El camino correcto (Escribir lo correcto 2) 7 Siete #2
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7 Siete #2

—No lo tengo —reconoció—. Te diría que lo necesito, pero cuando acabe de contarte esto vas a querer desentenderte de mí. No te fiarás de mí ni para darme tu número.

Ahora tenía toda mi atención.

—Cuéntame qué ha pasado y lo solucionamos.

Odiaba la idea de que tuviera miedo. Lo único que quería era empezar de cero. Y ese capullo no se lo iba a poner fácil. Me reventaba que tuviera que pasar por eso.

—No lo esperaba —explicó ella—. Estaba segura de que había vuelto a Boston.

—¿Y qué, se cogía un avión hasta aquí cada pocas semanas para los eventos?

Ella se encogió de hombros.

—Tiene dinero. Y esta ciudad no es ni su estilo.

Era demasiado ingenua para su propio bien.

—Cariño, si cree que puede llegar hasta ti, soltará una fortuna en comprarse una casa aquí.

Su expresión decía que no quería ni plantearse esa posibilidad.

—Se sentó conmigo aunque estaba escribiendo. Yo no se lo pedí —dijo ella—. No paraba de hablar de ir a terapia.

—No te habrás tragado eso, ¿no?

—No en el sentido que tú dices, probablemente. Sí recuerdo haber pensado: «Eso le vendrá bien a la próxima mujer a la que embauque», pero no es que fuera a cambiar mi decisión. No siento nada por él. No puedo ni odiarlo. Es que no quiere…

—Dejarte en paz.

—Exacto.

Se le juntaron nubes de tormenta en los ojos y se tomó un momento para ordenar sus pensamientos.

—No dejaba de repetir que ya era hora de que volviera a casa, que él había reconocido su parte en la ruptura y que ahora me tocaba a mí hacer lo mismo. Yo le decía que daba igual, que se volviera a casa, pero entonces volvía a la carga por otro flanco.

—Te manipuló psicológicamente durante años —deduje—. Cree que puede seguir haciéndolo hasta acabar desgastándote.

—Le dije que eso no iba a pasar —se apresuró a decir—. De hecho, estaba decidida a asegurarme de que no pasara. Es que… él… él…

Se estaba hundiendo en un océano embravecido sin un bote salvavidas a la vista.

—No tienes por qué justificar a ese hombre —le aseguré—. Nada de esto es culpa tuya, Bella, y estás desesperada por que no te vean como una carga. Solo… respira. Todo va a salir bien. Termina de contármelo.

—Ahí está la cosa.

Tenía los ojos vidriosos cuando volvió la mirada hacia mí.

—Estoy a punto de convertirme en una carga enorme para ti. Necesito que sepas que puedes decirme que no. No te lo tendré en cuenta.

Abrí la boca, pero ella negó con la cabeza.

—Ya has hecho muchísimo por mí.

Su voz apenas superaba un susurro, y no porque tuviera miedo, me di cuenta. No se esperaba que yo estallara, igual que tampoco se lo esperaba de Preston. Simplemente no quería trastocarle la vida a nadie.

Ese era su mayor miedo. No quería ser una carga.

—Bella, necesito que entiendas que yo no veo nada de esto como una carga —empecé con mi tono más pragmático—. Ese tipo es un cretino. Se merece que le bajen los humos.

—No pretendía eso cuando dije lo que dije. Solo quería que le entrara en la cabeza que para mí se había acabado y que no había forma de recuperarme.

Le tembló el labio inferior hasta que logró dominar las emociones.

—Aun así, no debería haberlo dicho. Casi nunca soy impulsiva, pero esta vez…

—Bella, te prometo que, sea lo que sea lo que dijeras, no va a pasar nada.

Lo decía en serio, cada palabra.

—Solo dímelo. No puedo ayudarte a solucionarlo hasta que lo hagas.

Tragó saliva con fuerza y asintió; era evidente que se armaba de valor.

—Se me escapó sin más.

—¿Qué se te escapó?

—Le dije que estábamos comprometidos. Pensé que se echaría atrás al saber que no había ninguna esperanza. Pero no me creyó.

—No quería creerte.

—Me señaló que no llevaba anillo. De verdad no me creyó, y ahora estoy atrapada en la mentira. En realidad, nos he metido a los dos en esta mentira. Debes de pensar que estoy chalada.

Me recosté en el sofá de mimbre y tamborileé con los dedos sobre el brazo mientras sopesaba nuestro nuevo aprieto.

—No es la peor idea del mundo —dije al final.

