El camino correcto (Escribir lo correcto 2) 10 Diez #2
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10 Diez #2

Vale, ahora se estaba adentrando en terreno peligroso.

¿Y si Preston hacía demasiadas preguntas sobre ese viaje?

Enseguida me di cuenta de que eso no iba a pasar.

A Preston no le importaba absolutamente nada de mi vida.

Solo quería ganarle a Nathan. Y a mí, en realidad. Esto era cuestión de ganar, no de amor.

—Todo un nido de pasión, ¿eh? —Solté una risa falsa al recordarlo—. Dejamos espuma por todas partes.

—No tenía ni idea de que los chorros fueran a hacer tanta espuma.

¿Para qué ponen espuma de baño si va a armar semejante desastre, eh?

—Le dedicó a Preston un movimiento de cabeza del tipo «¿qué le vas a hacer?

»—. Estábamos desnudos, resbalando por todo el baño, intentando escapar.

No dejábamos de chocar el uno contra el otro, con la espuma volando por todos lados…

y todo lo demás también, si sabes a qué me refiero.

Me ardían las mejillas y tuve que bajar la mirada. ¿Por qué había tenido que descarrilar tanto la historia?

—Parece un viaje divertido —dijo Preston con rigidez.

—Sí, desde luego —convino Nathan. Mantuvo el brazo sobre mis hombros—. Por cierto, no me queda claro cómo va a funcionar todo esto. Los detalles eran muy vagos.

—Cierto. —Preston parecía entusiasmado de tener otro tema de conversación—. Los lectores vienen en intervalos semanales. No se alojan en las cabañas. Esas están todas ocupadas por autores.

»No se espera que os quedéis aquí toda la semana, cada semana, durante un mes —continuó.

—Bien, porque eso no iba a pasar de ninguna manera. —Nathan sonrió, pero no había nada amistoso en aquel gesto.

—Los lectores vienen los fines de semana —continuó Preston—. Habrá eventos solo para ellos, incluidos yoga y círculos de lectura. Acamparán en sus propias autocaravanas o en tiendas, en ese lado del camping. —Hizo un gesto vago.

»Luego, los viernes y los sábados, vosotros estaréis disponibles para las comidas y las grandes hogueras con los lectores. Se espera que interactuéis con ellos durante unas horas, y eso es todo.

Nada de aquello tenía sentido para mí. Probablemente porque lo había organizado un tío que no tenía ni idea de cómo se suponía que funcionaban los eventos de autores.

No se había lanzado a organizar una experiencia innovadora para autores y lectores.

Había tomado el mando para torturarme. No solo no tenía ningún interés en que esto saliera bien, sino que únicamente estaría contento si todo acababa conmigo hecha un mar de lágrimas, siguiéndolo mansamente de vuelta a Boston.

Bueno, eso no iba a pasar.

—¿Y el resto del tiempo? —preguntó Bree—. O sea… ¿tienes estas cabañas reservadas para nosotros un mes entero, pero no hace falta que nos quedemos aquí salvo los fines de semana? ¿Eso es lo que dices?

—No tenéis que hacer nada —replicó Preston—. Técnicamente no soy vuestro jefe. —Lo dijo de un modo que daba a entender que aquello le decepcionaba—. Sin embargo, las cabañas son vuestras durante un mes completo. Pensé que alejarse de todo haría fluir la creatividad.

—Pero cuando dices que estamos «alejados de todo», lo dices muy en serio —rebatió Bree—. Estamos lejos de los buenos restaurantes y del buen café. Estamos lejos de los dónuts.

—Le encantan los dónuts, es cierto —convino Brody—. Pero podemos ir al pueblo, Bree. Podemos organizar un par de escapadas a la semana.

Bree le lanzó una mirada severa.

—¿Me estás diciendo que te gusta la idea de quedarnos aquí el mes entero?

Estaba horrorizada.

—No el mes entero —le aseguró él—. Pero aquí se está tranquilo. Creo que podré sacar mucho trabajo adelante.

—Pero…

—Puedes coger el coche e ir al pueblo cuando quieras —dijo él—. De hecho, podéis hacerlo todas las chicas.

—Sí —dijo Preston con solemnidad mientras juntaba las manos ante él—. A las mujeres les gusta ir de compras. No se les puede privar de esa opción.

Bree lanzó una mirada asesina en dirección a mi ex.

