El camino correcto (Escribir lo correcto 2) 17 Diecisiete #2
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17 Diecisiete #2

«¿Y si resulta que sí estás listo?» Mi voz interior era una pesada. Esta vez no logré silenciarla. Lo único que podía hacer era preguntármelo.

Quizá no estaba tan lejos como creía del futuro que Bree y Brody habían predicho.

LA CENA RESULTÓ SER FILETES diminutos y pequeñas raciones de patata asada. Me cargué el plato con seis filetes y cuatro mitades de patata y procedí a despacharlos metódicamente mientras Preston me lanzaba miradas de desdén.

Bella se sirvió un plato parecido, aunque de un tamaño más humano. Después, una vez que nos comimos todo lo que pudimos rapiñar, nos encaminamos a la hoguera para empezar la parte de los cócteles de la noche.

Estaban todos reunidos alrededor, incluidas Daisy y sus secuaces, y sospechaba que la cosa podía descontrolarse, aunque no sabría decir exactamente por qué lo creía.

Había bancos rodeando la hoguera y no me pasó desapercibido que Preston se había sentado en el que estaba justo al lado de Brody y Bree. Esperaba que Bella ocupara el sitio del banco de al lado, pero tenía malas noticias para él: no iba a arruinarnos la noche.

—Por aquí, Bellarino —canturreé, y le hice un gesto para que me siguiera al otro lado del fuego.

No se resistió y me siguió sin decir palabra. Me senté y ella se acomodó automáticamente a mi lado. Sin pensarlo, me levanté otra vez y cogí uno de los cojines del cesto que tenía a la izquierda; luego me senté y lo dejé caer entre las piernas.

—Ponte cómoda —dije—. Vamos a hacer unos s’mores y a achisparnos un poco.

Pareció confundida un instante, pero no me llevó la contraria. Se levantó y se dejó caer al suelo, entre mis piernas, que eran tan largas que parecía estar envolviéndola como un capullo para protegerla de cualquier problema que pudiera surgir. En cierto modo, era lo que hacía.

Hayley se sentó a mi lado. Su sonrisa me dijo que tenía ganas de ver qué me traía entre manos. Me parecía bien. Por algo era una de mis celestinas favoritas.

Le pasé a Bella dos palos y empecé a explicarle cómo se hacían los s’mores. La mirada que me lanzó venía cargadita de un «no me puedo creer que acabes de hacer eso».

—¿Qué? —pregunté, de repente a la defensiva.

—No me vengas con mansplaining sobre los s’mores —replicó—. Conoces a mi madre. ¿De verdad crees que no sé hacer un s’more?

Bueno, eso había sido una tontería por mi parte. Por supuesto que sabía hacer s’mores.

—Perdona. —Lo dije arrepentido—. No lo he hecho porque seas mujer. Lo he hecho porque yo no supe lo que era un s’more, ni cómo se hacía, hasta que llegué a la universidad. A mi padre no le iban los s’mores. Qué digo, a mi padre no le iba nada que tuviera que ver con el aire libre.

Pareció perpleja un momento y me temí que fuera a interrogarme sobre mi padre.

No quería eso, pero no porque me cortara hablar de él.

Simplemente no quería que Preston creyera que tenía ventaja.

Si más tarde quería hablar de mi padre, cuando estuviéramos los dos solos, le contaría todo lo que quisiera oír.

Confiaba en ella. Era una palabra que no usaba a la ligera. Confianza. No recordaba que ninguna mujer con la que hubiera salido se la hubiera ganado. Brody y Hayley sí se la habían ganado. Incluso Bree, por difícil de tratar que fuera a veces. Pero confiar no me salía de forma natural.

Y, sin embargo, confiaba en Bella. Había algo en ella que despertaba en mí el ansia de darle más. Pensarlo demasiado amenazaba con hacerme estallar la cabeza… y otras partes. Pero era un hecho, así de simple.

—Vale. Esta vez te lo paso —bromeó.

Supuse que estábamos bien y camino de achisparnos y atiborrarnos de azúcar, pero entonces Preston se metió en la conversación. ¿No lo hacía siempre?

