El camino correcto (Escribir lo correcto 2) 13 Trece
44%

13 Trece

TRECE

—¿Películas de terror?

Había propuesto dar un paseo alrededor del lago después de la cena.

Las miradas asesinas de Preston empezaban a resultar molestas —más para Bella que para mí, obviamente— y nos habíamos comido tres s’mores cada uno, así que nos hacía falta andar un poco para quemar el azúcar.

Además, tampoco me apetecía que la noche se acabara ya.

Cierto, los dos íbamos al mismo sitio, pero en cuanto volviéramos a la cabaña las cosas se pondrían incómodas con el asunto de dónde dormir, y no quería lidiar con eso. Al menos, no todavía.

Bella me lanzó una mirada de reojo. Íbamos de la mano al salir de la zona de la hoguera —todo por las apariencias, por supuesto—, pero no nos habíamos soltado desde que desaparecimos del campo de visión de los demás.

—¿Te sorprende? —preguntó ella en tono burlón—. ¿A las chicas no nos puede gustar el terror?

—Ah, no, nada de eso. Algunas de las personas más fanáticas del terror que he conocido eran mujeres. Es solo que no sabía que te gustaran tanto las películas de terror.

—Ya lo mencioné antes.

—Lo sé. Pensaba que lo decías porque yo escribo terror. La verdad es que me habría venido bien saberlo antes de que Preston empezara con sus pullas. Casi meto la pata y me pongo a hacerte un millón de preguntas.

—¿En serio?

Ya casi era noche cerrada, pero el sendero estaba marcado con balizas solares, así que no costaba seguirlo. Mientras caminábamos, apenas distinguía los rasgos de Bella.

—¿Por qué te sorprende tanto?

Pareció sopesar la pregunta —sopesarla de verdad— durante varios segundos.

—Supongo que la reacción de Preston a mis conocimientos sobre películas de terror fue tan mala que creí que la mayoría de la gente reaccionaría igual. Pensaba que yo era la rara.

—Deja que adivine: cree que eres una pervertida porque te gustan las películas de terror.

—No usó esa palabra exactamente, pero me sugirió ir a terapia porque estaba claro que tenía tendencias violentas reprimidas.

Solté un bufido.

—Odio a la gente que piensa eso. Que me guste ver a un asesino enmascarado cargarse a unos cuantos campistas no significa que tenga ganas de hacerlo en la vida real. Si viera un cadáver de verdad, me daría un ataque.

—No te daría ningún ataque. —Sacudió la cabeza—. Yo vi uno cuando era pequeña.

—¿En Salem? ¿Alguien se tomó Halloween demasiado en serio?

—No. Alguien se ahogó. Era una mujer mayor. La sacaron del agua y le hicieron el boca a boca en la playa. Pero ya era demasiado tarde.

—Ah. ¿Te traumatizó?

—Me pasé un mes sin querer meterme en el agua.

Me costaba entender que supiera nadar y aun así hubiera muerto.

Mi madre tuvo mucha paciencia y se le ocurrieron un montón de cosas que hacer ese verano que no tenían nada que ver con nadar.

Sintió un alivio enorme cuando, al verano siguiente, pareció que ya lo había superado.

—¿En Salem hay mucha agua?

—Uy, sí. Hay bahías y playas por todas partes. Uno de mis paseos favoritos es una pequeña lengua de tierra en Derby Wharf. Al final hay un faro, no muy grande, y de camino pasas junto al Friendship of Salem.

—¿Y eso qué es? ¿Una estatua?

—No. Es la réplica de un velero antiguo con un museo dentro. Tiene una sala de proyecciones y todo.

—Qué raro.

—Es una de esas cosas a las que acabas acostumbrándote. —Se rio—. ¿Escribes terror y nunca has estado en Salem?

—No, pero está en mi lista. Quizá tengas que hacerme de guía algún día.

Pareció desconcertada, y enseguida me di cuenta de cómo había sonado eso.

—Quiero decir, si alguna vez vamos a Boston en grupo o algo —añadí sin mucha convicción. Sonó ridículo, pero ya era tarde para tragarme las palabras.

—Claro. —Asintió.

—Puedo conocer a tu madre —solté, solo para empeorar las cosas.

—¿Quieres conocer a mi madre? —Inclinó la cabeza con un brillo de perplejidad en los ojos.

¿Intentaba averiguar si le estaba tomando el pelo? Preston le había destrozado la autoestima. Lo odiaba por ello.

—Por supuesto —respondí sin titubear—. Parece una mujer increíble.

—Sí que lo es. Me siento muy culpable con ella.

—¿Porque Preston decía cosas horribles de ella?

—Y porque no pasé con ella todo el tiempo que debería por culpa de la opinión de Preston. —Arrugó la cara con fastidio—. Maldito Preston. Quiero echarle la culpa de todo. Pero eso fue culpa mía. Soy adulta y podría haberle dicho que no sin más.

Elegí las palabras con cuidado.

—La gente que ve una situación desde fuera critica muchísimo lo que los demás deberían hacer, cuando ni ellos mismos son capaces de gestionar problemas de su propia vida que otros apartarían sin pestañear.

»Tus problemas son solo tuyos y no deberías dejar que los demás te juzguen por lo que pasó —continué—. Te manipuló psicológicamente y, por lo visto, se le daba muy bien. Podrías haber hecho las cosas de otra manera, pero eso da igual. Lo que importa es dónde tienes la cabeza ahora.

—Ahora no entiendo cómo llegué a convencerme de que sentía algo por él —admitió con pesar—. Cuando lo miro, solo me dan ganas de darle de tortas.

