El camino correcto (Escribir lo correcto 2) 14 Catorce
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CATORCE

No recordaba la última vez que me había divertido tanto con alguien. Quizá con mi madre, cuando era pequeña. Nuestro paseo se convirtió en un maratón de dos horas en el que hablamos de todas las películas de terror del mundo, buenas y malas.

No coincidíamos en todas. Él era fan de La matanza de Texas original, mientras que yo prefería el remake de Jessica Biel, y yo no soportaba las películas de Terrifier, pero a él le encantaban. Aun así, coincidíamos en casi todo, lo cual resultaba refrescante.

Me sentía casi borracha de tanto reír cuando doblamos la última curva y volvimos al campamento.

Nos dirigimos hacia nuestra cabaña, todavía riéndonos, pero oír mi nombre me frenó en seco.

Al mirar por encima del hombro, descubrí a Preston junto a un árbol —había estado escondido entre las sombras como un acosador siniestro— y me observaba expectante.

Por una vez, la ansiedad no me asaltó al instante.

—¿Qué quieres? —pregunté con frialdad.

—Pensaba que podríamos hablar —respondió, con la cara de «soy un hombre de negocios y nunca he tenido un mal momento en público» bien puesta—. Las cosas no salieron como esperaba en la cena y se me ocurrió que podríamos buscar la forma de llevarnos bien sin que resultara incómodo.

Nathan me cogió de la mano, tiró de mí hasta ponerme delante de él y, con las manos en mis caderas, me guió hacia nuestra cabaña.

—No creo que eso requiera una conversación entera —dijo—. Lo único que tienes que hacer es dejar de ser un gilipollas.

—¿Yo?

La furia de Preston estalló con virulencia, y tenía colmillos como los vampiros de 30 días de oscuridad, otra película con la que Nathan y yo acabábamos de conectar. Al fin y al cabo, Josh Hartnett era versátil.

—Tú eres la que se descontroló. Tuviste incluso la desfachatez de mentir y decir que yo… que yo…

Era un auténtico cretino. ¿Qué había visto yo en él?

—Si no eres capaz de hablar de sexo, no eres lo bastante maduro para practicarlo —solté con sequedad—. Y en cuanto a lo que dije, lo mantengo.

—Era mentira —siseó, y dio un paso adelante. Se echó atrás al instante cuando Nathan emitió un gruñido.

—Señor Cooper, si no le importa, me gustaría mantener una conversación privada con su prometida. —Preston hablaba como si estuviera negociando un contrato—. No tiene nada que ver con usted y le prometo que será rápido.

Nathan lo miró como se mira un montón de caca de perro que alguien ha dejado cociéndose al sol en plena acera en lugar de recogerla.

—Paso —respondió sin inmutarse.

Esa no era la respuesta que Preston esperaba.

—¿Perdone? —balbuceó.

—Para empezar, no me corresponde a mí dar permiso para que Bella hable con nadie —explicó Nathan—. Es una mujer adulta. Es dueña de sus decisiones. No soy su rey. Soy su compañero. Eso significa que ella decide y que mi trabajo es apoyarla.

El desconcierto se sumó a la rabia en la cara de Preston mientras asimilaba las palabras.

—Tiene que estar de broma. ¿Es usted uno de esos?

—No tengo ni idea de qué significa «uno de esos», pero me lo puedo imaginar —respondió Nathan—. Y sí, soy uno de esos. Bella es lista y capaz y toma sus propias decisiones. Y, a menos que me equivoque mucho, ahora mismo no quiere hablar contigo.

—No quiero —confirmé, aliviada de que Nathan me cubriera las espaldas—. Estoy cansada, Preston. Hablaré contigo…

Estaba a punto de decir «mañana» cuando me di cuenta de que eso no era más que otra forma de capitular.

—En realidad, ¿sabes qué? —Mi tono cambió de golpe—. No quiero hablar contigo. No se me ocurre ni una sola cosa de la que tengamos que hablar.

—Me has dejado en evidencia en público. —La vena que no había olvidado, pero que no veía desde hacía ocho meses, le saltó en la frente—. Tenemos que hablar de eso.

—Tú provocaste esa situación —replicó Nathan—. La presionaste porque eres un idiota. La solución a este problema es no hablar con ella.

—Este es mi evento —bramó Preston—. Hablaré con quien me dé la gana.

—No, no lo harás —repliqué, de repente muy consciente del poder que tenía allí—. Yo no quiero hablar contigo, así que no voy a hacerlo.

Nathan me lanzó una mirada de aprobación y me empujó con suavidad hacia la cabaña.

—Ya la has oído —dijo cuando Preston abrió la boca para protestar—. No quiere hablar contigo.

—Eso no es una opción. —Una mueca de desdén le torció la cara—. Soy uno de los organizadores. Este es mi evento. Hay cuestiones logísticas que tener en cuenta.

—Me parece bien —respondió Nathan sin titubear—. Pero ¿qué te parece esto? Como es mi prometida y compartimos cabaña y cama, puedes traerme a mí tus problemas de logística y yo me encargo de responder a tus preguntas.

La mirada interrogante me la dirigió a mí, no a Preston, para comprobar si me parecía bien.

Me sentí como el Grinch: de pronto el corazón me creció tres veces. Nadie me había cedido así la decisión y, además, me había quitado un problema de las manos; un problema enorme, de hecho.

—A mí me parece perfecto —dije.