—Sí, eso es lo que haremos. Ir de compras, porque somos unas mujercitas tontas.

Estaba claro que Preston no percibió el peligro en su tono.

—Lo que os haga felices. —Sus ojos se posaron en mí—. Supongo que las cabañas están bien, ¿no?

Ahora que se había dado cuenta de que no iba a conseguir la reacción que buscaba, se aburría.

—Están genial —respondí—. Bueno, todavía no hemos visto el interior, pero seguro que están bien.

—Perfecto. —Preston sacó tres juegos de llaves—. Que lo paséis bien.

Se marchó con paso airado hacia el edificio de administración, sin duda para lamerse las heridas y tramar otro plan.

—Bueno, eso ha sido divertido —dijo Nathan mientras me soltaba—. Ese tío es facilísimo de manejar.

—¿A que sí? —Bree no parecía ni de lejos tan contenta con cómo habían ido las cosas—. A las mujeres les gusta ir de compras. Ji, ji, ji. Qué mujercitas tan tontas.

—Ay, madre —soltó Brody—. Va a convertir esto en una cruzada.

—Ya es una cruzada —le aseguró Bree—. No tienes ni idea.

Brody suspiró, pero una leve sonrisa le asomaba en las comisuras de los labios.

—Lo que te haga feliz, cariño.

¿Cómo podían estar tan tranquilos con todo esto? No me entraba en la cabeza.

—Vamos a tener que compartir cabaña —le dije a Nathan—. Te das cuenta de que eso significa que probablemente solo haya una cama ahí dentro, ¿verdad?

Nathan extendió las manos.

—Seguro que hay un sofá. Yo dormiré ahí.

—De ninguna manera. —Negué con la cabeza con vehemencia—. Eres demasiado alto. Ahí no vas a estar cómodo ni de broma. Además, no estarías metido en este lío si no fuera por mí. Yo seré la que duerma en el sofá.

Parecía querer discutir, pero no lo hizo.

—Eso lo resolveremos más tarde. ¿Qué tal si metemos nuestras cosas en la cabaña, nos familiarizamos con el terreno y buscamos unas técnicas para que lo lleves mejor, eh?

No esperaba que dijera eso.

—¿Técnicas para llevarlo mejor?

—Tienes una de esas caras que reflejan todas y cada una de tus emociones. Tienes que aprender a poner cara de póquer.

—Yo creía que lo había hecho bien —protesté.

—Lo has hecho bien. Es solo que… ese tío te incomoda profundamente. —Estaba claro que decir aquello incomodaba a Nathan—. Voy a enseñarte cómo trato yo a mi padre. Nunca sabe lo que siento de verdad por él.

—Un padre siempre lo sabe —repliqué.

—Bueno, vamos a trabajarlo de todas formas.

—Nathan señaló la última cabaña de la fila—.

Creo que lo mejor es que cojamos esa. Así, si a Preston el Capullo se le ocurre fisgonear, tendrá que pasar a escondidas por delante de otras dos cabañas para hacerlo.

Puede que eso lo disuada de espiar demasiado.

Me quedé de piedra.

—¿Crees que va a asomarse a nuestras ventanas o algo así?

—Hay cortinas. —Las señaló—. Las veo desde aquí. Nos aseguraremos de cerrarlas por la noche.

Todo se estaba descontrolando a una velocidad vertiginosa.

—Pero…

—Vamos. —Hablaba con firmeza—. Necesitas relajarte.

Y yo necesito comprobar cómo está el tema de la ducha, porque si no tengo una presión de agua decente, me voy a derrumbar como una mujer que no encuentra una zapatería.

—Le dedicó a Bree una amplia sonrisa para que supiera que estaba de broma—.

Todo va a ir bien —me aseguró—. Yo puedo con esto.

Y tú también. Haremos que Preston Martin Charles III se arrepienta de habernos conocido.

—Eso lo vamos a hacer sin duda —convino Bree—. Lo estoy esperando con ganas.

Me obligué a soltar el aire.

—Espero que tengáis razón. Ahora mismo parece muy decidido. Más decidido de lo que lo he visto jamás.

—Ha encontrado la horma de su zapato —dijo Bree—. Créeme. Puedo ser muy mala cuando quiero.

—No miente —dijo Brody—. Estamos todos contigo en esto, Bella. Tú no te agobies. Si pasa algo, lo resolveremos entre todos.

Aquello sonaba más fácil de decir que de hacer.