11 Once #2
—No pasa nada. —Se rio de mi incomodidad—.
No te lo estoy echando en cara, créeme. Ojalá yo hubiera tenido algún devaneo más en la universidad.
Dejé que Preston me conquistara demasiado pronto.
Él… me ofrecía todo lo que yo creía que quería.
Lo puso todo sobre la mesa. Me dijo que me quería a los cuatro meses.
Después me di cuenta de que tenía un calendario para esas cosas, pero en aquel momento me lo tragué.
—Te bombardeó de amor —supuse.
Abrió la boca, la cerró e inclinó la cabeza mientras lo meditaba.
—Sé lo que significa esa palabra, y no es exactamente correcta. Tampoco es del todo falsa, y eso me hace sentir estúpida por haber caído.
—No hagas eso, Bella.
Volví a cogerle la mano y el cosquilleo me recorrió por segunda vez. ¿Qué narices me pasaba? Me obligué a ser sincero al mirarla.
—No hiciste nada para merecer lo que te hizo. Te fichó como alguien a quien podía manipular desde el primer momento.
—¿Y eso no dice algo malo de mí?
—No.
En eso era tajante.
—Tu único defecto es que te fías demasiado de la gente. Mi madre era igual, así que lo entiendo. La gente se aprovecha de tu buen corazón. La cuestión es que es imposible desear que ese buen corazón no exista. Solo tienes que aprender a identificar mejor a quienes lo usarían en tu contra.
—Seguí con Preston años después de saber que era un error. No conseguía marcharme.
—Porque tenías miedo, no porque lo quisieras.
—Ah, ahora, visto en perspectiva, me doy cuenta de que nunca lo quise. Eso es lo que más fastidia.
—Vamos a solucionarlo.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Me encogí de hombros.
—Puede que sea un optimista.
—No me pareces un optimista.
—Soy mucho más optimista que tú.
—Eso no es decir gran cosa.
Me reí de su expresión lúgubre, le solté la mano y le di una palmadita en la rodilla.
—Vamos. Echemos un vistazo al camping. Quiero ver con qué estamos lidiando.
—¿Y luego?
—Y luego trazaremos un plan de ataque contra Preston.
—Lo haces parecer muy fácil.
—Va a ser fácil. Ese tío está acostumbrado a que la gente se le rinda a los pies. Cuando vea que con nosotros no funciona, se irá frustrando cada vez más hasta que acabe montando el numerito en público y quede en evidencia.
—¿De verdad crees que lo hará?
—Sé que lo hará.
Resopló.
—Vale. Vamos a echar un vistazo al camping. Sigo pensando que todo esto es rarísimo.
—Es una locura, sí. Pero ya estamos metidos en el ajo. Además, creo que aquí puedo escribir mucho. Solo es un mes. Igual hasta salimos ganando.
—Supongo. —No parecía convencida—. Aunque probablemente tendré que hacer escapadas de compras con regularidad. No se lo digas a Bree.
—Seré una tumba.
EL CAMPING ERA MÁS GRANDE DE LO QUE había imaginado.
Un sendero daba la vuelta completa al lago, que no era demasiado grande, pero sí de un tamaño decente para cosas como el káyak o la natación.
Charlamos mientras caminábamos, de películas y de libros.
Nos gustaban muchas de las mismas cosas.
Ella se mostraba abierta y entusiasmada al hablar conmigo, y me descubrí arrastrado por su energía.
Todo ese entusiasmo se apagó cuando llegamos al gran foso de la hoguera, donde Preston estaba con otros autores de nuestro grupo.
Reconocí sus caras de eventos en varios restaurantes y bares, y no me sorprendió que pareciera haberse pegado a Daisy Freeman, una autora muy joven y recíén llegada que había causado sensación en el romance contemporáneo el último año.
Daisy solo tenía veintidós años y era pechugona.
Y lo sabía. Todas las camisetas que llevaba tenían escote en pico, y su delantera era impresionante.
Nunca diría lo contrario. Era bastante simpática, al menos en apariencia, pero había algo en ella que no me gustaba.
Ni siquiera había intentado tirarle los tejos, lo cual era inaudito en mí.
Como mínimo habría flirteado con ella por puro reflejo.
Pero nunca lo hice. Me parecía manipuladora, como si nos estuviera poniendo a todos en fila con algún fin concreto.
No sabía precisar por qué no me gustaba.
El hecho de que soltara risitas de colegiala mientras Preston le daba coba solo me la hizo caer peor.
—Ahí estáis —bramó Bree, que nos obsequió con una sonrisa radiante—. ¿Ya habéis terminado de magrearos a gusto al otro lado del lago, lejos de miradas indiscretas?
A mi lado, Bella se tensó. Yo, sin embargo, reconocí lo que Bree estaba haciendo y respondí a su sonrisa con otra mía. Todo era puro teatro, para sacar a Preston de sus casillas.
—Lo hemos pasado muy bien —confirmé, y le cogí la mano a Bella.
Sus dedos se entrelazaron con los míos de forma automática y, por un momento, me desconcertó lo bien que encajaba aquello.
Nunca había sido muy de ir de la mano. Jamás me había parecido importante.
Allí solo lo hacía por las apariencias. Y, sin embargo, de algún modo me gustaba llevar a Bella de la mano.
Me gustaba porque era menudita y vulnerable, decidí. Me sentía protector con ella. Tenía que ser eso, ¿no? No podía ser otra cosa. Y aunque me repetía que no era para tanto, una parte de mí —una parte más grande de lo que me resultaba cómodo admitir, incluso ante mí mismo— no se lo tragó.
—¿Cuál es el plan para la cena? —pregunté, desesperado por darme algo en lo que concentrarme que no fuera lo mucho que me gustaba llevar a Bella de la mano.
—He encargado comida para dentro de dos horas —respondió Preston, que centró toda su atención en mí. Su mirada tenía un filo cortante. Me odiaba de verdad.
«Bien, colega. Es mutuo».
—Genial. —Le di un pequeño tirón a la mano de Bella—. Vamos a volver a la cabaña a deshacer el equipaje. Nos vemos en la cena.
—Pasadlo bien —canturreó Bree con su sonsonete habitual—. No hagáis nada que yo no haría.
Brody miró a su prometida con adoración.
—Tú harías cualquier cosa.
Ella se encogió de hombros.
—Eso es lo que he dicho.
Los despedí con la mano y me negué a mirar a Preston. Él quería ser el centro de mi mundo, instalarse en mi cabeza sin pagar alquiler. No pensaba darle ese gusto. Por nada del mundo.