16 Dieciséis #2
—Es verdad —coincidió mamá con una sonrisa resignada—. Le dije que lo mejor era regalar la leche al menos tres veces antes de aceptar salir con alguien, porque la química sexual es lo más importante en una relación.
A Nathan se le subieron las cejas hasta el nacimiento del pelo.
—¿Perdona?
—No lo digo por la salud a largo plazo de una relación —le aseguró ella—. Para eso hace falta química emocional. Pero si no encajáis físicamente desde el principio, es señal de que nada más va a encajar más adelante.
—Vaya. —La expresión de Nathan era difícil de interpretar—. Es un enfoque interesante.
—Siempre le enseñé a practicar sexo seguro —continuó mamá.
Me tapé la cara con las manos.
—Mamá. —Estaba exasperada.
—A veces sigue siendo una mojigata, y eso que en esta casa siempre tuve una política de conversación abierta —explicó mamá—.
Traje condones a casa cuando ella tenía catorce años.
Sabía que a esa edad no iba a acostarse con nadie, era demasiado mojigata, de verdad, pero quería que estuvieran por ahí para que se sintiera cómoda hablando de ellos.
—Tuvo la misma caja en casa durante años, hasta que cumplí los diecisiete —le dije a Nathan—. Fue el año en que llevé a mi primer novio a casa a la cena de Navidad. Alex Withers. —Hice una mueca al recordar aquella noche.
—Yo sabía que no era el hombre de su vida —intervino mamá—. Tenía un aura horrible. Quería que se quitara el sexo de encima porque estaba convencida de que lo dejaría enseguida.
—Le regaló a Alex una caja de condones y un plato de brownies caseros en Navidad —le dije a Nathan, que sonreía de oreja a oreja.
—Madre mía, estoy intentando imaginarme qué habría hecho yo si la madre de mi novia del instituto me hubiera regalado condones y brownies de maría en Navidad antes de acabar el instituto.
Lo miré con el ceño fruncido.
—No he dicho que fueran brownies de maría.
—En mi cabeza lo son —replicó sin pestañear—. Y, cuando use esa escena en un libro, habrá brownies de maría. Te lo garantizo.
Mamá no parecía molesta. De hecho, soltó una risita.
—¿Tú también escribes? ¿Así os conocisteis?
Nathan asintió.
—Bella y yo tenemos la misma agente. Estamos en un retiro de escritura de un mes —aunque podemos entrar y salir cuando queramos— y tenemos otros amigos con los que pasamos el rato.
—¿Y estáis fingiendo ser novios? —Mamá pareció desconcertada un instante—. A ver, explícame cómo funciona eso.
—Ah, bueno… —Por primera vez desde que se había sentado, Nathan parecía preocupado.
Le di unas palmaditas en la rodilla por debajo de la mesa y sentí un chispazo subirme por el brazo. Este enamoramiento iba a complicar las cosas si no lo controlaba. Pero ese era un problema para después de la llamada.
—Mamá, te prometí que te diría la verdad después de… bueno, después de lo que pasó. —Bajé la mirada para recomponerme.
—Después de que el escroto de cabra te hiciera tanto daño —dijo ella con tono siniestro.
—Sí, bueno… —Respiré hondo—. Preston está aquí —solté de golpe—. Se ha colado en el evento no sé cómo. Se está presentando como promotor de eventos para autores. Nathan finge ser mi novio para mantenerlo alejado.
Algo oscuro brilló en los ojos de mi madre y me recordó a un ángel vengador.
—¿Me estás tomando el pelo? ¿Está ahí?
Sabía que no le iba a gustar.
—Sí. —Una oleada de vergüenza me recorrió. Yo había provocado todo esto porque me dejé deslumbrar por la posición social de Preston. ¿Qué narices me pasaba?—. Lo siento.
Nathan me lanzó una mirada cortante.
—¿Qué es lo que sientes, Bella? Tú no has hecho nada de esto. Es todo cosa de ese imbécil.
—Esa boca —dije automáticamente, intentando aligerar el ambiente.
Él no sonrió.
—Ese tío es un depredador, Bella. Sé que no crees que sea una amenaza física, y entiendo por qué lo dices, pero no lo estás viendo de verdad. Quiere hacerte daño. Y no es porque todavía le importes ni por esa tontería de que solo hieres a quien amas.
