8 Ocho
OCHO
Nathan y yo intercambiamos los números de teléfono antes de que yo saliera de su casa. Por si surgía alguna emergencia, algo que esperaba que no pasara. Para mi sorpresa, esa misma noche empezó a escribirme. Me descolocó.
Nathan: ¿Qué haces?
Bella: ¿Qué haces tú?
Nathan: Conocerte mejor. Es importante, por si me equivoco y digo delante de Preston que tu color favorito es el mostaza cuando en realidad es el turquesa.
Eso me hizo reír.
Bella: Preston no sabría decirte mi color favorito. Su madre me obligaba a ir de compras con ella, y al final todo lo que tenía en el armario era negro, blanco o gris.
Aparecieron los puntitos en la pantalla y luego desaparecieron. Cuando volvieron a aparecer unos segundos después, me quedé confundida.
Nathan: Me cuesta imaginármelo. Siempre vas con algo de color.
Bella: Era solo otra prueba de que no me conocía.
Nathan: Sigo pensando que deberíamos intercambiar información, solo por si acaso.
Suspiré. No iba a dejar el tema. Por raro que pareciera, agradecí su atención al detalle.
Bella: Vale. Mi color favorito es el morado. Pero no un morado intenso. Más bien un morado grisáceo.
Nathan: El mío es el azul.
Bella: Lo sé. Siempre llevas camisas de algún tono de azul.
Nathan: No siempre.
Bella: Aún no te he visto con nada que no sea azul.
Nathan: Reto aceptado.
Bella: No era un reto.
Nathan: En mi cabeza sí.
Era exasperante. Adorable —de un modo distante, porque me negaba a acercarme demasiado a él, a pesar del favor que me estaba haciendo—, pero exasperante de todos modos.
Bella: ¿Cuál es tu comida favorita?
Nathan: Yo como de todo.
Bella: Quiero decir, si tuvieras que elegir un tipo de restaurante —marisquería, comida casera sureña, mexicano, etc.—, ¿cuál escogerías?
Nathan: Ah, la más importante de todas las preguntas.
Bella: ¿Cómo va a ser esa la más importante de todas las preguntas?
Nathan: Porque nada es más importante que la comida. Mi opción de siempre es un asador. Me encanta el chuletón, el puré de patatas con salsa, y si puedo ponerle champiñones y cebolla a la carne, estoy en la gloria.
Bella: Es una buena elección.
Nathan: ¿Y la tuya?
En ese momento me llamó la atención lo bien escritas que estaban todas nuestras preguntas y respuestas en aquel hilo.
No había abreviaturas ni siquiera emojis.
Claro, éramos escritores, razoné un segundo después.
Estábamos acostumbrados a escribirlo todo, y rápido.
No necesitábamos abreviaturas. Simplemente no formaban parte de nuestro mundo.
Bella: Soy muy fan del marisco. La langosta rellena es mi plato favorito.
Nathan: Eso es cosa del noreste. Aquí no vas a encontrar mucha langosta rellena. Cangrejo relleno, sí. Langosta rellena, no.
Bella: Es una de las cosas que más echo de menos de Salem. Hay langosta rellena en cada esquina. Finz es mi favorito. Tienen la mejor langosta rellena, y su martini de pepinillo es increíble.
Nathan: ¿Martini de pepinillo? ¿Qué blasfemia es esa?
Bella: No, es increíble. No te imaginas lo bueno que está. Y además es imposible de describir.
Nathan: Tendré que fiarme de tu palabra.
Sonreí mirando el móvil, a la espera. De alguna manera sabía que no había terminado. Y resultó que no estaba ni cerca de terminar.
Nathan: ¿Cuál es tu género favorito?
Bella: ¿Para leer o para escribir?
Nathan: Para todo. Hablamos de lectura, escritura, cine, televisión. Quiero saberlo todo, hasta la última enchilada.
Bella: ¿Te gusta la comida mexicana? Es mi segunda favorita.
Nathan: Sí, pero no me distraigas. Lo digo en serio.
Bella: Vale. Me gusta leer un poco de todo. Terror. Comedias románticas. Misterio. Los misterios paranormales son, curiosamente, mis favoritos, pero solo si son muy mordaces.
Nathan: ¿Como brujas que viven en Michigan y tienen una tía abuela que embruja a la gente para que huela a bacon cuando está de mal humor?
Bella: ¿Los has leído? Estoy impresionada, por raro que parezca.
Nathan: Yo también leo de todo. ¿Qué ves en la tele?
Bella: Ahí también soy un caos. Me encantan cosas como Stranger Things y Bienvenidos a Derry.
Nathan: ¿Fan del terror?
Bella: Me encantan las películas de terror. Incluso las antiguas, de antes de que yo naciera. He visto El resplandor un millón de veces.
Nathan: ¿Así que eres fan de King?
De alguna manera sabía hacia dónde iba la conversación.
Bella: Me encantan muchas cosas de King. Aunque tiro más hacia lo antiguo. El resplandor. It. Cementerio de animales. Carrie. El misterio de Salem’s Lot.
Nathan: Por alguna razón resulta más visceral. Lo entiendo. ¿Viste esa película reciente de El misterio de Salem’s Lot?
Bella: Fue horrible. Necesito desesperadamente una buena película de vampiros. Me encantó Sinners, pero en realidad era más crítica social que terror. Entrevista con el vampiro está muy bien en AMC, pero tardan siglos entre temporadas.
