8 Ocho #2
La camarera se entretuvo más con él, sonriendo con coquetería, antes de volverse hacia Brody. Aunque Brody era un hombre atractivo, estaba clarísimo que solo tenía ojos para Bree, así que a la camarera le hizo bastante menos gracia atenderlo a él.
—¿Y usted, señor? —preguntó con desgana.
—Esto… —Brody apartó la vista de Bree de golpe y se centró en la carta—. Yo quiero un Barrel Aged Black Manhattan y, de principal, la Fitzroy Burger. Al punto, por favor.
—Marchando. —La camarera recogió las cartas, le lanzó a Nathan otra mirada coqueta y se alejó contonéndose.
Esperaba que Nathan la estuviera siguiendo con la vista, pero no. Me estaba mirando a mí.
—No has visto a Preston Douche Canoe III estos últimos días, ¿verdad?
Fruncí el ceño. Parecía muy serio.
—Te lo habría dicho si lo hubiera visto. Vamos, que me escribes cien veces al día.
—¿Os escribís? —Bree consiguió apartar la mirada de Brody, aunque pareció costarle un esfuerzo considerable, y me dedicó toda su atención—. No sabía que os escribíais.
Había un retintín en su voz que me hizo dudar.
Nathan respondió antes de que pudiera hacerlo yo.
—Sí, bueno, los parámetros del juego han cambiado —dijo él. Iba al grano—. Preston localizó a Bella en una cafetería hace unos días, mientras trabajaba.
Bree se irguió tiesa como un palo en la silla.
—¿Es que quiere morir? ¿Qué le pasa a ese tío?
—Ah, muy buena pregunta —dijo Hayley arrastrando las palabras.
—No piensa rendirse —continuó Nathan—. No deja de hacerle luz de gas a Bella, le dice que va a terapia y toda esa historia.
Todos pusieron los ojos en blanco a la vez, y a mí casi me dio la risa.
—Bella entró en pánico y le dijo que estamos comprometidos —añadió Nathan.
Noté el calor subírseme a las mejillas cuando todas las miradas se volvieron hacia mí.
—No fue mi mejor momento —fue lo único que se me ocurrió decir.
—Espera, ¿entonces ahora, de repente, estáis comprometidos? —preguntó Brody, desconcertado, con una mirada interrogante clavada en su mejor amigo—. ¿No crees que eso es ir demasiado lejos?
—No. —Nathan negó con la cabeza—. Estamos intentando que este tío dé marcha atrás. No quiere estar aquí, pero algo me dice que por lo menos tiene algo alquilado en la ciudad.
—Más bien en The Landings —replicó Hayley—. Me da la sensación de que eso le atraería más, porque hay que gastarse treinta mil dólares solo para poder codearse con los demás en esos restaurantes.
Nathan dudó y luego me lanzó una mirada rápida.
—Tiene razón.
—No creo que tenga una casa aquí —insistí—. Le encanta alojarse en hoteles. Una vez me dijo que esa era su idea del cielo. Quería vivir en un hotel toda su vida adulta. Le encanta la idea de poder pedir servicio de habitaciones cuando le apetezca.
—Eso también suena muy suyo —reconoció Hayley.
—Sí. —Nathan se rascó la mejilla—. Hay que tenerlo en cuenta.
Se quedó callado varios segundos y luego negó con la cabeza.
—Da igual dónde se aloje; lo importante es que está aquí para acosar a Bella. Tenemos que asegurarnos de que no se salga con la suya.
—¿Y cómo vas a conseguirlo? —preguntó Bree—. No puedes estar con ella a todas horas.
—No, pero todos sabemos que va a mover ficha en el retiro, que está a la vuelta de la esquina.
—Ah, claro. —Brody asintió con la cabeza—. Ni se me había ocurrido, pero tienes razón.
—El plan es sencillo —anunció Nathan, y se sacó del bolsillo una bolsita de terciopelo con cordón de la que extrajo un anillo de diamantes precioso, aunque discreto.
Se me secó la boca. ¿Había comprado un anillo de compromiso? Imposible. No haría una tontería semejante. ¿Quién tiraría el dinero así?
—Se dio cuenta de que Bella no llevaba anillo cuando la vio por primera vez —continuó Nathan, como si estuviera hablando del marcador de su equipo favorito. No parecía molestarle lo más mínimo—. Mintió y le dijo que lo estaban ajustando, así que he resuelto el dilema del anillo de compromiso.
