El camino correcto (Escribir lo correcto 2) 11 Once
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—¿Ves? Está bien —le dije a Bella mientras ella se sentaba en el mueble rústico que hacía de sofá.

Las patas y los brazos los habían hecho con lo que parecían ramas de árbol, y los cojines iban aparte. Era viejo y con pinta de estar lleno de bultos. Para sentarse serviría. Para dormir, en cambio, estaba descartado.

Bella seguía agarrando con fuerza el asa de la maleta.

—Creo que esto es una idea malísima —admitió.

—¿Por qué?

En lugar de discutir con ella, iba a desmontar todas sus objeciones. Arrastré la maleta hasta lo que allí llamaban cómoda —no había armario a la vista— y empecé a deshacerla.

La cabaña eran básicamente dos espacios.

La zona del dormitorio, con la cama y la cómoda, ocupaba una mitad.

La cocina diminuta y la zona de estar, la otra.

El baño era del tamaño de un sello de correos e incluía un váter y un lavabo tan pegados el uno al otro que podías cepillarte los dientes sentado en el váter sin apenas inclinarte.

En la ducha solo cabía una persona, no es que yo tuviera la menor intención de meter a nadie más ahí dentro. Habría sido ridículo.

—Preston lo sabe —insistió ella—. Nos ha puesto en la misma cabaña porque pensaba que yo me negaría a compartir espacio contigo.

—Y no te negaste, así que ahora se está cuestionando todo lo que daba por hecho —señalé—. Eso nos viene bien.

—Supongo.

Se apretó la frente con la base de la mano y la dejó ahí.

—¿Y si de verdad se pone a merodear para espiar por las ventanas?

—Hay cortinas —le recordé—. No es para tanto. Las cerraremos por la noche. De todas formas, pienso hacerlo para no provocar a los demás autores cuando lleguen. No voy a repartir entradas gratis para el espectáculo de los bíceps.

Flexioné los brazos y le di un beso a cada bíceps para enfatizarlo mientras Bella me lanzaba una mirada asesina.

—Ha sido increíble —dijo al fin, y estalló en carcajadas—. No me puedo creer que acabes de hacer eso sin que se te escape la risa.

Era el estrés el que hablaba, así que lo que yo quería era aliviarle la ansiedad. Por eso me dejé caer en el sofá a su lado y le tomé la mano.

—Escucha, él sabe exactamente cómo meterse en tu cabeza. Lo estaba haciendo antes incluso de que tú te dieras cuenta.

—¿Hoy? Estoy bastante segura de que hoy iba a por mí desde el primer minuto.

—No me refiero a eso.

Negué con la cabeza, muy serio.

—Desde el momento en que te conoció en la universidad. Vio en ti algo que quería y empezó a moldearte enseguida para que encajaras en su vida. Las cosas no deberían funcionar así.

Soltó el asa de la maleta y se echó hacia atrás, con la cabeza apoyada en el cojín mientras me miraba.

—¿Crees que me eligió como objetivo en la universidad? ¿Por qué iba a hacerlo? Yo era una chavala bohemia que estaba allí con una beca parcial. No tenía nada de especial.

—Claro que sí, Bella.

¿Cómo podía no verlo?

—Tienes una luz interior. Puede que hayas perdido la capacidad de verla —y de eso lo culpo a él—, pero la tienes. Y a mí me gusta muchísimo, la verdad. Es como tener al sol por amigo.

—No soy ninguna chica rayito de sol —dijo, tajante.

—Para mí lo eres.

—Pero…

—Te eligió porque quería aprovecharse de haber crecido en un mundo distinto al tuyo —insistí—. Tú te quedabas fascinada con las historias que contaba. Eso le dio la ventaja.

—Lo que dices es que fui ingenua.

—Eso no es necesariamente malo. Creer en la gente, tener fe, son cualidades maravillosas. Por desgracia, son el tipo de cualidades de las que la gente se aprovecha. No es justo para ti, ni un poquito, pero él sigue intentando sacarle partido a esa ventaja.

—No voy a permitir que lo haga.

—Nosotros no vamos a permitir que lo haga —puntualicé—. Eres fuerte, es evidente, pero va a intentar atravesar tus defensas para darte el golpe de gracia. Tienes amigos que quieren ayudarte. Déjanos.

—¿Cómo?

Parecía tan pequeña sentada a mi lado en el sofá.

—¿Cómo vamos a arruinarle esto hasta el punto de que no quiera volver a conocer a otro autor en su vida?

Me reí de cómo lo había planteado.

—¿Ves? Ahora sí que vamos bien.

Le apreté la mano. Ella ni se había dado cuenta de que la tenía cogida.

Al menos eso creía yo. Cada vez que la tocaba me recorría un cosquilleo.

Era solo porque era mona, me dije. No estaba interesado en ella en ese sentido.

Simplemente no me gustaba que la gente se aprovechara de otra gente, que era exactamente lo que ese tipo intentaba hacer con ella.

Y eso no lo iba a tolerar.

—Tenemos que mostrarnos algo cariñosos por el campamento —le dije—. Sé que puede resultar raro, muy, muy raro, pero si se queda aquí, nos va a estar vigilando sin parar. No puedes ponerte incómoda cuando estés conmigo.

—Entonces… ¿nos cogemos de la mano? —preguntó, y arrugó la delicada nariz.

