El camino correcto (Escribir lo correcto 2) 16 Dieciséis
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DIECISÉIS

Nathan era divertido. Siempre me mentí a mí misma con que Preston se volvería divertido si conseguía bajarse del pedestal y relajarse.

Eso no iba a pasar nunca, por supuesto. Cuando empecé a contarme ese cuento, aún era joven e ingenua.

Y seguí repitiéndomelo —con todas las pruebas en contra— porque la alternativa era insoportable.

Ahora, al ver a alguien reírse sin complejos con sus amigos, tomarles el pelo y aguantar lo mismo de vuelta sin ofenderse, sentí como si de pronto se me hubieran abierto los ojos después de un siglo caminando sonámbula por la vida.

Preston no había sido una buena elección desde el principio.

Me había deslumbrado el dinero, algo que me hacía mirarme con muy malos ojos.

¿Qué clase de persona era yo para caer así por el dinero?

Era justo lo contrario de lo que mi madre me había enseñado de pequeña.

El dinero no significaba nada. Tampoco el estatus que Preston blandía como un escudo.

Lo que ahora se me removía en el corazón lo significaba todo.

Y ya no podía negarlo. Nathan estaba empezando a gustarme.

Tenía un aire despreocupado que me activaba absolutamente todos los resortes.

Se tomaba su trabajo en serio y quería sacar el mejor producto posible, pero cuando se trataba de pasarlo bien, era simplemente…

sencillo. Estaba dispuesto a probar cualquier cosa.

Si las cosas salían mal, como cuando Bree y Brody se cayeron al agua y maldijeron su existencia, se tomaba a risa el enfado de los dos.

Sabía de muchas cosas, no solo de películas de terror.

Eso me gustaba de él. Era capaz de explicar muy en serio por qué el origen de Jason Voorhees no tenía ningún sentido y, acto seguido, las ventajas de la energía verde.

Tenía una base de conocimientos enorme que, según me explicó, venía de documentarse para sus libros.

Pero no solo era inteligente. También era guapo. Como si Glenn Powell y Miles Teller hubieran tenido un hijo. Y encima tenía un carácter encantador. Era frustrante, porque sabía que él no buscaba nada más. Hasta que empecé a pasar tiempo con él, yo tampoco buscaba nada más.

Frustrada por mi propia incapacidad de ser solo amiga de un tío, me acerqué a la ventana y miré fuera.

Alcanzaba a ver a Nathan, entre las dos cabañas, intentando explicarle a Brody en qué consistía el tetherball.

Brody no parecía demasiado convencido. De Bree no había ni rastro, pero se había quedado de mal humor después de caerse al lago —había hablado largo y tendido de las sanguijuelas que estaba convencida de que iban a por ella—, así que lo más probable era que estuviese duchándose.

Como tenía tiempo, decidí llamar a mi madre.

Saqué la tableta y pulsé su nombre en lo alto de la lista de contactos para hacer una videollamada. Contestó al segundo tono y frunció los labios azules al verme.

—¿Qué pasa? —exigió saber.

Desconcertada, miré por encima del hombro para ver si había algo que pudiera haberla alarmado. Al no encontrar nada, volví a mirarla.

—¿Por qué das por hecho que pasa algo?

—Porque estás sonriendo, y no es una de esas sonrisas que fuerzas por mí. Es más grande.

Abrí la boca y volví a cerrarla. Me fastidiaba admitirlo, pero llevaba meses —más bien años— fingiendo sonrisas por ella, y tomé nota mental de dejar de hacerlo.

—No pasa nada —le aseguré—. De hecho, lo estoy pasando genial.

Me estudió un instante y luego asintió, aparentemente satisfecha.

—Vale. —Se le iluminó la sonrisa—. ¿Dónde estás? Eso no parece tu apartamento nuevo.

—Es un alquiler hasta que decida qué voy a hacer, pero no, no estoy en el apartamento. Estoy en un retiro de escritores.

—Ooh. —Asintió emocionada—. Eso suena divertido. ¿Dónde estás?

Le hice un resumen rápido, con todos los detalles que sabía que querría oír. Me salté la parte de que Preston era el anfitrión. Ya llegaría a eso, pero antes quería preparar el terreno.

Sin embargo, antes de que pudiera mencionarlo, la puerta de la cabaña se abrió. Mamá estaba en mitad del relato de un baile en pelotas que se habían montado ella y mis tías honorarias la noche anterior, y lo estaba recreando con entusiasmo cuando Nathan se detuvo detrás de mí.

Tenía los ojos como platos —ella estaba hablando de tetas bamboleantes cuando él se acercó lo suficiente para oírla— y, cuando su mirada se posó en mi madre, pareció quedarse de piedra.

Contuve la respiración y esperé. ¿Sería este el momento en que menospreciaría a mi madre? No iba a tolerar eso otra vez. No es que Nathan y yo fuéramos a estar juntos ni nada parecido. Pero no lo toleraría ni siquiera de un amigo.

En cambio, Nathan sonrió de oreja a oreja.

—Usted es la madre de Bella. —No era una pregunta. Agarró una silla y la arrastró hasta que quedamos sentados hombro con hombro a la mesa, compartiendo la pantalla—. He oído hablar mucho de usted —dijo con entusiasmo.

—¿En serio?

Yo sabía leer a mamá mejor que nadie. La forma astuta en que entrecerró los ojos me dijo que estaba echando cuentas a toda velocidad. Llegaría inevitablemente a las conclusiones equivocadas, así que me preparé para pasar vergüenza.

