18 Dieciocho
DIECIOCHO
Me desperté con una sensación de asfixia. No hui de ella. Al contrario, dejé que la mente vagara.
Era una mañana fría en Salem y me había enrollado como un burrito en mi manta polar. Era lo único que se me ocurría pensar, pero no era cierto. No me carburaba la cabeza del todo, aunque sabía que no estaba en Salem.
No, estaba en Savannah. Estaba en un retiro de escritores. Estaba comprometida de mentira y la noche anterior me había comido demasiados s’mores. También había habido demasiado alcohol.
Entonces caí en la cuenta y abrí los ojos de golpe.
Nathan. Desde ese ángulo no le veía la cara, pero no importaba. Lo sentía.
Los planos duros de su pecho desnudo se apretaban contra mi cara y yo lo tenía abrazado. Él también me rodeaba con los brazos y apoyaba la mejilla en mi cabeza.
Estábamos bajo las sábanas, pero la manta había acabado a los pies de la cama. ¿Quién necesitaba una manta cuando aquel hombre desprendía tanto calor por sí solo? Aquel hombre desnudo.
El corazón se me saltó diez latidos mientras intentaba recordar a la desesperada qué habíamos hecho la noche anterior.
Recordaba haberme sentado en el suelo entre sus piernas para fastidiar a Preston.
En algún momento hubo un masaje de hombros.
Nathan no paraba de acariciarme el pelo y de comentar lo suave que era.
Le había hablado del champú y el acondicionador caseros de mi madre, y de ahí habíamos pasado a su maquillaje, y de ahí a cómo me había ido iniciando poco a poco en las charlas sobre de dónde vienen los niños cuando era pequeña.
Preston se había quedado horrorizado, con una expresión que reflejaba todo el desprecio que sentía por mi madre.
Los demás, incluidas Daisy y sus amigas, se partieron de risa.
Mi madre era un poco atolondrada, pero buena hasta la médula.
Hacía que todos los que la rodeaban se sintieran mejor y no le daba ningún miedo quedar como una tonta si con eso animaba a alguien.
Cuando era pequeña me decía que ser amable costaba tan poco que no entendía cómo la gente podía ser de otra manera.
Aquella vez yo estaba llorando porque se metían conmigo por haberme hecho mechas azules en el pelo.
Ella se había ofrecido a ayudarme, pero yo había insistido en que podía teñírmelo sola.
El resultado había quedado irregular, por decirlo suavemente.
Mientras me cepillaba el pelo, me habló de la gente que es mala.
Recordaba haber pensado que mi madre debería haber sido la encargada de dar clases de amabilidad.
Así de buena persona era. Dejé que me arreglara el pelo y al día siguiente, cuando fui al colegio, todos me tuvieron envidia.
Corrí a casa a contárselo y ella solo sonrió.
—Bella, no se trata de ser la chica más guay del colegio —dijo—. Se trata de ser tú misma. Si siempre eres tú misma, la gente no podrá evitar enamorarse de ti.
Entonces estaba convencida de que solo decía lo que yo quería oír. Ahora sabía que no era así.
Seguía metida en un buen lío. Estaba desnuda, bien pegada al pecho de mi falso prometido y a punto de vivir la mañana más incómoda de mi existencia.
Aun así, no pude evitar tomarme un momento para recorrer con las manos sus músculos definidos.
No tenía una tableta de chocolate perfecta ni nada parecido, pero era todo músculo fibroso, prueba de que entrenaba.
Tenía una fina capa de vello en el pecho que se iba estrechando hacia abajo… bueno, hacia debajo de las sábanas. No podía pensar en lo que había debajo de las sábanas. Y luego, claro, como ya lo había pensado, no me lo podía quitar de la cabeza. ¿Qué pasaba exactamente debajo de las sábanas?
Del regreso a la cabaña de la noche anterior lo recordaba todo borroso.
Los dos habíamos bebido una copa de más, lo que acabó en un montón de risas.
Tenía un recuerdo vago de él imitando a Freddy Krueger.
Había un foco exterior y se había plantado delante para proyectar una sombra y hacerme reír.
Incluso se había pegado palitos en las uñas para imitar el famoso guante de Freddy.
Yo había chillado cuando me persiguió —en plan juguetón— y Preston el amargado, que volvía al edificio de administración, nos había llamado la atención. Todavía no había averiguado cómo era su alojamiento, pero procuraba pensar en él lo menos posible.
Nathan le había dedicado un saludo insolente, me había echado sobre el hombro —mientras yo seguía chillando— y se había marchado con paso firme. Eso era lo último que recordaba.
¿Habíamos perdido la cabeza al volver? ¿Habíamos dejado que la chispa física asfixiara nuestro sentido común? No habríamos hecho algo así, ¿verdad?
Tenía que comprobar mi teoría. Aunque Nathan tenía el pecho desnudo, me alivió descubrir que yo llevaba una camiseta de tirantes.
No había ni rastro del sujetador, pero la camiseta tenía que ser buena señal, ¿no?