—Entre otras cosas —confirmé.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Qué otras cosas?

—Nada que te haga sentir incómoda —le aseguré—. No es eso lo que quiero.

—¿Entonces nada de besos?

—Da la casualidad de que beso de maravilla.

—Pero eso es demasiado personal.

—Vale, pero si nunca nos besamos… ni en la mejilla ni en la mano…, eso va a hacer que sospeche.

—¿No crees que es un terreno resbaladizo? —replicó ella—. Si empezamos a besarnos de cara a la galería, ¿no acabaremos besándonos de verdad?

Solté un bufido ante la idea.

—No te lo tomes a mal, porque eres una monada, pero yo no busco una relación. Y tú tampoco, está claro. Todavía estás intentando superar lo que te hizo.

Ella se irguió.

—Lo he superado.

Lo dijo con tal determinación que me dieron ganas de premiarla, de decirle que era más fuerte de lo que creía. Pero no lo había superado.

—Te da repelús —señalé—. Se te nota siempre que lo tienes cerca. Y él también lo ve. Por eso aprieta como aprieta.

—Si sabe que me da repelús, ¿por qué demonios iba a fingir que quiere que vuelva con él?

—Porque para él es un juego. Creo que puede que siempre lo haya sido.

Ella se quedó callada, pensándolo.

—Justo cuando nos conocimos en la universidad, había un chico que se llamaba Jake. Éramos amigos, los dos nos interesábamos por el arte y él siempre me animaba a probar con técnicas distintas.

—No sabía que fueras artista.

Por alguna razón, aunque era ridículo sentirse así, me entraron ganas de viajar en el tiempo y darle un bofetón a Jake. Puede que fuera un buen tío —era evidente que Bella lo creía—, pero no la merecía. Puede que nadie la mereciera.

—Me gusta trastear con esas cosas. —Sonrió, como si recordara algo divertido—.

No ha habido una sola moda de manualidades a la que mi madre no se haya entregado en cuerpo y alma.

Eso incluye el decoupage, las pulseras de la amistad de Taylor Swift, los libros de colorear para adultos y el arte con cintas.

—¿Qué es el arte con cintas?

—Nada que pueda interesarle a un chico.

—Vale. —Tragué saliva y seguí adelante, aunque no me apetecía nada hablar de Jake—. ¿Y ese Jake era artista?

—Sí. Y muy bueno, además. Tenía ese rollo de chico skater que le funcionaba.

Pues sí, a ese tío lo odiaba sin ninguna duda, sobre todo por la sonrisa que le dibujaba en la cara.

—Flirteamos un poco, pero no fue nada serio —continuó ella—. Era una de esas cosas de «a lo mejor pasa algo» que surgen en la universidad. ¿Sabes de qué te hablo?

—No mucho. Yo me acostaba con todo el mundo en la universidad y a las pocas semanas pasaba a otra cosa.

—¿Por qué no me sorprende?

Me encogí de hombros.

—Por algo tengo la reputación que tengo.

—Sí, he estado leyendo sobre tu reputación. —Le brillaban los ojos—. ¿Sabes que hay hilos enteros dedicados a ti en los grupos de escritura de internet?

—¿En serio?

Me recorrió una oleada de satisfacción.

—¿Y qué dicen?

—¿De verdad quieres saberlo?

—Sí, sobre todo si alaban mi destreza sexual. —Entrelacé los dedos y estiré los brazos hasta que me crujieron—. Dispara.

—En ese frente sí que tienes buena fama —reconoció ella—. La gente dice que sabes lo que haces.

Mi sonrisa se volvió perezosa.

—Eso ya me gusta más.

—También dicen que eres emocionalmente inmaduro y que das por sentado que todo el mundo quiere algo a largo plazo contigo, aunque solo te propongan tomar un café a la mañana siguiente.

Me quedé helado, sin saber muy bien cómo se suponía que debía reaccionar.

—Vaaale. —Alargué la palabra.

—No todas las mujeres quieren una relación contigo —explicó con tono paciente—.

Vamos, yo entonces no quería una relación con Jake.

Podríamos haber tenido un rollo y seguir siendo amigos después.

Eso es posible, y estás cortando el contacto con un montón de autoras si te acuestas con ellas y luego no vuelves a hablarles nunca.

—No es que no vuelva a hablarles nunca —protesté, pues el retrato que estaba pintando no me gustaba nada.

—Dime el nombre de una autora con la que hayas tenido uno de tus infames rollos de una noche y con la que sigas en contacto —dijo ella—. Te espero.

La presión era insoportable.

—Yo… no se me puede pedir que rinda bajo demanda —dije al fin—. Seguro que hay alguien.

Por mucho que lo intenté, por mucho que me devané los sesos, no había nadie.

—No me gusta este juego.

Me crucé los brazos sobre el pecho y solo entonces me di cuenta de que le había soltado la mano.

—No tienes nada de malo, Nathan —me aseguró ella—.

Dejas claras tus intenciones y no es que vayas detrás de niñas.

Vamos, si es lo único en lo que todo el mundo está de acuerdo.

Nunca vas detrás de nadie menor de veinticinco años o así.

No buscas chicas jóvenes a las que poder manipular.

Tienes tus devaneos con mujeres que saben perfectamente dónde se meten.

Aquello parecía una trampa.

—Es solo que no estoy listo para una relación.