10 Diez
DIEZ
Ya había ido de acampada antes, por supuesto.
A mi madre le encantaban las excursiones que le permitían bailar bajo la luna llena con un vestido vaporoso.
En esas excursiones siempre había alcohol, para los adultos.
A los niños nos metían en tiendas aparte y jugábamos hasta que se hacía de noche.
Luego nuestras madres nos hacían ponernos collares fluorescentes para poder contar cabezas en la oscuridad y dejarnos seguir jugando hasta bien entrada la noche.
Nos quedábamos junto al fuego, preparábamos s’mores y nos atiborrábamos de azúcar hasta volvernos prácticamente salvajes.
Después corríamos de un lado a otro hasta quemar todo ese azúcar y caíamos redondos hasta la mañana siguiente.
Era muy fan de los desayunos junto al fuego, con los adultos medio dormidos echándonos huevos y patatas en los platos. Luego nos mandaban otra vez a jugar.
No había nada mejor que una buena acampada. Este camping, sin embargo, era diferente.
—Qué lujo —comenté mientras echaba un vistazo a las cabañas repartidas a lo largo de la orilla.
El lago era pequeño, pero el conjunto formaba una escena muy bonita: mesas de pícnic junto al agua, redes de voleibol, un parque infantil y mesas de todo tipo repartidas por la sombra, cada una un buen sitio para escribir.
Si llegaba a tener la oportunidad de escribir, claro.
Todavía no sabía cómo iba a salir todo aquello.
—Sí que está bien —coincidió Bree.
No habíamos venido en el mismo coche, pero ella y Brody llegaron justo cuando yo aparcaba, así que nos acercamos juntas a echar un vistazo al camping antes de coger nuestras cosas. Por si surgía algún problema. Aunque no daba la impresión de que fuera a haber ninguno.
—Yo no soy de naturaleza, pero esto no está mal.
Le sonreí de oreja a oreja.
—¿No te gusta la naturaleza?
—Ni lo más mínimo —se estremeció sin poder evitarlo—. ¿Sabes esas series posapocalípticas en las que la gente se pasa años, o la vida entera, encerrada dentro? Yo viviría de maravilla en ese ambiente.
—Qué va —bufó Hayley, que se acercó por detrás de nosotras—. Tú y Brody andáis varios kilómetros al día y escribes al aire libre a todas horas.
—Pero es un entorno controlado —arguyó Bree.
—Lo que pasa es que estás viendo demasiado Silo —Hayley chasqueó la lengua—. Sé de sobra que le toca a Brody elegir la serie que os vais a ventilar del tirón.
—Puede que sepamos un poco demasiado la una de la otra —se quejó Bree.
Me reí —de verdad me caían bien— y luego solté un suspiro profundo.
—A mí me gusta estar al aire libre. Cuando vivía en Boston había parques y esas cosas, pero no era como esto. Savannah es una de esas ciudades que se recorren a pie y en las que siempre te apetece estar en la calle.
—Habla por ti —dijo Bree con desdén—. Yo nunca quiero caminar. Soy vaga por naturaleza. Me obligo a andar para poder comerme todos los donuts que me apetezcan.
—Sí, sí, sí —Hayley agitó la mano, claramente sin creerse a su amiga—. Pues a mí resulta que me encanta el aire libre —me dijo.
—Eso es porque creciste en una granja y tu mejor amiga era una vaca —le soltó Bree.
Hayley la miró con furia.
—Una cabra. Willy era una cabra.
—¿Willy, la cabra? —pregunté antes de darme cuenta de que lo estaba diciendo en voz alta.
Hayley apretó los labios.
—Para una niña de cuatro años era muy ingenioso.
—Claro que sí —Bree le dio unas palmaditas suaves en el hombro—. Solo te estamos tomando el pelo.
La mirada que me lanzó con los ojos como platos por detrás del hombro de Hayley me hizo soltar una risita.
El sonido se me murió en los labios cuando me giré y vi a Preston venir hacia nosotras. Acababa de salir de lo que parecía ser un edificio administrativo oficial.
—Hablando de willies pequeños —murmuró Bree.
Le lancé una mirada de reojo.
—No recuerdo haberte mencionado nunca ese detalle.
Se encogió de hombros.
—Tiene esa pinta.
—Normalmente me parece de mal gusto hablar del tamaño del pene, pero no se equivoca —dijo Hayley—. Ese tío está claramente sobrecompensando algo.
—Sin comentarios —respondí, muy digna.
Bree soltó un bufido.
—Te sacaré la verdad antes de que todo esto acabe —contestó—. Confía en mí.
Se plantó una sonrisa falsa en la cara cuando Preston salvó la distancia que nos separaba.
—Peter, me alegro mucho de volver a verte.
Se abalanzó hacia delante para darle la mano.
«¿Peter? ¿Por qué iba a llamarlo Peter?» Pillé el chiste de golpe. Peter, otro nombre para el pito, igual que willy. Además, el simple hecho de olvidar el nombre de Preston lo pondría de los nervios.
Como para demostrar que tenía razón, hizo una mueca.
—Es Preston —corrigió—. No Peter.
—Ah —Bree fingió confusión—. Juraría que dijiste Peter. Perdona.
No lo sentía. Ni lo más mínimo. Preston lo sabía. ¿Cómo no iba a notarlo? Sin embargo, no hizo ningún comentario.
—¿Solo vosotras tres por ahora? —preguntó mientras miraba alrededor.
