12 Doce #2
Brody tenía los ojos como platos, y yo tuve que bajar la cabeza para no echarme a reír.
Obviamente, aquella conversación era una invención de principio a fin.
No era de extrañar que Nathan fuera tan bueno escribiendo las emociones de sus personajes.
Era capaz de acceder a una vena sentimental que a casi todos los demás les costaba un mundo encontrar.
A él, de algún modo, simplemente le salía.
—Qué bonito —arrulló Karen Kelly desde su sitio, justo enfrente de Preston.
Miraba a Nathan, así que no vio la mirada fulminante que le lanzó Preston.
—Me encanta escuchar historias así. Me da esperanzas de que algún día me pase a mí.
—Pues te pasará, sin duda —le aseguró Nathan—. Todo es cuestión de encontrar a la persona adecuada. Si yo iba dando saltos de una a otra era porque nunca había sentido esa chispa de conexión con nadie, hasta que apareció Bella. Y entonces… ¡bam!, fue como si me cayera un rayo.
Dio un golpe en la mesa y todo el mundo se sobresaltó.
—A la mayoría de la gente le cae un rayo y se muere —replicó Preston con sequedad.
—No todos —contestó Nathan, suave como la seda—. Los que sobreviven aprecian la vida de otra manera. Así es exactamente como me siento con Bella.
Me ardieron las mejillas cuando varios pares de ojos se volvieron hacia mí.
—Lo que ha dicho él —intervine en voz baja, y se me escapó una risita nerviosa—. Se le dan mejor las palabras que a mí. Lo siento.
—Es mi bomboncito tímido —convino Nathan, acariciándome la espalda—. Estamos trabajando para que se sienta más cómoda entre la gente. Por desgracia, eso forma parte del oficio. Nunca había tenido a nadie que la animara, así que lo considero mi misión principal.
Los ojos de Preston se entrecerraron hasta convertirse en dos rendijas de odio.
—Todo suena precioso. Demasiado bonito para ser cierto, la verdad.
Ese era el insulto más directo que iba a permitirse. Yo no dije nada. Por supuesto, no había terminado.
—¿Ya te ha aburrido hasta las lágrimas con sus conocimientos de cine de terror? —preguntó Preston, aunque sonó más a desafío.
Nathan no se inmutó.
—Esa es una de las cosas que nos unieron. O sea, yo escribo novelas de terror. ¿Cómo no iba a estar encantado de pasar el tiempo con alguien que adora las mismas cosas que yo?
—Pero… son conocimientos repugnantes —insistió Preston—. Una vez, en una cena, representó una escena en la que un asesino en serie metía a dos chicas en sacos de dormir y las golpeaba contra los árboles a la vez para matarlas.
Lo contaba como si yo hubiera sido quien las había matado delante de un público. La gente de aquella fiesta me había preguntado cuál era mi escena de terror favorita. Yo solo fui sincera.
—Sí, la peli de Jason en la que se va al espacio. —Nathan me dirigió una mirada cariñosa, y no había nada forzado en ella—. No habíamos hablado de esa película, pero ahora que sé que le gusta tanto como a mí, creo que ya sé qué vamos a ver esta noche como preliminares.
Se me escapó un sonido, algo así como un soplido, y me reí aunque no dejaba de repetirme que no pretendía ser gracioso. Estaba haciéndose el raro a propósito para sacar de quicio a Preston. Pero no pude evitarlo. Es que había algo en él.
—Las películas de terror son asquerosas —intervino Daisy sin venir a cuento—. Son misóginas y están llenas de sexo.
Bajó la voz para la segunda parte.
—¿Tú no escribes romance? —la desafió Bree.
—Romance limpio. —Daisy le lanzó una mirada de desprecio—. No todas escribimos porquerías para ganar cuatro duros.
La sonrisa de Bree fue feroz.
—Las que queremos ganar dinero, sí. —Le dirigió a Hayley una mirada de disculpa—. Perdona.
—No, es verdad. —Hayley abrió las manos—. Sé que ganaría más dinero si escribiera escenas de sexo. Es solo que siempre me imagino a mi madre mirándome con mala cara cuando intento visualizar cómo quedarían.
—Eso es porque tu madre probablemente era una buena mujer cristiana —dijo Daisy con aire de entendida.
—Cristiana, desde luego —coincidió Hayley—. La quería mucho. Pero buena no siempre era.
—Tiene gracia que escribas romance limpio cuando tus tetas van siempre en modo «mírame» —señaló Bree, poniéndose las manos delante del pecho para ilustrarlo.
—¿Perdona? —Daisy sonó escandalizada mientras se cruzaba los brazos sobre el pecho—. ¿Qué acabas de decir?
Preston carraspeó con la intención de cortar la discusión.
—No nos peleemos. Aquí hay sitio para todos. A cada uno le gustan cosas distintas. —Sus ojos se posaron en mí—. Me sorprende que no estés intentando escribir terror. ¿No era ese tu sueño de siempre?
Nathan me miró de reojo.
—¿Quieres escribir terror?
—Ah, bueno… —me encogí de hombros—. Algún día.
—Seguramente por eso te enamoraste «a primera vista» —apuntó Preston con aire de suficiencia, marcando las comillas con los dedos—. Serás un buen trampolín para su carrera.
Lo miré con furia.
—Yo jamás saldría con alguien, y mucho menos me casaría con alguien, solo porque pudiera ayudarme en mi carrera. Eso es insultante.
—Estuviste conmigo hasta que dejó de resultarte beneficioso.
Debería haberlo dejado pasar. Habría sido lo más inteligente. Pero estaba demasiado irritada.
—Estuve contigo hasta que llegué a casa y te encontré en la cama con la secretaria de tu padre, jugando al Choo-Choo Magoo —le espeté—. No me fui porque ya no pudieras ayudarme. Me fui porque eres una persona horrible.
Ya había hecho bastante. Debería haber cerrado la boca. Pero estaba lanzada.
—Y, además, tu excusa de que yo no era lo bastante aventurera en la cama era ridícula —continué, sabiendo incluso mientras lo decía que era un error—.
Eras malísimo en la cama, y la única razón por la que no querías acostarte conmigo es que intenté enseñarte (literalmente, una y otra vez, durante años) y seguías sin encontrar el clítoris.
Tampoco es que lo buscaras nunca, la verdad.
Un silencio sepulcral cayó sobre la mesa.
Enfrente de mí, Bree esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
Hayley apretó los labios —no tenía ni idea de si creía que «clítoris» era una palabrota— y parecía estar librando una batalla contra la sonrisa.
Brody tenía los ojos como platos.
A mi lado, Nathan sonreía como si acabara de hacerle el mejor regalo de Navidad del mundo. Me pasó el brazo por la espalda, me dio un apretón y bajó la voz.
—Vaya, eso sí que ha sido divertido —susurró.
—¿No crees que me he pasado?
Una mirada furtiva a Preston me bastó para saber que él sí lo creía. Y mucho. Muchísimo.
—Nada de eso. Ha sido justo lo que hacía falta.
Nathan alcanzó la cerveza con la mano libre.
—Eso ha estado genial, Bellarino.
Solté un suspiro.
—Me lo va a hacer pagar.
—No mientras yo esté delante, no.
Y, por raro que parezca, le creí.
Dos mesas más allá, Preston seguía sentado, echando humo.
En nuestra mesa, la conversación derivó hacia las películas de terror. Todos tenían una favorita que proponer, incluso Hayley.
Puede que decir lo que pensaba, algo que llevaba años callándome, no fuera tan mala idea después de todo.