—¿Has conocido a Tansy? —preguntó con brusquedad.

Confundido, lo miré.

—¿Te refieres a Taffy?

—Es lo que he dicho. —El fastidio y el apuro le torcieron el gesto—. ¿Cómo la has conocido? Pensaba que habíais empezado a salir cuando Bella se mudó a Savannah. No ha pasado tiempo suficiente para que la conozcas.

Bueno, eso respondía a esa pregunta. Había estado acosando a Bella (y sí, «acosar» era la palabra correcta) todo el tiempo que habían estado separados. Solo le había dejado creer que se había librado de él durante ocho meses porque estaba tramando un plan más grande y mejor.

—He hablado con ella esta misma tarde por videollamada —respondí sin titubear—. Me adora. Tuvimos una conversación genial.

—Sí que lo adora —coincidió Bella—. Cree que es el hijo que nunca tuvo. Ya está haciendo planes para que subamos a verla. En Halloween, puede ser, porque Nathan se muere por ver Salem cuando está todo decorado.

—Siempre he querido ir a Salem en Halloween —admití.

—No puedes conocer Salem de verdad hasta que no vas con alguien que entienda el pueblo —dijo ella—. Conmigo te lo vas a pasar bien.

Algo cálido me recorrió ante la invitación que había en su voz.

Bree se aclaró la garganta.

—Eh… yo quiero ir a Salem con alguien que conozca el pueblo.

Bella se echó a reír.

—Tú también puedes venir.

Esa idea no me gustó. Bella estaba hablando de un viaje de pareja (no éramos una pareja de verdad, aunque tenía que recordármelo a cada rato) y me irritaba que Bree quisiera colarse en nuestro tiempo a solas. Eso no podía ser normal.

—A lo mejor —intervine.

Bella me miró por encima del hombro. Notaba su calor entre mis piernas y me gustaba tenerla ahí. Me gustaría aún más si echara la cabeza hacia atrás solo un poquito y…

«No vayas por ahí, tío». Mi Nathan interior hacía sonar la alarma. «Te estás acercando demasiado a ella».

No le hice caso a esa voz interior.

—La primera vez que conozca a su madre en persona probablemente no debería ser una actividad de grupo —dije, escurriendo el bulto.

Bree no estaba por la labor.

—Podemos irnos por nuestra cuenta a explorar mientras tú conoces a su madre —replicó—. Y luego cenamos todos juntos. No es física cuántica.

Quería discutir con ella, pero era perder el tiempo hasta que entendiera qué era lo que estaba sintiendo. Me había ofrecido voluntario para ayudar a Bella porque estaba convencido de que no había ninguna posibilidad de que aquello llevara a otra cosa. ¿Y si me había equivocado?

—Ya hablaremos de eso más adelante —respondí—. Por ahora, toca alcohol e historias de fantasmas.

—Oooh. —Bella soltó un sonidito de emoción—. Me encantan las historias de fantasmas. Me sé un montón de buenas que me contó mi madre.

—Sí, porque Taffy la Chiflada se pasa el día inventándose chorradas raras en la cabeza —murmuró Preston lo bastante alto para que lo oyera todo el mundo.

Le lancé una mirada de advertencia. Yo no conocía a Taffy. Podía reconocer que parecía un poco exaltada, pero me caía bien. No iba a tolerar que la difamara.

—Nadie te ha invitado a participar —respondí con calma—. Si no te gustan las historias de fantasmas, seguro que tienes algo que hacer… en otra parte.

Como ya sabía que pasaría, Preston se lo tomó como un desafío.

—No he dicho que no quiera jugar.

—Pues entonces deja de ser un quejica.

Me daba igual que, técnicamente, él fuera el responsable del evento. Me estaba tocando las narices.

—¿Quién quiere empezar?

Bella levantó la mano como un resorte.

—Yo. Tengo una historia perfecta para que todos vayamos calentando motores.

Su entusiasmo era adorable y contagioso.

—Dispara, Bellarino. Apuesto a que se me ocurre una mejor que la tuya.

—Uy, eso habrá que verlo.