9 Nueve
NUEVE
Para mí, en el mundo había tres tipos de personas: diamantes, mierdas y los que eran ambas cosas. Podían ser maravillosos o podían ser horribles. La mayoría de la gente entraba en la categoría intermedia.
Mi padre caía de lleno en la categoría de las mierdas, igual que Preston Martin Charles III.
Estaba ocupado haciendo la maleta para el retiro —todavía no entendía cómo me habían convencido de ir— cuando mi padre llamó para su charla mensual. Andaba distraído, preguntándome si debía llevar dos mudas de ropa interior al día, y contesté el teléfono sin mirar quién llamaba.
—Nathan —dijo mi padre a modo de saludo.
Eso fue todo. Solo mi nombre.
Miré el teléfono con el ceño fruncido mientras lo apartaba de la cara, como si fuera culpa del aparato que él fuera tan pesado, y adopté mi voz más de «no puedes odiarme porque soy demasiado soso para odiarme».
—Padre.
Había empezado a llamarlo así de adolescente.
Padre. No era un papá. No como los papás de los otros chicos de mi edad.
Nunca aparecía en los actos del colegio, salvo cuando jugué en el equipo de fútbol americano y llegamos bastante lejos en las eliminatorias.
No era de los mejores jugadores, pero tampoco de los peores.
Se quedó de pie junto a la valla —Andrew Cooper era demasiado importante para sentarse en las gradas— y observó las jugadas.
Ganamos. Al terminar el partido, lo único que dijo fue: «No jugaste mucho».
Me encogí de hombros. A esas alturas ya me sabía el guion con él.
—No —le di la razón—. Solo soy medio bueno.
—Podrías ser mejor si te esforzaras.
Ese era su mantra de siempre. «No te esfuerzas, Nathan. No lo das todo. Si lo hicieras, tu vida sería más fácil».
Sí que me esforzaba. Él simplemente no lo veía y, desde luego, le daban igual las cosas en las que yo me esforzaba. Cuando lo llamé para decirle que una editorial —una de las grandes— había comprado mi primer libro, se mostró evasivo.
¿Van a gastar dinero en publicidad? ¿Qué clase de libro es? ¿Es un libro de finanzas?
Cuando le dije que era un libro de terror, perdió el interés al instante y dijo que era un bonito pasatiempo. Por supuesto, después llegó la frase que más temía. «¿Cuándo vas a buscarte un trabajo de verdad?».
Ahí mismo dejé de contarle nada sobre mi carrera como escritor.
Mi madre habría estado orgullosa de mí. En realidad, no habría cabido en sí de alegría.
Se lo habría contado a todas sus amigas.
El terror —en películas y en libros— era algo que nos encantaba a los dos.
Mi padre decía que era una bazofia. Según él, lo único que estaba por debajo del terror era el romance, cosa de mujeres descerebradas.
A mi madre también le encantaban las novelas románticas.
Él le repitió una y otra vez que el romance era para gente con la cabeza en las nubes.
Aun así, ella no dejó de leerlo. Como yo, simplemente dejó de hablarle del tema.
—¿Tienes un minuto? —preguntó cuando el silencio ya se había alargado demasiado.
Solo entonces me di cuenta de que me había perdido en mis pensamientos, rodeado de un mar de fastidio.
—Claro, pero no mucho —respondí—. Estoy haciendo la maleta.
—¿Ah, sí?
Ahora sonaba interesado.
—¿Por fin te mudas a la ciudad? Eso es fantástico.
«La ciudad». Solo había una ciudad a la que pudiera referirse con eso: Nueva York. La ciudad formaba parte de él tanto como su pomposo título y su estudio de arquitectura.
—No —respondí. Ya no me preparaba para su decepción.
Daba igual. La única razón por la que no había cortado todo contacto con él era que, si mi madre hubiera estado viva, la habría entristecido.
En su lecho de muerte, ella había insistido en que llegaría un momento en que me daría cuenta de que mi padre era una buena persona con sus aristas.
Siempre le había buscado excusas. Yo no volvería a hacerlo.
Pero mantenía el contacto por ella. Eso sí, no me implicaba emocionalmente.
—Acabo de comprar una casa en Savannah —dije—. En The Landings.
¿Por qué añadí esa última parte? No lo sabía con certeza. Tenía la ligera sospecha de que era porque sabía cuál sería su respuesta.
—Ah, he oído hablar de ese sitio. Por lo menos, si vas a quedarte ahí abajo, eliges un lugar de calidad. He oído cosas buenas.
Y ahí estaba. Sabía que valoraría que hubiera elegido The Landings. Quería gritarle que no lo había hecho por él, pero no lo hice. En lugar de eso, dije lo que sabía que lo irritaría.
—Tengo amigos aquí. Me pareció lo más lógico.
—Bueno, el motivo no es lo importante. Es una buena elección.
Silencio.
—¿Necesitabas algo en concreto? —insistí cuando el silencio se volvió incómodo y molesto.
—Solo tengo curiosidad por saber para qué haces la maleta, si no es una mudanza. ¿Un viaje de trabajo? ¿Al norte, quizá? —Sonaba extrañamente ilusionado con esa posibilidad.
—No. En realidad sí es cosa del trabajo, pero es un evento de escritores. Vamos a un retiro en un camping.
Hice una mueca al pronunciar la palabra. A mi padre no le iba a hacer ninguna gracia oír hablar de un retiro de escritores. Eso no era trabajo de verdad, según él.
—Entiendo. —Su voz estaba cargada de desdén—. Bueno, suena divertido.
—Me hace mucha ilusión —mentí.
