas de barquillo de limón favoritas de Hayley y las minicupcakes que Bree se zampaba de un bocado antes de besar a Brody con la boca llena de glaseado, un juego que les divertía a los dos.

Cuando sugerí tomarnos un descanso y volver a Savannah unas horas, Bella no se lo pensó dos veces. Nos saltamos el desayuno del campamento y, ya en el centro, la llevé a uno de mis sitios favoritos.

El Treylor Park Double Wide Diner estaba, efectivamente, dentro de una caravana doble.

Era hortera, pero la comida estaba increíble.

Supe exactamente dónde quería llevar a Bella a desayunar en cuanto aceptó encantada salir del campamento por un día.

El brillo de sus ojos cuando la hice pasar al restaurante me confirmó que había acertado.

—Vaya. —Miró a su alrededor con reverencia, con los ojos muy abiertos y brillantes de ilusión—. Me encantan los restaurantes con gancho.

—Apuesto a que en Salem tenéis unos cuantos —dije mientras le ponía la mano en la parte baja de la espalda, disfrutando de su calor, y la guiaba hasta una mesa.

—Bueno, en Salem todo gira en torno a Halloween —respondió ella—. No sé si alguien llegó a sentarse a decir: «deberíamos construir la marca entera alrededor de los juicios por brujería», porque dicho así suena ridículo. Pero, en algún momento, quedó claro que ese iba a ser el sello de Salem.

»En cuanto a los restaurantes, están decorados para Halloween todo el año, pero no se limitan a ofrecer cosas como raviolis de calabaza.

La mayoría cambia la carta según la temporada.

En verano tiran mucho del marisco, que está fresco y es barato, y luego, cuando llega agosto, toca promocionar los martinis de calabaza y los platos de calabacín.

—Tengo muchas ganas de ir allí contigo en Halloween. —Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera pensarlo mejor. En lugar de intentar recogerlas —una batalla perdida de antemano—, la observé de cerca esperando su reacción.

—Me encantaría enseñarte la ciudad. —Sonrió con entusiasmo—. Mi madre me ha escrito tres veces para preguntarme si quiero que me reserve una habitación de hotel.

—¿Tan pronto?

—Ay, los hoteles ya están completos para Halloween.

Uno de los secretos de Salem es que guardan habitaciones de reserva escondidas para la gente importante.

Pongamos que alguien que promociona una película de terror necesita que lo vean en Salem: de repente aparecen una o dos habitaciones de la nada.

—Ah. —Asentí con la cabeza—. Entendido.

—Le he dicho que, siendo tú uno de los mejores escritores de terror, podríamos tirar de eso para que liberen una habitación, pero ella prefiere usar su propia influencia para conseguirte una.

Estudié las líneas de su rostro. No sé cómo, pero en un mes había aprendido a descifrar casi todas sus expresiones. En ese momento sentía aprensión.

—¿Qué pasa, entonces? —pregunté.

—Es que no sabía hasta qué punto lo decías en serio.

—Si es una cuestión de dinero, puedo darte el número de mi tarjeta de crédito para que se lo pases y reserve la habitación.

—¿Así, sin más? —Bella arrugó la frente con recelo—. Si ni siquiera conoces a mi madre. ¿Y si se larga con el número de tu tarjeta?

Me encogí de hombros.

—Para empezar, ella jamás haría eso. Cree demasiado en el karma para siquiera planteárselo.

Había vuelto a hablar con Taffy dos días antes, en una de sus breves videollamadas con Bella. La conversación no había sido larga, pero aquella mujer me caía genial. Sabía exactamente quién era.

—Y, en segundo lugar, si lo hiciera, cancelaría la tarjeta y pediría otra. No es para tanto.

Ella parpadeó.

—Te fías mucho de la gente.

—Vale. —¿Eso era bueno o malo? No lo tenía claro.

—Estuve con Preston tres años y seguía tapando la pantalla cuando metía el pin en una app.

Uf. Ese tío era el rey de los capullos. Lo último que haría Bella en esta vida sería robarle algo a alguien.

Y como Preston no sentía nada de verdad por nadie —empezaba a pensar que era incapaz de amar a alguien que no fuera él mismo, como un narcisista de libro—, nunca llegaría a entender cómo era Bella de verdad.

Yo sí. Era increíble.

Abrí la boca para decírselo justo cuando llegó la camarera. Parecía agobiada. Como el restaurante siempre estaba a tope —lo kitsch del local atraía a la gente—, sabía que más valía no alargar la cosa.

—Yo quiero el Double Down Breakfast con un Grapeful Dead y un vaso de agua.

A Bella se le subieron las cejas hasta el nacimiento del pelo.

—¿Vas a beber a primera hora de la mañana?

No pude hacer otra cosa que reírme de su reacción.