15 Quince
QUINCE
Mi plan consistía en que los cinco —por mucho que Hayley se resistiera— saliéramos remando hasta el centro del lago y nos quedáramos allí cotilleando una hora, lo que sin duda nos valdría las miradas asesinas de Preston, sentado en la orilla y rabiando por dentro al haber perdido a la mujer más increíble del mundo.
No fue exactamente así como salió la cosa.
Por lo visto, no éramos los únicos autores con ganas de hacer kayak.
Los demás nos oyeron hacer planes y se autoinvitaron.
Como a mí me daba igual que participara más gente y el lago no era nuestro, no había motivo para impedírselo.
La salida se convirtió en una gran excursión, sobre todo cuando Preston propuso venir con nosotros e incluso defendió la idea de llevar a Daisy consigo en un kayak doble.
A mi juicio, los kayaks dobles eran algo equiparable a una tortura infernal.
Al lado de intentar gobernar uno con otra persona remando en tu contra, los cenobitas eran unos aficionados.
Por desgracia, en cuanto todo el mundo se subió al carro de la flotilla de autores, surgió un problema con los kayaks individuales.
—Esto solo funciona si las dos parejas de prometidos cogen también kayaks dobles —dijo Preston con su voz más melosa.
No levanté la vista, pero noté su mirada clavada en mí.
—No tendrás ningún problema con eso, ¿verdad?
Pues claro que tenía un problema con eso.
Dirigir un kayak con otra persona, y más en un lago que en un río, era un auténtico suplicio.
Sin ánimo de ofender a Bella, no parecía demasiado atlética.
Era diminuta. No iba a aportar mucho músculo.
A mí no me importaba hacer todo el trabajo, pero ella intentaría ayudar, porque era así.
Y ahí es donde las cosas se pondrían feas.
Aun así, no iba a permitir que Preston creyera que había ganado.
—Claro —respondí automáticamente—. Nada me apetece más que pasarme las próximas horas en un kayak con mi Bellarino. Así podré susurrarle cosas bonitas al oído a intervalos regulares.
Como para demostrarlo, me acerqué más a Bella.
—Jason Voorhees es mejor que Michael Myers —dije en un susurro que Preston no llegó a captar.
Bella soltó una carcajada, pero se contuvo cuando Preston frunció el ceño.
—Nos las arreglaremos —le aseguró a Preston—. No es para tanto.
—Es difícil dirigir un kayak doble entre dos —argumentó él mientras le tendía un remo—. Tienes que estar totalmente en sintonía con la otra persona para que funcione.
Bella hizo una mueca exagerada.
—¿Te he contado alguna vez que mi madre formaba parte de un grupo que salía en kayak por la bahía disfrazadas de brujas? —preguntó de repente.
Me quedé inmóvil, sorprendido no solo por su tono, sino también por la historia que estaba contando.
—No —contesté.
—En realidad se lo preguntaba a Preston. —Bella me lanzó una mirada de disculpa—. Él nunca quiso oír historias sobre mi madre.
—Eso no es verdad. —Preston tuvo el descaro de parecer ofendido—. Tu madre me parecía una mujer encantadora.
—Sí, claro. —Bella puso los ojos en blanco, sin creerle ni una palabra—. En fin, varias veces al año, siendo el más sonado el de octubre, hiciera frío o no, el grupo de amigas de mi madre...
—Chifladas —corrigió Preston en beneficio de Daisy, que asintió comprensiva.
—Sus amigas —recalcó Bella, con la irritación recorriendo sus rasgos ridículamente adorables—.
Se subían todas a los kayaks con el maquillaje y los disfraces completos.
Llevaban collares brillantes e incluso ponían luces en los kayaks.
Luego salían a la bahía y saludaban a todo el que se cruzaba con ellas.
»Hablo de la gente de los restaurantes o de los que paseaban por el Derby Wharf —continuó, con una sonrisa en la cara que me derritió por dentro.
Era un recuerdo bonito y se aferraba a él con las dos manos—.
Cuando era pequeña, me sentaba en su regazo dentro del kayak.
Cuando me hice mayor, alquilábamos un kayak doble para que yo también pudiera disfrazarme y formar parte del espectáculo.
De repente, ya no estaba tan preocupado. La había subestimado y me sentía culpable por ello. No era ninguna novata.
—Lo hacíamos todos los años —dijo Bella—. Luego, cuando crecí, mis amigos y yo salíamos todos los fines de semana. Mi madre salía con el tipo que alquilaba los kayaks, así que nos los dejaba gratis los fines de semana, en cuanto tenía cubiertas todas las reservas. Llegué a hacerlo bastante bien.
Preston la miró con odio y yo sonreí de oreja a oreja.
—Pues entonces creo que vamos a formar todo un equipo —le dije.
—No cuentes con ello —replicó Preston, olvidando sus modales—. Yo estuve en el equipo de remo de Yale.
Bella arrugó la frente.
—Vi las fotos. Pero no recuerdo que llegaras a participar en una sola competición. Pensaba que era solo para tener algo que poner en el currículum.
Si las miradas mataran, Bella habría caído muerta allí mismo. Preston estaba tan furioso que casi echaba espuma por la boca.
—Supongo que tendremos que comprobarlo en el lago, entonces —escupió.
Bella se limitó a sonreír.
