9 Nueve #2
La frente de Brody se arrugó con auténtico desconcierto.
—Eh… ¿qué piensas hacer exactamente con esos calzoncillos?
—No lo sé. ¿Y si tengo una emergencia en el baño y no hay material adecuado para limpiarse?
—¿Y crees que eso te va a pasar dos veces al día?
—¿Y la hiedra venenosa? No quiero recuperar los calzoncillos si me rozo con ella sin querer.
—¿Y también crees que eso va a pasar cada doce horas?
—Tío, yo nunca he ido de acampada.
—Pero esto no es acampar de verdad.
—Solo he visto películas.
—¿Y no serían comedias, por casualidad?
—Puede. Y películas de terror, por supuesto. —Me negué a mirarlo a los ojos—. ¿Y eso qué tiene que ver?
Se rio de mi incomodidad.
—Venga. Vamos a repasar tus cosas. —Lo primero que cogió fue el traje que había dejado preparado—. ¿Para qué crees que vas a necesitar esto? ¿Para todas las hogueras de etiqueta que van a organizar?
—No lo sé. —¿Por qué esta vez era yo el que estaba hecho un manojo de nervios?—. ¿Por qué estás tú tan tranquilo?
Levantó un hombro.
—No lo sé. Creo que puede que Bree me haya ayudado.
—¿Con su vagina mágica? —pregunté con sequedad.
—No. —Me lanzó una mirada de reproche inequívoca—. Habla las cosas conmigo. Cuando quise meter un extintor en la maleta, me sugirió que probablemente ya tendrían alguno en las cabañas.
—Ah. O sea que te llamó idiota sin usar esa palabra.
—No. Fue razonable y lo habló todo conmigo. En ese sentido es un auténtico regalo del cielo.
—Me cuesta admitirlo, sobre todo porque se le van a subir los humos si le llega, pero te ha venido muy bien. Lo que no me gusta es haber perdido a mi mejor amigo—
—No me has perdido. —Me miró mal—. Reconozco que últimamente he estado algo más distraído, pero sigues siendo mi mejor amigo.
—Hubo una época en la que yo era tu único amigo.
Puso los ojos en blanco.
—Intentaré pasar tiempo de calidad contigo en el retiro. ¿Qué te parece?
—Que Bree querrá pasar tiempo de calidad con las otras tías que haya allí y tú te vas a aburrir.
—Déjalo ya. Lo digo en serio. —Llevó mi traje al armario y lo colgó, asegurándose de que quedara recto en la percha antes de volverse hacia mí—. ¿Alguna vez has pensado que, en lugar de darme la lata con mi prometida, quizá deberías buscarte a alguien con quien pasar el tiempo?
—Eso lo hago casi todos los fines de semana.
—No me refiero a eso. Hablo de alguien de verdad. —Hizo una pausa dramática—. Alguien como Bella, por ejemplo.
Madre mía. ¿Se creía que estaba siendo sutil? Nunca había visto a nadie tan poco disimulado con sus segundas intenciones.
—¿Te ha mandado Bree a hablarme de Bella antes del retiro?
—¡Claro que no! —Brody sonó fuera de sí, algo de lo que se dio cuenta al instante, porque enseguida corrigió el tono—. Solo me lo preguntaba. Te has desvivido por ella desde el momento en que la conociste.
—¿Y qué? —Me puse a la defensiva al instante—. Necesita ayuda.
—No te lo discuto. Todo este asunto resulta… asqueroso.
—¿Asqueroso? Qué vocabulario tan adulto.
—¿Qué palabra usarías tú?
—Una putada —respondí sin titubear—. Es una putada lo que le ha hecho pasar. El mayor problema es que ella no lo ve como una amenaza, solo como una molestia.
—¿Tú crees que es una amenaza?
—Físicamente, seguramente no. Imagino que en eso tiene razón. Pero en lo demás… —Me pasé la lengua por el labio superior, dudé y después seguí adelante—. Quiere hacerle daño emocional. Ya se lo ha hecho. Ella se da cuenta y cree que ya se ha librado de él, pero él todavía tiene cartas que jugar.
—Y crees que va a usar este retiro para jugarlas.
—Eso creo.
—Y tú no vas a dejar que lo haga.
No era una pregunta, pero contesté igualmente.
—No puedo quedarme de brazos cruzados y dejar que le haga daño sabiendo que puedo hacer algo al respecto. Mi padre acosó a mi madre igual que él está acosando a Bella.
—¿Ves a tu madre en Bella? ¿Por eso te ofreciste tan rápido a ayudarla?
—Yo no pierdo nada fingiendo estar con ella. Ella lo gana todo. No puedo quedarme sin hacer nada mientras este tipo la aterroriza. No me parece bien.
—Yo también quiero ayudarla —me aseguró Brody—. Es solo que… ¿seguro que no sientes nada por ella?
—No. No siento nada por ella. Es solo que no quiero que le pase nada malo.
—¿Estás seguro? Porque si te gusta, puedo hacerte de celestino sin ningún problema. —Sacó pecho—. Igual que tú hiciste de celestino conmigo cuando cortejaba a Bree.
—No me digas que acabas de usar la palabra «cortejar». —No sabía si reír o llorar.
—¿Y cómo lo llamarías tú?
—Echar un polvo y mojar el churro.
Su expresión se ensombreció.
—Yo no pienso llamarlo así.
Me reí sin poder evitarlo y le puse las manos en los hombros a Brody.
—Te agradezco que te preocupes por mí. De verdad que sí. Pero no me interesa tener una relación. Lo único que quiero es que no le pase nada malo. Si puedo ayudar, lo voy a hacer.
Brody asintió.
—Vale. Pero si cambias de idea, estoy más que listo para hacerte de celestino.
—Lo tendré en cuenta. —Me aparté de él—. Por simple curiosidad, ¿te ha mandado Bree a preguntarme eso?
—Sí. Tiene una apuesta con Hayley a que tú y Bella acabaréis… ¿cómo lo has dicho? ¿Echando un polvo y mojando el churro? Antes de que termine el retiro.
—¿Dice que lo haremos?
—Ajá.
—¿Y qué dice Hayley?
—Que será en las tres primeras noches del retiro.
Resoplé.
—Las dos saben ser idiotas cuando quieren.
—Oye, que estás hablando de mi futura esposa.
—Puede ser, pero las dos son unas románticas empedernidas. Que no quiera ver sufrir a nadie no significa que quiera acabar en horizontal con ella.
—Me parece justo. —Brody volvió a levantar las manos en señal de rendición—. Solo quería asegurarme. Vamos a trabajar todos juntos para que Preston Martin Charles III no consiga lo que busca.
—También tenemos que quitarle las ganas de organizar más eventos en el futuro. Por su culpa nos la ha colado a todos y hemos acabado metidos en algo a lo que, técnicamente, no accedimos.
—No sé. A mí hasta me apetece. Bree y yo pensamos dar paseos románticos a la orilla del agua y pasar las noches al calor del fuego.
—Qué asco. —Hice una mueca—. Te has vuelto repugnante. ¿Cómo ha pasado?
—No tengo ni idea. —Su sonrisa lo hacía parecer diez años más joven—. Es ella, que me saca ese lado.
—Eres repugnante. Tienes que darte cuenta.
—Ah, me doy cuenta. Pero el amor hace que te dé igual.
—Tendré que creerte.
—Por hoy, quizá. Al final lo entenderás. —Brody cogió una camisa de franela de la cama—. Y ahora, vamos a hacerte la maleta antes de que me salga un sarpullido de los nervios.
—Sí, eso no podemos permitirlo.