»Está cabreado porque lo dejaste —continuó—. Creía que te tenía completamente controlada, y el hecho de que no fuera así le está carcomiendo. Te estaba condicionando para que aguantaras cualquier maltrato que te echara encima sin decir ni una palabra. Ese era su objetivo.
—Ese era su objetivo —coincidió mamá—. Se me partía el corazón al verte con él, Bella. No te parecías en nada a la hija que había criado.
—Lo siento, mamá. Nunca quise que pasara nada de eso.
—Para. —La advertencia de mamá fue feroz—.
Ya te has disculpado bastante. Él te hizo creer cosas que no eran verdad, y yo no tuve más opción que dejarte pasar por ello sola, porque no me ibas a escuchar si te decía la verdad mientras estabas metida de lleno en aquello.
Tuve que dejar que salieras al otro lado por ti misma.
La vergüenza me inundó.
—Debías de tener ganas de darme una bofetada.
—No, sobre todo tenía ganas de dársela a él. —Mamá hablaba completamente en serio—. Pero no podía. Solo tenía que esperar a que pasara. Supe que ya faltaba poco cuando viniste a verme aquella noche. Estabas lista para dejarlo incluso antes de descubrir lo que había estado haciendo.
No se lo había admitido durante las semanas que me pasé atrincherada en su casa después, sopesando mi siguiente paso.
—Nunca dijiste nada.
—Tú tampoco. Sabía que acabarías contándomelo. —Su mirada se desvió hacia Nathan—. Eres un buen amigo por ayudarla con esto. Me alegra que tenga a alguien.
—Se metió de por medio cuando llevaba conociéndome la friolera de cinco minutos —dije con una sonrisilla—. Dijo que supo desde el segundo en que vio a Preston que no le caía bien.
—Bueno, Preston siempre ha sido un escroto de cabra —coincidió mamá.
Nathan se aclaró la garganta.
—¿Alguien puede explicarme esto del escroto de cabra? ¿Me estoy perdiendo algo? Porque es un insulto muy específico.
Mamá negó con la cabeza.
—En los rituales, los rituales wiccanos, el escroto de cabra se usa a menudo para determinados hechizos. Metemos hierbas y aceites dentro antes de sellarlo.
—¿Y son hechizos contra los hombres en concreto? —aventuró Nathan.
A mamá le brillaron los ojos.
—¿Cómo lo sabías?
—Me he arriesgado a adivinar —respondió Nathan—. He investigado algunos rituales wiccanos para mis libros. Escribo terror.
—¿Terror? —Mamá juntó las cejas—. Espera, ¿eres Nathan Cooper, el autor de terror?
Nathan asintió.
—¿Ha oído hablar de mí? —Parecía especialmente encantado.
—Por supuesto. Bella leyó tus libros en bucle cuando dejó a Preston. Estaba obsesionada con ellos. —Sus ojos se volvieron hacia mí—. Ay, cariño, te has juntado con tu amor platónico literario para darle su merecido al escroto de cabra. Qué emoción.
Cerré los ojos. Cómo no, lo había soltado sin más. Mi madre nunca se había topado con una situación que no quisiera volver incómoda. Era así, sin más.
—Bueno, mamá, solo quería saber cómo estabas —dije, para cambiar de tema—. Pero tengo que dejarte. Cenamos dentro de una hora.
—Vale. Llámame otra vez en unos días. Quiero saber cómo va la venganza por lo del escroto de cabra.
Colgué la llamada y me negué a mirar a Nathan, aunque sentía sus ojos clavados en mí.
—Voy a arreglarme para la cena. ¿Qué crees que nos pondrán esta noche? —pregunté, evasiva.
—Algo pretencioso, seguro. Al menos la comida está buena, por muy pija que sea.
—Sí, bueno, estaré lista en un rato.
Lo rodeé para pasar y, sin querer, le rocé el pecho con la mano.
Irradiaba calor, y lo que sentí era algo más que simple calor corporal. Yo estaba en llamas, aunque no pensaba concederme ni un segundo para sentirlo.
—Dame unos treinta minutos.
Nathan no dijo nada. Aun así, noté su mirada fija en mí todo el camino hasta el baño.
La cosa estaba a punto de liarse. Lo presentía. Por desgracia, no tenía ni la menor idea de qué hacer al respecto.