Nathan: Esa serie es mucho mejor de lo que esperaba. Las brujas de Mayfair, por desgracia, no le llega ni de lejos.
Bella: Estoy de acuerdo.
La conversación se prolongó durante horas.
Pensé que eso sería todo. Habíamos pasado por todas las preguntas superficiales y desde luego sabíamos lo suficiente el uno del otro para engañar a Preston.
Pero al día siguiente los mensajes empezaron por la mañana y siguieron hasta la hora de dormir. Y al otro, más de lo mismo.
Por los mensajes fui descubriendo, más o menos, cómo era Nathan.
Le encantaba todo lo que tuviera que ver con el terror —incluso las malas películas de terror— y odiaba la no ficción.
En eso coincidíamos. Lo que más le sacaba de quicio eran los libros de autoayuda.
Decía que no podía quitarse la sensación de que los que colocaban sus métodos se aprovechaban de lectores que solo buscaban un poco de paz. Yo estaba totalmente de acuerdo.
Por supuesto, no mencioné que mi madre compraba libros de autoayuda como si se fueran a agotar. Era demasiado vergonzoso. Se lo había comentado más de una vez, pero a ella le daba igual. Le gustaba lo que le gustaba. Siempre había sido así.
Él habló de que tenía ganas de apuntarse a un curso de cocina.
Yo hablé de lo mucho que me gustaría que las Crocs no me gustaran. Eran ridículas, pero comodísimas.
Él mencionó que todavía conservaba el carné de la biblioteca de cuando era niño y que nunca se desharía de él.
Yo le conté la vez que seguí al tipo que rondaba las calles de Salem en octubre —iba disfrazado de Michael Myers— y llamé al jefe de policía porque estaba convencida de que acechaba a alguien para matarlo.
Resultó que se llamaba Stan y era un banquero de inversiones jubilado.
Simplemente le gustaba disfrazarse de Michael Myers.
Cuando llegó el segundo evento en un bar, me sentía más cómoda con Nathan —al menos por mensaje— de lo que me había sentido con nadie desde la infancia.
Así que, cuando nos vimos en el Fitzroy, un pub muy popular del centro de Savannah, para cenar temprano y charlar con los demás, estaba mucho más relajada.
—Este sitio es genial —dije mientras me sentaba entre Nathan y Bree. Me encantaba el ambiente—. Aún no había estado aquí.
—¿Has ido a algún sitio que no sea donde quedamos contigo? —preguntó Bree con retintín. La última semana se había dedicado a despotricar porque no aprovechaba mi ubicación privilegiada en el centro para investigar bares a los que ella no había ido nunca. Por lo visto, se fiaba de mi criterio.
—Voy a cafeterías —respondí a la defensiva.
Puso los ojos en blanco.
—Las cafeterías no son bares de cócteles.
—¿En serio? —respondí con sequedad—. Deberías llevar el marketing de todas las cafeterías de la zona. Seguro que les encantan observaciones tan ingeniosas.
Bree soltó un bufido. Le gustaba cuando me ponía mordaz. De adolescente había sido mordaz. Incluso en la universidad lo había sido. Pero en algún punto del camino también había perdido eso. Me alegraba de estar recuperándolo. Qué narices, me alegraba de estar recuperándolo todo.
—El evento es en la terraza de la azotea —apuntó Brody—. Me hace falta una copa y algo de comer antes de ponernos a ello.
—Esta semana ha estado con ansiedad —explicó Bree—. Con el retiro pisándonos los talones, se ha dado cuenta de que no va a tener control sobre lo que venga después, y no se lo está tomando bien.
—Gracias, cariño —dijo Brody arrastrando las palabras, con la mirada clavada en ella—. Te agradezco mucho que le expliques a todo el mundo cómo me siento.
Ella se quedó algo cortada.
—Perdón. Me he pasado de la raya.
—No. —Brody se arrepintió al instante—. No pasa nada. Sí que estoy ansioso. No me gusta no saber cómo va a salir todo esto.
—Ya llegaremos a eso —dijo Nathan antes de inclinar la cabeza hacia la camarera que se acercaba—. Pidamos primero.
Nadie discutió.
Bree fue la primera.
—Yo tomaré el Bees in the Trap —empezó—. Por cierto, es un nombre rarísimo para una copa.
La camarera parecía aburrida, como si oyera eso a todas horas.
—Y también quiero el Fitzroy Burger, al punto, por favor.
La camarera dirigió su atención a Hayley.
—Yo tomaré el Lemon Espresso Martini y el Beeler’s Bone-in Pork Chop. —Hayley no era de perder el tiempo.
Me tocaba a mí y no estaba preparada.
—Eh… yo tomaré el Cucumber Blossom —dije rápidamente.
—Ah, ojalá fuera un martini de pepinillos —bromeó Nathan con voz cálida justo junto a mi oído, y me provocó unas extrañas descargas por todo el cuerpo.
Tuve que obligarme a concentrarme.
—Yo tomaré el pollo asado de plato principal.
Nathan pasó el brazo con naturalidad por el respaldo de mi silla. No era un gesto posesivo; solo pretendía ser amable. El calor que noté en la espalda me calmó un poco al instante. Fue raro.
—Para mí, un Gentlemen y, de entrante, las gambas de Georgia —dijo—. Y de principal, el Prime New York Strip Steak de trescientos cuarenta gramos, poco hecho.