—Lo que sea, mientras te mantenga a flote. —Se rió de su propia gracia—. En este caso, literalmente.
UNA HORA DESPUÉS, ÍBAMOS VESTIDOS con camisetas de tirantes y pantalones cortos y arrastrábamos el kayak hasta el agua.
—No voy a darte la lata —dije mientras ella se preparaba para subir a la parte delantera del kayak—. Pero ¿cuánto exagerabas en el pique que has tenido con Preston?
Me preparé para su respuesta.
—Yo no exagero —respondió mientras se acomodaba en su sitio. Ella iba delante, así que tenía sentido que yo empujara el kayak al agua antes de subirme: tenía las piernas mucho más largas—. Solo miento cuando escribo.
Sonreí de lado.
—¿En serio?
—Soy increíble. ¿Quieres saber por qué?
Parecía que la pregunta tenía su razón de ser, así que me lo pensé.
—Suéltalo —dije al final.
—Cuando era niña, me ponía sin parar el ciclo de Halloween de AMC.
Su sonrisa me decía que su respuesta iba a ser buena, así que la dejé tomarse su tiempo.
—Veía pelis de terror modernas, como Scream o Sé lo que hicisteis el último verano.
—La primera era mucho mejor que la segunda —respondí sin pensar.
—Totalmente —coincidió ella—. Salvo por la escena de la persecución de Sarah Michelle Gellar. Eso fue…
Se llevó los dedos a los labios e hizo el gesto del beso de chef.
—Estuvo bastante bien —le concedí.
—Me estás desviando del tema. —Me lanzó una mirada de reproche—.
Podemos hablar de ese periodo del cine de terror cuando estemos en el agua.
Lo que intentaba decirte es que por entonces también veía pelis de terror antiguas.
Era pequeña, probablemente demasiado pequeña para ver esas cosas, pero mi madre siempre estaba dando visitas guiadas en octubre, así que veía películas para entretenerme.
Respiró hondo.
—Vi Viernes 13 por primera vez por aquella época y, hacia el final de la primera película, había una escena que me traumatizó durante un año largo.
Caí en la cuenta y sonreí de medio lado.
—Aprendiste a remar en kayak porque a la protagonista de la primera película la atacan desde debajo del agua mientras flota en una barca.
—Yo siempre interpreté esa escena como un sueño, sobre todo por cómo empieza la segunda película, pero sí —confirmó—. Y no aprendí a remar en kayak solo para salir del paso. Puedo arrasar.
Quise besarla, y por más de un motivo.
—Vamos allá.
Le di un buen empujón al kayak y salté detrás de ella. Teníamos el impulso a nuestro favor, así que salimos antes que nadie.
A nuestra espalda oía discutir a Bree y Brody.
—Sé que eres el hombre y que eso significa que, técnicamente, eres más fuerte, así que crees que deberías ir tú en la parte de atrás del kayak. Pero yo tengo mucho mejor sentido de la orientación —insistió Bree.
—Me he informado mientras esperábamos a que prepararan los kayaks —replicó Brody—. Sé perfectamente lo que hago.
—¿Has hecho una lista? —adivinó Bree.
—¿Y eso qué importa? —Brody sonaba exasperado.
—Voy a matar a Nathan cuando esto se vaya al garete —refunfuñó Bree—. Qué desastre.
Otra voz se sumó al coro. Hayley, que ya estaba tan lejos como nosotros en su kayak individual, se puso a cantar: «Row, row, row your boat, gently up the stream». Cantaba fatal, así que todo le salió quebrado y desafinado al llegar al estribillo del merrily.
Bella arqueó las cejas y miró por encima del hombro.
—Hablando de películas de terror… —dijo entre risas.
Y volví a desear besarla.
Cuando nos conoció estaba nerviosa, y mi instinto protector se había puesto en marcha a toda máquina.
Había dado por hecho que era una mujer callada, dulce e inteligente, incapaz de hacerle daño a una mosca.
No es que fuera una abusona ni nada parecido, pero tenía un sentido del humor diabólico y eso me encantaba de ella.
Era divertida, encantadora y tenía una lengua afiladísima para los insultos. ¿Cómo no iba a gustarme? Veía miedo en ella, pero no me cabía duda de que se esfumaría en el instante en que Preston desapareciera de su vida para siempre. Se esforzaba muchísimo y, cuando se soltaba, quitaba el aliento.
El muy capullo no la soltaba.
De un modo u otro, yo me encargaría de que la soltara.
Seguimos avanzando, remando acompasados. Ella entendía cómo dirigir el kayak y no me dio ni una sola orden a gritos. Y descubrí que yo tampoco tenía que dárselas. Nos movíamos en perfecta sintonía, aunque su brazada fuera mucho más corta que la mía por la longitud de sus brazos.
—¿Cómo es que se nos da tan bien esto? —pregunté, sin intención de decir ese pensamiento en voz alta.
—Creo que simplemente estamos en la misma onda —respondió sin mirar atrás. Tenía la cara vuelta hacia arriba para que le diera el sol, aunque yo la había visto embadurnarse con media botella de crema solar antes de salir.
—Son las películas de terror —dije—. Te das cuenta de que, si de verdad llega el apocalipsis zombi, vamos a tener que sacrificar a casi todos los demás para escapar, ¿no?