A lo mejor había conseguido llegar al baño, Nathan se había quedado en bóxers y nos habíamos acurrucado por accidente mientras dormíamos.
No era lo ideal, pero había cosas peores.
Vamos, que si en las novelas románticas acurrucarse sin querer es un cliché, por algo será.
Resultaba verosímil porque no podías controlar tus actos.
Sin embargo, mi teoría solo se sostendría si los dos llevábamos algo puesto de cintura para abajo.
Así que moví las caderas para ver si detectaba el roce de la tela contra las sábanas.
El roce de la tela contra su entrepierna también sería bienvenido.
Seguí así cerca de un minuto, intentando distinguir qué era sábana y qué era ropa interior.
Estaba tan absorta en mi tarea que no me di cuenta de que la respiración de Nathan había cambiado de ritmo.
No noté sus ojos clavados en mí, aunque era evidente que llevaban un buen rato ahí.
Solo cuando carraspeó me quedé petrificada.
—Bellarino —dijo con voz ronca—. No creo que te apetezca compartir con la clase qué es exactamente lo que estás haciendo, ¿verdad?
Quería que me tragara la tierra.
—Eh…
Apreté los labios y sopesé mis opciones.
No había muchas. Con un suspiro, levanté la barbilla y me encontré mirando el calor de sus ojos.
Quería zambullirme en aquel mar de diversión.
Había algo más allí —algo en lo que no quería pensar demasiado—, pero su sonrisa me hizo olvidarme de sus ojos y centrarme en sus labios.
Su boca estaba a solo quince centímetros de la mía.
Si me movía un poquito, podía cubrir esa distancia y descubrir a qué venía tanto revuelo.
Y había revuelo con él en los círculos privados de autores.
En un foro —había tenido que pagar una cuota para entrar, así que supuse que sería un buen grupo— existía un tablón privado donde se hablaba de otros autores y de qué podías esperar si te cruzabas con ellos.
RG James, por ejemplo, era un depredador en toda regla. Lo habían echado en secreto de tres congresos porque había acosado sexualmente a sus propias asistentes, a otras autoras y a representantes de proveedores. Estaba casado, aunque se rumoreaba que su mujer lo iba a dejar.
Luego estaba KD Huntington. También estaba casado, pero su modus operandi consistía en llegar a un congreso, bombardear de amor a una autora en concreto (cuanto más joven, mejor) y, una vez que conseguía lo que quería, «olvidar» que la había conocido.
En el siguiente congreso le tocaba a otra, y era increíblemente cruel a la hora de deshacerse de sus antiguas conquistas.
Las mujeres del foro le estaban preparando una venganza terrible.
Kyle Martin era un machoexplicador. Las mujeres odiaban su condescendencia.
Lo había visto en acción varias veces y tenía malas noticias para quienes lo habían agrandado hasta proporciones mitológicas en su cabeza.
No era un machoexplicador. Lo hacía con todo el mundo.
Era simplemente un explicador, sin más, y parecía incapaz de leer el ambiente y de darse cuenta de lo mucho que irritaba a la gente.
Nathan ocupaba un puesto muy bajo en las listas de esos grupos.
Muchas autoras tenían alguna historia de haberse enrollado con él, pero ninguna lo odiaba por ello.
Ambas partes habían aceptado un rollo de congreso.
Nathan era amable cuando hablaba con ellas y no huía después del rollo.
En lo único en lo que todo el mundo coincidía era en que iba con las intenciones por delante.
No buscaba novia. Podía plantearse repetir si coincidía en otro congreso con alguna aventura anterior. Pero nada más.
Lo describían como encantador, atento y divertido. Tenía fama de perro, pero más al estilo de un golden retriever que se empeña en montarle la pierna a todo el mundo. No era un depredador y no era un mal tío. Simplemente, todavía no estaba listo para sentar la cabeza.
—Bella. —Nathan chasqueó los dedos junto a mi cabeza para llamar mi atención. Parecía preocupado.
—¿Qué? —pregunté como una tonta.
Seguíamos enredados el uno en el otro, y era una distracción tremenda.
Nathan sonrió de oreja a oreja.
—¿Qué estás haciendo? Cuando te restriegas así contra mí, mi mente se va a un sitio muy sucio.
Y ahí estaba. Había señalado el elefante en la habitación —y desde luego se notaba bastante grande— y encima lo había mencionado.
—Yo…
Él estaba mucho más cómodo hablando de estas cosas que yo. Y, sin embargo, yo era la hija de Taffy Oakley. No debería haber tenido ningún problema para hablar de sexo. Si una de las pegas que me ponían en la universidad era que quería hablar del sexo hasta aburrir antes de practicarlo.
Inspiré hondo para centrarme.
—No me acuerdo muy bien de lo de anoche y estaba intentando averiguar, sin despertarte, si llevábamos algo puesto de cintura para abajo.
—Ah. —Los ojos se le iluminaron con auténtica diversión—. Podías levantar las sábanas y mirar, sin más.
—Sí, pero estaba cómoda.
No debería haber sido posible, pero su sonrisa se ensanchó todavía más.