—¿Cuánto tiempo vas a estar allí? Estaba pensando que, quizá, podría ir a visitarte.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
—Eh… ¿quieres venir a visitarme?
—No pongas esa voz de sorpresa. Eres mi hijo. No es que tú vengas a verme. Supongo que voy a tener que ser yo el que saque un hueco en mi agenda.
Se ahorró el «aunque te pases el día perdiendo el tiempo con el ordenador y yo tenga un trabajo importante de verdad».
—No sé si tendré tiempo en las próximas semanas —respondí—. Tengo muchos eventos programados.
«Además tengo una relación en secreto, aunque tú no te vas a enterar nunca».
—Quizá en otoño o algo así.
—Nathan, me gustaría ir antes de eso.
—Bueno, no sé cuándo tendré tiempo. Deja que mire la agenda y te digo algo en cuanto encuentre un hueco. Solo es un día, ¿no?
—Estaba pensando más bien en una semana.
Casi me caí de espaldas.
—¿Una semana? —Todo el tiempo que habíamos pasado juntos desde la muerte de mi madre no llegaba a una semana entera—. ¿Qué pasa?
De repente se puso a la defensiva.
—¿Qué te hace pensar que pasa algo?
—Nunca antes habías querido pasar una semana conmigo.
—No seas melodramático. Por supuesto que sí.
—No, no es verdad. —Si quería mentirse a sí mismo, era su problema. Pero yo no iba a quedarme ahí sentado escuchándolo mentirme—. Nunca.
—Bueno, las cosas cambian.
—¿Y qué ha cambiado esta vez?
—Nada que deba preocuparte. Solo pensé que estaría bien pasar tiempo con mi hijo.
Menuda chorrada. Lo más probable es que estuviera cogiendo carrerilla para otro sermón interminable sobre lo mal hijo que había sido y lo mucho que lo había decepcionado en todos los frentes.
Intentaría convencerme de hacer algo productivo con mi vida, aunque nunca le había pedido un céntimo más que para la matrícula de la universidad.
—Ya te diré algo —fue lo único que conseguí decir—. Tengo que mirar la agenda.
—¿Y cuándo crees que será eso?
Le di la respuesta que quería oír.
—En cuanto pueda.
brODY ME ENCONTRÓ DE PIE ANTE MI maleta poco después de las siete. Salíamos hacia el retiro al día siguiente y yo todavía no había hecho el equipaje.
—He venido a tomar una copa —protestó Brody al ver el desastre—. ¿Cómo es que todavía no estás listo?
Le lancé una mirada sombría.
—Ehm, ¿y cómo es que tú sí lo estás?
—Yo siempre estoy listo.
—Sí, eres un poco repelente insufrible. Seguro que hiciste la lista del equipaje hace semanas.
A Brody se le encendieron las mejillas, pero no contestó.
—Perdona —dije automáticamente.
No era culpa de Brody que estuviera de mal humor. No, eso era culpa de otra persona muy distinta.
—Me ha llamado mi padre.
—Ah. —La comprensión se dibujó en el rostro de Brody. Él también tenía un padre difícil. Sabía de qué iba la cosa—. ¿Qué quería?
—Quiere venir a verme.
—¿En serio? —Brody arrugó la nariz mientras le daba vueltas—. Eso no es nada propio de él. ¿Qué crees que quiere?
—Nada bueno.
—¿Y qué le has dicho?
—Le he dicho que le contestaría en cuanto echara un vistazo a mi agenda.
—¿Y vas a contestarle?
Resoplé.
—No. En cinco minutos se habrá olvidado de mí y programará otra cosa. No pasa nada.
La vacilación de Brody me hizo soltar los calzoncillos que estaba mirando.
—¿Qué? —quise saber.
—Es solo que mi padre siempre ha sido igual de malo que el tuyo. Es una de las cosas que nos unió.
—¿Y?
—Y que mi padre y yo últimamente nos llevamos mejor.
Cierto. Brody y su padre no pasaban los domingos juntos viendo el fútbol y tomándose unas cervezas, pero últimamente hacían un esfuerzo por verse más a menudo. Parecía que iba bien.
—No a todos nos toca un padre nuevo al cumplir los treinta —respondí con un suspiro—. Él nunca va a cambiar.
—Vale. —Brody levantó las manos en señal de rendición—. Lo pillo. Créeme. Lo entiendo. Lo que no entiendo es esto. —Señaló la maleta abierta—. ¿Cómo puede ser que lo único que hayas metido sean dos pares de calzoncillos?
—También tengo preparado un cepillo de dientes nuevo. —Le sonreí de oreja a oreja, sabiendo que mi desorden lo sacaría de quicio, y luego suspiré—. No es para tanto. Es que no sé qué hay que llevarse a una acampada.
—No es una acampada de verdad —señaló Brody—. Es acampada en cabañas. O sea, que todo lo que te llevarías a un hotel sirve.
—¿Estás seguro?
—No, pero es lo que me dijo Bree cuando me entró el pánico con el equipaje.
—¿Y ella está segura?
—No, pero me hizo ver que vamos a estar a media hora del centro. Si se nos olvida algo, las tiendas seguirán ahí.
Curiosamente, eso me hizo sentir mejor.
—Bree lo tiene todo controlado cuando quiere, ¿verdad?
—Desde luego que sí. —Sonrió de oreja a oreja—. Es lo mejor que me ha pasado en la vida.
—Qué cursi. —Le di un capirotazo en la oreja y pasé por su lado—. Entonces, estoy pensando que hay que meter unos calzoncillos por cada doce horas. ¿Te parece razonable?