12 Doce
DOCE
Nathan cerró las cortinas en cuanto volvimos y yo arqueé una ceja.
—¿Tienes algo en contra de la luz del sol?
Se rio y negó con la cabeza.
—No, para nada. Aunque quiero que Preston crea que estamos haciendo algo.
Se dejó caer a mi lado en el sofá y me pasó el brazo por los hombros.
—Enséñame algo bueno —ordenó.
Me quedé descolocada.
—¿Como qué?
¿Esperaba que me desnudara o algo así? ¿Era aquí donde iba a conocer al Nathan «auténtico»?
Pareció captar lo que me preocupaba.
—Déjate de tonterías —me advirtió—. No te estoy tirando los tejos. He pensado que podríamos ver vídeos graciosos para entretenernos.
Eso sí que me sorprendió.
—¿En serio? —La desconfianza seguía ahí, así que lo miré de reojo—. ¿Qué clase de vídeos?
—Porno, por supuesto —bromeó, negando con la cabeza—. Me gustan los vídeos graciosos de gatos.
—¿Tienes un gato?
—No, pero algún día me gustaría tener uno. También me gustan los vídeos de niños diciendo tacos. Tampoco tengo hijos, que quede claro.
—¿Pero algún día? —insistí.
La pregunta pareció dejarlo bloqueado.
—Creo que me gustaría tener un hijo —dijo por fin, como si le costara sacar las palabras—. Quiero ser mejor padre que el que me tocó. Aunque no es algo en lo que piense demasiado.
—Yo quiero ser exactamente como mi madre.
—Sí, ninguno de los dos tuvimos mucha suerte con los padres, ¿eh?
—Por lo que dices, el tuyo todavía anda por ahí.
—Más o menos. De hecho, quiere venir a visitarme.
—¿Y por qué no pareces muy contento con eso? —Sentía verdadera curiosidad.
—Porque es muy crítico. No creo que quiera serlo, ni que se dé cuenta de que lo es. Pero lo es, y yo he dejado de intentar que apruebe mis decisiones.
—Siento que sea así. Sé lo que es eso. —Pensé en Preston y fruncí el ceño—.
Y que quede claro: tú me pareces bastante genial.
Cuando me mudé a Savannah oí historias de terror sobre ti: la gente me avisaba de que pasabas de una mujer a otra como si fueran pañuelos de papel, pero a mí no me pareces tan malo.
Su sonrisa fue pura picardía.
—Puedo tirarte los tejos, si quieres odiarme.
—Me parece bien cómo están las cosas. —Saqué el móvil—. Resulta que a mí también me gustan los vídeos de niños diciendo tacos. Busquemos unos buenos.
Se acomodó a mi lado.
—Me parece un buen plan.
DOS HORAS DESPUÉS, YA ME HABÍA ARREGLADO y estaba lista para la cena.
—¿Qué crees que habrá encargado al cátering? —preguntó Nathan. Llevaba los mismos pantalones cortos caqui y el mismo polo de antes, pero se había revuelto el pelo.
—¿Y eso a qué viene? —pregunté, señalándolo.
—Quiero que piense que alguien me ha estado metiendo los dedos en el pelo.
—Ah. —No le di muchas vueltas—. Eres bueno en esto.
—Simplemente tengo una mente diabólica. Pero va en serio lo de la comida. Me parece el tipo de tío que intentaría encargar sushi en medio del bosque.
Hice una mueca.
—Le encanta el sushi.
—¿A ti no?
—Es pescado crudo. Eso no es comida.
Su sonrisa me dijo que estaba de acuerdo, y entonces vaciló.
—Espera… No creerás que intentaría encargar sushi aquí para demostrar lo importante que se cree y, a la vez, hacerte infeliz, ¿no?
—Si pudiera salirse con la suya, lo intentaría. Aunque una vez su padre le echó una bronca por intoxicar a los invitados. —Imité la voz de Preston Martin Charles II a la perfección—. «Vomitar a chorro no es elegante, digas lo que digas». Nunca volvió a poner sushi en una de sus fiestas.
—Ah. Por una vez, un padre gilipollas resulta útil —comentó Nathan con sorna.
—¿A que sí? —asentí—. Es mucho más probable que nos encontremos con sándwiches enanos y ensaladas de acompañamiento.
Nada de patatas fritas ni nada parecido.
—Lo dije en tono de disculpa, aunque no fuera culpa mía—.
También intentará colar algo tipo champiñones rellenos y pastelitos como aperitivo, porque no podrá contenerse.
—¿Nos racionará los sándwiches?
—No. Si quieres diez, puede que te mire de reojo. Pero nunca diría nada. —Me lo pensé mejor en cuanto las palabras salieron de mi boca—. Bueno, en realidad puede que haga algún comentario sobre tu apetito.
—Ah, con eso cuento. —La expresión de Nathan se volvió lobuna—. Me muero por contarle el apetito que me has despertado.
Me detuve con la mano en el pomo de la puerta.
—¿No crees que dudará de ti si cargas demasiado las tintas?
—Para nada. No podrá ver más allá de su propia rabia. No me conoce. Te garantizo que ha investigado mi reputación.
—Y habrá visto que eres un perro, así que dará por hecho que vas a hacerme lo mismo a mí.
—Eh… nunca le he dado un anillo a nadie más.
Arqueé una ceja, dubitativa.
—Es verdad. Todo perro acaba con correa. Le va a dar rabia que hayas sido tú quien me ha puesto la correa.
—Es una forma rarísima de ver las cosas.
