El camino correcto (Escribir lo correcto 2) 18 Dieciocho #2
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18 Dieciocho #2

—Es bastante agradable, sí —concedió—. Pero no tienes que preocuparte de que yo intente nada contigo cuando estás borracha. Eso no lo hago.

Me quedé mirándolo un rato más, confundida.

—¿No… te enrollas con nadie estando borracho?

Negó con la cabeza.

Era bueno saberlo y, aun así…

—¿No es precisamente la gracia de enrollarse borracho, que pierdes el control y no puedes evitarlo?

—Puede, pero no me permito emborracharme tanto y luego andar cerca de mujeres. Sin querer, sí me he puesto así algún domingo de fútbol americano, pero solo cuando estaba con los chicos.

—¿Y nunca te preocupa que los chicos te tienten?

Él se rio entre dientes.

—No. Muchas veces me he preguntado si mi vida sería más fácil si me fueran los tíos. Pero conmigo no funciona así.

Levantó la sábana para que pudiera echar un vistazo debajo, probablemente para tranquilizarme,

Llevaba unos bóxers con cobras —algo extrañamente fálico— y yo iba con mis pantalones cortos de felpa de Tarta de Fresa y una sencilla camiseta de tirantes blanca.

Solté el aire de golpe.

—Así que no hicimos nada por lo que tengamos que pedirnos perdón esta mañana.

Fue un alivio enorme… y también una pequeña decepción.

Se rio entre dientes y dejó caer la sábana de nuevo sobre los dos. Luego, para mi sorpresa, me acurrucó otra vez contra él.

—No. Torturamos un poco a Preston —no le hicieron ninguna gracia mis cuchillas de palos en los dedos— y luego volvimos aquí y nos metimos en la cama.

Íbamos un poco borrachos, pero yo no pierdo el control de esa manera.

Soy muy partidario del consentimiento, y anoche ibas demasiado achispada para consentir nada.

¿Significaba eso que, si hubiera estado en condiciones de consentir, él habría estado dispuesto a llegar hasta el final? La simple idea me provocó un revoloteo de mariposas en el estómago. No podía ponerme a darle vueltas a eso delante de él.

—Me acuerdo de cuando hacías de Freddy Krueger —le aseguré—. Tienes una voz muy siniestra cuando cantas a pleno pulmón eso de «uno, dos, Freddy viene por ti».

Él se rio.

—Probablemente por eso me duele un poco la garganta esta mañana. Recuerdo haber cantado mucho.

—Sí, estuvimos un buen rato con el juego de las sombras. Técnicamente, debería haber sido tiempo suficiente para que se nos pasara la borrachera, pero entonces sacaste de algún sitio esa botellita de bourbon y nos la bebimos.

—Ah, cierto. —Tenía las manos cálidas y suaves mientras me acariciaba la espalda—. Se me había olvidado esa botella extra.

Echó la cabeza hacia atrás lo justo para mirarme desde arriba.

—¿Qué le pasa a tu ex con las botellitas de licor minúsculas? Había muchísimas opciones, pero de cada botella sacabas un chupito y medio y se acabó.

—Me gusta fingir que soy una giganta cuando me las bebo. Así sobreviví a algunas de las fiestas en el jardín de su madre en Boston. Fingía que era una criatura mítica del mundo de las hadas enviada al futuro para observar a los humanos y decidir si había que exterminarlos.

Las cejas se le dispararon hacia el nacimiento del pelo.

—Eso es muy oscuro.

—Me pasaba casi todas esas fiestas sola en un rincón.

Su madre siempre estaba encima de mí para que alternara con la gente, pero yo nunca me sentí cómoda en esos ambientes.

Nadie quería hablar con la secretaria de Preston Martin Charles II, y Preston jamás me presentaba a nadie. Su madre, mucho menos.