—Bueno, a mí no me parece bien —protestó Preston—. Firmaste un contrato.

—Señálame un solo punto de ese contrato donde diga que las conversaciones no pueden pasar por mí —exigió Nathan.

—Yo…

Preston parecía tan desconcertado que tuve que contener la risa.

—Llévale tus quejas a Nathan —ordené mientras me dirigía a nuestra cabaña—. Nosotros nos vamos ya a la cama. Seguro que te vemos por la mañana.

Nos reímos todo el camino hasta la cabaña y, cuando entramos, miré el sofá con desdén.

El cojín era demasiado pequeño para que Nathan estuviera cómodo.

Eso significaba que no me quedaba otra que dormir yo allí.

Era lo mínimo, después de todas las veces que había dado la cara por mí en las últimas semanas.

Qué digo, en las últimas horas. Abrí la boca para decirle que buscaría una manta y me acomodaría, pero él ya me guiaba hacia la cama.

—Bella, somos adultos —me recordó—. La cama es lo bastante grande para que durmamos los dos cómodamente. Prometo no intentar nada contigo.

Me decepcionó un poco, pero me reí de todas formas. No quería que intentara nada conmigo —¿verdad que no?—, aunque a mi ego no le habría venido mal que soltara su numerito de flirteo de siempre.

Nada de eso importaba ahora. Acabábamos de ganarle a Preston en su propio juego y yo estaba en la gloria.

—¿Seguro? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Sí. No pasará nada. Eso sí, asegúrate de ponerte pijama. No me hago responsable de lo que haga si estás desnuda en la misma cama que yo. El Nathan de los sueños tiene voluntad propia.

Me reí aún más fuerte; el coqueteo me caldeó por dentro. Vale, había sido un intento penoso, pero al menos le había echado ganas.

—Voy primero al baño a lavarme los dientes.

—Vale. Pero que sepas que a mí me gusta que me huela mal la boca cuando duermo, así que no me los lavo antes de acostarme.

—Eso es de lo más antihigiénico.

—Me gusta vivir al límite.

—Allá tú.

ME DESPERTÉ A LA MAÑANA SIGUIENTE CON una presencia cálida a mi lado en la cama.

Tardé un momento en recordar dónde estaba.

Preston nunca había sido de acurrucarse, así que jamás me había despertado con él pegado a mí.

Cuando vivíamos juntos teníamos una cama enorme, de matrimonio grande, y la mayoría de las mañanas estábamos prácticamente en continentes distintos.

De algún modo, durmiendo, Nathan se había ido acercando a mí.

No me rodeaba con los brazos —no es que yo fuera a montar un escándalo por eso ni nada—, pero tenía el pecho muy cerca de mi espalda. No era exactamente una cucharita, pero le faltaba poco.

Contuve la respiración mientras me giraba, apenas un poco, y alcé la vista hacia su cara de guapo. ¿Cómo podía estar aún más guapo a primera hora de la mañana? No debería ser posible. Con la barba incipiente y esa expresión serena, sin embargo, podría haber estado posando para cualquier revista.

—Me estás mirando —murmuró con voz ronca.

Me sobresalté. No había abierto los ojos.

—¿Cómo…?

Despacio, levantó los párpados, y la calidez de su mirada me hizo poner los ojos en blanco.

—¿Es que ves a través de los párpados o qué? —me quejé.

—No. —Se rio de mi incomodidad—. No puedo. Simplemente lo he notado.

Lo he notado. De repente yo también notaba cosas raras, cosas a las que no sabía ponerle nombre. Vale, sí sabía ponérselo. Atracción. Cariño. Todavía no había llegado al terreno de la adoración obsesiva ni nada de eso, pero me daba miedo acabar ahí.

Nathan no había ocultado en ningún momento que no buscaba una relación.

Yo estaba en el mismo punto. No había superado la anterior, aunque lo había intentado por todos los medios.

Preston se negaba a darme la tregua necesaria para seguir con mi vida.

Si pudiera, sin embargo, querría que fuera con alguien como Nathan.

Darme cuenta de eso fue como un buen bofetón en la mejilla desnuda. Me gustaba. Pero nunca podríamos pasar de la amistad. Yo no estaba lista, y él tampoco, por motivos distintos. Uno de esos motivos era su padre. No había hablado mucho de él, pero no costaba atar cabos.

Su padre lo había marcado. No físicamente, sino mentalmente. Puede que Nathan ni siquiera fuera consciente de hasta qué punto. Hasta que no resolviera lo de su padre, no iba a poder avanzar hacia nada serio.

En cuanto a mí, tenía que quitarme a Preston de encima. Era como un maldito percebe. Cuanto más lo apartaba, más se me pegaba. Nathan me ayudaría a despedirme de Preston para siempre. Tenía fe en eso. Después seríamos amigos. Era lo único que podríamos ser.

—Estaba pensando… —empecé, mientras me frotaba la mejilla—. ¿Crees que Michael Myers duerme alguna vez? O sea, nunca nos lo enseñan durmiendo. Pero tiene que dormir, ¿no? Si quitas esas pocas películas en las que sale la secta, no se lo considera sobrenatural. Es solo un hombre.

Nathan esbozó una sonrisa enorme.

—Este es exactamente el tipo de charla de alcoba que me ha faltado en la vida. No me puedo creer que nunca haya tenido nada tan estimulante para despertarme.