—Es curioso, mi hija me habló de su retiro, pero no me habló de ti.

—Oh. —Nathan me lanzó una mirada preocupada, claramente preguntándose si había metido la pata.

—No pasa nada —le aseguré—. Estaba a punto de llegar a esa parte.

—Miente —replicó mamá—. Cuando algo es complicado, no me lo cuenta.

—¿Y qué le hace pensar que yo soy complicado? —Nathan se señaló la cara absurdamente atractiva—. ¿A usted esta cara le parece complicada? Es imposible. Soy demasiado guapo para ser complicado.

Mamá soltó una risita y yo me relajé, aunque solo un poco.

—Si tú lo dices.

—Oh, es la pura verdad. —Lo dijo muy solemne—. Le voy a contar un secretito, señora Oakley.

—Señorita —corrigió ella automáticamente. En ella era un reflejo.

—Por supuesto. Perdón. —Nathan asintió sin perder el ritmo—. Mis disculpas. Aunque también tengo una pregunta. —De pronto se puso serio—. Bella me contó que su padre se largó. ¿Oakley es su apellido, el que le puso usted, o es el de él?

A mi madre rara vez la pillaban desprevenida. Flotaba por la vida y aceptaba lo que pasara como un capricho de la Diosa. Pero la cara que tenía en ese momento decía que lo que Nathan acababa de decir la había dejado de piedra.

—¿Le has hablado de tu padre? —me espetó.

Por un momento me quedé en vilo. ¿Iba a perder los nervios y a ponerse a gritarme por contarle nuestros asuntos privados a un casi desconocido? Nunca había sido su estilo, pero parecía tan impactada que no sabía qué esperar.

—No pensé que fuera para tanto —respondí. Por primera vez desde que había dejado a Preston, deseé poder hacerme más pequeña. No quería hacerle daño a mi madre. Ya le había hecho bastante.

Mamá hizo un gesto con la mano.

—No estoy enfadada, Bella. He intentado que me hablaras de tu padre tantas veces que he perdido la cuenta. Solo me sorprende que al final lo hayas hecho, y con un hombre, nada menos.

—Ah. —Le lancé a Nathan una mirada nerviosa—. Bueno, hablando de eso…

—¿Cuánto tiempo llevas saliendo con mi hija? —le preguntó mamá a Nathan, como si se hubiera olvidado de que yo también estaba en la llamada.

—No mucho —respondió Nathan.

Soltó la mentira con una naturalidad pasmosa. Estaba segura de que sabía que era mejor no contarle que estábamos comprometidos, aunque yo no me había quitado el anillo antes de llamar a mamá. Había pensado contarle toda la historia.

—Pero va bien —continuó—. Hoy hemos salido en kayak, en un kayak doble, nada menos, y no hemos tenido ni un solo malentendido.

—¿Ah, sí? —Mamá abrió mucho los ojos—. Pues eso demuestra que estáis sincronizados a nivel espiritual. ¿Lo sabíais?

—No. —Nathan sonrió con amabilidad—. Pero me alegra saberlo. —Me pasó un brazo amistoso por los hombros—. Tu hija es muy divertida.

—Antes lo era —coincidió mamá—. Me alegra que esté volviendo a serlo. Su último novio, bueno, era un auténtico escroto de cabra.

Ahora le tocó a Nathan poner cara de desconcierto.

—Vaya, ese sí que es un insulto muy específico.

—Era un tipo muy específico. —Los ojos de mamá se posaron en mí—. Lo apruebo. Deberías traerlo por aquí para que lo conozca.

—Ah, bueno, mamá…

—Intentaremos organizarlo —intervino Nathan—. Salem suena divertido. Quiero ir allí en Halloween.

Le lancé una mirada escéptica.

—Ya lo has mencionado.

—Eh, me contaste la historia del tío disfrazado de Michael Myers con treinta y dos grados, y necesito pasar el rato en un pueblo que tiene un Michael Myers en cada esquina.

—Ah, eres uno de esos. —Mamá asintió con aire de entendida—. No me sorprende que Bella haya tirado por ese camino, al final. Merece a alguien a quien le interesen las mismas cosas que a ella, aunque esas películas de terror que se empeña en ver sean misóginas y asquerosas.

—Ay, ya empezamos —murmuré entre dientes. No podía permitir que mi madre se fuera por las ramas—. Mamá, tú y Nathan podéis discutir sobre los méritos de las películas de terror cuando os conozcáis en persona. Le encantará oír que el tropo de la chica final es en realidad una prueba de pureza.

—Ya lo creo que sí —coincidió Nathan—. Me encantan esas conversaciones.

Lo decía en serio. Lo que significaba que yo también tenía que ser sincera.

—Mamá, Nathan no es mi novio —solté—. Es un buen amigo, pero no estamos juntos.

Nathan me lanzó una mirada de sorpresa, pero no dijo nada.

—No puedo mentirle —le expliqué—. Después de todo lo que ha pasado, simplemente no puedo.

En sus ojos brilló la comprensión.

—Perdona. —Me frotó el hombro—. Pensaba que estaba ayudando. Imaginé que le daría un ataque al saber que su hija se alojaba en una cabaña con un tío cualquiera al que apenas conocía.

Mamá estalló en carcajadas al mismo tiempo que yo.

—¿No me escuchaste cuando te conté que mi madre es wiccana? —pregunté mientras me secaba una lágrima de risa de la mejilla—. Es una entusiasta del amor libre.