—Odio a ese capullo —se quejó Nathan—. O sea… no estoy culpando a la víctima, y está clarísimo que tú eres una víctima en todo esto, pero ¿cómo pudiste llegar a sentirte atraída por ese tío?

Esa era la pregunta del siglo.

Conseguí encogerme de hombros.

—Nunca me sentí atraída por él. Le he dado muchas vueltas… o sea, muchas…, pero no sé si querrás oírlo.

—Claro que quiero oírlo. Necesito entenderlo.

Suspiré.

—Lo pasé muy mal en la universidad cuando descubrí que nadie más se había criado como yo.

No dijo nada; se limitó a escuchar.

—Los demás actuaban como si me hubieran criado los lobos —continué—. Tardé demasiado en darme cuenta de que era justo al contrario. Yo tuve una infancia maravillosa.

»Para entonces, me había convencido de que, por venir Preston de una de las familias más prominentes de Boston, era un buen partido y que, con el tiempo, se relajaría y acabaríamos conociéndonos de verdad. No podía pasarse el resto de la vida con ese palo metido por el culo, ¿no?

—No querrás saber mi opinión sobre eso —respondió él.

—No. —Lo admití con pesar—. Me mentí a mí misma. Preston es guapo…

—No tan guapo como yo.

Resoplé y negué con la cabeza.

—No tan guapo como tú —concedí—. Me mentí diciéndome que se iría soltando, y cuanto más me mentía, más fácil era creérmelo, porque la alternativa, aceptar que me había equivocado todo ese tiempo, era más de lo que podía soportar.

—Así que alargaste las cosas —supuso él.

—Alargué las cosas —confirmé—. Las alargué hasta quedarme paralizada. Me inventaba unos planes de huida elaboradísimos, pero nunca daba el paso. Sentí un alivio enorme cuando lo pillé poniéndome los cuernos. Por fin tenía mi excusa.

Cuando lo miré a los ojos, Nathan tenía la cara llena de frustración.

—Odio que te diera miedo dejarlo.

—No era miedo, solo…

Esta vez no terminé la frase. Me puse a pensar de verdad en lo que me estaba diciendo.

—Miedo —repitió él en voz baja.

—Sí. —Me froté la frente—. No mentía cuando dije que nunca me puso la mano encima. No lo haría. Estoy empezando a entender que me hizo otras cosas, cosas más insidiosas, y todavía no he captado todo su alcance.

—No voy a dejar que vuelva a hacerte daño. —Los ojos de Nathan brillaban con fiereza—. Todo va a salir bien. Quiero que te diviertas y que seas tú misma. No te preocupes por ese gilipollas. Vamos a acabar con su presencia en la comunidad de autores antes de que termine el mes. Te lo garantizo.

Una sonrisa se abrió paso en medio de aquel momento tan cargado.

—Eres un buen tío.

—¿No soy un perro?

—Puede que un poquito. —Separé los dedos apenas un milímetro—. Solo es que no estás listo para echar raíces. Algo me dice que, cuando lo estés, vas a ser un marido y un padre increíbles.

Un destello momentáneo de tristeza le cruzó la cara, pero lo apartó enseguida.

—Oye, estaba pensando… —dijo con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Qué te parece si después del desayuno nos llevamos las tablets y los esquemas al otro extremo del lago y escribimos un rato? No sé tú, pero a mí me vendría bien una mañana tranquila sin tener que preocuparme de lo que trama Preston.

Aquello fue música para mis oídos.

—Me has leído la mente. Me encantaría escribir un rato.

—Bien. —No me soltó—. Unos minutos más y nos levantamos. Me muero por ver si Preston vuelve a montar el puesto de tortillas. Es un idiota de tomo y lomo, pero, tío, la comida está buenísima.

—Sí, supongo que en eso hay que reconocerle el mérito. En nada más, eso sí.

Apoyé la cabeza en su pecho.

Soltó el aire con fuerza y me apretó más contra sí.

—Desde luego, en nada más.