6 Seis #2
—Yo nunca dije nada de eso. —Tuvo los huevos de hacerse el escandalizado por mis palabras—. Nunca te miré de forma distinta, a pesar de cómo te criaron.
Y ahí estaba. Esa forma solapada de insultarme mientras fingía estar haciendo otra cosa.
—No hay nada malo en cómo me criaron —respondí.
—No he dicho que lo hubiera. Simplemente fue muy diferente de cómo me criaron a mí.
—Finges que a ti te criaron mejor que a mí —le espeté—. Crees que, como tus padres tienen dinero y a ti te invitaban a las mejores fiestas, de alguna manera eres mejor que todo el mundo.
—¿Lo finjo yo, o te avergüenzas tanto de cómo te criaron que lo proyectas en mí cuando en realidad eres tú quien lo piensa?
—No tengo ningún problema con cómo me criaron —dije entre dientes—. Tuve una infancia maravillosa.
—Con una madre que es un desastre y un padre ausente.
No se equivocaba. Mi madre, según ella misma admitía, era un desastre. Apenas conocía a mi padre. Pero esto era muy típico de Preston. Me humillaba con insultos disfrazados de simples constataciones. Lo odiaba.
—Mi madre es la mejor persona que conozco. —Elegí las palabras con cuidado—. Es un poco desastre, eso ella misma te lo diría. Pero encuentra alegría en la vida. Tú nunca has encontrado alegría en nada, al menos no desde que te conozco.
—Encontré alegría en ti. —Lo dijo con toda la sinceridad de un vendedor de coches de segunda mano.
En lugar de discutir, hice la pregunta obvia.
—¿Cuándo?
Eso lo descolocó.
—¿Qué quieres decir?
—¿Cuándo encontraste alegría en mí?
Era evidente que no venía preparado para esa pregunta, porque por fin titubeó.
—No creo que haya entendido la pregunta. Encontraba alegría en todo lo que hacías.
—Ponme un ejemplo.
—No… Yo…
—Un solo recuerdo en el que encontraras alegría en mí —insistí—. Esperaré.
Como para reforzar lo que acababa de decir, le di un buen bocado al sándwich y mastiqué con calma. Cuando terminé de tragar, él seguía con cara de no saber qué contestar.
—No encontraste alegría en mí, Preston —dije cuando se hizo evidente que no iba a dar con una respuesta—. Lo que no te gustaba era tener que explicar que yo fui la que te dejó.
Un destello de ira le cruzó la mirada, pero lo disimuló enseguida.
—Te tomaste lo de Tiffany demasiado a pecho. No tenía nada que ver contigo.
—¿Que me pusieras los cuernos no tenía nada que ver conmigo? ¿Y eso cómo funciona?
—Yo no lo veía como una infidelidad. Era solo… una forma de aliviar el estrés.
—Mmm. —Volví a dar un sorbo al café con leche, aunque solo fuera para tener las manos ocupadas—. Vaya pirueta mental te estás montando.
—Es la verdad. Te quiero. Siempre te he querido.
No mostró la menor emoción. No, aquella frase era solo otra casilla que tachar de su lista de tareas. Siempre lo había sido.
La primera vez que lo había dicho se cumplían exactamente cuatro meses de nuestra primera cita. Recordaba haber anotado mentalmente la fecha. Entonces no sospechaba nada. Ahora ya sabía a qué atenerme. Tenía una lista de emociones que fingir, y aquella era solo una de ellas.
—No me quieres —respondí con voz serena.
No iba a dejar que me alterara. Lo que buscaba era una reacción, para poder echarme en cara que estaba demasiado alterada y usar eso como excusa para no hablar conmigo. Era uno de sus trucos de siempre.
—Sí que te quiero. ¿Por qué crees que estoy aquí?
—Porque quieres ganar, aunque yo no esté jugando.
—Eso no es verdad. Mi vida no está completa sin ti. —Hizo una pausa larga y teatral—. Si necesitas que no alivie el estrés con otras, lo entiendo. No sabía que iba a ser para tanto. Lo haré mejor.
Dios, ¿cómo había llegado a convencerme de que amaba a este hombre? Era lo peor de lo peor. Nada de lo que decía resultaba creíble.
—No necesito nada de ti —respondí—. He pasado página.
—¿Con Nathan? —Su mirada se ensombreció.
Pensé en decirle que no se trataba de ningún hombre, que ni siquiera estaba saliendo de verdad con Nathan. Lo que no quería era salir con Preston. ¿Por qué no lo veía? Sin embargo, algo me detuvo en el último momento: me sonaba una alarma en la cabeza que no era capaz de identificar.
—Nathan no es asunto tuyo —dije en su lugar.
—No me puedes decir que lo que tienes con él sea mejor que lo que teníamos nosotros.
—Preston, nosotros no teníamos nada. Tardé mucho más de lo que debería en darme cuenta, pero ni siquiera podía tener todas mis cosas en tu apartamento porque decías que lo llenaban de trastos.
Ahora sé por qué no querías que estuvieran allí —continué—.
Te habría complicado las cosas cuando yo iba a Salem a visitar a mi madre y tú te traías a casa a cualquier mujer para acostarte con ella en el dormitorio que compartíamos.
—No tengo ni idea de qué me estás hablando.
Tuvo el descaro de hacerse el ofendido, pero no se me escapó el brillo de sus ojos.
La conversación había terminado. Él solo seguía con ella porque estaba decidido a ganar. Me negaba a dejarle cantar victoria en nada que me involucrara.
Así que guardé el ordenador y el cuaderno de esquemas, y cogí el café al levantarme. No podía llevar también el sándwich y me dio más que un poco de pena abandonarlo. Pero escapar era más importante.
—Déjame en paz, Preston —dije—. No voy a volver. Voy a seguir adelante con Nathan.
Se me hizo raro decirlo, pero me quité la idea de la cabeza. Si la presencia de Nathan en mi vida conseguía mantener a Preston fuera de ella, eso era lo único que importaba.
—Tú no quieres a Nathan —insistió Preston—. Todavía me quieres a mí. Lo sé.
—¿Ah, sí?
—Sí. —Su sonrisa era pura suficiencia.
—¿Y entonces por qué me voy a casar con él?
No tenía ni idea de dónde había salido aquella mentira, pero se me había escapado de la boca antes de que pudiera frenarla.
A Preston casi se le salieron las cejas de la frente.
—¿Perdona?
—Me has oído. Aquí he terminado. —Empecé a darme la vuelta, pero su mano salió disparada y me agarró del codo antes de que pudiera hacerlo—. Suéltame. —Me solté de un tirón.
—No estás comprometida. —Ahora estaba hecho una furia—. ¿Por qué mentir con algo así?
—No estoy mintiendo.
—No llevas anillo —señaló, y el triunfo le inundó el rostro.
—Me lo están ajustando a mi talla. —La mentira me salió con toda facilidad. Por suerte, como escritora, se me daba bien improvisar diálogos—. Me voy a casar. En mi vida no hay sitio para ti. Tienes que dejarme en paz.
—No te creo.
Me encogí de hombros, porque no podía hacer nada más.
—Pues ese es tu problema.
Me dirigí a la puerta con paso decidido, con la mente a toda máquina y el corazón desbocado, mientras ponía un pie delante del otro. ¿Qué demonios acababa de hacer? Fuera lo que fuese, lo único que podía afirmar con cierto grado de certeza era que no había sido nada bueno.
No, no había sido nada bueno en absoluto.