7 Siete
SIETE
Tener casa propia era una de esas cosas que son bendición y maldición a la vez.
Me encantaba la idea de tener una casa nueva —era mía y podía decorarla como quisiera—, pero tener que lidiar con gente para que me arreglara cosas que, por arte de magia, se les habían pasado por alto a los inspectores que contraté al hacer la oferta era un auténtico suplicio.
—No lo entiendo. —Me apreté la palma de la mano contra la frente—. ¿Cómo es que necesito un aire acondicionado nuevo entero si hace dos meses mi inspector dijo que estaba bien?
Hal Shipman, el dueño de Shipman Heating and Cooling, se limitó a encogerse de hombros.
—Eso dígaselo a ellos. Quizá debería haber contratado a un inspector mejor.
—¿Y no hay manera de arreglarlo? —Estaba resignado a mi destino, pero tenía que preguntar.
—Claro. —Hal asintió, y eso me dio un fugaz destello de esperanza—. Le costará unos tres mil quinientos dólares. Uno nuevo le costará el doble, pero tendrá garantía y lo más seguro es que no se le vuelva a estropear el año que viene por otros tres mil quinientos.
—Ya. —Solté un suspiro—. Está bien. Haga lo que haya que hacer.
—Tengo que encargar uno y para eso necesito su opinión. Traigo unos folletos.
—Genial. —Señalé la casa—. Tráigalos dentro.
Estaba a punto de darme la vuelta cuando vi un coche que no reconocí —un dos puertas pequeño que había conocido tiempos mejores— meterse en la entrada de mi casa.
—¿Quién es? —preguntó Hal—. ¿Ha pedido un segundo presupuesto? Eso le va a costar extra.
Este tipo, lo juro, me estaba sacando de quicio.
—No he…
Reconocí a Bella al volante, mordisqueándose el labio inferior. Parecía insegura. Nunca había estado en mi casa —ni siquiera sabía que supiera dónde vivía— y daba la impresión de estar replanteándose su decisión.
—Una amiga —respondí al fin—. Es una amiga.
Volví a señalar la casa.
—Traiga los folletos. Vamos a hacer esto rápido. —Respiré hondo y cuadré los hombros—. Voy a hablar con ella.
Hal, que al llegar tenía toda la prisa del mundo por ir al grano y había rehuido cualquier charla trivial, de pronto se moría de ganas de hacer preguntas.
—¿Es una amiga? —preguntó mientras Bella salía del coche—. No parece una amiga.
Le lancé una mirada fulminante.
—¿Y eso qué significa?
—Solo que parece algo más que una amiga.
—Pero si todavía no ha abierto la boca.
Encogió un hombro.
—Tiene pinta de haber venido a soltar risitas.
No tenía ni idea de si eso era bueno o malo para él. Francamente, me daba igual.
—Los dos somos escritores. Tenemos varios eventos a los que ir en las próximas semanas. Seguro que solo viene a hablar de logística.
Me corté casi al instante.
—No le debo ninguna explicación.
La sonrisa de Hal fue de pura suficiencia.
—Si usted lo dice, campeón. Voy a por los folletos. —Inclinó la cabeza al pasar junto a Bella—. Señora.
—No tiene que llamarme señora —se apresuró a decirle ella a Hal—. Creo que soy demasiado joven para ser una señora.
Hal se limitó a encogerse de hombros.
—Es lo que hago, señora.
—Claro. —Bella bajó el mentón y suspiró—. Lo que le haga sentir más cómodo, por supuesto.
Ese era su problema, decidí. Se preocupaba demasiado por que los demás estuvieran cómodos. Y ni se planteaba qué la hacía sentir cómoda a ella. Resultaba un poco irritante. No es que fuera a decírselo ni nada. Parecía tener ya bastante encima en esos momentos.
—Vaya sorpresa —le dije a voces desde los escalones del porche—. No esperaba verte.
—Sí, bueno… —Bella tenía cara de apuro—. ¿Podemos hablar?
—Claro. —Abrí la puerta—. Pasa. Antes de hablar, ¿te importa ayudarme a elegir un aire acondicionado?
Arrugó el ceño, confundida.
—¿Un aire acondicionado? ¿Por qué iba yo a saber cómo elegir un aire acondicionado?
—No tengo ni idea, pero me imagino que la conversación que quieres tener conmigo es mejor tenerla en privado, y Hal acaba de convencerme de comprar un aparato nuevo entero. Con el calor que hace…
—Claro. —Asintió—. Primero tienes que resolver lo del aire acondicionado.
—No tardaré mucho —prometí—. Compro por impulso. Lo primero decente que veo, lo compro.
—No deberías decir esas cosas en voz alta —dijo Bella mientras empezaba a subir los escalones, con la voz lo bastante alta para que Hal la oyera—. Eso significa que te va a enseñar primero el aparato más caro, porque sabe que quieres quitarte esto de encima cuanto antes.
—Eso es bastante insultante —dijo Hal mientras la seguía escaleras arriba—. ¿Está diciendo que intento estafarlo?
—No. —La sonrisa de Bella fue dulcemente pícara cuando llegó a mi lado—. Está claro que es bueno en su trabajo.
—Usted ni me conoce —replicó Hal.
—Puede que no, pero conozco a Nathan lo suficiente para imaginarme cómo acabó dando con usted —respondió ella sin pestañear.
Muy a mi pesar, me picó la curiosidad por saber qué opinión tenía de mí.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que crees saber?
Bella se apoyó en la barandilla del porche.