Eso me hizo sonreír.

—He visto que tienen esas cosas que parecen bastoncillos gigantes para hacer batallas en el agua. Son para niños, pero seguro que consigo liarlo para que se meta en un día de juegos en el agua y así puedas sacudirle bien.

—¿Bastoncillos gigantes? —Era lógico que estuviera desconcertada.

—Creo que en realidad se llaman lanzas de justa, pero a mí siempre me recuerdan a los bastoncillos de los oídos.

—Ah, ¿te refieres a esos palos grandes con los extremos blandos que usan los niños para darse de palos?

—Exacto.

Se quedó callada unos segundos.

—Me lo pensaré.

—Buena idea.

Nos quedamos en un silencio agradable. Como quería conocerla mejor —una sensación muy extraña—, no pude dejar el tema de las películas de terror.

—Creo que se puede aprender mucho de una persona por sus películas de terror favoritas —insistí.

—¿Quieres que te diga mi película de terror favorita? Vale, Ghostface.

Me reí.

—No, quiero que las representes para que yo lo adivine.

Le solté la mano, con cierta reticencia, y señalé hacia el bosque.

—Acéchame y a ver si adivino quién eres.

Apretó los labios y levantó las cejas hasta el nacimiento del pelo, y me dio un vuelco el corazón. Era la expresión más adorable que había visto en mi vida.

—¿Quieres que lo haga yo primero? —pregunté.

—Quiero jugar —gimoteó—. Lo que no sé es si entiendo las reglas.

—No hay reglas.

Avancé por el sendero y me metí detrás de un arbusto grande.

—¿Qué haces? —preguntó en voz alta.

—Espera y verás.

Respiré hondo y salí de detrás del arbusto, separé un poco las piernas y me quedé mirando fijamente como un pasmarote. Cualquiera con dos dedos de frente se habría muerto de miedo.

Bella estalló en carcajadas.

—Michael Myers —dijo automáticamente.

Asentí.

—¿Ves? Es un juego fácil.

—¿Puedo volver a usar a Michael Myers si veo algo que me lo recuerde en otra película?

—Claro.

Era lo justo.

—Aunque preferiría que no diéramos por válidas las películas de Rob Zombie.

—¿A que fueron horribles? —soltó—. Da mucho más miedo cuando no conoces las motivaciones de Michael.

—Estoy de acuerdo. Me gustan algunas películas de Zombie, pero el rollo de la basura blanca no puede sostener todas las franquicias. Además, no tengo nada contra los tacos, pero en esas películas una palabra de cada dos era «joder», y acaba cansando.

—Hayley no lo aprobaría —se burló.

—A Hayley le implosionaría la cabeza. Me encantaría llevarla a ver una película de Rob Zombie solo para oírla gritar «¡esa boca!» quinientas veces en dos horas.

Bella se dobló de pronto por la cintura y estalló en carcajadas. El sonido tenía algo de mágico y me quedé clavado en el sitio, invadido por una oleada de calidez. Imaginé cómo sería oír esa risa todo el tiempo. Una ráfaga de imágenes me inundó la mente.

Bella y yo en el mercadillo de productos frescos.

Bella y yo subidos a uno de esos coches fúnebres descapotados, haciendo un recorrido turístico.

Bella y yo fisgoneando por uno de los cementerios.

Bella y yo tomando café con dónuts en un banco, mirando a la gente e inventándonos historias para cada persona que veíamos, cuanto más macabras, mejor.

Bella y yo en cenas románticas.

Bella y yo en la cama.

Tuve que sacudir la cabeza para espantar esos pensamientos.

¿De dónde habían salido? Yo no era de los de tener pareja, y todo aquello eran cosas de pareja.

Eran las cosas que Brody y Bree hacían los fines de semana y de las que se reían, cosas de las que yo me burlaba, aunque a ellos les diera igual.

De pronto tenía la boca seca y me di cuenta de que no la estaba escuchando. Ella no lo había notado, porque seguía despotricando de lo mucho que Rob Zombie había destrozado la franquicia de Halloween.

—¿A que sí? —preguntó cuando acabó de decir lo que estuviera diciendo.

No tenía ni idea de qué había sido, pero asentí de todas formas.

—Totalmente.

—Vale.

Miró a su alrededor.

—Juguemos.

Apretó los labios.

—¿Puedo describir cosas que obviamente no están aquí y que tú las adivines?

Entendí lo que proponía.

—Por supuesto. Vamos allá.

Se acercó a la hierba casi dando saltitos y señaló.

—Aquí hay una manta de pícnic y justo ahí una moto. Un capullo está pidiendo matrimonio con champán barato. Quiere que lo aplaudan, pero la chica pizpireta que va con él solo quiere mirarse el anillo.

Bella avanzó de puntillas hacia donde había colocado la manta y, al ver sus payasadas, me recorrió una oleada de calidez. Era lo menos intimidante del mundo, pero lo estaba dando todo.

—Viernes 13 —dije automáticamente.

—¿Cuál? —me desafió.

—La sexta, que resulta ser mi favorita de Viernes 13.

Se puso más recta.

—La mía también.

Sonreí de oreja a oreja. No me sorprendía, ahora que empezaba a conocerla.

—Es la más divertida.

—Sí. —Asintió con la cabeza—. Y es la única, aparte de las dos primeras, que tiene monitores de verdad en el campamento.

—Es la única con niños.

—Aunque sabes que los niños nunca corren peligro de verdad.

—Jason jamás mataría a un niño —coincidí.

—Ni a un perro.

—No, solo Michael mata perros.