Alargó la mano hacia la mía, pero yo la aparté de golpe.
—¿Qué haces? —siseé mientras miraba a mi alrededor.
Aquello resultaba tan… Ni siquiera se me ocurría la palabra adecuada. ¿Cómo me hacía sentir exactamente?
—No seas cría —me regañó Nathan, y me atrapó la mano izquierda con un movimiento ágil.
El anillo entró en el dedo como si siempre hubiera estado ahí.
—Vaya —dijo él, y lo contempló un instante una vez colocado—. Pensaba que a lo mejor no te cabía. Mi madre tenía las manos exageradamente pequeñas.
Se me secó la boca.
—¿Tu madre?
Espera, ¿era el anillo de su madre?
Nathan me obsequió con una mirada divertida.
—¿Pensabas que iba a comprar un anillo nuevo? A ver, quiero ayudar, pero eso ya sería pasarse.
Se echó a reír. Brody se le unió. Bree y Hayley se limitaron a mirarme, como si entendieran perfectamente por lo que estaba pasando.
—Claro que no esperaba que compraras un anillo —bufé—. Jamás. Es solo que… este es el anillo de tu madre. —Hice el gesto de quitármelo—. No quiero faltarle el respeto al anillo. Deberías guardarlo en un lugar seguro.
—Ha estado en un lugar seguro —respondió Nathan, y posó la mano sobre la mía—. Para. El anillo ha estado guardado bajo llave durante años, desde que ella murió.
—¿Y cuándo fue eso?
Titubeó y luego se encogió de hombros.
—Tenía dieciséis años. Todas sus cosas pasaron a ser mías. Mi padre me dijo que guardara lo que quisiera —pero no demasiado, porque llenaría la casa de trastos— y luego tiró todo lo demás. El anillo lo salvé de sus manos.
—Pero… deberías guardarlo para la mujer con la que te cases algún día —respondí con tono sombrío.
Casi parecía triste cuando negó con la cabeza.
—Eso queda muy lejos todavía. Mi madre querría que usara este anillo para ayudar a alguien. Era una de sus cosas favoritas, y le encantaba ayudar a los desfavorecidos. —Se corrigió al instante—. No es que tú seas una desfavorecida ni nada de eso.
—No es por eso. En cierto modo sí lo soy. Es solo que… es el anillo de tu madre.
Me apretó la mano a la vez que endurecía la mirada.
—Necesitas un anillo. Tú misma señalaste, con razón, que Preston detectaría un diamante falso. Este diamante es auténtico, y el engaste tiene valor sentimental, aunque no sea muy grande. Creo que se lo tragará.
Tragué saliva con dificultad.
—Esto es ir más allá de lo que te pedí.
Se encogió de hombros.
—No pasa nada. A mi madre le encantaría lo que estoy haciendo. Es justo su estilo.
¿Era por eso por lo que lo hacía? Antes de que pudiera responder, sentí unos ojos clavados en mí. Supe de quién eran incluso antes de mirar, porque se me había erizado la piel.
Despacio, dirigí la mirada hacia la barra, donde Preston estaba apoyado con un codo sobre el mostrador de madera. Nos observaba con una mueca de desdén.
Nathan siguió mi mirada y me apretó la mano con más fuerza.
—No dejes que ese tipo gane —me advirtió—. Eso es lo que mi madre habría odiado por encima de todo.
Suspiré, resignada.
—Vale, pero tenemos que encontrar la manera de espantarlo en el retiro. Tiene que ser algo definitivo. No quiero volver a mudarme. Me encanta Savannah. Pero, si no desaparece, no me va a dejar otra opción.
—Va a desaparecer —dijo Nathan, chulesco y con una sonrisa de medio lado, mientras se tocaba un sombrero invisible a modo de saludo, para que Preston lo viera.
Me encantó ver cómo mi ex frunció el ceño.
—Nos aseguraremos de ello —añadió Nathan—. Por ahora, lleva el anillo. Te queda bien. —Sonrió de oreja a oreja—. Cuando nos libremos de Pukeston, podrás devolvérmelo.
Apoyé las manos en las rodillas.
—No se va a marchar sin más —le advertí—. Va a pelear.
—Bien. No hay nada que me guste más que una buena pelea.
«Pelea va a haber, le guste o no».
—Vale. Pero recuerda que tú te lo has buscado.