Casi se le salieron los ojos de las órbitas.

—¿Cómo puedes decir eso?

Me encogí de hombros.

—Porque, aunque no se crea que estás comprometida, va a quedar como el rey de los capullos si va detrás de ti cuando todos los demás creen que estás comprometida.

—¿Todos los demás? ¿Quién…?

Casi podía oír los engranajes girándole en la cabeza.

—Tenemos un gran retiro por delante y más eventos en restaurantes. Vamos a tratar con otros autores y con lectores. Todos los que se crucen con nosotros este verano tendrán que creer que estamos comprometidos.

—¿Y a ti te parece bien?

Bella no parecía creerme.

—Conmigo no has sido más que amable, pero sé de buena fuente que eres un perro.

Solté una carcajada.

—¿Y qué fuente es esa?

—Ah, eso no lo voy a contestar.

Ella desvió la mirada.

—No importa. Bree me llama perro desde que tengo memoria.

—Bree me cae bien.

—Bree es genial —confirmé.

—A mí no me pareces un perro, pero… ella te conoce mejor.

Extendió las manos y movió la cabeza de un lado a otro.

—No puedes ser un perro si vas a fingir que estás comprometido conmigo.

—Algo me dice que sobreviviré al verano sin restregarme contra la pierna de nadie —respondí con sequedad.

—Entonces, ¿quieres hacerlo? ¿Quieres que finjamos estar comprometidos?

Me encogí de hombros.

—Podría ser divertido.

Aunque solo fuera por ganarle una a Preston.

—No me gusta tu exnovio. Le hace falta una lección de respeto. No tengo ningún problema en hacerle creer que estamos comprometidos.

—Pero si no me conoces de nada.

Me encogí de hombros.

—He conocido a hombres como él.

«Mi padre era igual que él». Eso no se lo dije. No hacía falta.

—Tiene que aprender dónde están los límites. No pasa nada.

—Pero… los demás también se lo van a creer. ¿Y si quieres empezar a salir con alguien de verdad?

—A mí eso no me pasa. Bueno, salgo con alguien dos semanas o así, pero nunca es nada serio. Creo que puedo prescindir de eso un verano.

Sonreí de oreja a oreja.

—De hecho, hasta me hace ilusión. Será un verano sin presiones.

—Sí, no tendrás que afeitarte las piernas ni nada —respondió ella, y puso los ojos en blanco.

Me reí de su respuesta tan teatral.

—No pasa nada —le aseguré—. Todo irá bien.

—¿Y el anillo?

—¿Qué le dijiste?

—Solo que lo estaban ajustando a mi medida. Fue lo único que se me ocurrió.

Eso me servía.

—Tengo una idea para el anillo.

—No puede ser uno de esos de máquina de chicles. Notará la diferencia.

—No te preocupes por eso. Tengo otra cosa que nos puede servir. Confía en mí.

Abrió la boca y la volvió a cerrar.

—No me puedo creer que quieras ayudarme sin conocerme de nada.

—Pues créetelo. A veces la gente no es tan horrible como tú quieres que sea.

—Nunca quiero que sean horribles. Lo que pasa es que no dejan de sorprenderme.

—Bueno, puede que esta vez la sorpresa venga del otro lado.

—Puede, pero no me hago ilusiones.

—Intenta no ser tan pesimista —la reprendí—. Los optimistas viven más.

—Mi madre es optimista.

Lo dijo con pesar.

—Yo también lo era.

—Bueno, ¿y si intentamos encontrar a esa Bella?

Logró esbozar una leve sonrisa, y fue tan bonita que sentí una punzada en el corazón.

—De verdad te agradezco lo que estás haciendo.

—No me lo agradezcas.

Mi sonrisa se desvaneció.

—No voy a permitir que gane un hombre como Preston. Todo va a salir bien. Solo… ten un poco de fe. No solo me tienes a mí de tu lado. También tienes a Hayley, a Bree y a Brody. Somos como una pequeña tribu.

—¿Y crees que todo se va a arreglar por arte de magia?

—Bella, escribes libros. Si no crees en la magia, ¿qué haces en este negocio?

La pregunta la dejó tan descolocada que por un momento me arrepentí de haberla hecho. Luego se le dibujó una sonrisa enorme.

—No eres ni de lejos tan malo como dice la gente.

—Shh. Que no se corra la voz. Tengo una reputación que mantener.

—No sé si me lo creo.

—Bueno, ya lo aprenderás. Con el tiempo.

—Si tú lo dices.

—Lo sé.