—Escribiste «reparación de calefacción y aire acondicionado cerca de Savannah» y te salieron esos resultados —respondió con total seguridad—.
Eres lo bastante espabilado para pasar de los resultados patrocinados.
Que alguien pueda gastarse una pasta en visibilidad no significa que haga bien su trabajo.
Sonreí de lado, pero no dije nada. Hasta ahí me había calado de pleno. Aunque, de momento, no se había arriesgado mucho.
—Miraste los cinco primeros resultados, más o menos —continuó—. Descartaste todo lo que estuviera vinculado a una gran empresa, como los técnicos de Home Depot y los pocos servicios de Sears que todavía quedan.
Vale, eso ya era más impresionante.
—Crees firmemente en contratar a gente de la zona, aunque hagas como si estuvieras por encima de todo eso.
Seguí sin decir nada.
—Así que, con los cuatro que probablemente te quedaron, te leíste todas las reseñas —siguió—.
Este tío no tenía las mejores reseñas porque es muy directo.
Pero eso a ti te gusta. Así que, cuando encontraste a alguien cuyas reseñas solo mencionaban que tenía un carácter quisquilloso y un trabajo de primera, te quedaste con él.
Solté un resoplido a medio camino entre la risa y el bufido. Sonó más bien como un resuello.
—No está mal —reconocí mientras le sujetaba la puerta—. Básicamente, así fue.
Su sonrisa fue dulce y me removió algo por la zona del corazón.
—No eres ni de lejos el imbécil que quieres hacer creer a la gente. Por mucho que te fastidie comprar un aire acondicionado nuevo, Hal te cae bien y sabes que no te está vendiendo humo.
Bajé la mirada hacia su cara ridículamente adorable y sonreí. De cerca se le veía una leve constelación de pecas sobre el puente de la nariz.
—¿Qué otros talentos escondes, aparte de calar a la gente, quiero decir?
Ella se encogió de hombros, de repente con cara de disculpa.
—No te va a gustar el motivo por el que estoy aquí.
Eso ya lo había deducido.
—No pasa nada —le aseguré—. Arreglemos lo de Hal y luego me cuentas las noticias.
—Vale. No dejaré que Hal te estafe.
—Eh —soltó Hal—. Yo no estafo a nadie, señora.
Bella soltó una risita, y la mirada de exasperación que le lanzó Hal daba a entender que también lo había conquistado ya.
—Solo cuido de mi amigo.
TARDAMOS MEDIA HORA en decidirnos por el aire acondicionado adecuado. Bella se negó a dejarme comprar el más caro.
—Ese nunca es el mejor aparato —me aseguró—. Y el más barato tampoco. Siempre hay que quedarse en algún punto intermedio.
Cuando Hal se marchó con la promesa de volver en dos días —eso era lo que tardaría en llegar el aparato—, me senté con Bella en el porche cerrado con mosquiteras.
El ventilador de techo libraba una batalla heroica contra el calor, pero la casa iba a estar más calurosa de lo normal hasta que Hal hiciera su magia.
—Siento esto —dije señalando el ventilador de techo. El calor no era culpa mía, por supuesto; esas cosas escapaban al control de cualquiera, pero aun así no me gustaba la idea de que ella estuviera incómoda—. Los inspectores que contraté no mencionaron ningún problema con el aire acondicionado.
—¿No es eso parte de tener una casa? Siempre hay algo a punto de romperse. Al menos eso decía mi madre. Por suerte, nosotras podíamos sobrevivir a un verano en Salem sin aire acondicionado si llegaba a hacer falta. Pasar un invierno sin caldera, en cambio, ya era otra historia.
Quería saber más de ella. Era raro.
—¿Y eso pasó?
Ella asintió.
—Un invierno, en febrero. Las dos tuvimos que sacar los colchones al salón para dormir junto a la chimenea durante un mes.
Arreglar la caldera salía más barato entre temporadas.
Entonces hacen ofertas, así que mi madre tuvo que esperar hasta marzo, antes de la avalancha del aire acondicionado, para que le arreglaran la caldera.
—¿Así que dormiste en el suelo del salón durante un mes?
Se encogió de hombros.
—Mi madre lo convirtió en una acampada de lujo. Todas las noches comíamos malvaviscos tostados en la cama. Nunca fui consciente de que fuera algo terrible. Ella hizo que fuera divertido.
Si el recuerdo era divertido, ¿por qué parecía tan triste?
—¿Qué pasa, Bella? —pregunté, yendo al grano. Era obvio que algo la había alterado. Entonces me vino a la cabeza un pensamiento horrible—. ¿Ha pasado algo con Preston?
—Es raro que lo menciones —dijo ella, girando la cabeza hacia mí, con los ojos azules agitados—. Ayer me encontró en una cafetería.
Había tantas maneras de interpretar esa simple frase que no sabía por dónde empezar. Lo primero que hice fue mirarla de arriba abajo. No tenía ni una marca. Pero eso no significaba que no le hubiera hecho daño.
—¿Te ha puesto la mano encima? —exigí saber.
—No —contestó, negando con la cabeza—. No va a hacer eso. Ya te lo dije.
—Estás histérica. Si no te ha puesto la mano encima, ¿por qué estás así?
—Yo no diría que esté histérica —matizó ella.
Le lancé una mirada escéptica.
—¿No? ¿Cómo has averiguado dónde vivo? Habrás tenido que mover cielo y tierra para conseguirlo. Ni siquiera tienes mi número.