—Brody y Nathan están en el aparcamiento —respondió Bree—. Están sacando músculo para ver quién puede cargar con más bolsas. Es una cosa de tíos.
Lo explicó como si Preston no supiera algo así porque, de hecho, no era un tío.
—Entiendo.
La forma en que Preston miró a Bree me recordó a la forma en que los niños miran a los bichos en la acera. Quería aplastarla.
—Bueno, ¿qué tal si os enseño las cabañas en las que os vais a quedar, eh? Luego podemos volver y ayudarlos con las bolsas, aunque sea una cosa de tíos y yo, evidentemente, no sea un tío.
Bree le había dado donde le dolía. Para demostrar que no le tenía miedo, desplegó la sonrisa más radiante de su repertorio.
—Me parece bien.
Preston abrió el brazo izquierdo en un gesto amplio.
—Por aquí, señoritas.
Bree y yo pusimos los ojos en blanco a la vez, a sus espaldas.
Ella parecía estar disfrutándolo —de un modo malvado, por supuesto— mucho más que yo.
Aun así, mantuve la barbilla firme y no dejé que Preston notara que me estaba irritando.
Eso sería una victoria para él, y no estaba de humor para regalarle ninguna.
—Bueno, esta es individual —dijo cuando llegamos a una de las cabañas más pequeñas—. Tú estás soltera, ¿verdad? —le preguntó a Hayley.
Se me revolvió el estómago al oír esa palabra. «Soltera». ¿Adónde quería llegar con eso?
—Lo estoy —confirmó Hayley.
—Bueno, hemos tenido un problemilla con dos de las cabañas, que son más grandes que las demás. —Preston me lanzó una mirada rápida, y solo pude ver los cálculos que se hacía mentalmente. Estaba a punto de hacer algo malvado.
—¿Un problemilla? —preguntó Bree, al ver que yo no reunía el valor para hacer la pregunta obvia.
—Resulta que las dos cabañas nupciales, porque para eso se diseñaron, son más grandes que las otras.
Se habría armado una buena si hubiéramos empezado a meter en ellas a autores solteros.
—Preston sonrió, pero la expresión difícilmente podía considerarse amistosa.
No, estaba a punto de soltarnos una bomba.
Sobre todo a mí, pero era evidente que la cosa estaba pensada para ponernos a todos de los nervios.
—¿Qué has hecho? —pregunté antes de poder contenerme.
Bree me agarró la muñeca y apretó con fuerza para hacerme callar.
—No tengo ni idea de a qué te refieres. —Preston era la viva imagen de la inocencia—.
Es más, te he hecho un favor. —Siguió caminando—.
Estas son las cabañas nupciales. —Señaló hacia dos cabañas que eran el doble de grandes que las pequeñas.
Lo cual no era decir mucho, porque seguían siendo pequeñas, pero desde luego eran más grandes que las que él había calificado de individuales.
—Ahora bien, no tenemos ninguna pareja casada que venga al retiro, pero sí dos parejas prometidas —dijo arrastrando las palabras.
«Oh, no». No había caído en esa parte. Sin más, había dado por hecho que todos tendríamos nuestra propia cabaña y que lo único que Nathan y yo tendríamos que hacer sería fingir que uno dormía en el espacio del otro.
Nada del otro mundo. Pero Preston lo había organizado para que compartiéramos cabaña de verdad.
Mierda pinchada en un palo.
—Yo…
Antes de que pudiera pensar qué iba a decir, un brazo se posó sobre mis hombros. Sentí la cálida presencia de Nathan cuando se colocó a mi lado.
Cuando levanté la vista hacia él, el labio inferior me temblaba de miedo. ¿Qué íbamos a hacer?
Él no parecía preocupado.
—Hola, Preston. —Proyectaba un aura de aburrimiento, como si todo aquel asunto le tuviera ya harto—. No sabía que ibas a estar por aquí hoy.
—Oh, me quedo hasta el final —respondió Preston. Le lanzó una mirada desafiante a Nathan—. Me alojo en la suite ejecutiva del edificio de administración.
¿Suite ejecutiva? ¿En un camping? Se lo estaba inventando. No es que importara demasiado. Tenía que ser más especial que los demás, como siempre. Antes lo interpretaba como seguridad en sí mismo. Ahora sabía lo que era en realidad. Era un inseguro… en todo.
—No te importa quedarte en una de las suites nupciales, ¿verdad? —insistió Preston, pinchando. Parecía a punto de ponerse a cantar como un gallo. Odiaba que estuviera a punto de ganar.
—Por supuesto que no —respondió Nathan sin perder un segundo—. Resulta que a mí me encanta una buena luna de miel. —Me dedicó un guiño ridículo, digno de un culebrón malo, y luego soltó un ronroneo que, en otras circunstancias, me habría dado ganas de vomitar—. ¿A que sí, Bellarino?
Ese apodo tenía que desaparecer. Era irritante… y raro… y algo que se le diría a una niña. Yo no era una niña. Aun así, sonreí, porque era la única manera de arruinarle el día a Preston.
—Por supuesto. Lo único que lo mejoraría sería una bañera con forma de corazón ahí dentro.
—¿Verdad? —A Nathan se le daba bien seguir la corriente. Asintió—. ¿Te acuerdas de aquella bañera con forma de corazón que había en la suite nupcial de ese hotel de Atlanta, antes de coger el vuelo para reunirnos con nuestros agentes?