—Pero ¿me equivoco?
—No.
Era la verdad. Nathan parecía tener clarísimo cómo irritar a Preston. Y además se le daba bien.
—Le vas a tocar todas las teclas, y no va a ser capaz de ver nada más allá de eso.
—Eso es exactamente lo que busco.
Sonreí de oreja a oreja.
—Me hace bastante ilusión verte en acción esta noche.
—Oh, va a ser glorioso —convino—. Espera y verás.
—Tengo ganas de verlo.
TENÍA RAZÓN SObrE LA CENA. PRESTON había encargado siete tipos distintos de sándwiches, tres tipos distintos de ensalada de pasta y ocho tipos distintos de entrantes calientes. Nada de aquello por separado era una comida completa. Sin embargo, todo junto estaba bastante bien.
—¿Te gusta el rosbif? —preguntó Nathan, con la rodilla bien pegada a la mía; estábamos sentados a una mesa de picnic con Brody, Bree y Hayley.
Asentí.
—¿Por qué?
—Solo preguntaba.
Nathan me metió en la boca un sándwich pequeño de rosbif.
Di un mordisco enorme por puro reflejo.
—¿Qué te parece mi carne? —preguntó con una voz que llegó dos mesas más allá, donde estaba sentado Preston con varias mujeres, entre ellas Daisy Freeman, que parecía un poco embobada con mi ex.
Mastiqué metódicamente y tragué.
—Está buena —respondí—. Me gusta más que el jamón.
El comentario iba con intención, pero él solo sonrió aún más.
—El jamón también te gusta.
Se metió en la boca el resto del sándwich de rosbif y, deliberadamente, centró la atención en Preston por primera vez desde que nos habíamos sentado, casi treinta minutos antes.
Hasta ese momento se había esforzado por hablar con todo el mundo menos con él.
Un escalofrío me recorrió la espalda al ver el brillo de intención en sus ojos.
—Y dime, Preston, ¿cómo acabaste metido en la promoción de libros? —preguntó, con un tono más curioso que diabólico—. Es un nicho bastante específico. Bella me contó que eras agente inmobiliario. Vaya salto.
Bajé la vista al plato, rápido, y me negué a levantar la barbilla.
No había nada de malo en ser agente inmobiliario, por supuesto.
Era una profesión digna y sólida. Preston, en cambio, prefería llamarse promotor inmobiliario.
Nunca podía conformarse con la explicación mundana cuando había algo más grande que proclamar.
—Soy promotor inmobiliario —corrigió Preston de inmediato, y yo tuve que morderme el interior de la mejilla. Lo había visto venir.
—¿Hay alguna diferencia? —Nathan frunció el ceño—. ¿No facilitas la venta de inmuebles?
—También participo en el desarrollo.
—Ah. —Nathan asintió con la cabeza, afable.
Era un auténtico maestro a la hora de desquiciar a la gente. No pude evitar preguntarme si habría pulido la técnica con su padre. Era mi mejor apuesta.
—¿Qué edificios has promovido? He investigado bastante sobre la arquitectura de Boston, siempre ha sido una afición mía, y me encantaría saber en cuáles has participado.
Me quedé pasmada. ¿Que había investigado sobre la arquitectura de Boston? Tenía que ser mentira. Estaba intentando irritar a Preston. Era la única explicación.
—Ah, bueno, en realidad no los promuevo yo —titubeó Preston—. Les digo a otros promotores cómo pueden desarrollarlos.
—Sigue estando guay —le aseguró Nathan—. ¿Y qué edificios has inspirado?
Preston parpadeó. Y volvió a parpadear. No había nada que odiara más que verse acorralado después de haber fanfarroneado. En lugar de responder, volvió los ojos hacia mí.
—Y bueno, ¿cómo os conocisteis vosotros dos?
—En una de las primeras reuniones de los eventos de autores —respondí, de pronto incómoda. No era mentira. Pero ¿cómo iba a decirle que nos habíamos conocido el mismo día en que él había vuelto a aparecer en mi vida? Eso habría delatado que nos traíamos algo entre manos.
—Ah, qué bien. —Preston hizo como si se alegrara por nosotros—. ¿Fue amor a primera vista?
—Por mi parte, sí —respondió Nathan antes de que yo pudiera decir nada—. La miré una sola vez y me convertí en un personaje de dibujos animados de la Warner Brothers. Me salió vapor por las orejas y corazones por los ojos. Nunca había tenido una reacción así.
Varias de las autoras de la mesa de Preston se llevaron las manos al corazón. Vamos, que si eso de que te salten corazones por los ojos existiera de verdad, es lo que les estaría pasando en ese momento.
—Qué interesante —replicó Preston con voz melosa. Creía que estaba a punto de ganarle la partida a Nathan. Se le notaba—. Dada tu reputación (por cierto, eres todo un donjuán), habría pensado que estabas por encima de todo eso.
Nathan apretó los labios.
—No voy a mentir. —La sinceridad prácticamente le goteaba de los labios—.
No estaba buscando a nadie cuando Bella y yo nos conocimos.
Aunque a veces esas cosas no se pueden controlar.
Le comenté a Brody que había sentido algo por ella desde el primer momento y que me parecía extraño. Me dijo que me lanzara.
»Se ha vuelto bastante sentimentaloide desde que se enamoró de Bree —continuó, sin perder el ritmo—. Dijo que cuando algo es lo correcto, es lo correcto. Que algo dentro de ti reconoce esa chispa en la otra persona. Y encaja con la de esa persona.